Serie Los del podio I. Cap 7. Solveig Hoogesteijn
Serie Los del podio I. Cap 7. Solveig Hoogesteijn
Transcripción
Venezolana en Suecia, en agosto de 1946, y radicada en Venezuela desde muy niña. Es una de las mujeres que más logros ha recibido en la historia del cine venezolano; tiene raíces holandesas y alemanas. Cuéntanos a qué edad llegaste tú aquí, por qué se vinieron tus padres, cómo fue ese proceso. Es una anécdota muy bella: mis padres tenían la meta de ir a Panamá. ¿Por qué?
Porque se termina la guerra, ellos estaban en Holanda; pasan a Suecia, donde mi padre tenía negocios. ¿A qué se dedicaba tu padre? El primogénito de una familia que se dedicaba a cultivar tulipanes y dalias, algo muy holandés. Y mi abuelo paterno exportaba esos bulbos a toda Europa, sobre todo a Alemania.
La familia vivió un tiempo en Alemania, pero mis padres regresan muy jóvenes a Holanda porque, como primogénito, estaba obligado a hacerse cargo de ese negocio. Él se casa con mi madre alemana porque tenía muchos nexos en Alemania, donde vivió mucho tiempo. ¿Cuál es el apellido de tu madre? Roel, Reul en castellano, Roel. Mi abuelo materno viene de un pueblo agrícola que en parte de la historia fue belga y también fue alemán, o sea, por esas divisiones dependiendo los tiempos y las monarquías.
Exactamente, y lo interesante es que en esa época el canal de Panamá era un polo de atracción muy grande para los europeos. Pero mi padre, muy apegado a la tradición de la familia, viaja con todos los muebles, con su colección de cuadros, en un barco, con la cristalería y las platerías, o sea, toda esa herencia. Decide tomar un carguero petrolero y, durante esa larga travesía, ellos eran los únicos, o sea, nosotros éramos los únicos pasajeros, tú y tu hermana. Yo y mi hermana Jane, la mayor, que vive en Londres desde hace muchísimos años.
Mi padre era muy asiduo a jugar al ajedrez; el capitán de ese carguero también. Durante esas largas jornadas de ajedrez, el capitán convenció a mi papá de que un país con mucho mejor futuro que Panamá era Venezuela, porque era evidente que transportaba petróleo. Entonces, en lugar de seguir la travesía a Panamá, se bajan en Punta de Piedras y toman un avión de la línea Aeropostal Venezolana.
¿Así fue, en qué año? En el cuarenta y siete, yo tenía un año, por eso es que yo digo: yo no sé qué nacionalidad tengo, totalmente hija de holandés y de una alemana. ¿Y tus padres se adaptaron perfectamente a Venezuela?
Yo creo que ellos llegaron a amar tanto a Venezuela que, a pesar de que en los cincuenta mi papá regresó a Europa, a Holanda, a Alemania, a echar un vistazo, la semana estaba en Italia disfrutando y cuando regresó yo recuerdo que dijo: este es el país donde nos vamos a quedar.
¿Y aquí se dedicó tu padre? Acá, bueno, en un inicio creó una compañía que se llamaba Flores Mundiales; siguió con esa tradición del negocio. En esa época no había floristerías en Caracas, él fue un verdadero pionero. Claro, y tuvo que experimentar muchísimo, convencer a canarios, italianos, portugueses, sobre todo, que se dedicaban al cultivo de hortalizas, de sembrar rosas, dalias, etcétera, para venderlas, y ese fue un proceso bastante largo.
En las afueras de Caracas, en las afueras de Caracas. Y él durante muchos años fue el único, con enormes riesgos, no solo por los problemas de la importación misma, porque la carga no la aseguraban, eso siempre era un momento de tensión, sino porque había muchos parásitos, insectos tropicales que atacaban a esas plantas. Entonces él tenía que estudiar cómo hacerles frente; yo lo recuerdo leyendo libros de botánica, etcétera, para estar preparado, para convencer a estos agricultores, al lado de cultivar hortalizas, cultivaran flores. Y además él garantizaba la compra de las flores; para el agricultor era también conveniente.
Bueno, abrieron entonces la primera floristería y ahí entramos en un tema interesante, creo yo, que es la influencia de esa migración posguerra en Venezuela. Qué historia tan bonita. ¿Y ustedes dónde vivían ya, la familia? ¿Y dónde estudiaste tú la primaria, el bachillerato?
Nosotros vivíamos en la parte alta de San Bernardino, donde yo observé desde niña la construcción de la Cota Mil. Qué tal, cuando éramos pequeñas volábamos papagayos desde San Bernardino y desde Sarría otros volaban papagayos pero con giletes en las colas y nos tumbaban los papagayos todos los días; todo el día nos empeñábamos otra vez. La guerra de papagayos de la época. ¿Y estudiaste dónde?
En el Colegio Humboldt, sobre todo así. Ah, el Colegio Humboldt. El Colegio Humboldt, recuerdo, el primer año estaba cerrado todavía por consecuencia del nazismo y estaba en Sabana Grande, ese colegio. Entonces nos pusieron en un colegio que se llamaba Pedagógico Esperanza, donde había muchos niños de emigrantes.
Y después pasamos al Colegio Humboldt ya en el segundo grado. ¿Y te graduaste de bachiller? En el colegio, en la sección alemana o en la... No existía todavía la sección alemana, era una sola; nosotros recibíamos clases muy intensivas del alemán, seis horas a la semana, y crecimos realmente bilingües, en mi caso trilingüe porque también se hablaba holandés.
En tu casa se hablaba holandés. Se hablaba holandés, pero había muchísimos amigos alemanes, austríacos, judíos, alemanes, checos, todos ellos hablaban alemán. Qué bien.
Bueno y entonces te graduaste de bachiller, hay un momento en que te vas a estudiar cine en Stuttgart, eso ocurre cuando tú tienes 21 años. ¿Qué estás haciendo entre los 17 y los 21? ¿Estudiaste alguna carrera aquí en Venezuela? Sí, estudié Letras en la Universidad Central de Venezuela. Sí, eso fue antes de la renovación y tuve excelentes profesores, Ángel Rosenblat. Imagínate qué lujo.
En filología era divertido porque él era un entusiasta de la lengua, el profesor Rufo Gali, en griego. Rafael Cadenas, ¿verdad?, ya Rafael te dio clases.
¿Quién más? Recuerdo la pareja, Rafael López Pedraza. No, no, él era Carreras, Gustavo Luis Carreras, muy politizado, por cierto, muy ideologizado, como totalmente, si no te dedicabas a Gorky, te raspaban. ¿Y llegaste a graduarte? No, no me gradué, yo me retiré y eso fue una decisión muy importante en mi vida; me quedaba angosto, no me sentía bien, necesitaba conocer el mundo. Y te fuiste a Stuttgart. ¿Cómo te fuiste?
No, fíjate, todo esto tiene una idea, una causa anterior. Cuando yo tengo 18 ya yo trabajo con mi papá en la radio porque él tuvo otra vocación muy bonita, que era la radio. A él le gustaba mucho el teatro y la literatura, la música y la actuación.
Entonces él, junto con la profesora Ritter, que fue la fundadora del departamento de alemán en la UCV, el doctor Bjergfond Schilling, era un médico pero también le gustaba el teatro, ellos tenían un programa de radio los días domingo. Caramba, qué belleza, alemán. Vamos en la próxima parte del programa, nos cuentan ese programa de radio en alemán y estás escuchando Unión Radio Cultural.
Este y otros programas de Venezolanos los puedes oír en formato podcast a través de anchor.fm, para algunas sugerencias sobre este espacio pueden escribirnos al correo rafaelarraiz arroba hotmail.com. Estamos de regreso con Venezolanos. Somos Unión Radio Cultural.
Bien, regresamos con Solveig Hoogesteijn y nos estabas relatando tu incursión en la radio con tu papá en un programa que se transmitía en alemán aquí, en Caracas. ¿En qué radio era eso?
Bueno, ellos comenzaron en Radio Difusora Venezuela, pero estuvieron en muchas partes porque después de un tiempo estos dos amigos de mi padre deciden que no quieren seguir con el programa, era un hobby de los días domingo. Pero ellos también traducían a Pérez Bonalde, por ejemplo, al alemán y lo recitaban en el micrófono; traducían autores alemanes al castellano, era un programa muy variado, pero es muy cultural. Qué bien, mi padre, cuando estos dos amigos deciden no querer continuar, él dice: yo sí, y lo transformó en un programa radial cotidiano, diario, diario, y ahí entra viernes.
¿Y ahí entraste tú? Ahí entré de 7 a 8 de la mañana; entonces él transmitía noticias, ponía música, era muy talentoso para inventar cuñas, y es bien al punto que, por ejemplo, en la KLM en Ámsterdam, cuando escuchan una cuña en la que él pone al holandés errante de Wagner como música de fondo, lo adopta, o la Mercedes-Benz, para la cual también hacía publicidad, inventa un lema que en alemán decía "siga su estrella", y por la estrella, el símbolo del carro. Ese lema lo adopta Mercedes-Benz, él era muy ingenioso, creativo, muy ingenioso.
¿Y qué hacía su programa? Bueno, él nunca quiso hacer el examen de locutor, entonces él estaba al micrófono con un locutor venezolano; él le hacía una señal y el locutor decía Mercedes-Benz y mi papá seguía en alemán. En alemán.
Con ese programa él se convirtió, yo diría, en un comunicador muy importante para todas las comunidades de habla alemana en Venezuela, porque existía también, por ejemplo, una asociación de ayuda a los ancianos o el Colegio Humboldt, que hacía alguna cosa, o había clubes deportivos, el Club Alemán del Paraíso que tenía eventos.
Entonces él era, en realidad, el que transmitía y unía un poco a todas esas personas de habla alemana, que debo decir... ¿Cómo se llamaba tu padre? Jan Hoogesteijn. Jan Hoogesteijn, Johannes en realidad, pero Jan es muy holandés, J-A-N.
Lo interesante es que todas estas comunidades en la Caracas de entonces lograron continuar con sus tradiciones, vivir sus nacionalidades, en un entorno tropical que fue sumamente tolerante. Claro y que los acogió con una gran apertura, qué bonito eso, Solveig. Y entonces te vas a estudiar... No, ajá.
Porque trabajaba en la radio a los dieciocho años, apliqué por una beca de la Conrad-Adenauer-Stiftung para gente que trabaja en radio y televisión y logré esa beca y me voy un año para Alemania. Allí nos enseñan el sistema de radiodifusión y televisión pública alemana, que es el modelo democrático de comunicación más amplio que yo he conocido en toda mi vida, o sea, era de una alta calidad y realmente todas las fuerzas vivas de la sociedad civil estaban representadas.
Entonces fuimos quince periodistas de toda Latinoamérica, desde Panamá hasta Chile y Argentina, y estuvimos un año siendo entrenados. Hacíamos pasantías; yo estuve en la ciudad de Stuttgart y conocí una academia de arte, una de las mejores en Alemania. Y ahí fue donde se sembró la semilla: yo quiero regresar a esta academia...
¿Y así fue? A los 21 yo estaba preparada, había trabajado, ahorrado dinero, tenía mi pasaje y cuando tuve 21 y fui mayor de edad tomé mi decisión. ¡Y te fuiste! Sí, me fui...
¿Y regresaste? Bueno, estuve nueve años porque estudié primero dos años de arte, escultura sobre todo; después apliqué por la escuela de cine, ahí tuve unos meses de espera, etcétera, logré entrar, era bien difícil porque había muchos aspirantes. La escuela de cine de Múnich tenía apenas tres años de existencia, todavía estaba en una fase de experimentación que era maravillosa. Claro, porque todos los años hacíamos dos cortometrajes durante el estudio con los compañeros en los cuales cada quien adoptaba otro rol, entonces yo en el cine aprendí a hacer todo: cámara, sonido, edición, escribir guion, estar frente a las cámaras y dirigir...
Claro, te fuiste a los 21, regresaste a los 30, regresaste a Venezuela en 1976, correcto, un año explosivo porque en Venezuela había muchísimo dinero, como un gran crecimiento, entre otras artes del cine. O sea que llegaste en un momento muy propicio, ¿verdad?, cuando comenzó en realidad el cine venezolano.
Exactamente, claro, y eso fue una gran experiencia porque ya existía la ANAC, la Asociación Nacional de Autores Cinematográficos, y ese era el sitio de reunión de los cineastas. En esa época no existía la ley del cine, no existía un instituto del cine en Venezuela, y el tener la oportunidad de formar parte de ese crecimiento, de darle un rostro a esas instituciones que iban a ser la base para nuestro desarrollo profesional, para mí fue como una distinción. Yo dije: qué gran oportunidad de influir desde... ¿Y qué hiciste esos primeros años?
Porque tu primera película me parece que es Puerto Colombia, de 1975; eso es un documental, ese es un docudrama que es mi trabajo de grado, ok. Yo pedí un permiso especial y me lo dieron después de muchas discusiones, y me dieron un ridículo cheque de 6 mil marcos alemanes que cubría solamente el material virgen, claro, porque todos los trabajos en la escuela se hacían con equipos de la escuela.
Pero aquí en Venezuela me encontré con un grupo maravilloso que lideraban Alfredo Anzola y Juan Santana, que se llamaba Pepeca Cine. Ese es el anterior a Cine 6-8 de Alfredo Anzola, claro. Así es. Y allí había equipos, había un espíritu muy cooperativo, muy horizontal.
Allí conocí a colegas como Jacob Penso, Andrés Agüsti, Mariona Soa... ¿A quién más conocí? Bueno, Alfredo, por supuesto, Olegario Barrera. Era un grupo muy activo y abierto y me dieron mucho apoyo.
Con la cámara, ese documental lo hicimos entre cuatro personas, con una en dieciséis milímetros. ¿Qué tal? Y, mal, y después... Con ese trabajo yo logro entrar en la televisión alemana; es un documental de 65 minutos el cual retrata la filosofía de vida y los pescadores de Puerto Colombia. En Choroní, claro, que además es un pueblo bellísimo, bellísimo, y además con mucha personalidad.
Y yo logré, porque iba ya desde niña y tenía muchísimas amistades, un clima de confianza maravilloso que me permitía también poner a la gente a actuar. Entonces yo los ponía a hacer intercambios de roles, como el venezolano tiene esa linda característica de que le gusta el juego, le gusta la actuación, le gusta la representación.
Nunca me dijeron que no, más bien el resultado siempre era mejor que si entrevistabas al original. Si hacías actuar a otro, decía: "hazle el papel de menganito", el chino lo hacía maravilloso. Eso fue una linda experiencia y me abrió las puertas a la televisión de Baviera, un alto productor del canal. Le proyecté la película y le gustó.
Y tenía que haber un día de reuniones, estaba agotado, llegó tarde, yo dije: va a ver diez minutos y se van a ir; ya eran las siete de la noche, sí, se quedó la hora completa y salió maravillado, me dijo que habían sido las mejores vacaciones de su vida. Qué tal. ¿Y Manoa, que es de 1980, es un documental también?
No, a partir de Puerto Colombia hay la oportunidad de hacer algo para la televisión de Baviera, un largometraje. Yo hago primero El mar del tiempo perdido, que es una ficción basada en un cuento de García Márquez. En realidad, El mar del tiempo perdido es anterior a Manoa, pero la versión que yo logro terminar es una versión en alemán para la televisión alemana; es decir, yo doblé todo ese largometraje y me toma tres años conseguir el dinero para hacer la mezcla en castellano. Por eso Manoa la terminé antes que El mar del tiempo perdido en su versión en español.
Y también Alemania puede ser muy bella a veces, esa sale en 1982. Esa es una película que hago para la televisión alemana y no tiene nada que ver con Venezuela, la única; es un telefilm que me permite retirarme por dos años y ser mamá. Bueno, eso nos lo vas a relatar en la próxima parte del programa. Estamos conversando con la cineasta venezolana Solveig Hoogesteijn, ya regresamos.
Volvemos con Solveig Hoogesteijn y nos decía en la parte anterior del programa que un paréntesis en su trabajo como cineasta le permitió ser mamá. Así es. ¿Y quién nació? ¿Cómo se llama? Jan. Se llama Jan Cuica Ovestano.
Claro, hijo de Víctor, hijo del músico Víctor Cuicca, por supuesto, que fue tu pareja durante muchos años, 28 años. Tuvieron ese hijo, también tenía una hija de un matrimonio anterior, Naima, quien actualmente vive en Suiza. Ambos están en Europa, el mío en España. Él es chef y lleva un restaurante de comida fusión.
¿En Madrid o en...? No, él está en Andalucía. Él decidió que no le gustan las grandes ciudades; él vive frente al mar, en un pueblo blanco muy bello.
Se llama Conil de la Frontera, cerca de Cádiz. ¿Lo conoces? Pero qué lindo. Bellísimo, estuve hace año y medio en el verano. No me digas. Sí, recorrido, hubiera sabido, hubiera ido al restaurante tuyo cuando vuelva. Kanalla se llama el restaurante.
Kanalla, pero con K y A, no como el canalla. Ya, sí. Qué interesante, mira. Y en 1987, en tu filmografía tienes el primer gran éxito, que es Macu, la mujer del policía. Una película que tuvo un éxito en Venezuela. Yo creo que fue la primera película de gran taquilla, sí, y de las primeras que va a tener el récord sobre películas de Hollywood. Exacto. En un país que tenía 13 millones de habitantes, hace 1.300.000 espectadores, o sea, era enorme, el 10 por ciento de la población vio la película. Yo me acuerdo que creo que se llamaba El Distinguido Ledesma, correcto, el policía era un caso de la vida real en la prensa amarillista en realidad, pero era un caso que unía tantas características interesantes, sobre todo en torno a la figura de la mujer, de ese distinguido, una joven que es madre demasiado joven.
Un embarazo precoz a los 12 años, que a los 15 ya tiene dos hijos, que para quien la figura del marido es más bien una figura paterna, un hombre veinte años mayor, autoritario, armado, que tenía mucho respeto en su entorno, en el barrio, y ella se enamora de un joven de su edad. Y eso desencadena la tragedia del caso Mamera, solo que a Milagros Rodríguez y a mí no nos interesó tanto, la guionista junto conmigo, sí lo escribimos juntas, me acuerdo, muy cerca del barrio de Chapellín, por eso lo filmé allí.
Y esa fue una experiencia muy hermosa, hacer esa película y escribir este guion, porque yo conocí a La Chena, que era una chica muy linda, introvertida, muy arrinconada, realmente, con la cual fue muy difícil entablar un diálogo, y también conocía el Distinguido de Ledesma. Y, la verdad es que era un psicópata. Claro.
Entonces nuestra meta era alejarlo un poco de ese cuadro de enfermedad y hacerle a él un hombre más común y corriente, para que el público masculino no pudiera salirse por la tangente y se viera reflejado realmente en ese personaje. Una anécdota, yo recuerdo que un sobrino mío me preguntaba, él me preguntó: "Tío, pero por qué si ese señor hizo tanto mal lo llamaban el distinguido". Le dejé claro que esa era la denominación del policía, un distinguido sí era el grado, pero él fue un policía muy premiado y lo irónico es que una vez que está preso él se convierte en un maestro de ética de los otros presos. Un fenómeno, no lo sé, creo que es un poco el perfil del psicópata que divorcia su pensamiento de sus emociones.
Sí, y continuemos con tu filmografía, Santera en 1994, ¿verdad?, y Maroa en el 2005. Bueno, Santera en realidad es otro tributo a Choroní porque yo tengo una casita en las montañas. Es un lugar realmente privilegiado de la naturaleza, yo creo que uno tiene que haber vivido los inviernos para entender la belleza y la magia del trópico. Claro, y la vegetación de la selva nublada, el Henri Pittier, es algo extraordinario.
Yo creo que en variedad botánica es el segundo lugar con mayores variedades del mundo. Hay otro en Malasia que tiene más, pero el Henri Pittier como parque nacional es una joya, y yo necesitaba hacer una película en ese entorno. Claro, y se me ocurrió que debía ser entonces una curandera.
O sea, necesitaba un personaje interesante, un personaje que pudiera ser controversial, muy común y a la vez muy cuestionado, con conflictos, porque sin duda alguna eso siempre está rodeado de un nimbo de misterios, si tienen o no tienen poderes, si tienen o no tienen talentos especiales.
Y se me ocurrió estudiar todas esas religiones, son muy animistas, y quedé muy impresionada con la santería. Me fui a Cuba a estudiarla ahí, a investigar... Y me traje un escritor cubano que era santero, que me supervisó todos los ritos, todos los cantos y los bailes también, porque en la película todo eso está presente, y eso fue muy interesante.
Fíjate las coincidencias de la vida, que yo digo que no son casualidades sino causalidad. Había un grupo cubano varado en Choroní que iba a pasar el fin de semana después de presentarse en el teatro de la ópera en Maracay, y resulta que su manager se largó con los dólares y los pasajes y los dejó varados ahí.
Y allí yo me encontré con los tres tambores batá, necesitaban... Los tres hombres que los tocaban me hicieron un favor. Con una maestra de danza, ¡con un coro! De cinco personas que me entrenaron a los habitantes de Choroní para hacerlos coros. O sea, la mesa estaba servida. ¡Claro!
Qué maravilla. Y la última, Maroa. Bueno, Maroa es un homenaje en realidad al sistema de orquestas, lo puedo decir abiertamente, yo soy gran admiradora del proyecto que va mucho más allá de la música. Es una valoración que se hace no solo del talento musical de nuestro joven, sino un proyecto social que transformó a la familia. Yo lo estudié durante mucho tiempo para tener un piso seguro sobre el cual mover y escribir una ficción relato.
Y la gente se pasea poco por eso y dice: bueno, un muchachito que le enseñan música. No, no es el muchachito, es la disciplina, la hermanita, el papá, es la mamá, que se involucran todos en un sistema cultural. Fíjate que salen, cambian, y tiene algo bien importante de lo cual se habla poco, pero a mí me gusta develar esas cosas.
Esos niños son becados, es decir, la familia no solo se beneficia de una experiencia, como tú dices, de disciplina, de contacto con el arte que te abre el universo, sino que también se beneficia monetariamente. Claro, entonces ver a un niño de seis años en un teatro o en el escenario ejecutando un instrumento levanta la autoestima de toda la familia y de toda esa comunidad.
Es un proyecto tan visionario, tan importante, ¿se podría repetir con otras artes? Por supuesto, con el teatro, la escritura, con muchas artes. Bueno, el maestro Abreu no ocultaba que a él lo había inspirado en buena medida el padre Vélaz, que fue el creador de Fe y Alegría.
Y él era un muchacho cuando el padre Vélaz crea Fe y Alegría, o sea, Antonio Abreu era un muchacho estudiante de la Universidad Católica Andrés Bello, de Economía, y se mete en ese proyecto con el padre Vélaz. Y siempre comentaba que eso había sido también parte de su inspiración para lo que había hecho.
Bueno, Fe y Alegría es una institución maravillosa, está en los sitios más apartados del país y de los sitios más difíciles del mundo. Está en 37 países, 37. Solveig, hace poco abrieron una escuela en un lugar remotísimo, yo lo dije en el programa de radio nuestro. Es algo impresionante lo que tienen en Colombia, Brasil y África. Todo eso nació en un garaje en Catia. El señor Peña y Abraham Peña se llamaban...
Sí, es algo extraordinario. Nos quedan pocos minutos de esta parte, vamos a dejar el tema sobre la mesa y es tu extraordinaria labor en el Trasnocho Cultural durante 20 años, que los caraqueños tenemos tantísimo que agradecerte. Nos vas a contar cuando regresemos cómo se planteó ese proyecto, quién te llamó, etcétera. Ya volvemos con Solveig Hoogesteijn. En breve continúa Venezolanos, somos Unión Radio Cultural.
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Bien, Solveig, yo estoy seguro que quienes nos escuchan quieren saber cómo fue que tú llegaste al Trasnocho cuando ese espacio estaba, creo yo, todavía en construcción. No existía. No existía. Cuéntanos esa epopeya de tu vida. Esas son anécdotas, ¿verdad?
Claro. Yo trabajaba para Margoven Acerraf, también le creé su fundación Fundavisual Latina con la cual organizamos cuatro festivales de cortometraje latinoamericano en cine y video, tres concursos de guiones venezolanos, que todas esas películas resultaron maravillosas, premiadas internacionalmente. Hicimos un registro del cortometraje latinoamericano desde el sesenta y ocho hasta la actualidad, un trabajo de hormiguita, pero el primer catálogo de los cortometrajes latinoamericanos que existió.
Hicimos el primer encuentro de la telenovela latinoamericana, un gran evento en el Tamanaco al que estuvieron invitados Colombia, Brasil y México. Fue el primer encuentro en el que se estudiaba la telenovela, sobre todo la telenovela de ruptura porque estaba TV Globo, estaba Argos Televisión. Estaba Fernando Gaitán, que había escrito Café con aroma de mujer.
Todavía no había escrito Betty la fea, y de Colombia había varios productores muy interesantes. Fue un evento de altura muy bueno. ¿Estabas allí? Yo era la directora de Fundavisual Latina, solo que yo siempre me he mantenido mucho fuera del escenario, digamos. En el escenario lo tenía Margo Benacerraf, y me llama mi hermano desde el llano y me dice: mira, hay unas señoras que quieren abrir unas salas de arte y ensayo, a ti te interesa.
Yo le digo, claro que sí me interesa mucho la sala de arte y ensayo, muestran cine de autor, ya había varias en Caracas. Caracas había muy buenas salas de arte y ensayo. Estaba La Previsora, estaba el Cine Prensa. La Sala Margot Benacerraf del Ateneo de Caracas. Estaban los tres cinemas del Centro Plaza que fueron los primeros que hicieron un festival de cine francés en Venezuela, gracias al señor Úngaro, que traía el cine a Venezuela. Y, ¿te llama tu hermano?
Me ponen en contacto con estas dos señoras, Beclave Lutini y Elena Quirova. Y ellas me dicen que quieren abrir dos salas de arte y ensayo. Yo les digo, perfecto, yo les hago un estudio para ver cuál es la potencia de la audiencia, qué tipo de programación podemos presentar, dónde, con quién podemos conseguir las películas. ¿Cuál es el mejor sistema de taquilla?
O sea, hago un estudio para delimitar, no sé, pregunto y dónde van a estar esas salas, misterios totales que no me decían. Les entrego ese trabajo porque, bueno, soy amiga de José Pizano, que lleva La Previsora, de Bernardo Rotundo, que lleva la Sala Margot Benacerraf, de Delivio Quiroz, que lleva el Cine Prensa, era mi... tus amigos... y le presento este trabajo y quedan encantadas porque hay cifras, ¿no? Y hay un estudio serio sobre las situaciones reales, no son cuentos de camino. Entonces finalmente me llevan a Las Mercedes, al Centro Comercial Paseo, donde existían los cines Trasnocho y Paseo, que ya estaban un poco venidos a menos.
Y había un restaurante, el restaurante italiano, muy grande por cierto. Lo curioso es que me llevan a través de una puertita en una pared y yo descubro que detrás de esas paredes hay unos espacios enormes.
Y yo les digo: pero bueno, donde hay dos cines tiene que haber un café, y donde hay dos cafés y un cine tiene que haber una librería, y donde haya las librerías y los cines tiene que haber una sala de exposiciones, un centro cultural. Y ellas se entusiasman. Y bueno, estuve previamente dos años trabajando en ese proyecto, sobre todo escogiendo qué iba a ir allí y quién, que es algo muy delicado. Muy delicados con la suerte. ¿Interviniste en el diseño? No, intervine, yo diría, en margen, porque ellas ya tenían una idea bastante precisa de lo que querían alrededor de esos grandes espacios abiertos, nuclear distintas propuestas culturales.
Claro, claro, exacto, porque son cuatro salas de cine, tres, no abrimos con dos, ¿verdad? Donde estaba el Cine Paseo se hicieron dos salas más pequeñas porque lo que caracteriza al cine de autor es que no tiene grandes audiencias. Entonces había que abrir, de hacer una sala de trescientos puestos, más bien dos, una de ciento cuarenta y otra de ciento treinta, y tuvieron tanto éxito que a los tres años abrimos la primera plus, que se abrió quitándole un poquito al estacionamiento, era una sala de 110 puestos.
Y las tres salas tenían tanto éxito que decidimos abrir una cuarta. ¿Y el teatro vino después? El teatro está donde estaba el Cine Trasnocho. Yo era un poco reacia a abrir un teatro porque el teatro era subvencionado y no quería tener ninguna injerencia ni pública ni privada, ser un centro cultural independiente y autónomo, sobre todo financieramente.
Espera para contarte, al inicio, cómo funcionan todos los teatros. Tú haces un montaje, tienes una escenografía, la dejas allí y haces tus funciones, ya a los dos, tres, cuatro, cinco meses cambias de obras.
Eso no resultaba, económicamente no resulta, hasta que se nos ocurrió vamos a hacer dos funciones. Eso implica un trabajo enorme, desmontaje de escenografía y montaje de la próxima en solo media hora, y hemos hasta presentado tres y cuatro obras de teatro en un solo día, con ese método, en un solo escenario.
Yo me acuerdo que había un plan de hacer otro centro cultural y me pusieron en contacto con la oficina más importante de construcción de teatros en Nueva York.
Y mi partner me pregunta, me dice: bueno, pero cuántas obras ustedes presentan, qué días a la semana. Yo le digo: los sábados y domingos, tres obras. Me dijo, that's not possible, eso no es posible. Le dije: llevamos ya diez años haciéndolo. ¿Es posible? Claro que tal increíble, y bueno, y tuviste la suerte también del Buscón, que resulta una librería de primera, ¿no?
Perseguí a Catina Enrique mucho tiempo, le hice la corte porque ella estaba todavía en la librería del Teresa Carreño. Monte Ávila, que le hice yo con él, y después exactamente, y después estuvo en El Señal, y después estuvo en El Señal, finalmente llegó al Trasnocho y me sentí muy feliz porque es una gran librera.
También durante años estuvo allí María Fernanda Di Giacomo. Todavía está Cacao. Ella fue una de las personas que creyó en el proyecto desde el inicio, hizo una inversión junto con Carlos Zuki, que tenía la discotienda Esperanto. Era un gran supermercado del disco, era una tienda enorme, y junto a Milena Ibarra fue nuestra primera chef que tuviera su propio restaurante del Trasnocho.
Pero qué aventura tan maravillosa. ¿Te costó después de 20 años separarte de ese espacio, pero llegaba era el momento de hacerlo? Uno aprende lo que es el desapego porque estoy muy apegada a este espacio, y un proceso muy interesante para mí, claro, porque todo se transforma en la vida y uno tiene que aprender a fluir con esas transformaciones cuando no le gusta algo, ¿verdad?
O es como un hijo, sabes, que uno ve crecer y que uno, a pesar de que sabe que ya es independiente y camina solo, uno siempre está ahí, ¿no? Y los poquísimos minutos que nos quedan, Solveig, ¿qué viene ahora?
Otra película. Qué maravilla, qué buena noticia. Ya tengo un proyecto, ya estoy buscando el financiamiento.
¿Vuelves al cine? Bueno, yo diría, esa nostalgia me quedó siempre, de volver a hacer cine. Lo logré hacer Maroa durante ese tiempo, pero no tuve capacidad de hacer películas dirigiendo el Trasnocho. Era demasiado exigente, ¿no?
Qué bien, y la idea está filmando al año que viene, ojalá, en el 24, el año que viene. Lo necesito para armar todo el financiamiento, tiene que ser un proyecto en coproducción, sí, es complejo, se desarrolla al final de la dictadura en Venezuela, o sea que es un tema que también amerita de todo un set histórico. Entonces es compleja la producción.
Bueno, qué placer haber conversado contigo durante una hora, Solveig Hoogesteijn. Una vida maravillosa, como podemos todos apreciar. No sé si quieres decir algo después de este recorrido que hemos hecho por tu vida... Yo creo que yo me siento muy agradecida con la vida de haberme dado esas oportunidades, porque así es, la vida ella te pone algo en el camino y tú puedes o tomar el reto o decir no. Y cuando tomas el reto y descubres otros mundos, otros que se hicieron, encuentras gente maravillosa, creativa y que es luchadora como uno, y que se entusiasma ingenuamente como uno también. Y así se logran las cosas...
Muchas gracias, Solveig Hoogesteijn. Nosotros nos despedimos hasta la semana que viene. Recordemos que este programa es posible gracias al equipo conformado por Isabela Iturrisa, Inmaculada Sebastiano, Carlos Javier Virgüez, Juan Juárez, Fernando Camacho y Giancarlos Caravaggio, quien está aquí en la dirección técnica. Nos pueden seguir la transmisión en vivo en la página MundoUR.com y además nos pueden seguir en arroba MundoURWeb, arroba RadioescuelaUR y arroba rafaelarraiz en Twitter. Recuerden que Venezolanos ya está disponible en el canal de YouTube de Unión Radio Cultural. Hasta nuestro próximo encuentro.