Transcripción completa del episodio
Soy Rafael Arráiz Lucca, esto es Venezolanos, mi número de productor nacional independiente 30.720. Bueno, y hoy tenemos el honor y el gusto de tener en la cabina al doctor Benjamín Scharifker Podolsky, ampliamente conocido en Venezuela por su carrera académica, que lo ha llevado a ser rector de la Universidad Simón Bolívar y rector de la Universidad Metropolitana. Por supuesto que hablaremos de eso, pero hoy vamos a hacer un recorrido más amplio y vamos a comenzar, doctor Scharifker, por sus antepasados.
Estos apellidos son, entiendo, de Ucrania, de una región de Ucrania. ¿Fueron sus abuelos los que emigraron a América o fueron sus padres? Primero que todo, muchas gracias por la invitación. Es un privilegio realmente estar aquí en el programa, muchísimas gracias. Fueron mis abuelos, mis abuelos a principios del siglo XX, cuando la Primera Guerra Mundial, justo antes de la Revolución Rusa. Vivían en el Imperio zarista, en el Imperio Ruso; eso era el Imperio Ruso, y Ucrania, lo que hoy en día es Ucrania, era parte del Imperio Ruso.
Claro. Entonces, durante toda esa época de la Primera Guerra Mundial y los prolegómenos de la Revolución Rusa, hubo mucho conflicto en esa zona. Primero el Imperio zarista, digamos, cayó; entonces hubo lo que se llamó la Rusia Blanca, después vinieron los bolcheviques, etcétera.
Entonces, durante toda esa conflagración, mis cuatro abuelos, tanto los maternos como los paternos, decidieron irse. Se fueron por diferentes vías y confluyeron en Argentina, en Buenos Aires. El apellido Podolski, de hecho, corresponde a una región de lo que hoy en día es Ucrania que se llama Podolia, y tanto mis abuelos paternos como los maternos venían de esa región de lo que hoy en día es Ucrania, pero que era el Imperio Ruso en ese momento, y fueron a Buenos Aires. Era muy frecuente, además, que migraran a la Argentina, porque en esa última mitad del siglo XIX y los primeros cuarenta años del siglo XX la inmigración hacia la Argentina fue muy grande.
Sobre todo de Europa Oriental, de Rusia, de lo que hoy en día es Ucrania, de Polonia, incluso gente de Turquía, digamos, de toda esa región. Argentina era un país que estaba acogiendo inmigrantes en ese momento, porque se estaba desarrollando rápidamente: quería desarrollar la industria, la agricultura, el comercio, etcétera. ¿Y ellos tenían profesiones afines a la industria, a la agricultura? No, no, no. Eran comerciantes más que otra cosa.
¿Y los cuatro abuelos, judíos? Judíos, los cuatro abuelos. Muy bien.
Y entonces sus padres nacieron en Argentina. Padres, digamos. Seguramente ahí se conformó, como siempre con las inmigraciones, un grupo de personas con orígenes afines, etcétera. Y dentro de esos grupos se conocieron mi padre y mi madre, se casaron y lo demás es historia.
Claro. ¿Y cuántos hermanos han sido ustedes? Yo tengo un hermano, ligeramente mayor que yo, dos años mayor que yo.
¿Que vive en Venezuela también? Lamentablemente, no. Vivió muchos años en Venezuela, pero ya hace algún tiempo forma parte de la diáspora venezolana. Y usted, rector, nació el 21 de septiembre de 1953, precisamente en Buenos Aires.
Y se vino para Venezuela con sus padres siendo un niño. Cuatro años tenía. Cuatro años.
O sea que usted no tiene ni siquiera el recuerdo de Buenos Aires. Tengo. Tengo algunos recuerdos.
Bueno, he ido de visita, porque claro, visitas familiares, visitas también profesionales, científicas, etcétera. Varias veces he ido a Buenos Aires.
Pero sí, curiosamente, tengo recuerdos muy vagos de la época en que primero se vino mi padre, porque mi padre trabajaba en una empresa de seguros importante en Argentina que decidió abrir una oficina en Venezuela. Entonces lo envían a Caracas, a Venezuela en realidad, para abrir una oficina. Mi padre visita Maracaibo, visita Caracas y decide, después de haber pasado por varias ciudades de Venezuela, que iban a abrir la oficina en Caracas. Luego, entonces sí, vinimos toda la familia.
Yo recuerdo, por ejemplo, que eso ha sido en el año 1955 aproximadamente. Yo posiblemente tuviera dos años y recuerdo la música clásica que sonaba en la radio, solamente música clásica, porque había habido un golpe de Estado, que fue cuando cayó.
De tal manera que sí tengo algunos recuerdos. Recuerdo, curiosamente, cosas de muy temprano y algunos otros recuerdos. Yo me sentía con la responsabilidad de ayudar a mi mamá y tengo algunas anécdotas que pudiera contar de esas ayudas que yo le daba a mi mamá a esa temprana edad, porque mi papá se había ido de viaje. Yo tenía ya cuatro años en ese momento.
Y cuando ustedes, entonces, la familia llega a Venezuela en el año 1957, me parece, ¿llegan al aeropuerto de Maiquetía? No, vinimos por barco. Así vinimos, en un barco que era un crucero que tenía piscina.
En fin, también tengo algunos recuerdos de ese viaje, porque curiosamente ese barco hizo escala en Montevideo. De eso no me acuerdo, pero hizo escala en algún puerto brasileño que posiblemente haya sido São Paulo o Río de Janeiro. No lo sé.
Pero desembarcamos, visitamos y entonces yo no entendía nada. Era la primera vez que me enfrentaba a otra lengua. Ahí aprendí que había otros idiomas en el mundo; nunca había tenido esa experiencia. También hizo escala en Trinidad.
De ahí recuerdo todavía a los policías con shorts y con sombreros de hongo, de queso blanco. Y luego llegamos a La Guaira. ¿Tiene el recuerdo de esas primeras impresiones de Caracas?
En el año 1957 Caracas era una ciudad todavía muy pequeña. Yo creo que podía tener acaso un millón de habitantes. Bueno, sí, tengo algunos recuerdos.
Vivimos toda la infancia en San Bernardino, cerca del centro de Caracas. Recuerdo que, digamos, los primeros meses estuvimos en un hotel muy cerca de la Plaza O'Leary.
Mi papá tenía la oficina muy cerca de la Plaza O'Leary. Nosotros llegamos en septiembre u octubre del año 57. Mi papá llega con un cuento de que el primero de enero de 1958, aquí en el trópico, celebraban el año nuevo de una manera muy particular: estaban bombardeando.
Lo de Martín Parada y Hugo Trejo. Exactamente. Entonces mi papá llegó con ese cuento de que las celebraciones de año nuevo eran un poco particulares, un poco ruidosas. ¡Qué interesante!
¿Y esos primeros años dónde los estudia? En el Colegio Moral y Luces, que quedaba en San Bernardino. Quedaba pegado al Ávila, en la parte alta de San Bernardino, y ahí hice primaria y secundaria.
Bueno, kínder, primaria y secundaria; desde preescolar, primaria y secundaria. Sí, creo recordar que uno de los compañeros de clase en el colegio era Moisés Naím. Moisés Naím, correcto.
Sí, sí, sí. Alguna vez me refirió el sobrenombre que usted tenía en el colegio. ¿Recuerda algún otro compañero o compañera?
Y no recuerdo si era mixto el colegio. Era mixto, y Lanchester también era, digamos, de nuestro grupo.
Y bueno, sí, por supuesto, recuerdo a muchos más. En fin, cantidades, muchísimos otros, claro.
Pero así éramos como 80 o 90. Llega el momento de graduarse de bachiller y hay que hacer una escogencia: la química.
Usted estudia química en la Universidad Simón Bolívar. Es una escogencia que no es frecuente. Debe haber habido una pasión por esa materia muy particular, ¿no?
Sí, yo creo que ahí confluyen varios factores. Un factor es que mi padre y mi madre me dieron muchas libertades en mis años de infancia. Mi papá tenía muchos libros.
Era un lector empedernido; mi mamá también. Entre esos libros había libros de ficción, libros de ensayo y alguno que otro libro de ciencia. Desde muy temprano me empezaron a interesar los asuntos de ciencia.
Entonces me permitieron, en un rincón de la casa, montar un laboratorio. En ese laboratorio yo hacía experimentos. Tendría 15 años.
Mucho menos. Tal vez 10 años. Tal vez 10 años.
Todavía en primaria. Todavía en primaria. Entonces yo me fascinaba con líquidos, sólidos y sustancias químicas, porque recuerdo que iba a las tiendas de medicamentos que había en La Candelaria, donde había varios distribuidores de drogas, de medicinas.
Ahí compraba algunos reactivos: yodo, etcétera. Y hacía experimentos con esos elementos.
Y algunos de esos experimentos yo no se los recomendaría a nadie, porque podrían ser peligrosos y explosivos. Y explosivos. Exactamente. Pero yo creo que por ahí surgió mucho mi interés por la ciencia. También tuve buenos profesores.
Tengo que reconocer que hubo profesores que para mí fueron muy inspiradores en el área de la física y de la química. De esos profesores vamos a hablar en la próxima parte del programa. Ya regresamos.
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Bueno, estamos de vuelta con el doctor Benjamín Scharifker y veníamos conversando sobre esos profesores en el bachillerato que abrieron camino en el Moral y Luces. ¿Quiénes fueron, doctor Scharifker? Sí, ahí tuve profesores que fueron realmente inspiradores, sobre todo el profesor de química, que se llama Guillermo Herrera.
Él había sacado un doctorado en química en Italia, si mal no recuerdo. Tenía un estilo de dar clases espectacular, espectacular. La química, que es una ciencia muy abstracta, es difícil a veces entender un poco de qué se trata.
Entonces él tenía toda una técnica en donde les ponía colores a los elementos y luego iba combinando elementos, y uno lo iba viendo en técnica y color. Pero luego él mezclaba historias con la enseñanza de la química. Me acuerdo de que, cuando veía que todos los estudiantes estaban fastidiados, sacaba un libro y leía un trozo, un libro de literatura.
Giovanni Papini, yo qué sé; no me acuerdo exactamente qué era, cualquier cosa. Entonces, bueno, a través también de esas historias que discutíamos en clase, la historia nos iba enganchando. Luego, por ejemplo, el profesor de mineralogía —creo que eso era en cuarto o quinto año, que se veía mineralogía en esa época—, bueno, ciencias de la Tierra, porque eso era básicamente ciencias de la Tierra, que también puede ser muy fastidioso.
Sí, pero este profesor lo mezclaba con matemáticas y lo mezclaba con otras cosas. Nos planteaba, por ejemplo, cosas así: "Mira, ¿por qué el agua no se quema?" Él decía: "Bueno, porque ya está quemada la vaina". Entonces empezaba a mezclar eso con química, con cómo se formó el agua, etcétera. Bueno, entonces, digamos, yo pienso que eso me despertó.
Por ejemplo, este profesor Herrera organizó un centro de ciencias en el colegio, donde varios compañeros compartíamos intereses. En ese centro de ciencias nos abría el laboratorio, ya no solamente para hacer las prácticas de laboratorio exigidas por los programas de estudio, sino que nosotros teníamos cierta libertad para hacer experimentos en el laboratorio. Eran muy buenos profesores, realmente.
Y su grado de bachiller me parece que coincide con la apertura de la Universidad Simón Bolívar. Así es. Yo tengo el recuerdo de que la universidad la crea Raúl Leoni y el primer rector fue Eloy Lárez Martínez.
Se iba a llamar Universidad de Caracas, pero viene el cambio de gobierno y el presidente Caldera designa al doctor Mayz Vallenilla rector, y cambia también el nombre a Universidad Simón Bolívar. Usted fue de los primeros alumnos de la segunda promoción. De la segunda, la primera. Los primeros alumnos entraron en el año 1970, pero en enero; o sea, la universidad empezó su primera clase algún día de enero, creo que fue el 19 de enero de 1970 o el 18 de enero, algo así.
Y yo entré en septiembre del año 1970. Me gradué de bachiller en julio; ya el régimen era trimestral, ya era trimestral. Nació con régimen trimestral. Era, por supuesto, muy innovadora en ese momento en Venezuela.
Yo creo que fue un modelo bastante innovador y bastante exitoso, sin duda, donde el centro de atención no era tanto que el estudiante adquiriera una profesión, que es un poco el estilo —no sé si llamarlo estilo, más bien el sesgo— de los estudios universitarios en Venezuela, que son muy profesionalizantes. No era tanto adquirir una profesión, sino la formación integral del estudiante.
Entonces había un primer año que era común para todos los estudiantes, que se llamaba Estudios Generales. Y esos Estudios Generales también continúan a lo largo de toda la carrera.
Uno, si estaba estudiando, por ejemplo, química, tenía que tomar clases que podía elegir: economía, filosofía, comunicación. En fin, había arte, lógica, yo qué sé, cantidad de cosas que uno podía tomar. Ni siquiera estaba terminada la universidad.
Creo que había pocos edificios. No, cuando yo entré ahí lo que había eran unos galpones que muy pomposamente se denominaban pabellones, pero eran unos galpones que, yo no sé, a lo mejor eran caballerizas convertidas en aulas de clase de la hacienda de los Santaella, que tenía hasta una plaza de toros.
Así es. Y usted se graduó allí en 1976 y de inmediato se va a hacer un doctorado en fisicoquímica en la Universidad de Southampton, exactamente, de donde regresa en el año 1979. ¿Cómo fue esa experiencia ya en Southampton y por qué esa universidad?
Bueno, cuando termino de estudiar en la Universidad Simón Bolívar, me proponen dar clases en la universidad, lo cual me resultaba atractivo. Me dicen: "Mira, eso sí, si te pones a dar clases aquí en la universidad, no es que simplemente hagas clases: tienes que hacer un doctorado y vas a tener que tener un programa de investigación". Creo que esa es una de las características que Mayz Vallenilla, o los fundadores de la Universidad Simón Bolívar, le imprimieron a esa universidad: que el cuerpo académico y los programas académicos estaban muy basados en la indagación, en la creación de nuevos conocimientos, en la investigación científica y en la investigación humanística, como tiene que ser, efectivamente.
Entonces, bueno, esa fue la razón fundamental por la que inmediatamente busqué dónde hacer un doctorado. Después de escribirles cartas a varias personas en diferentes partes del mundo, decidí irme a Inglaterra, porque ahí conseguí un profesor, Graham Hills, que me planteó unos problemas interesantes para estudiar y unas condiciones de estudio que me resultaban muy atractivas. Las condiciones inglesas, en comparación con cómo eran los estudios doctorales, por ejemplo, en Estados Unidos en esa época, eran estudios muy docentes en los Estados Unidos, mientras que en Inglaterra estaban completamente enfocados en la investigación.
Por eso me fui para Inglaterra. Claro, qué bien. Bueno, y usted regresó en 1980 y entra al departamento de química de la universidad. Allí fue desarrollando una tarea en la gerencia académica, porque fue jefe de departamento y después estuvo como decano de Investigación y Desarrollo entre los años 1992 y 1996.
Y aquí hay un dato interesante en su biografía. Después de decano fue vicerrector administrativo. Eso me sorprendió cuando estaba haciendo la investigación. Hubiera pensado que iba a ser vicerrector académico primero. Bueno, mira, eso es interesante. Para el año 2000, a principios de los años 2000.
2001-2005. Exacto, de 2001 a 2005.
Bueno, había fuertes amenazas a las universidades venezolanas y ya las universidades venezolanas, las públicas, estaban atravesando problemas que eran fundamentalmente administrativos, más que académicos. O sea, por ejemplo, la Universidad Simón Bolívar tenía problemas académicos fuertes, por supuesto, pero el origen de esos problemas académicos era realmente administrativo.
Uno, por la situación política que estábamos viviendo, amenazas, digamos, de índole política, pero también por la crisis económica que ya venía desde antes. La crisis económica en las universidades públicas no nació en el año 2000; la venimos arrastrando desde mediados de los 80, principios de los 90.
Y en ese momento teníamos, por ejemplo, un déficit en la Universidad Simón Bolívar enorme en lo que tenía que ver con la atención de la gente.
O sea, para mí una universidad es la gente. Claro. Por ejemplo, si en un momento, Dios no lo quiera, a una universidad venezolana le llega una tragedia, lo que le pasó a la Universidad Simón Bolívar en el año 99, en el deslave.
En el deslave, por ejemplo, quedó arrasada completamente la sede litoral de la Universidad Simón Bolívar. Sí. Bueno, no habían pasado sino pocas semanas, posiblemente un trimestre, no recuerdo, pero muy poco tiempo, cuando todos los programas del litoral se trasladaron a Sartenejas y los estudiantes que estaban en Sartenejas y los profesores que estaban en el litoral pudieron continuar.
La infraestructura, los edificios y los laboratorios son necesarios para que una universidad funcione. Claro. Pero lo esencial es la gente; lo que sustituye es la gente: los profesores y los estudiantes.
Entonces ya la universidad, para el año 2001, había perdido la posibilidad de atender apropiadamente a la gente, sobre todo en lo que respecta a la previsión social: el seguro, la posibilidad de que la gente pudiera comprar habitación, que los que iban entrando pudieran ubicarse y tener un carro.
Bueno, la Simón Bolívar queda más o menos lejos de la ciudad. En fin, esas necesidades esenciales eran muy difíciles de cubrir. Entonces, bueno, mi motivación fundamental para asumir el vicerrectorado administrativo fue tratar de resolver un poco esos problemas.
Claro. Y lo hizo muy bien, porque lo eligieron rector para el período 2005-2009. Efectivamente, sí.
Por ejemplo, una de las cosas que logramos hacer en ese momento fue convertir el seguro de la universidad, que era un seguro con una compañía de seguros, en un programa de administración de riesgos.
Bueno, no quiero entrar en detalles técnicos del área de seguros, pero allí realmente la compañía de seguros no es la que asume el riesgo de la salud, en este caso del personal, sino que es la propia universidad, a través de la procura de recursos. Eso nos permitió administrar mucho mejor los recursos que teníamos para la previsión social que con una compañía de seguros. Es un sistema que hasta hoy en día todavía está vigente.
Bueno, y en paralelo a su carrera dentro de la Universidad Simón Bolívar, vemos también actuaciones importantes como director principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas, como secretario del capítulo Caracas de la Asociación Venezolana para el Avance de la Ciencia, presidente de la Sociedad Venezolana de Electroquímica y también su incorporación a la Academia de Ciencias Físicas y Naturales. No recuerdo si es exactamente así como se llama. Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales.
Me faltó, qué raro que me faltaran las matemáticas, que fueron las que más trabajo me dieron a mí en el bachillerato. ¿Cuándo ocurre esa incorporación, doctor Scharifker? Yo entré primero como miembro correspondiente a la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales.
No recuerdo el año, 1997 o 1998 posiblemente, y luego fui electo individuo de número, posiblemente en el año 2001 o 2002, aproximadamente. Creo que las fechas son más o menos esas. Ha sido una experiencia muy buena. Pienso que las academias son instancias muy importantes dentro del desarrollo de Venezuela.
No se les presta suficiente atención. Pienso que históricamente no se les prestaba suficiente atención, pero son oportunidades tremendas que tenemos en Venezuela, porque hay una concentración importante de talentos y de capacidades para atender problemas importantes.
Y eso se ha visto, por ejemplo, con la pandemia del COVID-19, cuando tanto la Academia de Medicina como la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales, dentro de sus ámbitos de competencia, han tenido una contribución importante para que nosotros, mal que bien, pudiéramos mejorar las políticas públicas para la atención de la pandemia en Venezuela.
Bien, en la próxima parte del programa vamos a conversar con el doctor Scharifker sobre aspectos propiamente de su investigación científica, que yo creo que son aspectos muy poco conocidos. Ya regresamos.
El doctor Scharifker es uno de los científicos venezolanos con mayor cantidad de trabajos publicados. En el mundo de la ciencia también se mide mucho por las veces que sus trabajos han sido citados, y pasan de miles las citas que tienen los trabajos científicos del doctor Scharifker en el área de la química. ¿En qué consiste propiamente esa investigación?
¿Cuál es la aplicación práctica? ¿Cómo llegó usted a esos aportes que ha venido haciendo? Bueno, como dije anteriormente, a mí me interesó desde muy temprano la ciencia como una forma de entender el mundo en el que vivo.
Primero como una cuestión lúdica, porque sencillamente me parecían maravillosas las cosas que yo podía ver en un laboratorio y quería entenderlas, porque esas cosas ocurren así. Y eso me llevó a hacer el doctorado en cristalización, electrocristalización; o sea, cristalización inducida por campos eléctricos y por corrientes eléctricas, en donde entonces puede haber un líquido que se transforma en sólido o algo que está disuelto en solución se puede convertir en un cristal.
Eso tiene aplicaciones médicas, por ejemplo. Tiene aplicaciones importantísimas hoy en día en baterías, por ejemplo, tanto la batería de plomo, que la tenemos todos en los carros, como la batería de litio.
Hacia donde seguramente se va a dirigir la batería de litio va a depender mucho de esos procesos de cristalización. Entonces, la conversión de energía, de hecho, la acumulación de energía en este momento es tremendamente importante, porque estamos atravesando una transición energética, donde estamos queriendo salir en el mundo del uso de recursos fósiles.
Ahí está la COP27 en Egipto, que tiene precisamente que ver con la acumulación de gases de efecto invernadero que contribuyen al calentamiento global. Uno de los principales gases de efecto invernadero es el CO2, el dióxido de carbono, el anhídrido carbónico que se produce por la combustión de carbón, petróleo o gas natural.
Entonces, para alejarnos del uso de los combustibles fósiles, necesitamos sistemas que logren acumular energía de alguna manera. Uno de esos sistemas son las baterías. Por ejemplo, si yo en pocos años pongo una celda solar en el balcón de mi apartamento y tengo una batería que acumule la energía, eso va a ser posible.
Claro, claro. Todavía no lo es. Todavía, digamos, no es económicamente viable, pero es posible.
O sea, si tú tienes suficiente capacidad científica y técnica, y los implementos necesarios para hacerlo, los consigues en cualquier parte: están en el mercado. Ese acumulador, que creo que es el término técnico, un acumulador de energía, ¿cuánto pudiese almacenar energía y por cuánto tiempo? Digamos, para ponértelo así, fíjate: ahorita, el 10 por ciento aproximadamente del mercado en países como Suecia, como Holanda, o más, incluso más del 10 por ciento del mercado de automóviles.
En esos países son carros eléctricos. El carro Tesla, por ejemplo.
Sí, ese es un carro que te puede transportar 500 kilómetros o más con una sola carga de la batería. Claro, o sea que tiene una autonomía como un carro de gasolina, pero no usa gasolina, sino energía eléctrica. Tú puedes, en acumuladores, acumular toda la carga que va a necesitar una casa a lo largo de un día, generar toda esa carga con celdas fotovoltaicas, por ejemplo, acumularla en baterías y luego utilizarla cuando el sol no está.
Y cuando el sol no está, uno de los negocios, por ejemplo, de esa empresa, de ese señor tan famoso hoy en día que es Elon Musk —y controversial, porque uno lo admira por algunas cosas y por otras no tanto, sino todo lo contrario—, no es tanto el carro, sino la batería, la propia batería.
Y, por ejemplo, la energía eólica de esos molinos de viento, ¿se pudiera almacenar en baterías, en la base de los molinos, de las aspas? Sí, se puede almacenar. Por supuesto que se puede almacenar, no solamente en la base de las aspas, sino que se puede transmitir a través de cables y hacerlo en otro lado.
O se puede hacer algo todavía, pienso yo, más interesante y que posiblemente en el futuro vaya hacia allá: producir hidrógeno. El hidrógeno se puede producir electrolizando el agua y entonces es un almacén de energía que yo luego puedo incluso transportar a través de tuberías o bombonas, o lo que sea, y utilizarlo como combustible, con la ventaja de que es un combustible que no produce anhídrido carbónico, sino que produce agua cuando se quema.
Claro, y en el área de la investigación científica, usted trabajó durante muchos años en el laboratorio de la Universidad Simón Bolívar. Usted sigue activo investigando, forma parte de una comunidad científica internacional que, claro, hoy en día, con el internet y con las redes, tiene una manera de comunicarse mucho más sencilla que hace muchos años, cuando se mandaban cartas.
Bueno, sí. Hoy en día trabajamos, por ejemplo. Antes uno mandaba un artículo porque, al fin y al cabo, el resultado de una investigación se traduce en un artículo que se publica.
Entonces uno lo mandaba y al cabo de tres o cuatro meses recibía la respuesta de los árbitros, o incluso seis meses más tarde. Así es como funciona, digamos, en general, la investigación académica: funciona a través de la revisión de los conocimientos por expertos y por pares, que nosotros llamamos así. De esa manera se va no solamente mejorando el conocimiento, sino que se va reduciendo también el volumen de conocimientos innecesarios.
A veces a mí me ha pasado que he mandado un artículo a una revista y me dicen: "Mire, pero eso que usted ya está mandando ya está hecho"; algo que yo no sabía porque no había leído que alguien lo había hecho. Entonces simplemente eso no sirve para nada, porque ya fue hecho.
En fin, todo ese proceso se ha acelerado. Ya uno no tiene que esperar esos seis meses a que lleguen los árbitros para luego uno contestar, y seis meses más tarde que le vuelvan a decir: "Está muy bien lo que usted hizo, pero ahora tiene que hacer esto también", etcétera. Son varias vueltas hasta que un conocimiento científico salga publicado, sino que eso ahora ocurre en cuestión de días o semanas, precisamente por internet, incluso el trabajo colaborativo.
Yo en este momento estoy escribiendo un artículo con una investigadora inglesa de una universidad inglesa y con un investigador español que trabaja en Bélgica; él en Bélgica y yo en Caracas. Entonces, bueno, eso es una maravilla. Tenemos esa comunicación prácticamente diaria, en donde vamos avanzando en el trabajo que vamos haciendo.
Estoy colaborando con colegas míos y estudiantes míos que ahora están en Argentina, en Tailandia, en Estados Unidos, en España, en Francia y en Inglaterra, que se han ido por razones que conocemos, que son parte de esa migración de talentos. En algún momento fuimos un polo de atracción en Venezuela y en este momento somos lo contrario: estamos expeliendo de alguna manera nuestros talentos. Bueno, colaboramos por internet.
Bueno, y por otra parte, entrando ya en el mundo de la gerencia académica, donde usted ha tenido una actuación destacadísima.
Muy pocos venezolanos han sido rectores de dos universidades. Los cuatro años que usted fue rector de la Simón Bolívar, más los cuatro años de vicerrector administrativo, los años que fue jefe de departamento, se hizo una carrera completa, más los diez años de rector de la Universidad Metropolitana. De modo que sus reflexiones sobre la educación superior en Venezuela son obviamente muy importantes.
Usted es una de las voces más autorizadas en esta materia. Y claro, le ha tocado una época muy difícil, porque hemos visto el deterioro de la educación pública venezolana y, en particular, de la educación universitaria. Sí, no estamos pasando por el mejor momento de la educación universitaria en Venezuela y pienso que realmente el ejercicio que tenemos que hacer, el esfuerzo que tenemos que hacer, es no solamente exigirle a los gobiernos que atiendan los temas universitarios.
Este no es un tema solamente de los gobiernos, ni es un tema solamente de las universidades tampoco: es un tema de la sociedad.
Nosotros necesitamos crear conciencia en Venezuela de que la riqueza no está en el subsuelo para que nosotros simplemente la saquemos y, sin que haya talento ni esfuerzo, podamos vivir de algo que está ahí dado y que entonces lo que hay que hacer es repartir esa riqueza. Ese es un elemento del que tenemos que darnos cuenta.
Pero eso no es problema solamente del Estado, sino que también las empresas venezolanas tienen que empezar a tomar en cuenta realmente que nosotros no podemos ser ni monoproductores de petróleo, ni monoproductores de café, ni monoproductores de cacao. O sea, nosotros tenemos que desarrollar una economía sobre la base del talento de las personas.
Y eso significa que el valor que nosotros les agreguemos a nuestros productos y a nuestros servicios sea competitivo a nivel internacional. Eso es lo que han hecho los países que han logrado desarrollarse, empezando por Singapur, por Corea, por esos países que son icónicos, o por China.
China era un país, digamos, económica y socialmente atrasado en los años sesenta y setenta del siglo pasado, y en este momento está compitiendo por el liderazgo mundial con la primera potencia, que son los Estados Unidos. En este momento, China produce más CO2 hacia la atmósfera que los Estados Unidos, lamentablemente, y el producto interno bruto, completo, de China está superando también al de los Estados Unidos, muy cerca ya de superarlo.
Eso lo ha hecho precisamente sobre la base de incorporar innovaciones, de incorporar tecnología y de convertirse en líder del conocimiento en una cantidad de campos, muchos de los que venimos hablando: campos energéticos, de transición energética, de movilidad, de vehículos, etcétera.
En la próxima parte del programa, doctor Scharifker, indagaremos en qué áreas Venezuela pudiera, desde el punto de vista de la educación superior, avanzar y tener aportes tanto científicos como tecnológicos. Ya regresamos.
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Estamos de regreso con Venezolanos, somos Unión Radio Cultural. Vamos a la última parte de esta gratísima conversación con el doctor Benjamín Scharifker y le dejábamos abierta esa pregunta en la parte anterior del programa. ¿Dónde tiene Venezuela oportunidades en el área científica y tecnológica, en el caso de que podamos recuperar la investigación en las universidades públicas y privadas?
¿Dónde pudiéramos avanzar? Fíjate, para responder esa pregunta voy a hacer un pequeño recuento de lo que ha sido mi trayectoria de investigación y mi experiencia. Mi motivación para hacer ciencia es que yo quiero entender el mundo.
Muy bien. Mi motivación no es la de resolver problemas específicos. Eso puede ser una motivación para un ingeniero, para un médico, para muchos otros, pero para un químico, al que le interesa entender el mundo, mi motivación es entender el mundo.
Pero para poder hacer esa investigación, para entender el mundo, necesito recursos. Claro. Y para procurar esos recursos, como el Estado no tiene capacidad de dármelos, como la universidad en la cual trabajo tampoco va a tener capacidad de dármelos, me tengo que acercar a los productores, a las empresas, y entusiasmar a las empresas con problemas que me pueden servir a mí también para entender el mundo, que es mi objetivo.
Y resolverles problemas a ellos. Y resolverles los problemas a ellos. Entonces, en varios momentos durante mi carrera me acerqué a Petróleos de Venezuela, donde primero yo quería resolverles los problemas a ellos.
Después me convencí de que eran ellos los que tenían que plantear los problemas. Yo tenía que escuchar cuáles eran los problemas que ellos estaban planteando y ver dónde yo podía contribuir. Entonces les planteaba cosas en las que yo podía contribuir, y esas cosas me iban permitiendo entender mejor la naturaleza, al tiempo que les iba resolviendo los problemas a ellos.
Luego, con empresas incluso petroleras —porque había en una época en Venezuela no solamente PDVSA, sino otras empresas transnacionales—, también hemos tenido proyectos con ellos. Primero con PDVSA estuvimos, por ejemplo, en la conversión de gas natural.
Ahí pudimos hacer unos estudios interesantes que me acercaron al campo de los polímeros conductores, porque estábamos buscando catalizadores para convertir el metano, que es el componente fundamental del gas natural, en cosas de mayor valor. Entonces conseguimos esos catalizadores con polímeros conductores, que eran unos materiales que estaban surgiendo en ese momento, y eso nos permitió hacer estudios fundamentales sobre esos polímeros conductores para poder hacer esos catalizadores.
Luego, con otra empresa transnacional —no voy a mencionar el nombre—, ellos estaban interesados en valorizar el coque. El coque es un residuo que queda de la refinación. Va quedando un residuo muy pesado, que es un sólido, que tiene muy poco valor, pero hay una gran cantidad de vanadio y de níquel metidos en ese coque.
Que tendrían que aislarlo. Que hay que sacarlo para poder utilizar el coque. Entonces, junto con una profesora en la Universidad Simón Bolívar, que descubrió una manera de extraer ese vanadio y ese níquel, luego había que cristalizarlos. Entonces hicimos también ese estudio y, aprovechando mis intereses en la cristalización, pudimos avanzar.
Luego, mucho más recientemente, uno de nuestros colegas, que hoy es parte de la diáspora y se fue a los Estados Unidos, trabajaba en una empresa de agua de Estados Unidos. Estaban interesados en purificar el agua y quitarle los fosfatos y los nitratos que tenía, que son contaminantes. Entonces contribuimos con el desarrollo de una nueva tecnología que está patentada para la extracción de esos componentes del agua.
Entonces, lo que quiero decir es que si uno tiene la libertad para buscar, yo, como químico, puedo entender la naturaleza desde el punto de vista químico; el filósofo, desde el punto de vista de la filosofía; el matemático, sus cuestiones matemáticas. Si nosotros podemos ejercer esa libertad buscando libremente financiamiento de los sectores privados que estén interesados en desarrollar tecnologías y conocimientos, entonces funciona mejor la empresa y funciona mejor la universidad.
Yo pienso que eso es parte importantísima de lo que tenemos que hacer en Venezuela: conseguir estos vínculos productivos entre el sector académico y el sector productivo.
Pero para eso necesitamos una sociedad que se convenza, y un poco de lo que conversamos en el segmento anterior: que la única manera de tener desarrollo sostenible en el momento actual es a través del conocimiento y el talento de las personas, no a través de la explotación de los recursos naturales, ni solamente de la producción primaria, agrícola y pecuaria, sino que también tenemos que tener transformaciones y servicios que aprovechen las capacidades de las personas. Esa es la única forma.
Claro. Bueno, y ese ejemplo del coque es bueno: utilizar un desecho que es prácticamente menos que una materia prima y convertirlo en valor. En valor.
De eso se trata, ciertamente. Entonces, mantener el sector primario de la economía, pero también profundizar en otros sectores. Y claro, Venezuela es un país petrolero.
Ahí hay un campo muy grande. Somos un país petrolero, pero el petróleo como fuente importante de energía en el mundo tiene sus días contados. Ya la Unión Europea tomó decisiones, lo mismo que China, de que para el año 2035, que está a la vuelta de la esquina, ya no van a producir carros con motores de gasolina o diésel, sino que van a tener que hacer vehículos que no sean de combustión interna, posiblemente eléctricos, pero que en todo caso no emitan CO2.
Pero, con respecto a las universidades, que era un poco la pregunta que hacía, yo creo que nosotros tenemos que prestarle especial atención a la calidad de nuestros profesores y nuestros estudiantes. Claro, ese es el tema. En la medida en que nosotros tengamos buenos profesores y buenos estudiantes, podremos hacer las contribuciones que la sociedad espera de las universidades.
No es simplemente que podamos ejercer profesiones de una manera idónea, ser buenos abogados, buenos médicos, buenos psicólogos, cubrir todas esas necesidades a través del ejercicio profesional, que no involucra necesariamente nuevos inventos. Pero es que, sin nuevos inventos, no vamos a desarrollar la sociedad venezolana.
Entonces tenemos que tener buenos profesores y buenos estudiantes que no solamente ejerzan muy bien sus profesiones, sino que también sean actores en el desarrollo del mundo en el cual estamos viviendo.
El mundo, cuando digo eso, es el mundo globalizado de los mercados globales. Yo creo que no queda alternativa, nos guste o no nos guste; no es una cuestión de ideología. Es así, ese mundo globalizado es así, no hay otra vuelta.
Bien, doctor Scharifker, quizás nos resta preguntarle por la dinámica de la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales, de la que usted fue presidente también en algún período. Son períodos de dos años.
¿Qué tal ha sido esa experiencia allí con los colegas? Ha sido muy buena y ha habido mucho desarrollo de la Academia, en particular de la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales, en los últimos años, diría en las últimas dos décadas. Por ejemplo, el número de mujeres.
Así, la doctora Yoconda Cunto de San Blas, creo que fue la primera que entró. Llegó a ser presidenta, pero ahora está lleno de mujeres, lo cual es muy bueno. Van a pasar a ser ustedes minoría ahora. Exactamente.
Ahora los varones somos minoría o vamos a serlo muy pronto, lo cual está muy bien, porque si uno se pone a ver la distribución por género de quienes hacen ciencias en Venezuela, uno consigue que hay muchas más mujeres que hombres.
Sí, sí. En las universidades hay más mujeres estudiando que hombres y se están graduando más mujeres que hombres. Entonces, bueno, yo creo que el hecho de que haya ingresado un número importante de mujeres en la Academia era un cambio necesario y denota las nuevas realidades de las cuales no somos ajenos en Venezuela.
Usted tiene 69 años, le quedan muchos años de productividad. ¿Cómo se ve en esos años que vienen? ¿Va a continuar con la investigación científica?
Yo no creo que sea posible que usted abandone la reflexión sobre la educación venezolana, porque eso es una pasión suya también. ¿Cómo se mira en estos años? En este momento me estoy dedicando mucho a la química, a las ciencias, pero hacerlo experimentalmente me está resultando muy difícil por las condiciones muy precarias en las que están los laboratorios de investigación en las universidades venezolanas.
Yo tengo la expectativa de que podamos mejorar esa situación, no necesariamente con financiamiento público, sino a través de mejores relaciones, como hablábamos, y de que existan condiciones que permitan y propicien que la empresa venezolana se convierta en un líder importante de innovaciones y desarrollos que promuevan el trabajo tanto de profesores como de estudiantes en el ámbito científico.
Pero también estoy bastante involucrado en temas que tienen que ver no solamente con las políticas universitarias que tenemos que resolver, sino, en general, con el tema venezolano. Estoy bastante involucrado no solamente en reflexiones, sino en acciones que tenemos que acometer para que nosotros podamos tener una dinámica en Venezuela que nos permita progresar social, política y económicamente.
Y una de esas cosas fundamentales es que haya alternabilidad democrática en Venezuela. Mientras no tengamos un sistema, en mi opinión, pluripartidista —o sea, si nosotros tendemos hacia el monopartidismo, como ya tendió, por ejemplo, Nicaragua, que prácticamente es una república o, como la llamemos, un país monopartidista, como lo es Cuba, como lo ha sido durante mucho tiempo Cuba, y hacia lo que se está dirigiendo Venezuela—, bueno, pues yo pienso que las posibilidades de que nosotros podamos conquistar mejores niveles de bienestar y de felicidad para las personas se van alejando.
Entonces, en eso estamos trabajando. Bueno, muchísimas gracias.
Hablaba el doctor Benjamín Scharifker, un eminente científico venezolano con una carrera en el área de la educación superior más que sobresaliente. Muchísimas gracias por la entrevista, doctor Scharifker. Muchísimas gracias, un privilegio estar en tu programa.
Gracias. Muchas gracias. Despedimos nuestro programa "Venezolanos" en esta serie titulada "Los del Podio".
Recordemos que este programa es posible gracias al equipo conformado por Isabella Iturriza, Inmaculada Sebastiano, Carlos Javier Virgüez, Juan Juárez, Fernando Camacho y Jean Carlos Caravaggio, quien está aquí en la dirección técnica.
Nos pueden seguir en la transmisión en vivo en la página MundoUR.com y además nos pueden seguir en @MundoURWeb, @RadioEscuelaUR y @RafaelArraiz en Twitter. Recuerden que "Venezolanos" ya está disponible en el canal de YouTube de Unión Radio Cultural. Hasta nuestro próximo encuentro.