Serie Los del Podio
6 de agosto de 2026

Serie Los del Podio I 4. Julie Restifo

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Este programa es posible gracias al equipo conformado por Gitanjali Suárez, Inmaculada Sebastiano, Carlos Javier Virgüez y Giancarlo Caravaggio. Recuerda que nos puedes seguir en Instagram como @PisoLaCultural y también puedes seguir la transmisión en vivo en www.mundovr.com.

Bienvenida, Julie Restifo, una gran amiga de hace muchísimos años: 48 años actuando en cine, en televisión y en teatro, sobre todo en teatro. Pero vamos a comenzar por el principio, Julie: tú naciste en Long Island, hija de un italiano y una irlandesa. Bueno, mi mamá era de origen italiano e irlandés, sí.

Irlandesa también. Y te criaste hablando italiano, siciliano. Siciliano, que es una precisión importante. No lo entiende todo el mundo, sí: el siciliano y el inglés. El inglés es mi lengua materna.

Sí, sí. Tus padres deciden venirse de Nueva York a Venezuela; ya los abuelos habían hecho una avanzada. Exactamente. Había gente de la familia aquí, de modo que no llegaron solos.

No, mi mamá sí llegó por primera vez con un bebé en brazos. El amor lo puede todo, porque tenía veintiún añitos, algo así. Imagínate.

Y después nacieron dos hermanos tuyos aquí. Y después dos hermanos más. Sí, Mike y Mary. Así. Mi mamá nos pone esos nombres porque pensaba que podíamos regresar.

Entonces eran Julie, Mike y Mary. Bueno. Y esos hermanos tuyos viven aquí en Venezuela. Mi hermano Mike está en Venezuela; Mary vive hace muchísimos años en Miami.

Ah, imagínate. Sí. Y mi mamá está ahí ahora también.

Y claro, tu mamá buscaba colegios donde aprendieras el inglés, lo mejoraras, ¿no? Exactamente. Es un colegio británico, con unas profesoras súper estrictas, de las que les pegaban a los alumnos. Imagínate. Sí, las de palmeta.

De regla. Con la regla. Sí. A mí me pegaron varias veces. No sé por qué, porque yo era tímida. Yo casi no...

Ah, que no trajiste la tarea. ¡Pácata! Sí. O que te equivocaste en esto. ¡Pácata! Y eso te marca un precedente.

Claro. A mí me daba terror preguntar en clase después, en colegios posteriores. Alguna clase, algún profesor me daba terror. Yo prefería no entender.

Claro. Y después pasaste al Santa Rosa de Lima y a la Academia Merici; ahí te graduaste de bachiller. Ahí me gradué.

Sí. Y estudiaste Comunicación Social en la Universidad Católica y te encontraste con el amor de tu vida. Con el amor de...

Que no sabía que iba a ser el amor de mi vida. Que tú no lo sabías. Era mi profesor de radio.

Porque el profesor de teatro era Marcos Reyes Andrade. Era Marcos Reyes Andrade y ahí empezó toda la movida teatral, porque los alumnos estábamos obligados a hacer teatro. Fui escogida, elegida para ser el personaje del pregonero, que era el que narraba todos los hechos, y eso. Marat/Sade. Marat/Sade.

Sí. Nos divertimos mucho. Eso sí. Y ahí descubrí que yo sentía cosas sobre el escenario, que yo me transformaba. ¿Ah, sí? De la tímida Julie, cuando me montaba a ser cualquier personaje, era otra, realmente.

Me sentía como en mi acuario. Qué bien. Bueno, o sea que eso fue una suerte de iniciación, una vocación profesional.

Y no sabía que iba a ser mi profesión después. Yo pensaba que era un hobby o la actividad de un alumno en la Católica. Pero sí, fundamos el grupo Autoteatro y de ahí pasamos a ser profesionales.

Y ahí empezó mi carrera de televisión al graduarme también. Claro. ¿Y la de cine? Muy pronto. Y la de cine también. Sí.

La de cine. De verdad que todo fue al mismo tiempo. Javier y tú se casaron en la Galería de Arte Nacional en un rito que ustedes inventaron.

Sí. Pero era civil. Sí, sí, claro. Era en forma civil, es decir, casados legalmente, que es lo que la gente piensa. Y también fue, claro, como que un momento de la vida tan importante, hacerlo un acto artístico. Claro.

Porque era nuestra obsesión en ese momento: el arte lo era todo para nosotros. Claro. El arte y el oxígeno eran nuestra forma de expresarnos y de demostrar lo artistas que éramos.

Claro. En esa época era, bueno, poquitico hechones, pues. Bueno, es una edad y son los años ochenta, que eran muy particulares, ¿no?

Sí, sí, sí. Y ustedes muy jóvenes y con un ego impetuoso, ¿no? Sí, claro. Bueno, pero el ego es fundamental; si no, no hubieran hecho nada de lo que han hecho.

Hicimos obras como ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, que la habían hecho Elizabeth Taylor y Richard Burton y muchos actores. Y ustedes. Y nosotros. Y nosotros. Pero bueno, yo creo que el teatro me estaba esperando sin yo saberlo.

Claro. Porque yo no sabía por qué estaba estudiando Comunicación; no sabía qué quería de verdad, sino música. Eso es lo que me gustaba: la música. Claro.

Pero quizás un epigenetista, sabes que hay ese desarrollo ahora, lo hubiera advertido, porque tus padres también estaban cercanos a ese mundo. Porque se oía de todo en mi casa, claro. Mi papá, la ópera era una de las cosas que yo conocí mucho: Verdi, Caballé, o sea, de verdad.

Y aunque no era muy fan de la ópera de pequeña, después ya me gustó, porque me parece que es una expresión verdaderamente dramática y de emociones y de sentimientos increíbles. Y mi mamá: Doris Day, Connie Francis, Frank Sinatra, pero también bossa nova, que en la época también escuchábamos mucho; boleros y cosas latinas también. Y mi papá tocaba acordeón y también tocaba mandolina.

Y entonces los domingos se llenaba la casa de los paisanos y tocaban cosas populares napolitanas y sicilianas. Yo creo que es la única familia teatral que hay en Venezuela. En otras partes del mundo las hay, pero que padre, madre y los dos hijos sean del mundo del teatro es algo totalmente excepcional.

Sí, y no quisimos, no fue un proyecto. No quisimos. Mira, por ejemplo, a Josette, que era, bueno, una muñequita: la querían para televisión y nosotros no. «I'm sorry, ella tiene que graduarse; ella no va a hacer televisión de niña», cosa que ella nos agradece ahora.

Y entraron en teatro con el grupo Rajatabla, con Basilio Álvarez, y su formación fue ahí. Con Basilio. Con Basilio. Maestro. Porque ellos lo buscaron; no es que nosotros: «Ay, mira, Basilio, ¿me la puedes...?». No, no, no.

Un día Josette entró así: «Mamá, mamá». «¿Qué pasa, niña?». «Me aceptaron en el esquema a los catorce años», porque se había ido una actriz. Y ahí iba a todos los ensayos, así, en primera fila; todos los ensayos, no se pelaba uno. Y el director dijo: «Armando, Armando», dice, «mira, ¿quieres? ¿Quieres?». «Sí, sí quiero», y así empezaron.

¿Cómo te cambiaron el nacimiento de los hijos en relación con tu vida profesional? ¿Eso incidió en algo?

Yo tengo que confesar que cuando salí embarazada la primera vez, yo no me hallaba. Me puse hasta molesta, porque yo decía: «¿Cómo es esto?». O sea, evidentemente no es que lo estábamos buscando, sino que nos descuidamos, o no nos cuidamos, porque pensamos que sí sucedería algún día. Pero cuando me sucedió no me porté bien, en el sentido de que no me movió mucho el piso, porque yo estaba muy activa.

Pero el piso, embarazada, una vez que nació Josep, ya pasó. No, no; como este fue con Jean. Yo me acuerdo de que mi hermano llegó con una botella y yo le dije: «Yo no quiero tomar. ¿Qué es esto? No me fastidien». Entonces me hice el primer eco y ahí sí me monté en una nube y fue un embarazo precioso.

Pero esto fue una reacción del ego, quizá del «voy a dejar de hacer cosas». Es un poco como lo dijo Sofía Ímber, que me identifiqué demasiado con ella en el monólogo. Yo pensé que iba a dejar de ser yo, que el bebé me iba a absorber y que yo iba a dejar de ser yo.

Evidentemente, cuando estás embarazada y cuando nace ese bebé, sí dejas de ser tú. Por supuesto que dejas de ser tú por un tiempo, porque tienes que nutrir a ese bebé, tienes que cuidarlo y tienes que llenarlo de amor, y te olvidas de ti misma. Aunque a mí me tocó trabajar muy temprano, que no lo recomiendo, porque uno debe dedicarse a su primer bebé.

Y el segundo, bueno, pero después no. Ya con Jose fue... O sea, fueron dos embarazos felices y partos naturales con Eva Cumber, que fue con la que tuvimos una relación de amistad porque hicimos una película con Roque Valero, que era su pareja del momento. Ella nos indujo en toda esa preparación del parto vertical, vertical sin anestesia.

¿Y Javier y tú estuvieron de acuerdo en la educación de los hijos? ¿Cómo era? ¿De acuerdo o en desacuerdo?

En desacuerdo muchas veces. Y es que hay que sincerarse: cuando llega un hijo, eso es muy disruptivo dentro de una pareja, porque empiezan: «A mí me criaron así». «No, a mí acá». «Yo tengo la idea». «No, yo sé». Y creo que, como estamos hablando de dos egos, que somos dos... En ese momento, al menos, lo veíamos: dos egos que queremos, queremos como que cada uno por su lado con la educación de los hijos también.

Pero eso, bueno, uno va cometiendo errores y aprendiendo con el tiempo. Y cuando yo lo miro ahora, que podría ser abuela, me miro a mí con ojos de compasión y de perdón, porque yo hice lo que sabía hacer en ese momento. Y mis sentimientos afloraron, porque ser artista no es fácil.

Por supuesto, ser artista es ser muy vulnerable. El artista es... Bueno, tú eres artista también, porque tú escribes y sabes que el mundo nos afecta de una manera extraordinaria muchas veces, y la gente entiende o no entiende.

Claro, es cierto. Y bueno, hay otra faceta tuya que quizás la gente conoce poco, que es el canto. Sí, el canto. Y la composición. Y la composición, sí. ¿Cómo nació eso? ¿Dónde te formaste? Porque tú cantas a capela maravillas. Yo recuerdo una vez cantaste unos poemas míos. Sí, bellísimo. Tengo la última frase del aria «Musa», te la tengo ahorita.

Así, mira: mis padres, que nos... Bueno, sabes, un italiano y una gringa; ahí en esa casa se escuchaba de todo, pero mi papá, sobre todo, clásicos y ópera. Bueno, ellos nos metieron en clases de canto y de piano. Yo estudié diez años de piano clásico.

¿Con quién? Con una profesora que vivía muy cerca y era francesa. Ella venía de un conservatorio y vino a vivir a Venezuela, pero su formación fue en Francia. Y no soy buena... Yo, más que todo, regañadienta. Yo iba obligada al piano, me fastidiaba un poco, pero después le fui agarrando el gusto.

Y lamentablemente, ya cuando tú sabes, esa cosa de adolescente: «No quiero más piano, no quiero más clases de piano». Pero yo cantaba siempre que podía, con la guitarra, en alguna obra de teatro. Esto fue siempre mi pasión, pero sabes, el teatro me absorbió por completo y dejé de lado.

Y esa niña tímida, ¿cómo hizo con el miedo escénico? ¿O todavía lo tienes? ¿Tú tiemblas antes de salir?

Bueno, no. Las primeras veces el miedo escénico era poco; solo que, cuando transcurrían cinco minutos y yo me creía el personaje, se pasaba. Yo me borraba por completo. Y hoy algo queda de ese miedo. Es distinto: siempre hay esa cosa del salto al vacío, que cada función es distinta y que puede pasar cualquier cosa.

Incluso hay momentos donde dices: «No estuve tan bien; me hubiese gustado estar mejor». Y esto es el gran saboteador, porque nuestros cerebros nos sabotean. Si tú, en plena función, estás pensando: «No lo estoy haciendo bien», estás... No lo voy a decir, como se dice en criollo: fastidiado. Claro, eso no puede pasar, pero me ha pasado.

¿Te ha pasado? Días que uno se siente inseguro, o que físicamente no te encuentras bien, o que anímicamente te entra algún miedito o algo.

Bueno, y además imagínate que has pasado un día muy malo por problemas domésticos o problemas familiares, y la energía no es la conveniente. De pronto no actúas bien ese día. Quizás el público no lo nota, pero uno sí; uno sabe qué pasó ahí y en qué momento pasó.

Pero siempre dicen los artistas, dicen que los que dejan ya de tener miedo y no les importa, es porque ya no tienen nada que dar. Sí, bueno, yo creo que cada vez que se va a abrir el telón uno está con la adrenalina, y claro, a punto de eso. No cambia, no importa los años que tengas en la profesión; ahí está.

Y yo me imagino que ustedes, los profesores, cuando se tienen que enfrentar a unos muchachos, lo mismo. A mí me da miedo eso más que actuar, de verdad, porque ustedes se aprenden un parlamento. Bueno, nosotros no acertamos lo que ustedes hacen; es admirable.

Por cierto, te quiero preguntar lo siguiente: uno sospecha que muchas veces ustedes se equivocan en el parlamento y lo improvisan, lo resuelven sin que el espectador se dé cuenta. Totalmente. Si estás en un monólogo es más complicado.

No, claro, porque dices: «¿Dónde voy?». A mí me pasó una sola vez con La señora Ímber, en el Teatro Chacao. Yo me senté y, claro, había una transición de música. Yo tenía que hablar y respiré y dije: «Me perdí, me perdí; no sé por dónde voy». Por unos segundos. Y después retomé, pero esos segundos para mí fueron como si fuese media hora.

Claro. Pero fue porque mi mente divagó por un segundo: se salió de Sofía y después entró otra vez. Ya cuando estás acompañado es menos complicado, porque el otro te puede quizá...

Claro. Vamos a ver ahora obras donde has actuado en distintos períodos y que nos comentes cuáles, en particular, te marcaron y por qué. ¿Cuál fue la primera obra que tú sentiste: «Ok, caramba, sí lo estoy haciendo muy bien»?

Esta obra te estoy cristalizando. Es curioso: hay una obra que, además, está inspirada en Gritos y susurros, de Bergman, que hicimos. Fue la primera obra que hicimos en Rajatabla, ya como Autoteatro, pero fuera del aula universitaria.

Y yo hacía un personaje que era la moribunda, la que se muere de cáncer, y yo no hablaba. Lo único que hacía era... Sonata de otoño, no; eso fue Gritos y susurros primero y después vino Sonata de otoño.

Ya con Gritos y susurros yo me gané un premio, ¿verdad? Este fue mi primer premio municipal, creo que fue. Y yo al final cantaba un pedacito de una ópera —ahora te digo cuál es—, y caía y moría.

Y después vuelve Bergman, pero con Marcos Reyes Andrade como director, y esa fue una de las, digamos, de los trabajos que más me marcó como trabajo de caracterización; de ser muy distinta a lo que yo soy.

Era un personaje bellísimo, que había tenido un duelo: había perdido un hijo, y su mamá era una gran pianista, una compositora, que siempre la miraba con ojos de escrutinio. Y la relación era muy mala, muy fatal, fatal, fatal. Cada vez que se encontraban era una cosa. Y eso fue uno de los personajes que creo que me marcó como actriz.

Sonata de otoño. Así. Y a ver, casi al mismo tiempo comienzas a hacer cine con Homicidio culposo, que fue la más taquillera de esa época, fue esa obra, y también comienzas a hacer televisión con Maite en RCTV.

Y me llaman porque estoy haciendo un curso de dialoguista, y Pilar Romero, que en paz descanse, me dice: «Quiero que hagas un capítulo en el que tú tocas piano», y me engañó. Y ahí me tendió una trampa, porque no me quiso sacar más y me dijo: «Olvídate de escribir novelas; tú vas a actuar».

Ella me marcó también. Y como actriz es difícil quizás optar. La pregunta clásica: ¿qué prefieres, teatro, televisión o cine?

Te da igual. Tres experiencias tan distintas que, en su momento, cuando son tres buenos proyectos, me quedo con los tres. Con los tres. Buenos proyectos, bien dirigidos y bien escritos.

Vamos a hacer una pausa, pero cuando volvamos te voy a repreguntar, porque eso que estás diciendo, que los tres son iguales... No. Ya regresamos.

Bueno, bienvenidos todos de vuelta a Venezolanos, en esta conversación con Julie Restifo. Julie, te dejé el tema de la actuación en teatro, en televisión y en cine, y nos decías que eran experiencias distintas.

Me gustan las tres, claro, independientemente de que una sea más intimidante que la otra. Lo que te estaba diciendo: porque el cine... A ver, el cine depende mucho de todo lo que te rodea, de la parafernalia. Entonces te dicen: «Cuidado, que no muevas así, porque la cámara está aquí. Entonces no hagas esto», porque no te sientes un poco encorsetado, sobre todo en los primeros planos.

En televisión igual, y ves una cantidad de gente que te rodea. Entonces está el tipo que aquí abajo, con no sé qué, si hay que hacer algo. Entonces el nivel de concentración tiene que ser máximo. Sabes, mucho, muy en las tres te tienes que concentrar, pero acá estás muy consciente de toda la parafernalia que te rodea.

Y a veces, como no te ves sino después, no sabes exactamente qué hiciste. Porque si te lo mandan a repetir, no sabes cuál van a escoger para ellos. «La mejor fue la tres, porque el sonido estaba mejor». Pero para mí, la uno, que es la que no escogieron. Entonces tienes que aprender a desapegarte. El desapego, el desapego.

Y ya. O sea, ¿que es cierto eso que dice? Los actores, cuando ustedes se meten en el papel durante la obra, pero ya después se olvidan de eso, esos personajes no viven dentro de ustedes.

En teatro, en teatro, lo maravilloso es que ya tuviste un proceso largo de mesa, de ensayo y error, y ya es la adrenalina y el momento, la interacción con tus compañeros y el público. Eso es lo que hay.

Entonces la dinámica es muy rica, porque no es que la... Yo vengo del teatro. Cuando hice televisión, cuando hice por primera vez televisión, la odié, y cine igual, porque no la entendía muy bien. «¿Cómo era la cosa? ¿No que no miraste para acá? Ya va, ¿para dónde tengo que mirar?». «Que mires para allá». «Cuando haga...». Sabes que me molestaba así; no te sentías libre como en el teatro.

Después ya fui agarrando, pues. Ya sabía que acá levantaba la ceja y después decía otra cosa para acá, sobre todo en televisión, que es como más... Y el teatro siempre fue como mi acuario, claro, que yo nadaba estilo libre.

Claro que hay unas directrices del director, ¿verdad? Tú misma sabes que el movimiento y la palabra se concatenan, es decir, se hermanan. Ya sabes que cuando yo voy para allá tengo que decir...

Y la parte, digamos, de interacción con los compañeros. En cine también tienes que tener una interacción con los compañeros y tienes que tener emocionalidad y todo eso, sí. Pero a mí me parece que es más difícil que el teatro; para mí me cuesta más. Sí, hay más variables, más factores en juego que tienes que atender.

Fíjate que Jessie Buckley, cuando hizo Hamnet con Louis Fernández, yo me aprendí que yo era la psicóloga, unos términos de lo que era la transición o el cambio de sexo, unos términos que eran científicos. Claro, en el día de mi grabación yo me siento. Mira, no digas nada de esto, no, no digas nada de esto, digo así.

Yo no sé por qué me hizo eso, pero realmente fue un reto. Me aprendí en ese momento otra línea de lo que ella quería que dijera, otra cosa, porque lo pensó mejor y le parecía que este no era el texto. Pero en el momento de grabar, y tú sabes que me apoyó mucho en eso Luis Fernández, que estuvo ahí.

Pudo haberse ido, porque era cámara y actriz; después cambiaban la cámara y era él. Pero fue una bonita experiencia.

Y ahora que también eres directora... Sí, eso en años recientes. Y productora. Productora. ¿Tú sientes que es muy importante el papel del director? Tú has actuado con directores que después te das cuenta de que no eran los mejores.

Totalmente. Eso es muy interesante para la audiencia. Y no sé, yo siempre pensé: «Oye, los mejores directores son los que han actuado o los que han pasado por ahí». Pero eso es lo que yo decía antes, pero me he dado cuenta de que no, que no, que no.

Yo lo que sí sé es que un director tiene que tener un bagaje cultural e intelectual importante, y entender lo que le pasa al ser humano, entender la dimensión de lo que es el ser humano y entender al actor también.

Claro, que somos también a veces malcriados, vulnerables. La manera como el director les saca lo mejor a cada actor, eso es lo sublime de ser director: sacarle lo mejor a un actor.

¿Y te parece cómo es la relación con el texto? Es decir, ¿el director puede, debe darle un sesgo al texto que está trabajando?

Si el director es autor escénico, el director podría agarrar un texto y manipularlo un poco; no cambiarle el texto, sino que, de repente, es como la gente lo va a percibir, ¿verdad? Entonces creo que sí se permite.

Evidentemente, están los clásicos como Shakespeare, Calderón de la Barca y todo eso, que es lo que es. Pero si el director está haciendo una propuesta escénica novedosa, también podría jugar un poco con ese texto.

Ya. Y tú, como directora, ¿respetarlo, no? Tú, como directora, por ejemplo, ¿qué pasa si el vestuarista te presenta algo que no te gusta?

Lo que pasa es que las veces que yo he trabajado con vestuaristas han sido muy pocas, porque últimamente yo también me encargo de la dirección de arte. Entonces, entre el director y la persona que está a cargo de la dirección de arte, si hay una buena comunicación y entiende...

Primero tienes que decirle: «Mira, voy a hacer esto y este es el diseño», o «vamos a casa de las de San Bernardino, de las judías que tienen maravillas, tesoros escondidos, y vamos a ver que esta es la paleta». Tiene que haber una conversación entre el director, que es el que, digamos, tiene todo en su mente, en su cabeza, y entonces el escenógrafo.

Por ejemplo, las últimas veces trabajamos con Fernando Delfino, que hizo cosas lindas, maravillosas. Éramos amigos también. Entonces yo le decía: «Ay, Fernando, me gusta más esto que esto». Decía: «Sí, bueno, lo que tú digas; vamos, vamos».

Este es un trabajo. A mí me encanta esa parte de producir y diseñar, me encanta. Lo que me parece es que te saca la parte creativa, es parte de tu ser artista.

Y está bien que el director también sea autor de la obra. Eso probablemente le ha pasado a Javier, ¿no? Claro, había dirigido sus obras, ha dirigido casi todas, y está muy bien. Incluso a veces se dice que, si tú eres director y eres el que lo escribió, hay casos en que es mejor que lo dirija el propio autor.

Ya en otras ocasiones, de repente, uno dice: «Yo voy a entregar mi obra para que la dirija otro». Pero en el caso de nosotros, que somos... Está el dramaturgo en casa, el director, la directora, productor; todos hemos hecho como que esa dinámica nos ha funcionado bien.

¿Y tú intervienes en los textos de Javier? ¿Opinas? «Mira, ¿te parece?»

Sí, claro, consultando siempre, siempre. Él pregunta y me pregunta. ¿Y no has sentido la inclinación a escribir tú?

Yo nada más escribí una vez un monólogo para Microteatro que se llamaba Yo, Madonna. Era una artista plástica obsesionada y fanatizada por la imagen de Madonna, y entonces echaba el cuento de que los hombres que había tenido Madonna la habían maltratado, porque ella también había sido.

Y al final, como él la hizo, Stephanie Cardone, y el esposo es artista plástico, que es Miguel Marzán, al final ella develaba la cara de Madonna y escuchábamos la música. Quince minutos de obra. Pero yo no soy dramaturga; no me considero dramaturga por haber hecho eso.

Claro. Lo que se ha hecho es guiones para espectáculos. Por ejemplo, el Día Mundial de la Paz. Bueno, yo hice, vamos a decir, la curaduría de la música, y me gusta mucho también escoger la música de las obras de teatro.

Por ejemplo, en El padre, todo ese movimiento minimalista de los compositores españoles, alemanes e italianos me fascina. Entonces tú escoges la música, las obras que hacen entre ustedes, claro, cuando tú entiendes lo que está pasando ahí, y para describir la atmósfera y meter a la gente en el mood, la música y la luz son fundamentales.

Con una trayectoria tan larga, son 48 años trabajando sin parar, ¿lo recordaste? Bueno, ¿tienes la sensación de que hay algo que no hayas hecho? Es decir...

Sí, bueno, si hablamos de los tiempos que corren: series. Series, porque he hecho novelas, he hecho unitarios, pero no he hecho series. Y series con guionistas que, de verdad, lo que hay ahora en el mercado es maravilloso, impresionante.

Ojalá tuviésemos la fortuna de que en Venezuela, cuando se pueda abrir otra vez la industria de los audiovisuales, podamos hacer series de alta calidad, que venga gente acá. Sería maravilloso, sería maravilloso, porque realmente hay series en las que cada capítulo es una película, una obra de arte.

Un personaje como los de Almodóvar, que yo pudiera hacer eso. Después de estar acostumbrada a ser la villana, la buena, la mala, la más o menos mala, o sea, encasillada. Porque, bueno, mi cara no permite hacer otra cosa.

Aunque en ¡Viva la Pepa! sí pude hacer una trabajadora, una peluquera. Me encantó hacer eso, porque me encanta caracterizarme, me encanta que me saquen del molde ese de la rica millonaria.

Claro. Y Julie, el teatro que a ti te gusta, ¿cuáles son los autores, no solo del teatro venezolano sino del teatro universal? ¿Cuáles son tus debilidades?

Es que a mí me gusta cualquier tema que tenga que ver con la condición humana, la conducta, las relaciones. Por ejemplo, en La íntima del presidente, de Estrella Serfaty, que es una cosa interesantísima que la gente quizá no sabía: que era una judía, madre de Isaac Chocrón, que se fue con Medina Angarita.

Entonces son esos personajes los que me apasionan. Me encanta. Bueno, evidentemente, La señora Ímber para mí fue un antes y un después.

Bueno, si me apuras, yo diré que te he visto muchísimas veces en el teatro. Yo no sé, creo que esa es la guinda de la torta. Yo creo que es la guinda de la torta. Y no sé qué, últimamente me están preguntando mucho por ella.

Pero ella me está volviendo. Es: «Mira, Julie, por favor, vamos a hacerla otra vez». «¿Qué?». Mira, La señora Ímber fue algo extraordinario.

Primero, yo les dije a ellos: «Están locos». A la persona, al mismo Diego Arroyo: «Están locos. Yo no me parezco a ella, mi tamaño no... Ella era chiquitica. Yo no puedo hacer Sofía Ímber».

Entonces ellos dijeron: «Pero dale, claro que sí puedes». Y yo no creía en mí. Entonces empecé a ensayar y yo decía: «Paren, paren, paren, esto es horrible». Yo misma me saboteaba.

Yo en la noche lloraba porque decía: «La gente no me va a creer, la gente no me va a creer». Fue un camino de dolor. Y aprenderme todo eso no fue lo complicado, sino hacer que todo saliera, que saliera el personaje.

Y un día, maravilloso, antes de estrenar, Javier dijo: «Señores, ahí está Sofía Ímber». Pero fueron muchas semanas, semanas, semanas, y dale, dale: en la mañana el texto, en la tarde con el director, en la mañana, de manera obsesiva, además, para que saliera eso. Pues bueno, salió una obra maestra.

Eso no voy tanto a las reuniones de mis niñitas. Estoy siempre en algo. Y a ver, el teatro de los otros: ¿a quiénes te parece, quiénes son la gente que convive, que te gusta?

Mira lo que hace La Caja de Fósforos y Orlando Arocha me parece extraordinario, con pocos recursos, ayuda de la embajada, sí, pero el movimiento que hay ahí es de gente comprometida, que no le importa hacerlo por nada, prácticamente.

Hicieron una que no la pude ver, Cartas no escritas, que mi hija fue. Dicen que no paró de llorar. Y son de verdad cosas que no ves en ningún teatro, son propuestas que no ves en ninguna parte. Orlando Arocha y los admiro mucho, de verdad, por lo que hacen.

Pero claro, admiro mucho también a Juan Carlos Duque, que convirtió al Centro Cultural Chacao en un sitio para todos los productores que quisieran hacer, que pudieran entrar ahí. Pues le dio vida cuando estaba muerto. El Centro Cultural Chacao estuvo años sin que pasara nada, no pasaba nada, y él le dio vida.

Y está entregado. ¿Sabes lo que es ese cargo, o los cargos donde no tienes vida personal y tienes de lunes a domingo que estar? Y lo haces porque te apasiona el teatro y porque amas a tus colegas. O sea, porque es dramaturgo y director también.

¿Y actrices del cine universal cuáles te tocan el corazón?

Bueno, mira, tengo que hablar de que he visto mucho cine y algunos trabajos me han gustado. Pero, para esta... Jessie Buckley hizo un trabajo extraordinario en lo de Shakespeare. Además, Hamnet fue una mirada tan femenina y tan profunda de la maternidad y del duelo que quizás no todos lo comprendieron.

Ya ahí quizá hubo algunas personas que no entendieron la película. Es posible. Dicen: «Bueno, entonces, ¿y Shakespeare?». Es que no se trataba de Shakespeare; se trataba de ella, de lo que pasó ahí y de cómo afectó a Shakespeare.

Es una película para hacer el Hamlet. ¿Recuerdas que ella está como enrollada en medio de una raíz? ¿Cómo se llama? El útero, claro. Y toda la parte de la naturaleza y la fuerza de la naturaleza, que es la fuerza femenina, claro, de la creación. Bellísima. La quisiera volver a ver.

Y Sentimental Value también me gustó mucho. Esas son actrices que yo no conocía y que me llegaron. Jessie Buckley sí la conocía, pero no a esta actriz que hizo la hija. Claro. Y qué extraordinaria.

Sí, quizá muchas son noruegas, de Noruega. Pues sí. Se podría hablar de Meryl Streep, de la que siempre uno nombra, claro, que tiene muchas carreras y ha hecho cosas extraordinarias. Pero esos descubrimientos me apasionan; me encanta descubrir nuevos actores y decir: «Wow, ¿y de dónde salió esto?». Claro, este monstruo, este monstruo en el buen sentido de la palabra.

Una fuerza. Lo entiendo. Pasa la cámara y te cambia un momento de tu vida, te hace sentir vulnerable, te hace mirarte para adentro. Eso es lo bueno del arte.

Yo veo en Javier y en ti una amistad, casi que un culto, por Isaac Chocrón, que me parece muy bonito. Fue su maestro también, el de Isaac. Y bueno, como él es de la fundación Isaac Chocrón...

Sí, ahora vamos a hacer Clíper. Así sí, que es una obra de Isaac, que tiene un elenco hermosísimo. Está Tania Saravia, están mis dos hijos. Va a ser muy significativo para Javier también, por lo que quiso a Isaac y lo que nos quiso él a nosotros.

Julie, ¿y la vida cotidiana de ustedes cómo transcurre? ¿Un día en tu casa? ¿Tus hijos viven con ustedes o ya no?

Yo sé que es casada. Sí, ya vive aparte. Ya... En sí vive con nosotros, en una casa muy grande y muy caótica. Sí, muy caótica, porque eso, al ser también el búnker donde está el vestuario guardado, la escenografía guardada...

Y yo no me atrevo a invitar a mis niñitas a mi casa, porque eso está... Sí, no, los muebles que tú ves ahí, eso es de esta producción, esto es La promesa, está La señora Ímber y esto puede ser...

Claro, una casa normal no lo es. No lo es. Pero hasta que estemos ahí. Y yo ya estoy pensando que estoy en el sexto piso; no he estado en el... No, todavía no llegaba el séptimo. Tengo que hacer algo, porque hay que tener energía para llevar esa casa, para mudarse también, para reducirse y deshacerse.

¿Será posible hacer eso?

A lo mejor no. No sé, ¿por qué tú no lo harías?

Es que yo no digo apartamento, pero eso no es el destino de nosotros, de tercera edad: ser un poco más prácticos.

Sí, sí. No es... Y no, no hay que... Si el techo está no sé qué y no, no, no, no.

Pero ¿y cómo empieza el día? Todavía ahí empieza el día.

Bueno, porque yo como en la onda muy saludable y pienso que hay que alimentar las células y tener el hígado limpio. Siempre empiezo con jugo verde, frutas. Entonces yo me meto en la cocina y empiezo con eso.

Y después, bueno, sentarse a ver qué es lo que hay, si hay una cosa que hacer de producción. Ahora sí me toca la semana que viene empezar con la dinámica de la producción de Clíper, que la va a dirigir Javier.

Y normal: me gustan las series, me gusta compartir con Javier, ir al cine, comer, pero estar juntos para muchas cosas. Vacaciones toman muy poco. Lo que pasa es que, cuando no hay proyectos, prácticamente uno está de vacaciones.

Claro, pero eso les pasa muy poco a ustedes. Y Javier tiene trabajo con el Sistema de Orquestas y tiene algunos alumnos de oratoria. Sí. Y está en Chacao, en el estudio de formación de Chacao.

En estos días me dijo Javier por WhatsApp: «Oye, no paras de escribir». Y yo le digo: «Y tú no paras de actuar». ¿Es a ti un día como decir: «No voy a hacer nada»?

No, no puedes. El dolce far niente me aburriría muchísimo. Yo me voy a la playa y me quiero devolver. O sea, una semana me parece mucho.

O sea, me parece... No, no. Yo tengo viajes de más de quince días, claro, a menos que tú fueras adonde están tus hijos y tus nietos.

Ese es otro tipo de viaje. Sí, claro, porque ahí no te puedes aburrir con eso. Bueno, lo que pasa es que mis hijos y mis nietos se van para el colegio y trabajan, y entonces uno dice: «¿Qué hago yo aquí?». Claro.

La Navidad o alguna cosa, sí, pero eso es una semana. Sí, pero si muchas vacaciones no. Nosotros estamos como workaholics, claro. Siempre, no es porque el cerebro no nos deja quietos; siempre estamos inventando cosas y queriendo hacer cosas.

¿Y no has pasado por ninguna crisis vocacional en estos 48 años, que hayas dicho: «No actúo más»?

En el canto, no. En la actuación, en el canto ha sido algo que me ha... O sea, porque yo pensé que iba a ser músico toda mi vida. Desde que estoy con los diez años de piano hasta que entré en la adolescencia y me fui a la universidad y todo eso, yo pensaba que iba a agarrar por ahí.

Pero mira, el destino me dijo que no, no vas a agarrar por ahí. Entonces, claro, me arrepiento de haber dejado el piano; me arrepiento de no haber cultivado mejor mi voz. Claro, y también de complementarlo más con lo que yo hago, porque eso es claro, el escenario también.

Pero bueno, quién sabe, quién sabe. Bueno, ojalá, ¿verdad? Y mira, me quedan pocas preguntas y quizás otras curiosidades. La lista de premios, y después voy a terminar con las últimas dos líneas de tu poema.

Qué bueno, qué lindo. Pero cuando termines no nos dirá... No tenemos tiempo. Antes de que esta frase me... Después me la explicas, claro, porque yo la entiendo.

Fíjate: «Si pocos años en el aire bastan para perder el piso». Qué belleza el poema. «Si pocos años en el aire bastan para perder el piso eternamente». ¿Cómo lo traduces tú?

Mira, uno pierde el piso porque ha estado mucho en el aire. Bueno, eso está basado en una experiencia de una compañera de trabajo que era hermosa y yo almorzaba con ella con mucha frecuencia. Trabajamos juntos en el Banco Central de Venezuela. Te estoy hablando del pleistoceno, más o menos.

Y ella me contó: ella fue aeromoza de Viasa muchos años, y a mí me impresionó mucho el cuento de ella. La idea, primero, yo ignoraba que hay una medicina aérea, que las aeromozas, los pilotos y los sobrecargos tienen una atención médica en particular porque están en el aire.

Sí, claro. Eso me pareció muy poético, eso me pareció muy poético, y me dio la impresión de que a ella le faltaban raíces y que ya no podía, porque se había acostumbrado a estar volando siempre, y que recuperar el piso era como casi una tarea imposible: en la tierra, vivir en la tierra.

Ese poema es muy poderoso. Sí, lo hicimos en el Teatro Municipal en los noventa y en el CELCIT. Y en el CELCIT también.

Sí. Esa frase... Porque también me identifico con que nosotros hacemos algo que es mucha ficción y a veces estamos más en las nubes, montados en las nubes, que en la tierra. Y a veces cuesta, cuesta aterrizar. Pierdes el piso.

Bueno, yo creo que quizás ese poema ha resonado tanto en ti porque tú eres muchísimas personas, porque has encarnado centenares de personajes y todos, de alguna manera, sobreviven en ti.

Por cierto, mi tía Rosaline, que es francesa, fue aeromoza de Viasa y le tocó el cambio de uniforme de color anaranjado. Era azul, anaranjado, con su peluquita, porque ella también pasó muchos años en el aire, pero no perdió el piso. Se enamoró y tuvo a mis primos.

El amor la aterrizó. La aterrizó el amor. El amor aterriza. El amor aterriza. Y el amor es necesario para eso, para cuando te desvías en el camino, sobre todo porque hay crisis existenciales entre los seres humanos y en el artista también.

Quizá, ¿qué dejo? ¿Cuál es mi legado? Yo, como madre, ¿lo hice bien? Creo que no lo hice tan bien. A veces me torturo un poco con eso. Lo hubiese hecho de otra manera.

Pero tus hijos, una belleza. Sí, pero uno se sabe. Uno quiere... Lo entiendo. Dice: «¿Por qué hice esto así? Lo debí haber hecho de otra manera». Pero eso creo que es el común denominador de todo ser humano.

Yo creo. Bueno, ha sido un gusto enorme conversar contigo. Un privilegio, un placer. Y bueno, de nuevo, muchísimas gracias. Nosotros nos despedimos ante una próxima oportunidad. Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. En esta serie Los del podio, temporada número 4.

Hasta nuestro próximo. [MÚSICA DE FONDO]

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