Serie Literatura Venezolana Siglo XIX. Cap 4.
Lit Ven XIX. Cap 4.
Transcripción
Rafael Arráiz Lucca. Transmisión en vivo en www.mundour.com, debes buscar la pestaña de Radio en Vivo, bajar y darle clic en Unión Radio 90.3. Recuerda que nos puedes seguir en arroba MundoURWeb, en arroba RadioEscuelaUR y en arroba Rafaela Rice en Twitter. Mi número de productor nacional independiente 30.720. En esta serie que venimos desarrollando este es el cuarto capítulo.
En el anterior estábamos revisando el primer romanticismo venezolano como corriente literaria, por supuesto, y estuvimos viendo la poesía de Francisco Guaicaipuro Capardo. Y ahora vamos a verla de Domingo Ramón Hernández, que vive entre 1829 y 1893; se le tiene como al poeta más popular del siglo XIX después de Abigail Lozano. A diferencia de muchos de sus compañeros de ruta, su vida no dibujó un arco romántico en lo que a epopeya se refiere. Recuerdan que en programas anteriores hemos dado señas, anécdotas de las vidas de estos personajes, que también tuvieron vidas románticas y probablemente allí estuvo su comunión con las mayorías.
Domingo Ramón Hernández llevó una vida recogida, sin grandes relatos épicos, sobrevivía impartiendo clases de violín; aquí ya empieza un rasgo, si se quiere, romántico. En sus años finales dio lecciones de declamación en la Escuela de Bellas Artes de Caracas, ciudad donde nació y murió. Al igual que Cecilio Acosta, jamás salió de Venezuela y probablemente no lo haya hecho ni siquiera de la propia Caracas. Al igual que Acosta vivió en la pobreza y se ganó el cariño de sus contemporáneos.
Pero a diferencia de Acosta, Hernández se empeñó en el cultivo del poema casi exclusivamente. Su poesía dialoga con la de José Ramón Yepes, que hemos referido en programas anteriores, y con la del primer Calcaño. Es decir, atiende a las circunstancias mínimas, se detiene en la naturaleza, es contemplativa y proclive a blandir el dato que es umbroso, muy propio del romanticismo. A trabajar en martirio, que tanto sedujo los espíritus románticos.
Aunque secundaria, la poesía de Hernández era genuina y quizás eso fue lo que el lector anónimo halló en sus versos. Voy a leerles dos estrofas: "Y si afanosa pasó mi vida y me miraron todos pasar, o al ave errante que va perdida volando a locas sin reposar, fueron mis oasis los más seguros para el descanso reparador: las altas torres, los viejos muros y el techo humilde del labrador". Y de esta segunda camada romántica formaron parte también Diego Hugo Ramírez y Eloy Escobar, pero no me detengo en sus obras porque en verdad con la de los cuatro anteriores que hemos trabajado en el programa están dadas prácticamente todas las coordenadas de esta promoción.
Allí hemos hablado de los mejores momentos del Calcaño, antes que asuma el discurso neoclásico. Hemos hablado sobre la abundancia retórica de Heráclito Martín de la Guardia. Hemos hablado de las odas grandilocuentes de Francisco Guaicaipuro Capardo y hemos hablado de esta menesterosa mirada de Domingo Ramón Hernández. Y fíjense que José Antonio Maitín, Abigail Lozano y Yepes también despertaron ese primer romanticismo criollo.
En estos segundos no brilla lo mejor de este espíritu, tampoco lo hizo en el primer grupo, pero al menos al primer grupo lo asistía, como dije antes, un compromiso. Y ahora viene la tercera promoción de poetas románticos, estos ya atardidos: me refiero a Pablo Emilio Romero, a Tomás Ignacio Potentini y a Alejandro Romanache. Ellos ofrecen su poesía cuando ya ha tenido lugar la discreta rebelión parnaciana que veremos luego y cuando el modernismo ya ha tocado las puertas, de modo que la denominación tardía les viene al pelo, les calza perfectamente.
Otto de Sola, en su antología de la moderna poesía venezolana, los ubica como los populares de la generación, entre 1885 y 1890. En verdad esta tercera promoción podría llamarse de un modo más exacto: no es una promoción en el sentido preciso del término, ya que sus versos no promueven nada diferente de lo propuesto por sus antecesores, son más bien epigonales. La popularidad de la que gozaron no es prueba de la importancia en sus obras, hasta podría decirse todo lo contrario. Probablemente las razones de esta epigonalidad se encuentran en la vida y formación de estos hombres.
Pareciera que el destino les dio un trabajo de popularizar aún más la impronta romántica. Y cumpliendo con ese encargo, abordaron el soneto con gracia y elevaron sus esperadas loas a los héroes de la patria. Para ser muy francos, no hay mayor cosa digna de subrayar más allá de haber encarnado unos fenómenos de popularidad importantes, ayudados por sus profesiones, de periodistas, militares o políticos en el caso de Potentini. La significación de sus obras se hace palpable si recordamos que los primeros libros de estos poetas fueron publicados cuando ya Juan Antonio Pérez Bonalde había publicado Estrofas de 1877 y Ritmos de 1880.
De modo que en cierto sentido estos últimos poetas románticos son anacrónicos, en relación con lo que estaba pasando en la literatura de su país, Venezuela, en aquellos momentos. Y vamos a abordar ahora este extraordinario poeta del siglo XIX, me atrevo a decir que lo más importante en poesía que dio Venezuela en el siglo XIX. Me refiero a Juan Antonio Pérez Bonalde y me pregunto si se trata del último de los románticos o el precursor del modernismo en Venezuela. Comencemos por señalar que al igual que Andrés Bello, Pérez Bonalde describe su obra Lejos de la patria.
Si Bello en su tarea fundacional abraza el discurso neoclásico, Pérez Bonalde alcanza el punto más elaborado de nuestro romanticismo. Y la crítica se divide en dos porciones: los que no le conceden a la frecuentación de las lenguas y la poesía alemana e inglesa influencia determinante en los logros de Pérez Bonalde y los que sí le conceden un peso importante. Yo creo que negar que fue un factor determinante es, por supuesto, negar el valor de la cultura. Además de su talento indudable, su poesía es la que llega más alto dentro de los cánones del romanticismo porque bebió de sus fuentes originales, entre otras razones.
Pero antes de entrar de lleno en esta polémica vamos a examinar el trayecto de Pérez Bonalde. Nace en 1846 y muere en 1892 en Caracas, en el seno de una familia liberal, me refiero al Partido Liberal venezolano del siglo XIX, y por eso experimenta un primer destierro en 1861, cuando su familia se ve impelida, necesitada de emigrar a Puerto Rico. Para entonces las primeras nociones de la lengua alemana ya las ha tenido Pérez Bonalde gracias a la amistad de sus padres con Carlos Sape. De modo que entre sus 15 y sus 18 años Pérez Bonalde vive en Puerto Rico y luego se mudan a Santo Tomás, y regresa a Caracas cuando las condiciones cambian en 1864, pero esto vamos a verlo en la próxima parte del programa.
Ya regresamos. En breve continúa Venezolanos. Somos Unión Radio Cultural. ¿Estás escuchando Unión Radio Cultural? Este y otros programas de Venezolanos los puedes oír en formato podcast a través de anchor.fm. Para alguna sugerencia sobre este espacio pueden escribirnos al correo rafaela rice arroba hotmail punto com. Y en Twitter, arroba Rafaela Rice. Somos Unión Radio Cultural.
Estamos de regreso con Venezolanos. Somos Unión Radio Cultural. Bien, les decía en la parte anterior del programa que la vena poética comienza a manifestarse con un poema que se titula Una lágrima más, que fue escrito en 1864, el mismo año en que comienza a ayudarse económicamente impartiendo clases de piano. Tocaba muy bien el piano. Luego anualmente va publicando uno o más poemas en los periódicos de su tiempo, aunque en 1870 de nuevo sale al exilio y esta vez la causa del exilio es la llegada al poder de Guzmán Blanco.
Guzmán Blanco se entera de que el autor de unos versos que han sido declamados por un payaso en número de variedades después de la corrida de toros del domingo, son obra de un joven poeta de apellido Pérez Bonalde. Y en esa composición poética Pérez Bonalde se burla del general Guzmán Blanco y lo que es peor, el público aplaudió el hecho. Se burlan del poema que declama el payaso. Entonces al día siguiente llegó la orden: el poeta tenía ocho días para abandonar el país.
Entonces tiene 24 años, corre el mes de marzo de 1870. Su madre está enferma y él intuye que en esa despedida va el último abrazo. Y así fue, meses después de su partida a Nueva York fallece la madre en Caracas. Probablemente intuyó Pérez Bonalde que aquí el viaje iba a ser largo, pero no lo sabía.
Lo cierto es que vuelve varias veces a su ciudad natal y no de manera definitiva hasta 1889, cuando ya regresa a Venezuela enfermo para morir tres años después. Justo después de la primera visita en 1876 compone su primer gran poema de los tres grandes poemas que escribió. Me estoy refiriendo a Vuelta a la patria; lo va a incluir en su libro primerizo, su libro inicial Estrofas de 1877. A partir de 1870 las condiciones naturales del poeta van a encontrar su mejor camino.
Basta recorrer su primer libro buscando cuáles poemas ofreció antes del destierro y cuáles después, para uno percatarse de cómo va ahondando en sus recursos expresivos y en sus ritmos. Vuelta a la patria representa la culminación de una primera etapa en la que ya trabaja en la traducción de Heine, el gran poeta alemán, y ya ha leído a los románticos ingleses. Hasta esa fecha, sin la menor duda, ningún venezolano ha escrito un poema de mayor resonancia interior, de mejor arquitectura, de más acompasada musicalidad. En ningún poema nuestro la interiorización del paisaje y la secuencia del viaje han sido trabajados con tanta profundidad.
Les leo unos seis versos: "Madre, aquí estoy, de mi destierro vengo a darte con el alma al mudo abrazo que no te pude dar en tu agonía. A desahogar, en tu glacial regazo, apenas agudo que en el pecho tengo y a darte cuenta de la ausencia mía". Y aquí dos ausencias se suman: la del desterrado que vuelve y la de la madre, que ha fallecido en ausencia del hijo. Con frecuencia se ha destacado más las destrezas paisajísticas del poema y su faceta descriptiva, pero lo que trabaja de fondo es también relevante: me refiero a la relación madre-hijo, la identificación entre la madre y la tierra que se ha perdido por el exilio político.
Pero además ocurre un diálogo entre el hijo que vuelve y se confiesa, y la madre que está y no está, que aún late en el corazón de su hijo perdido. El poeta da cuentas de lo que ha sido su devenir. Y de pronto se percata de que la madre no puede escucharle. Lástima, la vida de aquel hijo desterrado se ha ensanchado en exacta proporción al itinerario de sus viajes por el mundo.
Y lejos, muy lejos de haber llevado una vida menesterosa o una vida de un clochard que hubiese calzado dentro del espíritu romántico, realmente Pérez Bonalde consigue un trabajo que supo mantener a lo largo de toda su vida en Nueva York. Trabajo muy particular: era comisionista, es decir, representante viajero de una firma que vendía perfumes, esa firma se llamaba Laman and Kemp. El sueldo que él devengaba y las comisiones que obtenía le permitieron llevar una vida más que digna en Manhattan. Pero le dieron algo todavía más precioso.
Le entregaron el mundo porque gracias a la firma Pérez Bonalde tenía que hacerse un trotamundos vendiendo los perfumes, y fue así como se enriqueció con todo tipo de aventuras y vicisitudes en África, Europa e Asia. Hasta un naufragio abandonando un puerto ruso lo detuvo por semanas en Escandinavia. La verdad es que ha debido pasarle de todo en años viajando por todas partes vendiendo perfumes. Han debido ocurrir desde aquellos amores del marinero que toca un puerto y se va hasta la relación amistosa con los escritores de su tiempo.
Además, en la profundización de su cultura musical, que llegó a ser francamente asombrosa. Y si el cosmopolitismo del modernismo en muchos casos iba a ser un proyecto, en Pérez Bonalde era una realidad, porque si alguien era cosmopolita en la vida que llevaba, era el propio Pérez Bonalde. Y volvamos a Vuelta a la patria, que no es fruto de un destierro relámpago. Es el fruto de largos años haciendo alma lejos de la tierra, de la tierra donde nació.
De lo contrario sería imposible la construcción del poema. Sería incomprensible la sincronía entre la emoción del que se acerca a su patria amada y el avance de la nave rumbo al puerto. Desde el retrato en la cordillera de la costa vista desde el mar, el vaivén de las olas se va a hacer interior, se espiritualiza, pierde su condición física para desmaterializarse en una evocación memoriosa y profunda; entonces Pérez Bonalde era un joven de 30 años. Nunca antes se había trabajado tan profundamente en la poesía venezolana el sentimiento amoroso hacia la tierra en conjunción con el amor hacia la madre, en una suerte de sinfonía, de solapados ritmos entre un amor y otro.
Aquí no hay ni una pizca de grandilocuencia, ni una pizca de salamería bobalicona, ni una pizca de falsedad como solía presentarse en cierto romanticismo criollo que hemos criticado. Se cumplía un presupuesto romántico genuino, es decir, la vida y el arte como un todo indisoluble. Y aquellos años son propicios en varios sentidos para el poeta: su situación económica mejora y el amor toca a puertas. En 1879 se casa con Amanda Schumacher, a quien ha conocido en la Biblioteca Pública de Nueva York.
Un año después nace su única hija, Flora, que viene a ser la alegría más preclara de su vida, y vaya ironía, el más duro golpe también. Según refiere el padre Barnola en un artículo esclarecedor sobre aspectos biográficos del poeta que se titula Rectificaciones biográficas, la niña murió de tres años a causa de un ataque de risa, enfrente de sus padres atónitos, dice Barnola literalmente. La niñita, sin embargo, debió ser un caso extraño, casi patológico, criatura de prodigioso desarrollo mental que antes de los dos años ya entendía y reflexionaba como persona mayor. Y así fue, como cierto día mientras se hablaba durante la comida, Flora entendió algo de la conversación que le causó mucha gracia, de donde le acometió un acceso incontenible de risa del que siguió un ataque y poco después la muerte.
Fin de cita al padre Barnola. Antes de la muerte de Flora, que en cierto sentido fue también la muerte del poeta, nuestro autor había publicado un segundo libro, Ritmos, en 1880 y luego viene el más complejo poema que llegó a escribir, el Poema del Niágara. Hasta la fecha de la publicación de este canto abismal, la poesía venezolana no registraba hecho poético de semejante profundidad. El poema recoge una contemplación activa, dialogante, de la naturaleza en su expresión fluvial, pero el río que observa Pérez Bonalde en Canadá no es el río de los románticos.
Es un río moderno y el río de Heráclito, que de pronto estalla en mil pedazos por causa del abismo. De modo que el río simbólico de los poetas románticos ingleses se deshace en el canto al poeta y además adelanta una operación moderna. El salto del agua hacia el vacío pasa a ser el salto del hombre en su tránsito vital. A partir de aquí el poema cobra resonancias metafísicas.
El agua se fragmenta, se multiplica, se hace plural, ya no es el agua, es la condición humana. El salto hacia el vacío es hermoso y terrible, es la perplejidad del hombre frente a la muerte. El poeta se debate entre el vértigo y la quietud, el horror y la belleza. En el diálogo que va tomando cuerpo entre la catarata y el poeta, el camino de la espiritualización de lo material se abre.
Nuestro autor intuye un espíritu regente de la ferocidad del agua que se precipita, cree en las entrañas del abismo acuático que guarda los secretos, sospecha que una sabiduría se oculta detrás de aquel poder creador, belleza y terror al mismo tiempo. Entre el poeta y el genio mudo se metaforiza la relación del hombre con sus dioses o su Dios. Ese poeta ardido en interrogantes, en dudas, asado en el fuego del misterio, solo alcanza a preguntar, a preguntar, a preguntar. Aquí Pérez Bonalde apela a un recurso intertextual y construye él mismo el juego de Edgar Allan Poe en El cuervo.
En El cuervo, es decir, alguien pregunta y una voz lacónica responde. ¡En la próxima parte del programa continuamos! Con Pérez Bonalde. En la parte anterior del programa veníamos hablando de cómo Pérez Bonalde recurre a una fórmula que ya había trabajado Edgar Allan Poe en El cuervo. Es decir, en ese poema de Poe responde el cuervo, en el poema de Pérez Bonalde del Niágara, responde el eco que está escondido detrás de la catarata, pero en ambos diálogos la respuesta es entre escueta y enigmática.
¿No es esta acaso la relación que mantenemos con Dios? ¿No se nos pide fe y más fe para poblar el vacío que deja el silencio de Dios? Y este canto va como avanzando hacia su altura religiosa, entonado sobre la condición principal de la modernidad, que es la duda. Voy a leerles un fragmento. "Entonces, ¿por qué rujes, magnífico y bravío?
Porque en tus rocas impetuoso crujes y al universo asombras con tu inmortal belleza. Si todo ha de perderse en el vacío, ¿por qué lucha el mortal y ama, y espera, y ríe, y goza, y llora, y desespera? Si todo al fin bajo la loza fría por siempre ha de acabar, dime, ¿algún día sabrá el hombre infelice dónde se esconde el secreto del ser? Lo sabrán nunca, y el eco me responde, vago y perdido: nunca".
Bien. Y al final, ya superada la experiencia de la misma, el autor siente que debe tomar partido y ante la parca expresión del eco, en su interpretación del genio, opta por una respuesta: ¡la poesía! Entonces hace el elogio, la anatomía de la naturaleza, de la poesía y se confiesa consagrado a los dictados de ella. Pero también al final opta por una resignación moderna y alcanza una certeza: todo se va a perder, hasta el río que se precipita en la catarata se va a perder. Les leo entonces: "Yo pasaré también, irá mi canto a extinguirse en el seno de la muerte donde todo va y allí ardirá la sacra inspiración, el estro fuerte del infelice bardo que su llanto supo olvidar un día para cantar tu gloria; solo habrá vil escoria, el polvo de una lira confundido con el polvo del muerto".
"El eco de un sonido perdido entre los ecos del desierto". Bien, gran poema. Y en 1883 Pérez Bonalde decide la publicación de este canto solo y le solicita un prólogo a nada menos que José Martí, quien era su amigo porque lo frecuentaba en Nueva York. Y según Enrique Bernardo Núñez en su ensayo sobre la vida y obra de Pérez Bonalde dice que ha conocido en la tertulia que sostienen los hispanoamericanos residentes en Manhattan, en la calle 14, en el salón Tazze.
De allí se conocieron y Martí es elogioso. Fíjense lo que dice de este poema de Pérez Bonalde. "Este poema fue impresión, choque, golpe de ala, obra genuina, rapto súbito". Y más adelante señala: "Pérez Bonalde ama su lengua y la acaricia, y la castiga, que no hay placer como este de saber de dónde viene cada palabra que se usa y a cuánto alcanza".
Bien, el prólogo del cubano además es un manifiesto. El modernismo en él se detiene en las condiciones y circunstancias del escritor de su tiempo, dibuja el clima intelectual de su época, descarta las piedras del pasado y anuncia el esplendor que germina en las entrañas de los nuevos autores. Entre ellos destaca a Pérez Bonalde. No fue gratuita entonces la expresión de Uslar Pietri, en uno de los ensayos más penetrantes que se ha escrito sobre el poeta.
Dijo Uslar: "Lo esencial del modernismo está en él". Bien, volvamos a 1883 y al hecho nefasto de la muerte de Flora, la hija de Pérez Bonalde con Amanda Schumacher. Bien, este matrimonio que ya de por sí estaba mal avenido, pues se deshace definitivamente y va a comenzar la última etapa en la vida de Pérez Bonalde. Quedan por delante las escrituras de un poema de mediano aliento, de profunda intensidad, y la conclusión de su obra magnífica de traductor.
Escribe algunos poemas, pero ninguno de la entidad de Flora. Voy a leerles cuatro versos de este poema dedicado a su hija. Bueno, y a lo largo de toda la finísima elegía se descubre el alma elegante del poeta, su canto es como un fado portugués. Como una delicada balada que pronuncia en voz baja para no interrumpir el llanto.
Ni lamento, ni llantos desconsolados, sino una dolorosa asunción de la terrible fatalidad que ha significado la muerte de su hija y, a la vez, un retrato como de acuarela del lugar que aquella hija ocupaba en sus almas. Los años que siguen en la vida de Pérez Bonalde van a persistir en la experiencia neoyorquina y el viaje permanente, y dedica todas sus fuerzas creadoras al margen del trabajo como vendedor o comisionista para traducir. Se sigue moviendo por el mundo pero ese poeta va herido con todo lo que le ha ocurrido, se sostiene con la ilusión de poder concluir la mejor traducción al español que se haya hecho del cancionero de Heine, y ese sueño lo mantiene en pie.
Viaja a España y establece vínculos con Marcelino Menéndez y Pelayo. Al decir de Pedro Grases, Menéndez y Pelayo era el maestro de la crítica española. Pero Pérez Bonalde le muestra trabajo adelantado de la traducción para su justa valoración y el crítico le contesta una epístola. Y cuando sale finalmente la traducción en Nueva York, gracias al apoyo de los dueños de Laman and Kemp, que apreciaban mucho a Pérez Bonalde y a su trabajo, va a llevar la carta de Menéndez y Pelayo como prólogo a la traducción.
Y en ella, mayor elogio no se puede ofrecer. Menéndez y Pelayo llama a la traducción lo siguiente, escuchen: "El monumento más insigne que hasta ahora han dedicado las letras castellanas al último gran poeta que hemos alcanzado en nuestro siglo". ¿Qué más puede decirse?
Y a la traducción del poemario alemán le sigue la del cuervo, de Poe. A todas luces este texto le daba vueltas desde hace años por la cabeza hasta que decide hacer la versión en español. Estamos en el año 1887 y la obra del poeta, ya no la del traductor, parece haber quedado en una suerte de letargo. En verdad después de las muertes de sus hijas son muy pocos los poemas que completa.
Los tragos amargos le han acercado a formas de compensación que se pagan muy caro, se ha ido haciendo adicto a la morfina. En estos años finales enfrenta también una polémica con Felipe Tejera, el autor de Perfiles venezolanos. En su libro aparece un retrato de Pérez Bonalde que motiva las respuestas del poeta, pero su contestación no puede ser más ejemplar. Se esmera en la redacción de dos semblanzas, una de Richard Wagner y la otra del propio Heine.
Y ambas son una contundente elección para Tejera: una severa instrucción acerca de cómo debe abordarse seriamente una semblanza que combine la vida y obra del retratado. La de Wagner es inteligente, fina y erudita. Y Tejera, al hacer el perfil del poeta Pérez Bonalde, demuestra poca capacidad para comprenderle. Lo que le reclama es precisamente su máximo valor, lo recrimina porque es un hombre zarandeado por las dudas y no un creyente.
Por favor, la modernidad de Pérez Bonalde precisamente es la que Tejera no comprende. Afirma Tejera: "Revelaba el poeta en sus primeros ensayos aquellas hermosas creencias cristianas que aprendió de sus padres y su imaginación parecía abrirse como flor de ricos aromas y de colores más durables. Empero parece que la lectura de cierta literatura moderna desesperada le robó poco a poco la nativa fragancia y desvaneció las bellas tintas de su cáliz". Bueno, esto es inaceptable.
Está haciendo una lectura moral católica de la poesía de Pérez Bonalde, algo que verdaderamente no puede hacerse. Y lo cito para que veamos cómo puede confundirse un tema con otro y como no se deslinda propiamente la obra artística de la religión que, según Tejera, es la que debe profesar, la que debe cultivar Pérez Bonalde. En la última parte del programa veremos el final de la vida de este gran poeta. Para alguna sugerencia sobre este espacio, pueden escribirnos al correo rafaelarraiz@hotmail.com y en Twitter, arroba Rafaela Rice. Somos Unión Radio Cultural.
Bien, y entonces de pronto la familia de Pérez Bonalde deja de tener noticias del poeta. Y se sospecha lo peor, pero finalmente se sabe que está recluido en un sanatorio en Nueva York, un sanatorio para morfinómanos; su hermana Elodia, a quien está dedicado el poema Vuelta a la patria, viaja hasta Manhattan y puede verlo. La intención que tiene es traerlo de vuelta a casa, pero los médicos determinan que la terapia indicada es permanecer en una larga cuarentena. Y allí está un año hasta que zarpa hacia sus costas queridas en 1889, aparentemente restablecido y ya preservado de su adicción.
La Caracas que encuentra lo celebra pero no comprende del todo; él se aburre, se quiere ir. El viaje de regreso esta vez ha sido un retroceso de muchos años entre las tertulias caraqueñas y las del Salón Tazze, pues Pérez Bonalde siente que hay un abismo. Y en 1890 el nuevo presidente de la República, que era Raimundo Andueza Palacios, le concede un cargo diplomático en Amberes y él se embarca de nuevo, pero esta vez el viaje fue inconcluso.
Se le descompensa la salud a bordo y se ve en la necesidad de bajarse del barco en una de las islas de las Antillas. Y ahora regresa a casa de manera inexorable, ya intuye que la muerte ha comenzado a darle vueltas. Los médicos le recomiendan vivir cerca del mar, de modo que abandona su ciudad natal y se muda a casa de una sobrina en La Guaira, y allí transcurren sus últimos dos años.
El daño que le ha causado la morfina ya es irreparable. Un mal día se le paralizaron las piernas y quedó postrado. Luego lo aquejó una hemiplejía que le quitó el habla y finalmente lo fulminó esa misma emergencia. Murió, abrazado a un crucifijo, a los 46 años, apenas el 4 de octubre de 1892.
Bueno, solo me resta intentar responder la pregunta que encabeza el programa. Es decir, se trató del último de los románticos o del primer modernista dentro de la historia de nuestra literatura, y bueno, lamentablemente hubo muchos otros románticos después que persistieron repitiendo fórmulas huecas del romanticismo. Pero sí fue, sin la menor duda, quien formalizó mejor el espíritu romántico de su tiempo en Venezuela. Las razones ya las hemos ofrecido: en cuanto a su poesía como precursora del modernismo, no abrigo ninguna duda, lo fue y lo fue en la medida en que el modernismo no objetó el romanticismo de inteligente factura como el que él hacía.
El modernismo irrumpió en contra, no del romanticismo sino de la retórica romántica que había poblado de llantos y sandeces los territorios de la poesía. De modo que la prueba de esto que vengo diciendo es que los modernistas como tal no aborrecían el romanticismo de muchos de ellos, ¿verdad? Y la prueba es que Martí y Darío le rindieron el tributo merecido a sus antecesores. Precisamente el prólogo de Martí al poema del Niágara es, además de un prefacio, un documento fundamental para comprender los inicios del modernismo.
Pero además la condición precursora de Pérez Bonalde no solo se manifiesta en su poesía sino en su obra de traductor. Para los modernistas las obras de Heine y de Poe son fundamentales. Y ya sabemos a quién se debe la mejor traducción de uno y del otro al español, a Juan Antonio Pérez Bonalde. En lo que me resta el programa vamos a comenzar a ver los parnacianos o, si los parnasianos también se les ha llamado, el parnasismo. Nace en Francia como una reacción llamada al orden frente a los excesos del romanticismo.
Pero no hay manera de entender el parnasismo o parnacianismo si no se le estudia como una de las manifestaciones que buscaba salir del laberinto romántico, desde el romanticismo mismo, para ir hacia otras dimensiones. En tal sentido es que debe tenerse en cuenta que el parnasismo es anterior al modernismo por muy pocos años, y mientras uno es una invención europea, el otro es una invención americana: el modernismo es una invención americana y el parnasismo es una invención europea, específicamente francesa. Es común a ambos el diagnóstico de agotamiento en que se encontraba el romanticismo, y ambos se mueven a partir de allí en busca de oxígeno. En el fondo el modernismo y el parnasismo están buscando oxígeno frente a la retórica romántica.
Ahora bien, si el diagnóstico de agotamiento retórico del romanticismo es severo en Europa, ¿cómo podría ser en América? ¿Cómo podría ser en América realmente, donde el romanticismo presentaba las características que ya conocemos? Y París es la ciudad donde se inicia la reacción parnaciana. Alrededor de la revista Le Parnasse Contemporain, publicada entre 1866 y 1876 durante 10 años y animada por Charles-Marie Leconte de Lisle, José María Heredia y Sully Prudhomme y Théophile Gautier, entre otros.
La reacción proponía una dupla distinta a la del romanticismo que era arte y vida. Y se pronunciaba por la de arte y ciencia. Eso era lo que buscaba el parnacianismo. Añadiéndole la coletilla según la cual debían ir juntos, pero sin confundirse. El ensayista Luis Beltrán Guerrero definía a la lírica parnaciana como, voy a citar, "poesía de severa precisión formal, de objetiva impasibilidad exótica y erudita, refinada, exacta, arqueológica y contemplativa".
En verdad lo que buscaba decir Guerrero es que el parnasismo, como lógica reacción frente al romanticismo, buscaba negar la fuente de la retórica romántica. Es decir, la efusión individual, la confesión personal. De allí que la emocionalidad estuviese proscrita del campo semántico parnaciano. Si los poetas románticos cantan, se cuecen en sus martirios, los parnasianos buscan la serenidad marmórea de los griegos.
Algunos críticos e historiadores que le ponen mucha atención a las luchas de poder en el intramundo literario les asignan gran peso a la intención parnasiana del estremecer el trono de Víctor Hugo. Y no le falta razón, pero las luchas por el poder con ventajismo poético no son los únicos motores para estas revueltas líricas. El crítico Julio Calcaño, en el prólogo a las obras literarias de Heráclito Martín de la Guardia, entrega una definición del parnasismo.
Dice: "Para el parnaciano la poesía es el arte de versificar con propiedad, delicadeza y corrección". ¡La propia definición está diciendo que no es más que una de las calidades en la poesía! Pero el parnaciano no piensa gran cosa en conmover, en impulsar la meditación o desatar las lágrimas, o regocijar el espíritu con su rasgo de ingenio. Su ahínco lo pone en deslumbrar y causar admiración por la belleza del verso y de la rima, la armonía del ritmo y la viveza, el brillo del colorido.
Terminamos este programa con estas palabras de Julio Calcaño. En nuestro próximo encuentro, en el quinto capítulo de esta historia de la literatura venezolana del siglo XIX, nos encontraremos. Y este programa es posible gracias al equipo conformado por Isabela Iturriza, Inmaquiblada Sebastiano, Carlos Javier Virgüez, Juan Juárez, Fernando Camacho y Giancarlos Caraballo. También puedes seguir la transmisión en vivo en www.mundour.com, debes buscar la pestaña de Radio en Vivo, bajar y darle clic en Unión Radio 90.3.
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