Serie Literatura Venezolana Siglo XIX. Cap 1.

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Les habla Rafael Arráiz Lucca desde Unión Radio y esto es Venezolanos. Un programa sobre el país y su historia. Este programa es posible gracias al equipo conformado por Isabela Iturriza, Inmaculada Sebastián, Carlos Javier Virgüez, Juan Juárez, Fernando Camacho y Giancarlos Caravaggio. También puedes seguir la transmisión en vivo en www.mundourr.com, debes buscar la pestaña de Radio en Vivo, bajar y darle clic en Unión Radio 90.3.

Recuerda que nos puede seguir en arroba mundourweb, en arroba radioscuelaur y en arroba Rafael Arráiz. En Twitter. Mi número de productor nacional independiente 30.720. Vamos a iniciar una nueva serie, una serie dedicada a la literatura venezolana del siglo XIX.

Comencemos por un dato ilustrativo de la literatura en el período colonial venezolano, y es que en Venezuela la llegada o la instalación de la imprenta fue muy tardía, tan tardía como el siglo XIX. Fue Francisco de Miranda el que traía una imprenta en la nave que lo acercaba a las costas y ese intento fracasó, los dos intentos mirandinos de 1806. Esa imprenta que él traía, según Arístides Rojas, fue depositada en la isla de Trinidad después del fracaso de la expedición.

Y allá, en Trinidad, la adquirieron dos norteamericanos de apellidos Gallagher y Lamb. Ellos se la trajeron a Caracas y establecieron la primera imprenta en Caracas, con la que se imprimieron los ejemplares de la Gaceta de Caracas, periódico, el primer periódico venezolano, a partir de 1808. De modo que estamos hablando de una imprenta en el período todavía colonial.

Y luego con esa misma imprenta se va a imprimir, valga la redundancia, el Calendario manual y guía universal de forasteros en Venezuela para mil ochocientos diez. Ese fue el primer libro impreso en Venezuela y, gracias a las investigaciones de Pedro Grases, el gran catalán venezolano que le dedicó su vida a los estudios en Venezuela, en 1952 se publica un estudio donde Grases demuestra que no solo fue el primer libro impreso en Venezuela, sino que su autor fue el joven Andrés Bello. Porque el libro no está firmado por Bello, es una suerte, como dice su título, de calendario y guía universal para forasteros, para viajeros, de modo que no era usual firmarlo.

Recordemos lo siguiente. ¿Dónde se establece la imprenta en América primero? Bueno, en México en 1535, en Lima en 1583; muchos años después se establece en los Estados Unidos en 1638. En la Argentina se establece en el año 1700, en La Habana en 1707 y en Bogotá en 1738. Estos datos nos los ofrece Pedro Henríquez Ureña, ese gran dominicano, en su libro Historia de la cultura en América hispana.

Y, por si acaso no fuese suficiente demostración de la precariedad de las expresiones literarias el hecho de no disponer de imprenta sino hasta los primeros años del siglo XIX, ofrezcamos algunos juicios de los estudiosos sobre esto. Antes debo aclarar lo siguiente. Los textos de fray Pedro de Aguado, Historia del descubrimiento y fundación de la Gobernación y Provincia de Venezuela, es de 1581. El de Juan de Castellanos, Elegías de varones ilustres de Indias, en 1589; el de fray Pedro Simón, Noticias historiales de las conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales, es de 1626; y el de José de Oviedo y Baños, Historia de la conquista y población de la Provincia de Venezuela, 1723, no son suficientes como para llevarnos a afirmar que hubo una literatura colonial venezolana en el sentido que venimos hablando.

Es decir, al no contar con una imprenta, se publicaron algunos libros sobre temas venezolanos, por supuesto impresos en su totalidad en España y probablemente alguno en alguna imprenta americana, pero con seguridad en ninguna imprenta venezolana porque no la había. De modo que cuando nos referimos a una literatura, estamos pensando en un sistema de corpus e inspiraciones aisladas, muy valiosas por lo demás, pero nos referimos sobre todo a eso. Para no ser demasiado contundentes, aceptemos que hubo algunas manifestaciones literarias durante el largo período colonial.

Por ejemplo, las de fray José Antonio Navarrete fueron de extraordinaria importancia, pero no circularon porque no pudo imprimirlas en su tiempo y se imprimieron mucho tiempo después. De modo que la expresión literaria de los hijos de aquella sociedad no fue suficiente como para poder hablar de una literatura colonial venezolana. Sobre todo, insisto, si pensamos en la literatura como un tejido de lectura y escritura que se expresa de manera abundante y llegaba a formar un sistema, porque no solo la literatura requiere de quien la escriba sino de quien la lea.

Por eso hablamos del sistema. Y el crítico Julio Calcaño señala que fue a finales del siglo último, se refiere al siglo XVIII, cuando la Revolución de los Estados Unidos del Norte, la Revolución de Francia y el consiguiente estado anormal de la península abrieron nuevas sendas a las ideas de los suramericanos. Hicieron posible la introducción clandestina de libros prohibidos y contribuyeron en gran manera a la lucha de independencia que cambió por completo la mísera condición de las colonias, las cuales acaso hubiera conservado España con la práctica de un sistema de colonización y gobierno.

Y con la difusión de las luces que preparan el corazón y el espíritu para figurar en escena de la civilización, nuestra literatura alborea con el sol de la Revolución de Independencia. Esto es lo que señala Julio Calcaño y no le falta razón. Y aquí hay un dato interesante que apunta a la introducción de libros en el universo liberal que entraron de manera subrepticia a Venezuela.

En ese sentido, Venezuela tenía una ventaja en relación con otros países de América Latina como puede ser Ecuador, Perú o Chile. Y es la cercanía de Europa: el primer país que encontraba cualquier barco que viniese de Europa eran primero las islas, las Antillas Mayores y las Antillas Menores, y una vez penetrado en el mar Caribe se conseguían con las costas venezolanas. De allí que la élite caraqueña, la élite coriana, la élite cumanesa tuvo acceso a libros que estaban proscritos por la Iglesia católica.

Eran los libros del liberalismo de la Ilustración, tanto inglesa como francesa, con autores como John Locke, como Rousseau. Fueron libros que comenzaron a ser leídos por la élite y que fueron abriéndole un mundo de posibilidades a las futuras repúblicas americanas. Por su parte, Gonzalo Picón Febres, en su libro La literatura venezolana del siglo XIX, dice lo siguiente: ningún venezolano medianamente ilustrado debe ignorar que la instrucción pública en Venezuela a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX era pobre, deficiente y restringida en grado sumo por las reservas preventivas que la Corona de España siempre tuvo para ilustrar a sus colonias de América y muy especialmente a Venezuela.

Temía, sin duda alguna, que la propagación y lectura de los libros nuevos, la difusión copiosa de las ideas avanzadas y el espíritu revolucionario de los Estados Unidos y de Francia despertasen y luego avivorasen el deseo de la independencia hispanoamericana. Por eso procuró a todo trance mantener sus colonias en un estado de lamentable ignorancia. Esto dice Gonzalo Picón Febres.

Hay otros motivos que podemos añadir a lo de Picón Febres, pero no es el momento para hacerlo. También coinciden con sus diagnósticos Calcaño y Picón Febres, y vamos a ver entonces el juicio de Mariano Picón Salas, que lo ofrece en su libro Formación y proceso de la literatura venezolana, un libro sumamente importante. Él dice allí lo siguiente: Venezuela no tuvo una literatura colonial que pueda compararse pálidamente, por lo menos por su volumen, con las de México, Perú o Nuevo Reino de Granada. La imprenta no llegará a Caracas hasta 1808 para convertirse en instrumento de reacción antiespañola.

Los papeles que quedan del siglo XVII y la mitad del siglo XVIII coinciden en su barroquismo colonial con las de otras partes de América. La misma erudición farragosa, el mismo retruécano, la misma fórmula altisonante es una forma de intelecto que carece del espíritu histórico. Bien, en la próxima parte del programa seguimos viendo estos inicios de literatura venezolana en el siglo XIX. Ya regresamos. En breve continúa Venezolanos. Somos Unión Radio Cultural. ¿Estás escuchando Unión Radio Cultural?

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Humboldt, en su libro Viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente, señala algo sobre Caracas muy interesante. Él dice allí lo siguiente: "En muchas familias he hallado gusto por la instrucción, conocimiento de los modelos de literatura francesa e italiana y una predilección decidida por las músicas que cultivan con éxito y que sirve para unir las diferentes clases de la sociedad, como lo hace siempre la cultura de las bellas artes".

Hasta allí la cita. Y aunque él hace referencia al conocimiento de las literaturas italiana y francesa, el énfasis está puesto en el disfrute de la música y, en otros pasajes del libro, en los buenos modales de los sectores caraqueños que lógicamente denotaban familiaridad con ciertas expresiones elaboradas. Pero no puede inferirse de los comentarios de Humboldt, del retrato de aquella amable ciudad colonial que rememora desde su sillón europeo con gratitud, ni siquiera puede inferirse la existencia de un grupo de lectores críticos medianamente sistemáticos, mucho menos puede suponerse la existencia de una literatura. Sin embargo, el panorama humboldtiano y otros análisis, frutos de investigaciones recientes como esta de Michael McKinley sobre la Caracas pre-revolucionaria, que se titula Pre-Revolutionary Caracas, vienen a matizar la contundencia de las afirmaciones de Calcaño y de Picón Febres.

No era una situación de tierra arrasada la que tenía Caracas. Tampoco se trataba de una suerte de Atenas tropical. Pero el juicio y las observaciones de Michael McKinley, este es su libro, es la tesis doctoral de McKinley en la Universidad de Cambridge. Él pasó cuatro o cinco años viviendo en Venezuela, investigando los archivos para redactar esta tesis doctoral que tiene extraordinarias revelaciones sobre nosotros, ¿no?

Fíjense lo que él dice, afirma McKinley: ya a estas alturas deberían estar claros varios aspectos de la economía de exportación de Caracas, primero y sobre todo la diversificación de la base agrícola ocurrida entre 1777 y 1810. A excepción posiblemente de La Habana, ninguna otra colonia hispanoamericana experimentó la transformación que caracterizó a Caracas al safarse de la dependencia del cacao. La significativa presencia del café y del añil, y en grado menor de otras cosechas, procuró a la provincia una variedad en sus posibilidades de ingreso muy notable para una pequeña provincia monoproductora.

Esto es muy interesante, porque a lo largo de toda su tesis doctoral McKinley demuestra que la Caracas de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX era una provincia rica que había diversificado su economía, como lo demuestra el aumento de la producción cafetalera y de añil, que vienen a disputarle los primeros lugares al cacao. Le toman unos cuantos años más, pero muy pronto el café va a ser un producto de exportación superior en cantidad al cacao. De modo que esa lectura de McKinley nos da una visión menos sombría a la que nos tenían acostumbrados nuestros escritores.

Y fíjense que tiene una visión que nos revela un mundo un poco más próspero que el que se ha tenido fundamentalmente y que ha permeado en algunos escritores sobre este período. Y dos aspectos resultan indiscutibles: la provincia de Venezuela a finales del siglo XVIII y principios del XIX había alcanzado un respetable nivel de desarrollo económico sobre la base del cultivo de café, el tabaco, el añil y el cacao. De allí que algunas expresiones del espíritu creador hubiesen florecido junto con el interés por ciertas manifestaciones artísticas por parte de la élite.

Eso fue lo que vio Humboldt y lo impresionó en su visita a Venezuela. Esto no niega que hubiese una precariedad en la literatura venezolana, como lo hubo y como lo hemos dicho todo el tiempo. Pero sí niega la tesis según la cual en la provincia de Venezuela no fue permitido el crecimiento de las luces. De hecho, la propia élite que va a llevar adelante la guerra e independencia no se explicaría sin la situación de auge que encuentra el barón de Humboldt en su visita.

Eso creo que hay que tenerlo en cuenta. Y otro viajero, además de Humboldt, que fue François de Pons, dice lo siguiente en una obra publicada en 1806. Refiriéndose a las casas caraqueñas, él observa lo siguiente: "En ellas se ven hermosos espejos, cortinas de damasco carmesí en las ventanas y en las puertas del interior, sillas y sofás de madera de estilo gótico sobrecargados de dorado con asientos de cuero de damascos o de cerda, altos lechos cuyos elevados doceles muestran un exceso de dorado, cubiertos con hermosas colchas de damasco y muchas almohadas de plumas, fundas de ricas muselinas guarnecidas de encajes". Hasta allí la cita de Pons que viene a respaldar la riqueza que vio Humboldt en las casas caraqueñas.

De modo que la prosperidad de entonces se sustentó en el cultivo de la tierra y del comercio con la península imperial, faenas en las que la Compañía Guipuzcoana tuvo su parte durante sus cincuenta años de labor en tierra venezolana. Entre mil setecientos treinta y 1780, así como los criollos que para entonces amasaban una fortuna considerable y eran incluso dueños de los barcos con los que enviaban sus frutos allende el océano. Será en esa sociedad colonial, que tiene expresión en una ciudad capital que para el año 1800 registra alrededor de 30 mil habitantes, será allí donde comienzan a tener lugar las tertulias literarias.

Van a ocurrir en casa de los Ustaris, ellos se llamaban Luis y Francisco Javier. Y bajo el entusiasmo de estos hermanos se reunía la élite del entonces a leer y declamar poemas, a compartir sus intentos prosísticos y a limar las rugosidades del espíritu, al amparo de las letras. Corre la primera década del siglo XIX. ¿Quiénes asistían a estas peñas literarias?

Pues dos caballeros muy respetados entonces, Miguel José Sanz y José Antonio Montenegro. Y junto a ellos estaban Vicente Salias, Vicente Tejera, Domingo Navás Espínola, José Domingo Díaz, José Luis Ramos y el joven Andrés Bello. Y este último, Andrés Bello, le va a confesar a su biógrafo chileno, Miguel Luis Amunátegui, refiriéndose a los Ustaris, lo siguiente: "Ambos eran poetas, grandes favorecedores de los devotos de las musas, oficiosos aristarcos de los ingenios nobles que empezaban a despertarse".

La casa de estos caballeros se había convertido en una especie de academia donde concurría cuanto en la capital venezolana figuraba por las dotes del espíritu. Hasta allí lo que le dice Bello y, claro, él no le puede decir, como es lógico, que el más destacado de esos jóvenes poetas era él. Y continúa relatándole a Amunátegui la Caracas de su juventud, y le dice: "No había matrimonio ni bautizo, ni colación del beneficio eclesiástico o grado universitario, ni día de santo, ni banquete, ni fiesta pública o privada en que no se leyeran o recitaran redondillas, décimas, octavas, sonetos".

De modo que a la música la acompañaba la poesía, como estamos viendo señalando con base en estas confesiones que le hace Andrés Bello a su biógrafo chileno Miguel Luis Amunátegui. Y el buen nivel de ejecución y composición alcanzado por la música en Venezuela, de acuerdo con juicio de los conocedores en la materia, no se corresponde con el de la expresión poética, esta volaba menos alto. La verdad es que las tertulias de los Ustaris y particularmente lo que de ellas se estampó más allá de la oralidad se ciñen al territorio del canto apacible, el poema bucólico discretamente virgiliano, construcciones líricas pensadas más para el escenario de una velada, para agradar a la audiencia, que para darle salida a las tormentas propias del espíritu.

Pero si los logros poéticos fueron menores, incluidos los del joven Bello, los referidos al dominio en las ciencias jurídicas y el pensamiento no fueron despreciables. No pretendo afirmar, obviamente, que estos alcances fueron frutos de las tertulias en casa de los Ustaris, para nada. Pero sí señalo que entre los contertulios estaba Sanz, quien pudo hacer aportes valiosos fruto de su discurrir organizado y de su voluntad. Y si fuésemos a resumir en dos apellidos, de los muchos que bebieron de las aguas de casa de los Ustaris, esos dos apellidos serían los de Sanz y Bello.

Ambos, sin demeritar a los otros, trascendieron con sus obras más allá de la anécdota o el ditirambo. Puede decirse más: si ellos no hubiesen participado en esas tertulias probablemente estas habrían sido registradas por la historiografía por su filón exclusivamente circunstancial, y en verdad no ha sido así. En la próxima parte del programa seguimos con estas tertulias en casa de los Ustaris. Bien, la historiografía rescata estas tertulias en casa de los Ustaris y les atribuye una importancia principal.

Por ejemplo, Picón Febres tiene a estas tertulias como el escenario donde nació la literatura venezolana, y fíjense lo que él dice allí: "Dice: pero de aquellos literatos y poetas bisoños, poco instruidos en el arte, ignorantes de los buenos modelos castellanos, sin mayores alcances ni gallardía de imaginación. Y por añadidura amañados en fuerza de la imitación pseudoclásica e imperante, apenas quedan hoy los nombres y algunas de sus obras, de muy escaso brillo y mérito en el fondo y en las formas". Bueno, suponemos que queda salvo esta sentencia de Picón Febres, pues Andrés Bello, ¿no?

La verdad es que aquella élite que se reunía en casa de los Ustaris había leído con atención, en el mejor de los casos, a los clásicos latinos, algunos autores peninsulares, y el tiempo demostró más adelante que el mejor lector de aquella camada había sido Bello, quien antes llegó a leer El Quijote siendo prácticamente un niño. Y los aires poéticos de aquella Venezuela finisecular y de principios del siglo XIX, para los que no dominaban otro idioma que el español, eran los de la madre patria. De modo que el barroco colonial convive, aunque cediéndole el paso al neoclasicismo que Picón Febres llamó en uno de sus arranques la imitación pseudoclásica e imperante.

Es este ambiente de prosperidad económica pero de precariedad cultural donde va a prender la mecha del espíritu revolucionario. Precisamente en las propias tertulias en casa de los Ustaris asistía un alumno de Andrés Bello, un muchacho llamado Simón Bolívar, e incluso con frecuencia tertulias alternas llegaron a ocurrir en casa de los Bolívar, allá frente a la plaza San Jacinto. Estos son los años decisivos en los que va gestándose lo que luego estalla definitivamente en 1810, y es entonces cuando tiene lugar aquel viaje fundamental para el destino de la futura república con el que van de embajadores Andrés Bello, Simón Bolívar y Luis López Méndez a Londres.

Y allí se encuentran con Francisco de Miranda, y hasta en su casa se alojan. De allá nunca regresará Bello a Caracas. Va a pasar 19 años en Londres, y después se va a ir a vivir a Chile donde pasará el resto de una vida muy larga, por cierto, pero a Venezuela lamentablemente no pudo volver. No volvió. Y el ambiente literario en que Bello recibe sus primeras influencias, como hemos visto a lo largo de estas palabras que vengo desarrollando, es el de Caracas donde transcurre su infancia y juventud.

Este es un ambiente, en pocas palabras, un ámbito de debate entre, desde el punto de vista literario, el barroco colonial y las primeras apariciones del neoclasicismo. Este neoclasicismo se fundamentaba en una actualización de los conceptos estéticos de la Grecia clásica. El neoclasicismo que llegaba hasta estas costas del trópico caribeño venía matizado por el crisol ibérico, pero en su esencia mantenía su teleología. Es decir, la razón está al centro del proceso creador y los sentimientos son compañeros peligrosos que pueden llegar a desdibujar la nitidez de la construcción querida.

Estos eran los parámetros del neoclasicismo como corriente literaria y la abstracción va a tomar entonces el lugar de lo carnal, la ambición universalista suplantará al rasgo individual y en el corazón de ese neoclasicismo va a latir el ideal de la inmutabilidad del mundo con que todo permanece. Sin embargo, si bien es cierto que la tendencia dominante era neoclásica, ¿es posible encontrar rasgos prerrománticos en algunas de las composiciones de Andrés Bello? Es el momento de recordar lo que venimos diciendo desde el principio: la imprenta llega en 1808 y Bello se va para siempre en 1810.

De modo que las composiciones poéticas que tejió en aquellos años no podían ser publicadas. De hecho, las editó muchos años después, e incluso algunas no fueron propiamente publicadas por él sino salvadas de la memoria de algunos compañeros que las habían aprendido y memorizado oyéndolo declamar al joven Bello en las tertulias de casa de los hermanos Ustaris. Andrés Bello nace en Caracas, en 1781, y fallece en Santiago de Chile en 1865, de modo que vive 84 años. Y más allá de lo que hemos visto de su infancia y primera juventud en Caracas, lo cierto es que la vida de Andrés Bello en la capital de Gran Bretaña, en Londres, no fue miel sobre hojuelas.

No solo temió en algún momento acercarse a la mendicidad. Le pasó de todo, se hizo viudo, vio cómo muchos de sus hijos pequeños tenían que crecer sin su madre, su esposa muere. Después vuelve a casarse, tiene más hijos y no había manera de que entre los hijos que tuvo con la primera esposa y los hijos que va a tener con la segunda los ingresos alcanzasen para tener una vida medianamente decorosa, de modo que varias veces temió acercarse a la pobreza más cruda.

Y la vida de Bello podemos organizarla en tres etapas para comprenderla mejor. Una primera etapa que comienza con su nacimiento en Caracas y culmina con su viaje a Londres en 1810, una segunda etapa que se inicia el día en que llega a la casa de Francisco de Miranda en Londres y concluye en el instante que se va hacia Chile a los 48 años, cuando él llega a Londres tiene 29 años. Y cuando se va a Chile tiene 48.

Y aquí empieza su tercera y última etapa que es la de la plenitud chilena, que concluye a los 84 años cuando fallece en mil ochocientos sesenta y cinco, de modo que él va a vivir en Chile entre los 48 y los 84. Y allí es donde va a escribir el grueso de su obra, que lo inmortaliza como veremos luego, y estas tres etapas vitales empiezan a organizar también su obra poética. De su período caraqueño nos queda su lírica bucólica, aquella que Picón Salas llamó sueño virgiliano, aquella poesía que se declamaba en casa de los Ustaris y que luego fue publicada por Bello después de haber pasado el crisol de severos criterios críticos suyos.

Esta etapa no es, desde el punto de vista de la poesía, la más luminosa, y la segunda etapa de Andrés Bello va de la mano de sus años londinenses. Él tenía una rutina diaria que consistía en asistir a la Biblioteca del British Museum, a leer allí sistemática y fervorosamente, incluso los bibliotecarios lo reconocían y le respetaban la costumbre de ocupar siempre el mismo sillón frente al mismo escritorio. Y eso lo hizo casi veinte años, durante diecinueve años lo hizo: ahí estaba Mr. Bello leyendo, investigando, navegando entre folios y lomos de cuero que contenían su intento de organizar un mundo, sobreviviendo como preceptor de los hijos de primeras figuras de la política inglesa, en este caso un preceptor era una especie de tutor o profesor.

Bello combinaba esos días entre la enseñanza y la investigación, entre lectura y escritura. Y hacia 1823, cuando ya tiene 13 años en Londres, le da forma a un proyecto editorial. Ese año sale la revista Biblioteca Americana, un órgano que anima la sociedad de americanos en Londres al cual naturalmente está afiliado Andrés Bello, y en ella se publicó su poema excepcional titulado Alocución a la poesía. Esta revista tuvo, como era de esperarse, una corta vida, pero no ocurrió lo mismo con el entusiasmo de Bello.

Esta vez se embarca en un proyecto solitario a hacer otra revista que llevará por nombre Repertorio Americano, y en el primer número publica La silva a la agricultura de la zona tórrida. Estamos en el año 1826 y según Emir Rodríguez Monegal, en su libro El otro Andrés Bello, publicado en 1969, estos años de 1823 a 1826 van a producir un cambio sustancial en Andrés Bello. Entonces Rodríguez Monegal va a afirmar algo que leeremos en la próxima parte del programa. En breve continúa ¡Venezolanos!

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En la parte anterior del programa estábamos anunciando algo que afirma Emir Rodríguez Monegal en su libro El otro Andrés Bello, dice lo siguiente: "Se produce en la situación literaria y poética de Bello una transformación tan sutil que ha sido muy poco advertida, sino totalmente ignorada por sus biógrafos y críticos". En esos tres años Bello madura rápidamente su estética y su visión creadora. Se está refiriendo a los años 1823-1826.

Como crítico, sigue Rodríguez Monegal, salta del eclecticismo sazonado con que contempla el crepúsculo del neoclasicismo en sus artículos de la Biblioteca, a la comprensión de poetas y estéticas del romanticismo triunfante. Como poeta, madura su visión americana y produce La silva a la agricultura de la zona tórrida, un gran poema. Hasta aquí la cita de Rodríguez Monegal. Y ahí él encuentra una diferencia entre el poema Alocución a la poesía y la Silva a la agricultura de la zona tórrida.

Y, obviamente, se pronuncia a favor de esta última, cree este crítico uruguayo que entre una y otra se afina la visión bellista de la circunstancia americana. Incluso llega a atribuirle este cambio el trato cotidiano de Bello con Olmedo o Joaquín Olmedo. En efecto, este dato es valioso, pero de ninguna manera único. Las preocupaciones americanistas de Bello son de larga data.

Lo que sí puede ser cierto, y aquí apunta bien Rodríguez Monegal, es que la presencia de Olmedo en Londres a partir de 1824 entusiasma a Bello y avanza su silva. De hecho, el proyecto de las silvas lo viene afinando desde antes en la fundación de la Biblioteca Americana. Esto lo demuestra Pedro Pablo Barnola, sacerdote, en un estudio introductorio al segundo tomo de las Obras Completas de Bello, publicado en 1962. Ambos textos, La Alocución y las Silvas, formaban parte de un largo poema que se titularía América y que estaría formado por las silvas que el autor ya había compuesto.

Y por diversas razones el poema América nunca se publicó como tal, mientras la Alocución y la Silva sí se publicaron y esos son los que sobrevivieron y llegaron hasta nuestros días. Es cierto que la Silva es un poema de mayor importancia que la Alocución. Yo sobre esto no tengo dudas y es probable que esta profundización de la mirada se haya dado en Andrés Bello por diversos motivos, entre ellos el diálogo intenso con los americanos de entonces en Londres, entre cuyos contertulios se hallaba Olmedo. Ya debió sentir que llegaba el momento para el que se había preparado durante tantos años, darle cuerpo a una idea.

Pasar del triunfo sobre la corona española a la construcción de una república, que es una tarea muy distinta, y de allí que comenzara por nombrar los elementos. Él debió sentir, Bello, que su poema ya estaba casi concluido, aunque el propio Bolívar no lo pensaba así. Ya debió sentir Bello que debía alzar su voz creadora. De allí que esa obsesión americana estaba sembrada en él desde sus tiempos coloniales y la Caracas natal, pero ahora, después de años de destierro, cuando podía expresarse en toda su magnitud.

Y de allí que la Silva a la agricultura de la zona tórrida, aun siendo su poema más acabado o su poema fundacional, sea también un proyecto al que Bello le imaginaba diversas facetas. Ese proyecto americano del caraqueño Andrés Bello se expresaba de manera excelsa en su poesía, pero también lo hacía en su labor de profesor y lo hizo luego en su tarea de legislador en Chile. Y se expresaban sus estudios lingüísticos y se expresaba en su tarea de filólogo. De modo que el Bello de Londres, así como el de Caracas, va a estar preparándose sin saberlo para ser uno de los arquitectos intelectuales del nuevo mundo.

Esa obsesión americana, ya manifiesta en la Alocución, encuentra un cauce más hondo, menos anecdótico, más universal, en la Silva. Es como si el torrente que pide espacio en la Alocución encontrase mayor contención y, en consecuencia, mayor intensidad en los linderos que le va a fijar la Silva a la agricultura de la zona tórrida. La discusión sobre esta alternativa no es nueva, pero no por ello estamos relevados de decir algo sobre ella.

Fíjense, si bien es cierto que en ambos poemas Andrés Bello se dirige a alguien apelando una forma sucedánea de la epístola, no deja de ser cierto que en la Silva el destinatario es menos abstracto que en la Alocución. Ese recurso de dirigirse a la poesía en la Alocución, humanizándola para invitarla a posar su ala sobre el espacio americano, es más fácil que el de dirigirse a la zona tórrida. Sobre todo si la invitación a la poesía casi de inmediato se descubre como una estrategia para la descripción de los avatares heroicos de la guerra de independencia y la relación celebratoria de las ciudades y los países americanos.

Ese paseo que efectúa Bello no puede ser más completo, siempre en la mano de la referencia a la mitología clásica. Esto es importante: allí Andrés Bello va a levantar hasta un pedestal heroico a Antonio Ricaurte, a Atanasio Girardot, a Juan Germán Roscio, quien fue su amigo, a Manuel Carlos Piar, Gregor MacGregor, a José Antonio Anzoátegui y al doctor José María Vargas, a Manuel Sedeño y, por supuesto, a Simón Bolívar. Y en esa relación poética va a condenar a José Tomás Boves y no deja de rendirle tributo a su amistad entrañable con Javier Ustaris.

Así es como la Alocución va avanzando en un tono celebratorio, pero ciertamente comedido, como era Bello, hacia un territorio enumerativo en el que se dan las manos la crónica y el verso. Pocas veces el poeta se sale del cauce que él mismo le ha fijado a su discurrir, ajustado, poco dado a la observación personal y mucho menos a los efluvios de la subjetividad. La interiorización del paisaje, la subjetivización de la experiencia épica no formaba parte del proyecto bellista en la Alocución. Sí habitaban el paisaje del poema, el giro del lenguaje correcto-correctísimo, la intención de rendir una experiencia totalizante.

De modo que no buscaba, don Andrés, la intensidad o al menos eso parece si lo juzgamos por el fruto entregado. De hecho, en un poema tan largo y a veces de tan trabajosa lectura, el riesgo de perderse en unas aguas quietas es grande. Es probablemente porque el autor de pronto retoma la fuerza que lo anima y toca la lira con mayor potencia. Pero si en la Alocución la invitación de la poesía es a mirar hacia el nuevo continente, su geografía, su época, su épica libertaria, en las Silvas la agricultura de la zona tórrida articula una proposición más compleja.

La obsesión que mueve a Bello en este poema es de otro tenor. Digamos que en la Silva hay un llamado a la paz, una paz con la que Bello sueña, ¿verdad? Es la paz que esboza ese proyecto americano que concibe Bello sobre las bases del trabajo. Allí el poeta se da cuenta de la importancia radical que tiene la curación de la herida de la guerra para la verdadera construcción de una república.

Y entonces se desliza además a una dicotomía moral que Bello trabaja; señala que la paz está en el campo y la ambición en la ciudad. Aquí hay una cosa maniqueísta interesante, aquí se insinúa una sonrisa del Bello lector de la poesía clásica, pero también aparece el humanista. Bien, y hasta aquí nuestro programa de hoy. En el próximo continuaremos con el final del análisis de la obra poética y literaria de Andrés Bello, y comenzaremos también a revisar los sucesores de Andrés Bello en la literatura venezolana.

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