Excepcionales
10 de enero de 2020

Excepcionales. Cap 6. Jesús Soto (1)

Venezolanos Excepcionales. Cap 6.

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Soy Rafael Arráiz Lucca, productor nacional independiente 30.720, y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. En la continuación de la serie de Venezolanos excepcionales, este nuestro programa número 6. Hoy vamos a trabajar una larga entrevista que sostuve con Jesús Soto. Soto falleció en el año 2005 y estos diálogos tuvieron lugar en su casa de Caracas, el segundo semestre del 2003.

Al borde de la piscina y al caer de las tardes los pájaros pasaban razantes, tomaban agua en la pileta y seguían su vuelo veloz. Ya el maestro Soto pasaba por quebrantos de salud y tenía frío; le pedía a su asistente que le prendiera un radiador muy cerca de los pies. Una atmósfera crepuscular imantó los diálogos propiciados por la directora del Museo Soto de Ciudad Bolívar, nuestra entrañable amiga Ivanova de Can Gambus. Yo comencé preguntándole al maestro Soto acerca del mundo al que él llega y es muy interesante cómo él reconstruye todo el ambiente de su familia allá en el Sur.

La primera pregunta fue: ¿Cómo es ese mundo al que usted llega en 1923? Ese mundo de allá, de Soledad, ¿cómo es esa familia que lo está esperando? Soledad es un pueblo. Y él dice: «¡Me estás hablando de cuando yo nací! Aquello era un matriarcado».

Entonces había toda una familia de mujeres que estaban criando a sus hijos y las otras hijas produciendo hijos. Yo llegué hasta a ver a mi tatarabuela de más de 80 años. Paula era mi abuela; Marta, mi bisabuela; y Cacilda, mi tatarabuela.

Los que nacían varones generalmente se iban a trabajar, a buscar otras cosas en otras ciudades, pero las mujeres se quedaban. Cuando yo nací mi madre estaba en Ciudad Bolívar. Todos son Soto; le pregunto si todos somos Soto, aparte de mi tatarabuela que tuvo hijos Soto siendo Soto, después se casó con un señor de apellido Colmenares y ella entonces se llamaba Casilda Soto de Colmenares. Pero todas las demás tuvieron hijos sin casarse.

Hasta la generación de algunos tíos que se empezaron a casar; esos dos tíos que se casan, hermano de mi mamá, son los que crean con mi abuela Paula el hato donde vivíamos, que estaba fuera de Soledad a ocho horas a pie; en caballo eran cinco horas, pero a burro y a pie eran unas 8 horas. Yo me ocupaba de llevar los productos del hato y los vendía en Soledad y luego en Ciudad Bolívar, y regresaba al otro día. Siempre en Ciudad Bolívar una o dos días se quedaban; así se repartían la convivencia, se trabajaba en comunidad, pues.

Yo le digo: una estructura matriarcal, era un mundo dominado por las mujeres, y él me responde: matriarcal totalmente, aparte de esos dos tíos que se casaron. Uno nació en Soledad, yo creo que los dos nacieron en Soledad, porque esa familia venía rodando desde El Chaparro, estado Guárico, hasta que se instalaron allá en Soledad. Después es cuando mi abuela compra con dinero de esos tíos ese hato donde de nuevo se reúnen los varones, esos dos varones. Se van a vivir allí hasta que, lamentablemente, a uno de estos tíos lo asesinaron por una cosa absurda.

A él lo habían nombrado jefe civil gratuito porque era uno de los pocos que sabía leer y escribir en la época y tenía una cierta preparación. Bueno… todos sabían leer y escribir, mis abuelos, mi mamá y todos; no era de gran cultura, pero era una cultura de primaria. Él tenía una visión muy diferente; él trabajó muchos años en Maracaibo. Era asistente del general Vicencio Pérez Soto, que lo consideró un muchacho sumamente brillante, dice; lo llevó para Maracaibo.

¿Cómo se llamaba?, le pregunto. Ángel Soto y el otro se llamaba José Merced Soto. Cuando muere Gómez, sigue diciendo el maestro Jesús Soto, el general Pérez Soto sale de allá y se instala en Los Teques y empieza con esas construcciones donde hizo un edificio muy famoso en la época. Yo conocí al general Pérez Soto, muy simpático señor. Y él quería mucho a mi familia, a través de ese tío, y mi tío compró con mi abuela este hato.

Bueno, al tío lo matan porque lo primero que hace es instalar una escuela; se lleva a una maestra de Soledad, consigue que le pague el Estado, y aquello fue un drama porque todos los padres querían que los hijos trabajaran con ellos. Y él les dijo: «Los hijos no son para trabajar, hay que educarlos». Y ellos no entendían, eso era imposible. Eso fue un momento difícil, pero que él logró vencer.

Pero después él siguió con esas ideas de organizar mejor a la gente que estaba alrededor de esos pequeños pueblecitos. Una de las cosas que hizo fue prohibir definitivamente que se talaran las cabeceras de los ríos. Bueno, un señor desobedeció las órdenes y taló. Entonces él lo llamó y lo detuvo por un día, creo.

Y el hombre se constituyó en su enemigo frontal; la gente no entendía, le parecía que eso era un abuso, no podían entenderlo y lo asesinaron una madrugada, y ahí se desmoronó todo. Entonces volvimos todos a Ciudad Bolívar. Una historia verdaderamente dramática y paradigmática de la Venezuela de entonces. Yo le pregunto ahora: ¿Usted tiene recuerdos de ese hecho o estaba muy pequeño?

No, no, ya yo estaba grande, ya yo estaba en primer año en la Escuela de Artes Plásticas, eso fue en 1942 o 43. Usted hace la escuela primaria en Ciudad Bolívar, y él responde: sí, en Ciudad Bolívar, y la hacía en vacaciones mientras estaba trabajando allá. Ese hato se llamaba Cachama y no recuerdo cómo se llamó el otro pequeño río donde estábamos; era un pequeño morichal, puede que lo recuerde más adelante.

Lo cierto es que una vez, estando yo en Ciudad Bolívar hace 10 años, se están celebrando los 20 años del Museo Soto y aparece nuestro amigo Joaquín Soler Serrano, el gran periodista español que quería hacer una película. Él estaba empezando a filmar cosas, entonces quiso conocer el hato; él sabía porque yo le había explicado un poco y yo fui creyendo encontrar algo. Ya el hato lo habían vendido; después de que muere mi tío, el hato lo venden, la familia se dispersa, la familia de mi tío, su esposa. Todos se van a Maracaibo y todos los demás nos vinimos definitivamente a Ciudad Bolívar.

De modo que él... ahora en la entrevista va refiriendo cómo va buscando el hato y hace unas descripciones de las casas, ¿verdad?, ¡de las casas que habían allí! Y dice: se ven las matas, lo único que quedaba eran las matas que nosotros habíamos sembrado. Y yo le había dicho que nosotros trabajábamos allí, que nosotros habíamos construido eso, toda la familia. Yo recuerdo que batía el barro con los pies y trabajaba con las guajillas en el llano, que es cosa que usan para los techos, que son como unos tubitos de madera, caña amarga.

Entonces yo tenía 9 años y ayudaba también a la construcción de una casa muy linda. Cuando mi tío regresó en el 35, la casa ya estaba construida. Él nos mandó el dinero necesario para hacerlo. Bien, entonces yo lo que encuentro es la caña amarga como unas costillas pegadas al suelo y eso me dio mucha tristeza.

El impacto fue demasiado fuerte porque para mí era mi infancia; hasta que yo me fui a estudiar a Caracas, en aquel hato o en aquella casa estaba todo mi recuerdo de la vida campestre, sembrar, cuidar ganado. Fue maravilloso. Lamentablemente se termina con esa tragedia y mi tío tenía siempre mucha esperanza en mí también. Yo era muy estudioso; él decía: bueno, si alguna vez puedes venir a ayudarme, ya preparado, pero al mismo tiempo cuando él se dio cuenta de que yo era pintor él me dio coraje para que me fuera.

Él era el que más me ayudaba porque yo le servía de secretario y se rompió el puntal, como dice un cuento muy viejo, no sé si era un gran hombre de teatro que había aquí que andaba por los pueblos que se llamaba Rafael Guinán… El puntal nos lo reventaron, entonces volvimos todos a Ciudad Bolívar y tuve que continuar. Yo dudaba: quedarme a ayudar a mi tío, pero ellos decidieron vender eso porque fue muy triste el recuerdo de quedarse. Entonces yo seguí con mis estudios en Caracas y yo le pregunto una pregunta difícil: ¿su padre dónde estaba?

Y él me responde, el maestro Jesús Soto: «De mi padre no quiero hablar mucho porque es una cosa bastante inexplicable. En realidad él se va y es la familia quien nos cría a nosotros, pero bueno, las razones yo no lo sé. Yo lo encontré después cuando estaba estudiando; estuvimos como muy buenos amigos y tal...»

Pero mi mamá no entendía esa amistad y ella no quiso, mis hermanas tampoco quisieron que se mezclaran, ¡pero yo sí! Yo acepté porque en el fondo yo lo admiraba. Yo era el mayor y recuerdo que era un buen violinista, y los seguía de cerca. «¿Violinista?», le digo yo, o sea que a lo musical le viene usted de su padre.

Me responde Soto: «¿Sí? Sobre todo mi hijo Cristóbal, que es él quien en realidad es músico, viene de esa rama paterna. Pero no quiero juzgar a mi padre porque eran las costumbres, era así como pasaban en Venezuela, era lo normal sobre todo en los campos y en los pueblos pequeños».

Y entonces le pregunto: ¿y usted se viene a Caracas de 16, 17 años? De 19 años con una beca... Cuando usted viene a Caracas no había salido de su abuelita o digamos, un único ámbito era aquel. Me responde Soto: «Yo había venido a ver a mi tío a Maracaibo porque yo sufría de sinusitis y él me llevó con mi abuela. Me mandó a buscar con mi abuela y me operaron allí de sinusitis; el doctor Rísquez me operó, que fue después una eminencia, ese señor me operó, yo me acuerdo».

Él era joven, tendría como 26 años. Bien, en la próxima parte del programa continuamos con esta historia de la infancia de Soto, ya regresamos. En la parte anterior del programa veníamos contando que a Soto, cuando era niño, lo operó el doctor Rísquez, Francisco Antonio Rísquez, en Maracaibo, y por eso pasó cuatro o cinco meses allá. Y después él me refiere a lo siguiente.

El barco salía desde Ciudad Bolívar, bajaba por el Orinoco, después pasaba para el estrecho de Paria, pasaba por todos los puertos; era un lecherito y era un barco grande que tenía tres pisos. ¿Ese viaje duraba cuánto, una semana? Y él responde: no, eso duró como 15-18 días porque se paraba en todas partes, subía a los caños y ahí vi una cosa muy extraña, la cantidad de caimanes en los bordes. Cuando pasaba el barco ellos tranquilamente se hundían, pero eran cientos de caimanes, inmenso; eso se acabó porque todo lo acabaron después.

Sí, le digo yo, el caimán del Orinoco está muy diezmado. Y él dice: eso lo destrozaron. El barco iba con un práctico, el patrón jefe, y el capitán le entregaba a un señor especialista que iba llevando al barco por los pedacitos donde podía pasar; era una experiencia muy linda, sobre todo conocer el mar. Uno se bañaba en el mar; yo me acuerdo de que llegamos también a Margarita y de regreso, porque no recuerdo si el día de hoy o de mañana, estábamos nosotros en Araya cogiendo sal en las salinas de Araya.

Y fue el 24 de junio cuando murió Gardel en Medellín y eso es una cosa de desesperación en ese barco, aquel mujererío llorando. Llevo esa imagen y esas formas tan maravillosas, piramidales de la sal, y los niños nadando a profundidades increíbles cuando tú les tirabas dinero. Es su primer viaje mítico, le digo yo a él. «Claro», me responde el maestro Soto, bajando el Orinoco, toda la selva del Orinoco y después toda esa costa por Puerto Cabello; todo se iba parando en todas partes y después de regreso hacia lo mismo, ahí conocí Caracas.

De regreso el barco se paró unos días en La Guaira y mi abuela y yo subimos a Caracas. La plaza Bolívar era pequeña; Caracas en esa época tenía 300 y pico mil habitantes, una cosa así, Ciudad Bolívar tenía 20.000 o menos. Pero tengo el recuerdo perfecto de los cerros, de la niebla que me maravilló también porque eso no existía, y me encantó también ese mundo popular que se ha perdido últimamente. Durante mi época en la escuela existían los choferes que se reunían en las plazas y eran los grandes chistosos, los tipos que inventaban todos los piropos; era una referencia muy linda y la manera de hablar.

Así que eso siempre me fascinó y cuando yo llegué a Caracas en el 42, eso seguía casi igual. Estaban empezando a hacer el ensanche, a buscar las formas como resolver el ensanche, así que yo viví esos dos momentos de Caracas donde uno salía de noche sin ningún problema, todo estaba bien. Y yo le digo: ¿usted tiene los primeros recuerdos de su vocación en Ciudad Bolívar? Probablemente. Entonces usted dice: bueno, yo quiero ser artista.

Creo que hay un episodio con unos crayones y le digo yo: ah, bueno, sí, eso lo recuerdo, era muy niño, pero la película que acaba de hacer Maril D'Avera está muy claro lo que yo recuerdo y lo que mi mamá contaba, que mi hermana lo recuerda muy bien también. Esa cosa de que yo vivía pintando las paredes o pintando los cuadernos, y cuando mis tías me castigaron porque yo sin ninguna mala fe utilizaban los tubos de pintura del abio para pintar la pared, una comadre de mi mamá le dijo: «No les pegue a ese muchacho, déjelo, a lo mejor va a ser pintor, vamos a tratar de ver qué hacemos con eso». Y mi bisabuela, que era partera, conocía a una familia que tenía negocios y ella estuvo hablando del asunto y ellas me mandaron con mi abuela una caja de crayones. Eso fue una maravilla poder tener todos esos crayones color.

Eso yo creo que es el primer gran impacto que tuve, sentir que yo podía pintar, tenía todas las posibilidades para jugar con el color. Era muy pequeño y recuerdo eso como un sueño. Aunque mi visión más vieja es cuando atravesando un pequeño riachuelo en Ciudad Bolívar que se llama San Rafael, que dividía del oeste hacia la parte ya donde la ciudad estaba agrandándose, se pasaba por un puente que se llamaba el Puente Gómez; también me acuerdo mucho de ese puente y allí mis padres vivían en una casa muy bonita alquilada. Yo recuerdo que era grande y yo me perdí una vez porque mi papá me regaló un perro al que le pusimos Chaplin; todo eso lo recuerdo perfectamente.

Y yo me fui detrás del perro, pero no recuerdo mucho el viaje de la casa hasta el río, pero sí recuerdo que el perro pasó una alambrada a la orilla del río y yo me quedé del otro lado. Y ahí me encontraron porque me buscaba toda la ciudad, andaba perdido, y me encontraron allí. ¿Ese es el primer recuerdo que tengo? La historia del perrito Chaplin, después cómo terminó no recuerdo.

Yo sé que me lo encontraron y me llevaron para la casa, ese es mi más viejo recuerdo. Después todos los recuerdos son de una vida muy austera porque teníamos todos que trabajar allí; a veces estudiaba de noche y así hice mi primaria, como te dije antes. Después al final pude yo conseguir para estudiar el día en la escuela Moreno de Mendoza, estaba a la vuelta de la Plaza Bolívar, estaba cerca, y allí terminé los estudios de primaria y después me puse a trabajar con la pintura. Conseguí ese trabajo en los cines de Ciudad Bolívar, que fue otra maravilla porque ahí tenía mucho color, tenía cantidades enormes de barriletes para pintar todos los días.

Yo pintaba 50 carteles al día, un ejercicio enorme, pero adquiría una habilidad increíble; entonces con todos esos colores, yo les agregaba cosas. Recuerdo que el dueño del cine me decía: «Pero no gastes tanta pintura», y yo le decía: «Es que hace más bonito con los colores». Esa fue una experiencia que duró tres años donde pude sentir que inclusive estaba viviendo de la pintura; a mí me pagaban un pequeño sueldo, primera vez que tuve esa sensación, le digo yo. Sí, sí, y de allí, cuando yo me fui, le expliqué que me iba, él se puso un poco triste, el señor del cine, aunque era un hombre muy severo, pero en el fondo se sintió mucho.

Pero al mismo tiempo me dijo: «Váyase, váyase; si tiene esa beca se tiene que ir, yo buscaré otro que haga el trabajo». Mi mamá tenía un miedo terrible de que ya me volvieran un borracho, como le decían todas sus amigas, todas sus comadres. Esos pintores son unos borrachos, pero del resto el pueblo del barrio le decía que era un oficio y la academia era una cosa seria donde uno estudiaba seriamente y así ella aceptó. Pero de ahí vienen esos cuentos en las películas, todo lo que yo le conté a Marilna, es decir, tuve una vida muy precaria.

No había escuela de artes plásticas de ningún tipo, no había nada. No había un caballete... no había para comprar pintura… ¡No había nada! Eso no existía. Había la pintura esa que traía este señor probablemente de Trinidad; yo trabajaba también en la casa con esos esmaltes tratando de pintar el paisaje y hacer alguna interpretación, pero sin ninguna formación. Y allí la gente empezó a darse cuenta de que yo en realidad lo que quería era hacer eso, y me aconsejaron que fuera a ver al obispo.

Entonces fui a ver al obispo y me dice el obispo... Yo le pregunto: ¿pero usted no era católico? «No particularmente. ¡No! Bueno...» Yo fui monaguillo, ese es otro cuento muy bonito. Yo fui monaguillo, ya a mí me interesaba mucho el latín, la idea de otra lengua, y como mi casa estaba enfrente de la iglesia y el cura vivía al fondo de la iglesia, a un curita español ya mucho mayor, me llevaba para todo.

Él me enseñaba responder, que yo me sentí orgullosísimo por poder hablar unas cuantas palabras en latín y acompañarlo vestido de sacristán en los bautizos. Un día el curita fue a ver a mi mamá, le dijo que tenía grandes condiciones para estudiar, que yo aprendía muy rápido todas las cosas concernientes al lenguaje utilizado durante la misa, y mi mamá le dijo: «Pero no puedo pagarle unos estudios». El curita le dijo: «Mire, no hay problema, yo le puedo conseguir una beca para que se vaya a estudiar a Roma». Entonces mi mamá viene en la noche, cuando yo regreso de la escuela, me da la noticia.

Yo me puse furioso porque no era mi idea. Ya yo tenía 13 años o algo así, ya yo empezaba a ver con cierta malicia las niñas y me gustaba el baile. No me veía en Roma estudiando en un colegio de curas. Y mamá dice: «Pero, mi hijo, esa es una oportunidad magnífica. ¡Yo no puedo ayudarte! Nosotros no podemos; ya tu tío nos ayuda bastante y a toda la familia, pero no te podemos dar una oportunidad como esa».

Y ella sufrió mucho la pérdida de su oportunidad, pero yo me negué de plano. Yo le dije: mamá, que no quería ser cura, ¡y el cura había creído que en realidad yo lo hacía porque estaba interesado! ¿Y cómo se llamaba el obispo que le consiguió la beca?, le pregunto yo. No sé, pero eso lo podemos conseguir fácil porque eso fue por allí en el mes de junio, julio creo del año 1942. El padre se llamaba el padre Peña —el español—, pero el obispo, cuando yo fui con mi dibujo, porque ya inclusive yo empezaba a copiar imágenes religiosas, imágenes del Renacimiento, desnudos, yo tenía pena que el obispo me fuera a decir que eso era pecaminoso, ¿no?

El obispo fue un hombre muy receptivo, me dice: «Bueno, a mí me parece que usted tiene condiciones para irse a estudiar, pero ¿cómo vamos a hacer?» Entonces él es el que habla con Mario Briceño Iragorry, y era gobernador, y el señor Chiti, que era secretario de Estado, el segundo. Él me dice: vaya a ver al señor Chiti, lo primero que me dice es: «A mí también me interesa mucho. Pero vamos a hablar con el gobernador». Que me dijo el gobernador: «Bueno, joven, aquí esto me interesa. Yo creo que usted puede irse; yo ando buscando una beca porque no puedo de otra manera irme», le digo, y él me dice: «El problema es que aquí no hay becas para las artes plásticas».

Yo no sé, Alejandro Otero ya se había ido antes, pero no sé con qué medio se fue, Alejandro. ¿Ustedes eran entonces amigos?, le pregunto. No, yo no lo conocía, pero ya tenía fama, era un artista o estudiante de la Escuela de Bellas Artes con mucho prestigio. Estudiaba para ser maestro de escuela y después de ahí no sé cómo encontró la solución para irse a Caracas. Y el gobernador Briceño Iragorry me dice: «Mire, nosotros no tenemos esa beca, ese tipo de beca, pero sí para ser maestro, pero con noventa bolívares».

En la próxima parte del programa seguiremos con esta historia hermosa de la infancia y juventud del maestro Jesús Soto, ya regresamos. La parte anterior del programa veníamos hablando de la beca que le consigue Briceño Iragorry a Jesús Soto, que en verdad era más bien un trabajo como maestro. Y yo le pregunto: ¿y con noventa bolívares se vivía? «Sí, claro», me dice él, «pero yo les dije al gobernador: yo no tengo cómo irme. Usted me puede avanzar dos meses», entonces me avanzó dos meses.

Con eso pagué mi pasaje. Llegué a Caracas a casa de un pintor caraqueño que había pasado por Ciudad Bolívar y había dejado dos murales en una pulpería y que siempre iba a ver esos murales. No sé si era importante o no importante, pero ese señor era el único que yo había visto que había pintado algo, algo diferente a lo que uno podía hacer ahí y pintar letras.

Y yo pregunté quién era y conseguí una señora que me dijo: «Ese es amigo mío, vive en Caracas». ¿Y ella le escribió? Bueno… Yo llegué a Caracas a Montepiedad. Ellos tenían un cuartito con dos camitas, eran de gran pobreza, estaban mal, muy mal, y ellos dijeron: «Mire, esto puede servirle, aunque sea para estar una semana, quince días».

«Pero eso es muy incómodo para usted». Entonces los dos viejitos se metieron en una camita y me dejaron la otra camita a mí, y ahí empecé yo a trabajar. Tenía que salir de Montepiedad hasta la escuela a pie, a la Escuela de Artes Plásticas, que estaba en El Cuño, pero era tan fascinante la idea de que yo estaba en la escuela, que era como un gran premio. Entonces empecé a entender una cantidad de cosas. Por ejemplo...

Yo copiaba a Michelena, copiaba a Tovar y Tovar; al principio me chocó porque me ponen a dibujar una naturaleza muerta, tres potecitos o algo así, y yo dije: «¡Yo no entiendo esto!» Después me llevan al taller del paisaje y me dicen: escoja ahí un tema y píntelo. Y yo decía: ¿dónde está la invención? «¿Dónde está?» Inmediatamente empecé a preguntar por Alejandro Otero, que era uno de los más avanzados de todos los estudiantes, que me explicó muchas cosas y me dijo: «Yo no puedo explicarte todo porque tú tienes que pasar por un tamiz, por un estudio preciso».

Yo le decía: bueno, pero si me dicen que pintes ese árbol, yo lo pinto. ¿Pero qué inventaba yo? Y él me dice: «Alejandro, ¿no vas a ver que dentro de ese árbol hay muchas posibilidades de inventar?» Eso se los dijo Otero. Ese primer año fue un poco incómodo, dice Soto, pero ya estaba en el segundo año y estaba avanzando porque ya había aprendido la historia del arte, había aprendido con las gráficas, porque lo que habían eran unas gráficas muy pequeñas, entre ellas esa célebre gráfica, no sé si sería serigrafía.

Era una naturaleza muerta de Braque, algo futurista, que me fascinó porque vi allí una especie de invención. Y yo le digo: algo distinto a la copia de la realidad. «¡Ah, claro!» Entonces dije: yo creo por aquí; llamé a Otero y le pedí: explícame esto. Entonces él me hizo algunas explicaciones porque ya estaba terminando el curso.

Ya estaba en cuarto año y yo empecé a ver rápidamente las posibilidades que tenía uno estudiando a través de eso. Y además de Otero —le pregunto al maestro Soto— que era un compañero o un paisano, ¿tiene algún buen recuerdo de algún profesor? Y dice: «De todos mis profesores». Yo me acuerdo de Castillo, Marcos Castillo, que fue un excelente profesor, que me enseñó cómo manejar el color. Rafael Ramón González fue mi profesor de paisajes, que ya en segundo año me dijo: «Mira, yo te dejo suelto, pinta, no tienes que estar obligado a venir todos los días, tú vives tan lejos, tú puedes pintar allá alrededor de Montepiedad y yo te pongo la asistencia».

Entonces empezó una amistad muy íntima con ellos y también Narváez, que era muy joven. Narváez tenía 38 años, era el más cercano a nosotros y siempre nos trató como compañeros. Narváez daba clases de escultura. ¿Y también otro que me enseñó mucho? Fue Fabiani. Ese es un gran artista; yo aprendí muchísimo de él, cómo simplificar para darle fuerza a la figura, si es posible con menos color, casi en blanco y gris.

Y entonces le pregunto: ¿y cómo hizo con Montepiedad? ¿Se quedó viviendo ahí o se mudó? Me dice el maestro: me quedé un año allí con los viejitos. Entonces alguien me dijo que había unos primos míos que yo había conocido de muchachito y me dijeron: «Vaya a visitarlos, son gente muy buena». Y yo fui con una gran timidez; llegué rozando las paredes a su joyería.

Eran joyeros que habían aprendido joyería en Ciudad Bolívar y tenían mucho éxito en Caracas por la calidad de sus trabajos. Eran técnicamente estupendos. Ese día hicimos un fiestón cuando yo llegué y les dije que estaba estudiando arte. ¿Y los joyeros son artistas? Bueno, eso fue una fiesta; recuerdo hasta cerraron la casa y nos fuimos a parrandiar en frente y pasamos casi toda la noche hablando.

Yo les expliqué las condiciones en que vivía. Les dije: lo importante es que yo duermo, ¿y cómo? ¡Y cuándo se puede! Porque tampoco había más dinero. Cuando llegaba mi dinero, ellos hacían una gran palangana de caraotas negras que servía para todo el mes; las refreían, eso estaba seguro, era para nosotros tres, los dos viejitos y yo.

Y ellos me ofrecieron hospedaje, me dijeron: vente con nosotros, nuestra casa es pequeña, pero ahí nos acomodamos, y entonces yo afortunadamente ya en el segundo año estaba viviendo con ellos en Catia. Era más largo el trecho, pero a veces me venía a pie, a veces me venía en tranvía. De allí da la casualidad, no sé por qué, que ellos se mudan a la esquina de Balconcito, le digo yo, allí en la avenida Baralt arriba. Sí, sí, estaba tres cuadras de la escuela, entonces yo viví con ellos hasta que terminé mis estudios allí cerquita de la escuela, y Cruz-Diez vivía dos cuadras más abajo.

Y ahí empezó esa amistad hasta ahora con Cruz-Diez. La música que le interesaba también a Carlos, esos años usted andaba con la guitarra para arriba y para abajo, le pregunto yo, y él me dice: todo el tiempo. Aprendí las primeras cosas con un amigo de Cruz-Diez que era un excelente guitarrista, pero que no ejercía; él era mecánico y trabajaba en un taller mecánico. De noche se quedaba como hasta las nueve; yo me conseguí una guitarra e iba de noche y él me enseñaba, se llamaba el maestro Nieves, que era muy conocido.

Creo que ahora hay un gran guitarrista, a lo mejor es hijo de él o primo de él, no lo sé, pero no se adelante tanto, le digo yo al maestro. Usted está estudiando en la escuela, en la esquina del Cuño, termina sus estudios y estamos a finales de los años cuarenta, ¿no es así? «Sí, termino mis estudios el año 47. Yo estudié cinco años, del 42 al 46. Estudié los cuatro años de arte puro y desde el 43 a 47 estudié al mismo tiempo, de noche, en la misma escuela un curso de formación de profesores, que fue lo que me dio mi pequeña cultura».

Tuve grandes maestros, entre ellos Eduardo Crema, que era una eminencia. El italiano, le digo yo, sí, italiano, y él me quería mucho porque yo estaba pendiente de todo lo que él decía, pero creo que más me fascinaba Eduardo Crema era que nos enseñara la historia de la filosofía. Eso para mí era maravilloso; yo les sacaba las mejores notas. Lo otro lo hacía bueno, había que estudiar psicología y todas esas cosas necesarias para ser profesor. Y casi todas esas cosas las daba él, historia del arte.

Pero cuando el hombre se ponía a hablar de filosofía yo me volví loco y estaba descubriendo de nuevo otros mundos; la manera de pensar, Crema me abrió grandes horizontes. Y él me enseñó a pensar además; una vez que tuve que dar una clase preparatoria delante de mis compañeros, cómo enfrentarse a un alumnado, y yo me enredé, me engalleté enormemente. Entonces al final él me llamó y me dijo: «Mire, Soto, usted tiene una gran timidez, pero usted tiene que vencerla porque es capaz de dar una clase sin esas dudas porque ya usted está preparado». Yo le pregunto: maestro, ¿y de qué era la clase? Historia del arte, seguramente...

Y entonces Crema me dio ese consejo, pero casi como un padre, diciendo: usted tiene que comportarse seriamente y olvidarse de que usted no sabe; o usted sí sabe porque ya ha terminado con nosotros los cuatro años. Usted se está preparando para ser profesor; ahora lo que tiene que saber es enfrentarse a las masas, la gente, al alumnado; hasta eso me enseñó el maestro Crema. Bueno, también era un gran profesor de literatura. Y entonces le digo yo: para el año 47 ya usted era un docente graduado. «Sí señor».

Era docente y por eso me envían a Maracaibo. Antes fui hacia Ciudad Bolívar porque tenía una beca; me dieron esa beca que me duró hasta el final. Pero cuando regresé nadie me dio trabajo porque no había en Ciudad Bolívar; yo creo que sí había una asignación, historia del arte y cosas de esas, pero bueno, ya tenían un profesor que estaba allí, no era un profesor graduado, pero él no tenía por qué quitarle el puesto a nadie. Pero eso me salvó de esa responsabilidad y yo dije: bueno, ustedes no tienen puesto aquí para mí, yo me voy.

Y estuvieron contentos porque así se quedaron más tranquilos. Entonces me vine a Caracas buscando trabajo y no sé quién fue que me dijo: «Soto, se necesita un director de escuela porque el director acaba de renunciar, si te quieres ir». Y yo me fui a Maracaibo y estuve tres años en Maracaibo dirigiendo la escuela. También ya trabajaba como profesor preuniversitario con todos los alumnos. Le pregunto: ¿La Escuela de Artes Plásticas en Maracaibo? «Sí».

De ahí me dieron trabajo también en la Escuela Normal. Me dieron un trabajo en dos liceos, el Gran Liceo de Maracaibo, después otro liceo más pequeño. Así que estaba viviendo bien de mi trabajo y pintaba en la escuela, porque la escuela trabajaba a mediodía. El otro mediodía yo lo escogí como taller y allí hice una cantidad de cosas. En esa búsqueda de la abstracción, que era lo único que no me preocupaba, yo podía enseñar a mis profesores; ellos me enseñaron hasta el cubismo, me decían: «Sí, abstracción existe, pero nosotros no tenemos ni práctica».

Entonces ahí yo decidí buscarme una beca para irme a París y me dieron una beca por un año en Maracaibo, que se los agradezco toda la vida. Cuando terminó la beca yo peleé por la guitarra. Yo llegué a París el año 50 y en el 51 ya yo había aprendido un poco de guitarra. Me busqué un gran profesor que era un joven griego que después fue el gran profesor de París; se llamaba Alejandro Lacollet, él murió hace poco. En un momento dado él me dijo: «Bueno, no te voy a cobrar, pero tú me enseñas español y yo te doy clases de guitarra».

Y estuve trabajando con él; después se casó con la más grande guitarrista después de Segovia en época. Era mayor que Alirio, ¡y se fueron a dar conciertos por el mundo! Bien... En la próxima parte del programa ya entramos en la vida parisina de Soto en los años 50, ya regresamos. En esta última parte del programa, este primer programa de la conversación con Jesús Soto, le digo lo siguiente: usted del año 50 tenía 27 años, tenía ya su formación aquí en Caracas, tenía tres años de experiencia en Maracaibo como docente y como director de la escuela, ¿y cómo es que decide irse?

¿Hay algún episodio que lo empuja a tomar esa decisión? Y él me dice: «No, yo seguí con mi angustia; yo sabía que el cubismo se había realizado entre 1906, máximo 1915-1916, y yo dije: bueno, ¿y qué pasó después?, y no tenía idea. Oí decir que la abstracción, pero nadie me podía hablar de la abstracción, entonces yo empecé a estilizar la realidad a ver si era por esos lados y esos cuadros los guardó Lía Bermúdez, pero ella me veía la angustia también». Yo le pregunto: ¿era compañera suya en Maracaibo? «Sí, ella fue compañera mía de la escuela aquí en Caracas, después se casó y se fue a Maracaibo. Ella no siguió la escuela, no sé por qué, pero cuando ella supo que yo estaba en la escuela vino a verme y entonces entró como mi alumna y amiga».

Yo le enseñaba porque ya yo estaba preparado; ella empezó conmigo por ahí en el año 43, algo así. En ese momento que usted decide irse no tiene ataduras familiares, es decir, ¿usted se fue solo?, le pregunto yo a Soto. Me dice: «¡Yo me fui solo! Bueno, tenía mi mamá que me preocupaba porque ella siempre pasaba trabajo; yo empezaba a ayudarlos bien desde Maracaibo y le dije que me iba por un año, pero eso era una gran mentira». Yo sabía que no regresaba hasta que no hubiera encontrado o afirmado mi técnica y mis ideas sobre lo que es el arte del futuro; esa era mi preocupación, llegar adonde estaba el arte después del cubismo.

Tuve la suerte, cuando llegué estaban los venezolanos que estaban ya instalados y empecé a preguntarles a todos. Y ellos me mostraron muchas cosas. Estaba Alejandro Otero, estaba Luis Guevara Moreno, que era uno de los mejores, estaba Emé Batistini, que me enseñó muchísimo. Batistini era muy amiga de mi mamá, entonces me recibió como un sobrino, pero claro no pude quedarme allí porque yo tenía que salir.

Ella me prestó un cuarto y después yo andaba buscando estar en mi taller solo y, hablando con Alejandro Otero, me conseguí un cuartico pequeño en el hotel donde él vivía y tenía su taller, y ahí me instalé. Ahí empecé a hacer todos esos cuadros enormes que en la noche tenía que sacar para el corredor. La señora que cuidaba de casa me tomó mucho cariño; debe ser que Alejandro le habló de mí, de la escuela, ¿quién sabe? Y ella me perdonaba.

Pero en la mañana yo volvía a meter los cuadros, esos cuadros enormes que estuve por ahí de 2 metros por 1 metro y medio. Todas esas cosas las hice en ese espacio pequeñito; había justo una camita y después un lavamanos. No había poceta ni nada, todo estaba afuera. Y ahí yo me fui poco a poco preparando. Después el maestro de guitarra consiguió también una mejor situación y un mejor espacio para él en un gran club de París y me dio su pequeño apartamentico, una guardilla que tenía.

Él la dejó y ahí yo hice todos esos cuadros, los cuadros seriales, todo eso lo hice allí. Ya la beca se había acabado, le digo yo. «Sí, la beca se había acabado, pero con lo que aprendí con él y lo que me había enseñado aquí el maestro Nieves aprendí a cantar. Yo era muy tímido para eso, pero bueno, aprendí a cantar y eso funcionó y me ayudó durante 10-12 años», yo le digo. ¿Usted se sostuvo con la guitarra hasta principios de los años 60? «Exacto, porque claro en los años sesenta yo empecé a ganar dinero, pero con todo ese dinero que gané tuve que comprar un apartamento grande con un taller grande y entonces tuve que pagar todo eso».

Estuve pagando como tres o cuatro años y tenía que trabajar para poder hacer las dos cosas, pagar la mensualidad de la comida, pero hay diez años que es muy interesante analizarlos, le digo yo. Esos 10 años que van de 1950 a 1960, 62, 64 por ahí; primero el enfrentamiento con la lengua, aprendió el francés rápidamente. Y él me dice: «Aprendí a defenderme rápidamente». Le repregunto: ¿tenía facilidad para los idiomas o fue una conexión? Quizás el latín lo favoreció… La realidad es que, me dice Soto, yo a los tres meses ya estaba defendiéndome tranquilamente y claro con lo de guitarra yo me interesé mucho cuando empecé esas búsquedas de qué se podría hacer después de Malevich y de Mondrian, me interesé por la música moderna y por Schoenberg.

La música serial... Y después empezó la música electrónica con algunos aparatos, sobre todo eran profesionales en televisión de la época los que tenían unas posibilidades para hacer. Entonces yo tuve amistad a Pierre Boulez y él daba unos conciertos, organizaba unos conciertos que se llamaban Dominio Musical. Creo que eran una vez por mes o cada dos meses; yo iba regularmente y ahí oía cosas interesantes. Por ejemplo, a mí en ese momento tan importante me estaba interesando esa música ultramoderna y el único artista, así que yo admiraba enormemente, era Bach.

A mí Beethoven me parece que tenía demasiados instrumentos para hacer la misma cosa y yo estuve ahí un poco retirado de ese tipo de música, pero una vez que Pierre Boulez presentó La Gran Fuga de Beethoven eso me pareció maravilloso. Y allí empecé a respetar a Beethoven; tal vez cuando él fue perdiendo el oído se concentró en la música pura, en la pureza de la música, independientemente los supertimbres, y reúnen esa pieza una maravilla. Y me enamoré de la última parte, los cuartetos y todas esas cosas de Beethoven. Pero siguió siendo para mí Bach el elemento esencial. En esta época Inocente Palacios estaba creando aquellos festivales de música latinoamericana.

Bien. Vamos a quedarnos hoy en este punto, en el próximo programa vemos la segunda parte de esta entrevista que, como les dije al principio, ocurrió en 2003 y Soto murió en 2005. Es una de las últimas entrevistas de Soto, o no entrevista larga que vamos a referirles en dos programas, este que está terminando hoy y el próximo de esta serie sobre venezolanos excepcionales. Habló para ustedes Rafael Arráiz Lucca. En la producción me acompañan Inmaculada Sebastiano y en la Dirección Técnica, Giancarlo Caravaggio.

A mí me consiguen en mi correo electrónico con Rafael Arraiz, arroba hotmail.com, y en Twitter, arroba rafaelarraiz; ha sido como siempre un gusto hablar para ustedes. Hasta nuestro próximo encuentro.

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