4 artistas. Narváez, Soto, Sánchez y Rivas

Francisco Narváez, Jesús Soto, Edgar Sánchez y Bárbaro Rivas

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Les habla Rafael Arráiz Lucca desde Unión Radio y esto es Venezolanos. Un programa sobre el país y su historia. Hoy le vamos a dedicar el programa a artistas visuales venezolanos, bien sea escultores o pintores, y vamos a comenzar con un gran escultor venezolano, Francisco Narváez. Debo confesarles que profeso una sólida admiración por la tarea de esculpir y también una curiosidad, digamos que inexplicable, por la manera como trabajan los escultores.

Lamentablemente no conocí personalmente a Francisco Narváez, pero desde que tengo recuerdos convivo con sus obras. Tengo el recuerdo de cuando iba con mi abuela y mi madre al centro de Caracas y pasábamos frente a las fuentes de las toninas, de Narváez, en la Plaza O'Leary, también conocida como la Plaza del Silencio. Estamos hablando de los años 60, cuando la ciudad estaba en muy buenas condiciones y funcionaban aquellas fuentes bellísimas. También me fui familiarizando con la obra de Narváez cuando, siendo niño, mis padres me llevaban al Museo de Bellas Artes, que después fue la Galería de Arte Nacional y que hoy en día otra vez es el Museo de Bellas Artes.

Allí me familiaricé con la obra de Narváez y siempre recuerdo algo que recomendaba el gran escultor francés Auguste Rodin a sus colegas de oficio. Él dice en su testamento, literalmente: "Ustedes, escultores, fortalezcan su sentido de profundidad. Le es difícil a la mente familiarizarse con esta noción. Solo se representan con claridad las superficies. Imaginar formas con espesor le es difícil, pero esa es la tarea de ustedes". Fin de la cita.

Fíjense en esa parte donde dice "imaginar formas con espesor le es difícil": está hablando de la mente, pero esa es la tarea del escultor, y realmente es así. Esa tarea la adelantó con gran insistencia y maestría, valga la redundancia, el maestro margariteño Francisco Narváez. Estamos hablando de un artista que nació en Porlamar, y Roberto Guevara, en 1982, un crítico de arte extraordinario, señaló en relación con Narváez: "Vivió con optimismo aun en los peores momentos. Su taller de Catia, en una época oscurantista y represiva, fue como un respiradero a las ideas y la libertad donde toda la gente pensante y creadora de la ciudad pueblerina encontraba una manera contemporánea de dialogar". Fin de la cita; es cierto.

Y el taller de Catia de Francisco Narváez fue un espacio de encuentro no solo de artistas plásticos o visuales, sino de escritores también. Allí se congregaban muchos de ellos al caer la tarde, a conversar e intercambiar ideas; fue un verdadero espacio de encuentro de creadores. Recordemos que estos años en los que Narváez está viviendo en Caracas, después de haber estudiado en Europa, fueron años difíciles que probablemente le señalaron el camino hacia la claridad.

Esas paradojas ocurren y, como dice Roberto Guevara, no se dejó abatir por las dificultades del oscurantismo o de la falta de libertad, sino que allí estaba, en lo suyo, trabajando en su taller. De modo que estamos hablando de un hombre optimista; incluso pudiera decirse que los escultores son optimistas porque la tarea es ardua y vencer los materiales es realmente una de las características de la personalidad, y los escritores, por supuesto. Toda generalización incurre en exageraciones, pero yo creo que se puede afirmar, ¿no?

Y tampoco podemos olvidar que Narváez venía de Margarita y allí hay una luz muy particular. Margarita es una zona bendita de Venezuela donde además la gente vive con una gran alegría, con mucho humor. Es una de las zonas de mayor alegría en el país; creo que tiene que ver con la luz que hay allí y alguien alguna vez tendría que estudiar cómo y por qué esa isla extraordinaria ha dado creadores y hombres de Estado de la importancia del propio Narváez como creador, del maestro extraordinario Inocente Carreño o del escritor y profesor Efraín Subero. Y también, por supuesto, Luis Beltrán Prieto Figueroa y Jóvito Villalba como hombres de Estado, como hombres públicos, como fundadores de la democracia en Venezuela, y muchos otros.

Con solo señalar estos tenemos para advertir la importancia que ha tenido Margarita en nuestra historia. Y habría que preguntarse cómo fue aquello: venezolanos habiendo nacido en aquella isla entonces lejana, hoy en día está mucho más cerca, pues tuvieron cotas y actitudes modernas en todas las tareas que desempeñaron; de modo que allí habría que buscar las explicaciones en la educación. Ellos han debido recibir una educación muy buena, han debido crecer en ambientes familiares muy buenos también y han debido contar con unos maestros de escuela del primer orden que despertaron esos talentos.

Por ejemplo, les puedo referir una experiencia que yo tuve con el maestro Inocente Carreño: hace unos años, ya damos unos cuantos, nos encargaron a él y a mí un himno. Yo tenía la tarea de escribir la letra del himno y al maestro Carreño la música. Bueno, me pasé meses yendo a casa del maestro Carreño, trabajando la letra de acuerdo con las pautas musicales que él me iba dando. Aquello fue una gran experiencia para mí, no solo profesional sino humana.

Conocer al maestro Carreño fue verdaderamente un tesoro en muchos sentidos. Volvamos a Narváez y el efecto de su obra en la historia de la escultura en Venezuela es similar al efecto que tiene la obra de Reverón en la pintura. Narváez abre puertas, abre ventanas, hace cosas por primera vez y le allana el horizonte a los que vienen después de él.

Ambos, Reverón y Narváez, tienen obras abundantes y generosas, como si la vida no les hubiese resultado suficiente para la magnitud de la empresa que se trazaron al soñar por primera vez con lo que fueron cuando, siendo unos adolescentes, soñaron con ser un pintor y un escultor. Y bueno, estamos señalando también la personalidad de Narváez, su condición afable y amistosa; todos los que lo conocieron refieren la livianidad de su carácter. Y es curioso porque su carácter era liviano, digamos incluso hasta tímido para algunas personas, ¿no?

La obra escultórica, con una gran densidad, cuesta trabajo imaginar que aquellos hombres discretos, silenciosos y menudos son capaces de construir aquellas piezas de metal o piedra o madera de aquellas dimensiones, o aquellos relieves como el que está en el Museo de Bellas Artes, diseñado por Carlos Raúl Villanueva. De modo que hay algo muy señalable: la plasticidad de las relaciones humanas que establecía Narváez y con la que finalmente dominaba los elementos de sus esculturas, bien sea la piedra, la madera o los metales. De modo que eso es sumamente interesante y hay otra cosa que debemos señalar, y es que Narváez supo trabajar en equipo.

De hecho trabajó con Carlos Raúl Villanueva en esos relieves del viejo Museo de Bellas Artes que son de Narváez; se los solicitó Villanueva y dialogaron, buscaron el sitio. Villanueva seguramente le dijo: "¿Por qué no piensas en algo así, Francisco?" y Francisco desarrolló una idea sin perder, por supuesto, su propia identidad creadora. De modo que esa es la obra de Narváez, una obra vasta que tiene distintos momentos en la ciudad.

Tiene momentos también en su isla natal, en Margarita; hay obras de Narváez y hay obras suyas en otros lugares de Venezuela, por supuesto en muchas colecciones particulares y, por supuesto, en las colecciones públicas de la Galería de Arte Nacional y el Museo de Bellas Artes. Y, obviamente, el Museo Narváez de Margarita, que es un gran homenaje que le hicieron los venezolanos al maestro Francisco Narváez construyendo un museo que lleva su nombre. Ese museo lo recuerda para siempre.

En la próxima parte del programa volveremos con otro creador venezolano. Ya regresamos.

En esta parte del programa vamos a hablar de otro gran creador venezolano. En la primera, como ustedes escucharon, hablamos de Francisco Narváez; ahora vamos a hablar de Jesús Soto. Y tengo que referirles una anécdota.

A lo largo del año 2003 yo sostuve con Soto muchas conversaciones en su casa, aquí en Caracas, que terminaron siendo una entrevista larga; está publicada en algunos de mis libros. Allí pude preguntarle al maestro Soto, formularle muchas preguntas que a mí me llamaban la atención y que pensaba yo que ayudaban a enriquecer la visión que se puede tener sobre su obra extraordinaria. Esas conversaciones ocurrieron en su casa o en su oficina-taller, que queda en la urbanización Los Caobos, y en todas esas ocasiones Soto estaba pasando frío. Estaba muy flaco, ya estaba bastante viejo y, claro, las conversaciones eran al caer de la tarde y fue una época del año menos calurosa en Caracas; de modo que eso lo recuerdo.

Ahora, ¿por qué me acerqué al maestro Soto? Pues, obviamente, por mi admiración extraordinaria por su obra y por el interés que tenía de acercarme al desarrollo de su vida, una vida que comienza en un pueblo guayanés que se llama Soledad. El 5 de junio de 1923 Jesús Soto fue el primero de cinco hermanos, con una familia de escasísimos recursos, y además esa familia tenía, como suele suceder, una estructura matriarcal: allí la figura de madre y abuela va a ser muy importante.

Soto va a estudiar la escuela primaria en Ciudad Bolívar y entonces es becado por quien era gobernador del estado Bolívar en aquel momento, el escritor trujillano Mario Briceño Iragorry, y Briceño Iragorry lo beca para que venga a estudiar en la Escuela de Bellas Artes de Caracas. Jesús Soto tiene 17 años en aquel momento. Y el primer contacto que él había tenido con la pintura había surgido en los cines de Ciudad Bolívar como pintor de los carteles de las películas que se ofrecían; ese fue su primer trabajo, pintar carteles de las películas que se ofrecían, y allí comenzó a darse cuenta, según me refirió, que lo suyo era pintar.

Y al egresar de la Escuela de Bellas Artes de Caracas comienza a buscar un trabajo y es nombrado director de la Escuela de Artes Plásticas de Maracaibo. Allá va a estar Soto, hasta que en el año 1950 se le presenta la posibilidad de pasar un año en París gracias a otra beca que consigue esta vez en Maracaibo. Al terminar ese año de gracia, en París, Soto también toma clases de guitarra para perfeccionar lo que intuitivamente sabe. Y es así como decide quedarse y logra sostenerse por cerca de diez años tocando la guitarra y cantando.

Y eso lo hacía mientras se abría paso en el mundo de las artes visuales. Vamos a tener que los primeros reconocimientos de su obra van a tener lugar en la segunda mitad de la década de los años 50 y ya entrada la década de los años 60. De modo que el artista va a vivir de otra fuente distinta las artes plásticas con la guitarra en la mano hasta que, una vez que comienzan los críticos parisinos a reconocer su validez, Soto comienza ya a vivir de su arte.

Y vamos a tener que, a partir de los años 60 en Caracas y, sobre todo, por la insistencia de Villanueva, de Alfredo Boulton y de Miguel Otero Silva, la obra de Soto comienza a reconocerse plenamente. Bueno, yo tengo que referirles uno de mis recuerdos de infancia que tiene que ver con su obra: fue en el año 1968 en el Museo de Bellas Artes de Caracas. Ahí estuvo una gran exposición de Soto y había un penetrable en el que los niños entrábamos y aquello era verdaderamente la felicidad, ¿no?

Era como entrar en la lluvia, eso lo recuerdo para siempre. En el 68 yo tenía nueve años y para mí fue una... lo pienso hoy en día como una conexión entre la alegría de vivir, los niños y la experiencia artística. Es decir, cómo la experiencia artística también podía ser una fuente de alegría infantil.

Y bueno, también, una vez que el proyecto de Soto alzó vuelo, su obra comenzó a reconocerse en todas partes del mundo. Podemos decir que, si Arturo Michelena fue el pintor venezolano de mayor eco internacional durante el siglo XIX, van a ser Jesús Soto, Carlos Cruz-Diez y Alejandro Otero los embajadores de nuestro arte en el siglo XX, los tres sumamente reconocidos, particularmente Jesús Soto y Carlos Cruz-Diez. Y, por supuesto, a este reconocimiento internacional se va a sumar la obra de Armando Reverón, pero años después: ese reconocimiento internacional Reverón no lo tuvo en vida, recordemos que Reverón muere en 1954 y va a ser después cuando la obra de Reverón sea admirada, expuesta y celebrada en los grandes circuitos del arte internacional, en Nueva York o en París.

En el caso de Soto, el cinetismo y el nombre de Jesús Soto son consustanciales, al igual que lo fueron Rubén Darío y el modernismo; pues el cinetismo y Jesús Soto son consustanciales. De hecho, se cuentan con los dedos de la mano los hispanoamericanos que han sido protagonistas de un movimiento artístico de importancia para la historia y el arte del mundo occidental. Rubén Darío, sin duda, y Jesús Soto, sin duda también, de modo que aquel muchacho flaco del pueblo de Soledad está escrito para siempre en la Historia del Arte.

Y conviene recordar que la obra de Soto es fruto de una singular seriedad para encarar los asuntos conceptuales, una seriedad que se ha dado la mano con un sentido poético que se expresó con excelencia en los ámbitos del color y el movimiento. De modo que nadie más alejado que Soto del inspiracionismo: él indagó en la naturaleza el movimiento de manera obsesiva, sistemática y con una gran seriedad. De allí que su cercanía con los laberintos de la ciencia lo acercó a una suerte de gravedad humanística que se aleja a años luz de cualquier obra epidérmica. En Soto lo determinante, insisto, es que el presupuesto con el que abordó el estudio del arte fue una gran seriedad y también, obviamente, la resolución de su obra es de una gran destreza o una gran maestría.

De modo que vamos a tener este personaje que, siendo un gran creador, también tuvo la música como su gran compañera. Soto estuvo cantando y tocando la guitarra toda la vida; de hecho su hijo es músico, Cristóbal Soto lo es, entre otras cosas, por el amor por la música que vivió en su entorno familiar con su padre. Pero, por supuesto, la obra musical de Soto no tiene importancia: es una tarea que lo acompañó, lo definitivo en su vida son sus aportes al cinetismo en el mundo; de modo que sobre esto no cabe la menor duda.

En su aspecto, ustedes lo recuerdan un hombre flaco, alto; siempre tengo la impresión de que tenía frío, quizás porque había nacido en Ciudad Bolívar y vivía en París. Tenía en su cabeza un enjambre de pelos, una pelambre sin peinar que crecía libremente. Y sus bigotes característicos, que los tuvo toda la vida, ¿no? Toda la vida.

De modo que este es Jesús Soto, uno de nuestros grandes, grandes artistas visuales. En algún otro programa volveremos a hablar de él, con la entrevista que sostuvimos con él en la mano, y quizás repasaremos algunos aspectos desconocidos de su vida que me refiere él en esa entrevista y también, por supuesto, reflexiones que él tenía sobre su propia obra, porque Soto era un creador reflexivo. Un creador muy bien formado que a su vez pensaba y reflexionaba sobre lo que había hecho y lo que estaba haciendo o lo que se proponía hacer.

En la próxima parte del programa seguiremos con otro creador plástico venezolano. Ya regresamos. En esta parte del programa vamos a hablar de un artista plástico larense, Edgar Sánchez.

Y quizás pocos recuerdan que el pintor Edgar Sánchez fue estudiante de arquitectura también en la Universidad Central de Venezuela. Edgar Sánchez es de Aguada Grande, estado Lara. De modo que las artes visuales lo llamaron muy pronto cuando, siendo un adolescente, se formó en la escuela Martín Tovar y Tovar de Barquisimeto, y también allí la arquitectura y su incidencia en el entorno urbano tocaron sus puertas.

De modo que no podemos dejar de lado el hecho de que Edgar Sánchez, ese extraordinario pintor venezolano, también tiene conocimientos arquitectónicos y un sentido del espacio urbano desarrollado. La obra de Sánchez es ya muy vasta y tiene distintas facetas; hay obras de gran formato en las que esa percepción lírica del artista se hace presente. Hay una mirada que es fruto de esa visión lírica que ha tenido Edgar Sánchez de la realidad, y otra de sus virtudes es el sentido del equilibrio, el sentido de profundidad en la obra también.

La armonía, la estructura, son algunas de las virtudes que uno extrae al observar la obra pictórica de Sánchez. Hay etapas, por ejemplo, en las que un determinado color le imanta completamente: en una época el color naranja se adueñó casi de toda la obra de Sánchez; trabajó obsesivamente sobre ese color. También hay que decir que su obra es polisémica.

Crea unos espacios en los que uno no sabe si va a ocurrir una catástrofe o una calamidad o simplemente son unos seres atemporales que están en unos espacios más bien oníricos. Hay etapas de su obra, hay que decirlo, en las que su obra se hace inquietante y también lo interesante es estos personajes en la obra, que son atemporales: uno no sabría decir de cuándo son, si son personajes medievales, renacentistas o contemporáneos. Uno no sabría señalarlo, de modo que es como la humanidad allí en una buscada intemporalidad.

También muchos de estos personajes en otras épocas fueron cercanos a lo monstruoso: algunos eran tuertos, otros tenían las bocas cosidas o tenían reconstrucciones faciales. Los había también desnudos, con miradas tristes... Son distintas expresiones de la condición humana que Sánchez ha trabajado e indagado, y más recientemente sus personajes se han hecho más citadinos, como les decía, estos espacios urbanos donde hay unos personajes de imposible ubicación en el tiempo.

De modo que allí hay una indagación tanto antropológica como antropomórfica, y todo eso va a ocurrir en el marco de edificios, de bóvedas, de calles, siempre esos ambientes urbanos trabajados en una atmósfera como evanescente, como intemporal. Allí la destreza que tiene Sánchez es el manejo del pequeño rodillo, que es extraordinario, con ese pequeño rodillo creando una textura de retícula o trama dentro de la trama, como si se tratara de señalar que debajo de toda trama subyace otra trama, ¿no? Y otra trama. Esa es la metáfora que está trabajando Sánchez allí y, por supuesto, el centro de la obra de Sánchez es el hombre, de modo que el humanismo en Sánchez es clarísimo.

De modo que no es en Sánchez la pintura un medio de expresión del universo que bulle en su interior, sino la sustancia de su experimentación profesional. Y esta experimentación de Edgar Sánchez se centra evidentemente en la indagación antropológica, pero, ojo, nada más lejano del artista Sánchez que el propósito de moralizar o desarrollar un cuerpo de ideas a través de la expresión plástica. Para nada; sus ideas son su experimentación con el color, la luz, las texturas, las sombras, y sus ideas vienen de la frecuentación de la historia y el intento de hacer un aporte a ese río que viene de lejos y que ha recogido tantísimas aguas —que es el río de la pintura en el mundo occidental—.

Por lo tanto, Edgar Sánchez se inscribe dentro de una tradición larga y antigua de la pintura en Occidente. Por cierto, Edgar Sánchez pinta en un apartamento-taller en un piso muy alto en Caracas y desde allí se ve el Ávila permanentemente presente. De modo que Sánchez, con solo levantar la mirada del lienzo y dejar en el aire el rodillo, mira las tonalidades del cerro que va mutando a lo largo del día, de acuerdo con el paso de la luz.

El Ávila es una montaña en permanente metamorfosis, nunca es la misma: uno voltea y ya el cerro es otro, todo está cambiado con la luz en el Ávila. Quizás el anaranjado de estas obras urbanas que señalé de Edgar Sánchez tenga que ver con esa luz que se va posando sobre el cerro en los atardeceres caraqueños o del cerro El Ávila. Quizás es algo que no le he preguntado, pero pudiera inferirse por eso; ese naranja va inundando las obras de Sánchez durante un período de su trabajo.

Y allí es como esa ciudad pintada desde las alturas del taller del pintor; algo debe influir el paso de la luz sobre el cerro. En lo personal, yo escribí por primera vez sobre la obra de Sánchez hace muchos años, en la década de los años ochenta. Estaba yo empezando a escribir y siempre he seguido su trabajo o su evolución con un gran interés, aunque claro no soy un crítico de arte, pero sí algunas veces he escrito sobre artes visuales, llamado por lo que despierta en mí la contemplación de la obra.

En mi caso, la aproximación a su obra está motivada por la curiosidad que despierta en mí este creador larense, que desde el principio uno nota que se ha tomado muy en serio su trabajo. Le ha establecido unos linderos y no ha dejado pasar ni un día sin que esté él trabajando en su obra, de modo que está permanentemente sobre ella, trabajándola con insistencia, con una voluntad, una disciplina y un rigor admirables. Y el resultado de eso es precisamente una obra de la importancia que ya tiene el conjunto de la obra pictórica de Edgar Sánchez, que es un pintor más que maduro, digamos.

Que ha pasado por sus momentos importantes; estamos hablando de un hombre, no es un muchacho, sino que tiene ya una obra de gran importancia. Y también es interesante ver cómo él ha ido, en sus líneas de investigación, abriendo ventanas, y cada ventana forma parte de una obsesión que él emprende y le da alimento a esa obsesión, la trabaja. Y así va organizando, sin proponérselo, unidades temáticas, conjuntos temáticos en su obra que los podemos identificar muy claramente los críticos y los historiadores del arte, advirtiendo todos esos momentos signados por estas obsesiones temáticas de las que vengo hablando.

Y dicen que un creador de gran entidad, como es Sánchez, los creadores son hombres consagrados a darle respuesta a dos o tres interpretaciones y a dos o tres interpelaciones también. Y dicen que en el camino, esos creadores interpelados van depurando sus técnicas y se van haciendo maestros del manejo de sus instrumentos con el paso del tiempo, la reiteración, con las disciplinas en el abordaje de su obra, siempre dentro del espíritu y de la voluntad de ir dando respuesta a lo que los interpela. Y ese camino hacia la maestría lo recorre desde hace muchos años Edgar Sánchez, que ya está en su plena madurez, uno de nuestros estupendos pintores en Venezuela.

En la próxima parte del programa, en la próxima y última, hablaremos de un pintor extraordinario, Bárbaro Rivas. Ya regresamos.

Durante años se ubicó la obra del petareño, Bárbaro Rivas, en el compartimiento de los pintores ingenuos, y uno comprende que allí pernocten quienes abordan el hecho creador sin formación académica. Pero el problema que presenta la obra de Bárbaro Rivas es que no tiene nada que envidiarle a los pintores educados, ni en su factura ni en el ángel de su temática ni en el prodigioso olfato cromático que tiene su obra, y tenía él, por supuesto. Y todo eso es algo difícil de comprender en un hombre que no tenía formación académica, de modo que las intuiciones estaban allí funcionando a todo vapor.

Por eso su obra descoloca y descalabra a mucha gente, porque es un interrogante, ¿verdad? Quizás una posible explicación está en la mirada de Bárbaro Rivas: ¿quién sabe por qué su soplo divino anidó en la psique de Bárbaro Rivas? Esa mirada tan particular, esas intuiciones extraordinarias...

Uno de los primeros que señaló esto, la importancia de su obra me refiero, fue el gran crítico de arte Francisco D'Antonio; señaló entonces D'Antonio: "Ciertamente a Bárbaro lo salvó su fe, esa profunda, firme e inconmovible seguridad en su creador que le permitió, por encima de todas las miserias, reír y crear". Se está refiriendo D'Antonio a su fe religiosa, era creyente. Y recordemos que en el año 1949 fue cuando D'Antonio advirtió a un vecino petareño que llevaba una obra de arte en la mano y entonces él lo detuvo: "Enséñame lo que estás pintando, lo que llevas allí pintado".

Se quedó sorprendido, extraordinariamente sorprendido, porque no había una correlación entre la obra que tenía aquel joven petareño y el aspecto que tenía Bárbaro Rivas, porque estamos hablando de un hombre que estuvo al borde de la indigencia. Incluso pudiéramos decir que lo fue por etapas de su vida, y de sus manos salían obras desconcertantes, extraordinarias. Y después de ese encuentro con D'Antonio, pues el arte y el destino de Bárbaro Rivas se separaron por un tiempo, hasta que la insistencia fervorosa de Francisco D'Antonio lo lleva a retomar el pincel en 1953. Y D'Antonio se empeña, de verdad, en que al año siguiente envíe obras al Salón Oficial Anual del Arte Venezolano.

Y mucha gente creyó en aquel momento que las obras que habían llegado allí eran fruto de una invención de D'Antonio porque, por supuesto, nadie sabía quién era el petareño Bárbaro Rivas. Hasta que felizmente una fotografía en el diario El Nacional comprobó que Bárbaro Rivas existía, era de carne y hueso, y que no se trataba de una suerte de heterónimo o un maestro de la pintura que se había inventado Francisco D'Antonio. ¡El maestro era él, era Bárbaro Rivas! Era un hombre sonriente y agradecido, como aparece en la foto, y tan asombrado con su éxito como los mismos espectadores que se asombraban, se extasiaban frente a su obra.

En la obra de Rivas hay una faceta muy particular y son los autorretratos. A mí me tocan muy particularmente y también me entusiasman las procesiones, las crucifixiones. Pero bueno, privilegiar el autorretrato, la procesión y la crucifixión, el tema religioso en su obra, es perderse de la totalidad; yo simplemente lo señalo, pero realmente la totalidad de la obra de Bárbaro Rivas es de la mayor importancia.

Y voy a concluir este programa con unas palabras de Francisco D'Antonio sobre Bárbaro Rivas. Él dice: "Fue la obra de un muralista cuyos parangones habría que remitirlos a los antiguos maestros del paleocristiano, a los orígenes en la imagen del Occidente latino y al Bizancio en menor grado, solo que las circunstancias que rodearon la popularización de su firma terminaron por conformar su trabajo a la categoría del pintor de caballete que continuará alimentando el mito de su nombre".

Bueno, antes dije que Bárbaro Rivas reía y creaba, y eso hay que recordarlo: él reía y creaba. Era un hombre que encontraba cierto éxtasis en la creación, como si la creación lo extrajera del mundo y lo salvara, lo llevara hacia estadios de plenitud. Bueno, ese fue Bárbaro Rivas y este fue nuestro programa dedicado a estos cuatro grandes artistas visuales venezolanos: un escultor, Francisco Narváez; un hombre de obra múltiple, Jesús Soto; un pintor, Edgar Sánchez; y un pintor, Bárbaro Rivas.

Habló para ustedes Rafael Arráiz Lucca y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Me acompañan en la producción Inmaculada Sebastián y Fernando Camacho. ¿Y en la dirección técnica? Fernando Camacho.

A mí me consiguen en mi correo electrónico rafaelarraiz@hotmail.com y en Twitter, arroba Rafael Arraiz. Hasta nuestro próximo encuentro.

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