Narradores-Ensayistas. Díaz Sánchez, Pocaterra, Rossi y Garmendia.
Cuatro obras imprescindibles.
Transcripción
Les habla Rafael Arráiz Lucca y esto es Venezolanos. Un programa sobre el país y su historia. Ramón Díaz Sánchez nació en Puerto Cabello el 8 de agosto de 1903 y falleció en Caracas el 8 de febrero de 1968, de modo que hablamos de un compatriota que vivió 65 años.
Las dificultades económicas de su familia lo llevaron a desempeñarse en diversos trabajos: como dependiente de una casa comercial, como pintor de carteles de cine y asistente en un taller mecánico. De modo que su formación posterior es fruto de un esfuerzo autodidacta, lo que hace todavía más asombroso el calibre de los aportes de Díaz Sánchez, si tomamos en cuenta que se trata de un venezolano que no tuvo educación formal.
En su desarrollo vamos a tener que en 1924, cuando tenía 19 años, se muda a Maracaibo, allá busca otros horizontes y es entonces cuando comienza a participar en el grupo literario zuliano llamado Seremos. Un conjunto de escritores que fue determinante para la cultura marabina y que, dada su postura crítica, trajo como consecuencia para sus integrantes —algunos de ellos— la cárcel del general Gómez, dispuesta para cualquiera que se atreviera a pensar en contra de sus intereses. En esa estuvo Díaz Sánchez, en esas cárceles, hasta que fue liberado y se estuvo preso en Caracas.
Y una vez que es liberado, después de un tiempo se marcha de nuevo al Zulia y se sumerge en la vida petrolera. Entonces va a ser cuando comienza a tomar notas para esa novela estupenda de él que se titula Mene. Mene, como los aborígenes llamaban a los afloramientos naturales de petróleo en la cuenca del lago de Maracaibo.
Esa novela fabulosa, de Díaz Sánchez, es realmente una novela que yo leí en la doble ciencia y la recuerdo todavía. Fue publicada en 1936, ya el general Gómez había pasado a mejor vida y gobernaba otro general, Eleazar López Contreras, pero un general con un signo distinto de mayor apertura, un general civilista.
De modo que sus novelas son bastante más importantes para nuestra literatura que lo que la fragilidad en nuestra memoria advierte. Acabo de nombrar a Mene, que es un trabajo sobre el petróleo, el mundo del petróleo. Es una novela sobre el petróleo zuliano, pero también está Cumboto, otra novela excelente de Díaz Sánchez de 1950.
También está Cassandra, de 1957, y también tenemos a Borburata, que es de 1960. Estas novelas no desmerecen para nada el éxito y la celebridad que alcanzó Díaz Sánchez con Mene, que fue su obra príncipe, su primera novela. Estas continúan el proyecto de indagación en los vericuetos de la nacionalidad venezolana desde distintas perspectivas.
Pero además, como un río paralelo al narrativo, Díaz Sánchez desarrolla su veta periodística y ensayística, y en la veta ensayística alcanza a ofrecernos piezas valiosísimas para el estudio del devenir cultural venezolano. Y también, paralelo al río narrativo, hay un intento de biografía importante. Yo diría que más que una biografía es un estudio de época: él tomó 10 años de trabajo entre 1939 y 1949, Guzmán, elipse de una ambición de poder, referido a Antonio Leocadio Guzmán, el padre de Antonio Guzmán Blanco.
Este trabajo, este estudio es una penetración en la psique nacional, por eso digo que más que una biografía del personaje va más allá, es un estudio de época y hay un intento por desentrañar la idiosincrasia. Es un gran libro sin la menor duda; incluso hoy quien afirma que lo que logra Díaz Sánchez con este libro es modélico como biografía de su tiempo o como reconstrucción e interpretación del lapso fundamental en nuestra vida republicana, ya que la sola peripecia del personaje de Antonio Leocadio Guzmán conduce a una revisión prácticamente de todo el siglo XIX.
Por supuesto, me estoy refiriendo a los hechos militares y sobre todo al tema del poder, también es un hecho civil, y por supuesto el retrato, la penetración psicológica de los hombres que actúan en ese laberinto del poder venezolano en el siglo XIX.
También debemos leer los ensayos biográficos de Díaz Sánchez sobre Oviedo y Baños, también sobre el Marqués de Varinas. Hay uno muy interesante sobre Fray Mauro de Tovar, ese personaje tan vidrioso e interesante. Otros sobre Juan Germán Roscio, nuestro gran civil; hay un ensayo sobre Cecilio Acosta, otros sobre el gran Rafael María Baralt.
Hay otros sobre Arístides Rojas, sobre Michelena y sobre Gil Fortoul. Estos ejercicios biográficos son previos a la construcción de la biografía del Guzmán; se ve que él estuvo allí sin saberlo, en el gimnasio, ejercitándose antes de acometer esa ópera magna que es Guzmán, elipse de una ambición de poder.
De modo que ese libro, El Guzmán de Díaz Sánchez, es de los tiempos en que la historiografía se permitía abarcar grandes espacios y tiempo, cosa que ahora es poco probable, pero todavía hay autores que felizmente lo intentan. La verdad es que en los últimos años los estudios históricos son más proclives a colocar la lupa en coyunturas de la historia y buscan darle luz a las mentalidades preponderantes, intentan estudiar la voz de los actores.
Son nuevas aproximaciones a los fenómenos históricos, pero todavía queda esta tendencia felizmente de Díaz Sánchez de intentar períodos más largos, como recomendaba Fernández Rodel. Eso mismo lo hizo Picón Salas, también Briceño Iragorri, y también Uslar Pietri o Enrique Bernardo Núñez. Todos ellos intentaron comprender algunas vastedades historiográficas a través de personajes centrales.
Por supuesto, hay muchos otros, pero con estos ejemplos tenemos, en el caso de Picón Salas, ese gran estudio sobre los tiempos de Cipriano Castro que, además de una biografía de Castro, es un estudio epocal de su época, de su tiempo. Lo mismo han hecho Briceño Iragorri y Uslar Pietri, e Enrique Bernardo Núñez, como le señalé. De modo que esa veta de Díaz Sánchez, tomar un personaje y seguirlo en todo su devenir desde el nacimiento hasta la muerte, que puede llevar 70, 80 años, y que también constituye un estudio de época, pues es una tarea no solo fascinante sino necesaria.
Y ojalá se hiciera más, se hiciera más. Yo recomiendo este libro en ese sentido, es que dije antes que me parecía, si se quiere, hasta modélico.
Él mismo dijo cuando comenzó su proyecto de Guzmán: dijo, “mi propósito al emprender esta obra no fue hacer una historia más que nuestro país, sino intentar una interpretación espiritual y moral de la vida de nuestro pueblo”. Bueno, pues maestro Díaz Sánchez, muchas gracias, porque ese propósito que usted se fijó fue alcanzado. Y esa obra viene a complementar y a dialogar de maravilla con su obra novelística, con Mene, con Cumboto, con Cassandra y con Borburata.
Y Díaz Sánchez es uno de los autores que yo juzgo necesarios y me atrevería a decir que indispensables para la comprensión de la Venezuela del siglo XIX y del siglo XX. Y como les vengo diciendo, en él se juntaron la veta del narrador, del novelista y del ensayista apasionado por personajes, coyunturas y tiempos históricos. De modo que estamos ante un gran novelista que a su vez fue un ensayista de primer orden.
En la próxima parte del programa continuamos con esta combinatoria de narradores que también escribieron ensayos. Ya regresamos. Ahora vamos a hablar de José Rafael Pocaterra, pero también vamos a hablar de su biógrafo, Simón Alberto Consalvi.
Pocaterra nació en 1889 y falleció en 1955, o sea que estamos hablando de un hombre que vivió 66 años, y Consalvi, cuando dirigía la Biblioteca Biográfica Venezolana, escribió la biografía de Pocaterra. Ahora, Consalvi tuvo una hoja de vida tan nutrida y múltiple que yo me imagino que para un redactor de biografías del diccionario va a ser arduo resumir su trayectoria, porque para los internacionalistas se trata de una autoridad que ha sido repetidas veces embajador.
Consalvi fue en dos oportunidades canciller de la República y un conocedor a fondo de la geopolítica internacional. Para los periodistas, Consalvi tuvo un trabajo relevante y sostenido durante décadas; para los políticos, su militancia en Acción Democrática fue prolongada. Y para el mundo cultural también, porque Consalvi fungió como un mecenas de Estado que contribuyó decididamente a la institucionalización del sector.
Para los historiadores su obra comienza a florecer desde hace unos años; en la última etapa de la vida de Consalvi y los últimos 25 o 30 años su vida se concentró en la historia y volvió al periodismo, de modo que estamos ante un andino merideño, polifacético.
Pero esta vez no vamos a ocuparnos de Simón Alberto, gran amigo, sino de esta biografía que él publicó sobre José Rafael Pocaterra y se suma a varios libros de Simón Alberto de corte biográfico. Consalvi escribió una biografía de Mariano Picón Salas, otra de Augusto Mijares, la de Juan Vicente Gómez, la de Rómulo Gallegos y la de George Washington, todas acometidas y escritas en los veinte últimos años de su vida.
De modo que el género le atraía particularmente, por no decir que le fascinaba el género biográfico, a Consalvi, y de todas las que yo he leído, de esta lista que les hice creo haberlas leído casi todas, tengo algunas dudas sobre otras. A mí me parece que esta es donde lo encuentro al más interpelado por el personaje. Porque la simpatía que despierta Pocaterra en Consalvi es evidentísima.
Este valenciano, José Rafael Pocaterra, fue huérfano de padre y también, como Díaz Sánchez, autodidacta forzado por las circunstancias, porque Pocaterra fue hecho preso a los 18 años por primera vez, cuando gobernaba Cipriano Castro, y luego lo vuelve a poner preso Juan Vicente Gómez; esta vez lo manda a La Rotunda. Y en La Rotunda es donde Pocaterra va a empezar a cocinar, a tramar, a urdir esa gran obra que es Memorias de un venezolano de la decadencia.
Y bueno, todos estos libros y estas peripecias las revisa Consalvi en este trabajo sobre Pocaterra. De modo que allí está la revisión también de las novelas de Pocaterra y, por supuesto, yo diría que uno advierte que la mayor chispa de parte de Consalvi está colocada en Memorias de un venezolano de la decadencia.
Pero claro, por supuesto que se asoma a las novelas de Pocaterra y a los cuentos también, a las novelas. Pero bueno, de modo que uno advierte en esta biografía, pues todo ese tránsito, y hay algo creo que al biógrafo, a Simón Alberto Consalvi, lo interpela particularmente, y es la adversidad que siempre estuvo acorralando a Pocaterra, pero de la que Pocaterra se zafó cuantas veces pudo.
Se sobrepuso a las cárceles, a las persecuciones, a los exilios, y escribió, escribió, que era lo que Pocaterra sentía que es su tarea principal. De modo que esa adversidad que venía mordiéndole los tobillos a Pocaterra como un perro hambriento, él logró zafársele cuantas veces pudo. Esa Venezuela que a él le tocó, que estaba ensombrecida por la opresión y que algunos de sus hijos valientes no se dejaron doblegar por ella, pues está presente allí.
Y hace un tiempo yo recuerdo que estuvo de moda hablar de biografías ejemplares, porque esas eran las biografías edificantes, de personajes que tenían algo de heroico porque se sobreponían a la adversidad, porque eran un ejemplo para juventudes. Por supuesto, eso no es lo que hace un historiador moderno como Simón Alberto Consalvi, pero sin proponérselo esta biografía de Pocaterra es el trabajo sobre un hombre ejemplar, que batalló contra todas estas adversidades y logró escribir una obra literaria de la mayor importancia.
Ese solo tomo de Memorias de un venezolano de la decadencia bastaría para consagrar a Pocaterra como un gran escritor, pero también están sus novelas y sus cuentos, que hablan de un narrador preciso, que diseña personajes, que estructura el laberinto de una trama, y me… ¡qué está allí!, ¿qué está allí?, y que cualquier lector puede abrevar en esas aguas para nadar a sus anchas en ella. También no podemos olvidar que el norte de Pocaterra, al enfrentar semejantes adversidades, era el amor por la cultura democrática.
El amor por los principios de las democracias liberales y así estuvo hasta en los últimos años de su vida abogando por esos valores y por ese mundo, de modo que esa es la biografía que Simón Alberto Consalvi escribió sobre José Rafael Pocaterra.
Ahora vamos a ver otro personaje de otro tenor totalmente, de un tenor distinto, que nos va a tomar parte de esta sección del programa y parte de la próxima. Me refiero al venezolano, que también es mexicano, voy a hablarles de Alejandro Rossi. Rossi era Rossi Guerrero, hijo de una venezolana, y él se sintió, aunque apenas vivió uno o dos años en Venezuela, siempre venezolano, muy venezolano, por supuesto mexicano porque llegó a México siendo un muchacho para estudiar en la universidad y allí pasó toda su vida, hasta que lo encontró la muerte.
De modo que Alejandro Rossi podemos decir que es un puente entre México y Venezuela, de modo que ese es el caso. En lo personal yo lo conocí cuando él vino a Caracas en 1987. La anécdota es interesante porque yo en esa época trabajaba en la Revista Imagen y recibí una llamada telefónica de Juan Nuño, ese extraordinario filósofo venezolano y profesor de la Universidad Central, de origen español.
Nuño era muy amigo de Alejandro Rossi y me anunciaba la visita de Rossi, cosa que me llevó a mí a preparar una entrevista para la revista Imagen. En esa época yo todos los meses publicaba una entrevista. Ya para entonces yo formaba parte del grupo selecto de adoradores de un libro de Alejandro Rossi que se titula Manual del distraído, ese es un libro que es de culto, una joya, ¿verdad?
Una breve joya que ya yo había leído y me sigue pareciendo un extraordinario libro. De modo que aquella entrevista que sostuve con Rossi no me costó demasiado, fue verdaderamente un placer, un verdadero placer entrevistarlo.
Había leído el Manual del distraído y ya él comenzaba a publicar relatos, relatos. Por cierto, buena parte de sus relatos, el personaje principal se llamaba Gorrondona, que es un apellido que en México no existe, pero que a él le sonaba a un apellido venezolano, como en efecto lo es, un apellido venezolano, obviamente de origen vasco. De modo que esa también era una resonancia que ya aparecía en sus relatos.
En la próxima parte del programa vamos a seguir hablando de la obra literaria y personalidad de Alejandro Rossi, este mexicano venezolano tan querido por sus lectores. Ya regresamos. En la parte anterior del programa hablábamos de Alejandro Rossi Guerrero, conocido como Alejandro Rossi.
Rossi, al igual que Juan Nuño, comenzó a publicar literatura siendo un hombre maduro, incluso ya jubilado en las tareas docentes más apremiantes en México, y antes de comenzar a publicar literatura, cuentos en particular, se le conocía en el reducidísimo jardín de los profesores de filosofía, en donde era sumamente respetado. Era tenido como un maestro.
De modo que para el año 1987, que Alejandro Rossi tenía 54 años, apenas tenía dos libros publicados, Lenguaje insignificado y El manual del distraído. Y, por supuesto, sumaba décadas de docencia universitaria, centenares de discípulos y la compleja circunstancia de vivir en uno de los países más nacionalistas del mundo, que es México, sin ser de allí. Esto es una paradoja porque por otro lado México históricamente y tradicionalmente ha recibido con los brazos abiertos a la gente de gran valía, como era el caso de Alejandro Rossi.
Sin embargo, en muchos de sus libros Alejandro Rossi se identificaba como un autor venezolano nacido en Florencia y educado en la Argentina, en los Estados Unidos, en Inglaterra y Alemania, es decir, un laberinto cosmopolita completo. Y bueno, hasta que finalmente en 1995 hizo lo que era una deuda, lo que tenía que hacer, y adoptó la nacionalidad mexicana, ese país que lo recibió con los brazos abiertos a los 18 años.
Y allí contrajo matrimonio, tuvo hijos, tuvo nietos. Su obra literaria, más allá de la filosofía, es breve, no llega a 10 títulos, pero así como Augusto Monterroso publicando poco alcanzó el reconocimiento de sus contemporáneos, lo mismo le ocurrió a Alejandro Rossi. Yo recuerdo, por ejemplo, haber participado en representación de Venezuela junto con José Balza en 1993 en un homenaje que se le rindió en la Universidad Nacional Autónoma de México y recuerdo haber visto cómo toda la intelectualidad mexicana subió al estrado a rendirle tributo al escritor, el profesor, al editor de revistas y a ese gran amigo que era Alejandro Rossi.
De modo que Alejandro Rossi era un hombre querido en un país exigente culturalmente como es México, donde la intelectualidad no se prodiga reconocimiento sin pasar por un tamiz, por un filtro severo.
Yo recuerdo el afecto que concitaba a su alrededor Alejandro Rossi y eso se debía a varios factores positivos de su personalidad, pero seguramente uno importante era el dominio que él tenía del arte de la conversación. Alejandro escuchaba, sabía oír, sabía intervenir en el momento preciso; era un dialogante, a su vez era mordaz, fino crítico e incluso tenía un valor añadido, que era indulgente. La indulgencia es un bálsamo, y recuerdo cómo Alejandro Rossi seguía las palabras de su interlocutor con atención, fijaba la mirada por encima de la montura en sus lentes, siempre con un cigarro a la boca, y aun a veces me parecía que se trataba de una suerte de príncipe inglés.
Otras veces me parecía que era un florentino, que practicaba la esgrima, y otras veces me parecía que era un caraqueño. ¡Un típico caraqueño! Los caraqueños típicos son muy particulares. Por supuesto, con este último mi espíritu conectaba de inmediato. Y me parecía que estaba hablando con un viejo tío mío o qué sé yo, mis abuelas o mis abuelos, etcétera.
Ya dije antes que El manual del distraído es una joya, pero no he dicho que sus cuentos son preciosos y tratados con exactitud y dominio del lenguaje. Y también hay que decir que en su voz ensayística se escucha siempre una voz cercana, que está hablándonos al oído. Su último libro, titulado Edén, está envuelto como una novela, pero en el fondo es una autobiografía enriquecida por la imaginación de Alejandro Rossi y cuando yo la leí me pregunté, bueno, ¿por qué no presentarla como una autobiografía?
Pero después me pareció que no importaba a qué se presentara como una novela, porque en el fondo es una autobiografía imaginaria o, dicho como dije antes, una autobiografía con elementos de la imaginación. Me pareció que tampoco estaba mal enmascarar esa travesura. Finalmente, la literatura es un juego y eso lo dijo Alejandro Rossi mil veces.
Y además él hubiera dicho que los juegos eran asuntos muy serios. De modo que por qué no haber presentado Edén como una novela cuando lo era, pero a la vez era una autobiografía.
Y otra cosa me emocionaba de Alejandro Rossi era su manera de amar a Venezuela sin haber vivido nada más que un año aquí. Pero él era hijo de una caraqueña y llevaba tatuado en el alma el discurrir nuestro. Los personajes de su infancia eran caraqueños y muchos se desdoblaron y fueron a parar en sus cuentos. Incluso en uno de sus cuentos hay una alusión al general José Antonio Páez, de quien los Guerrero son parientes, y Páez le era muy cercano en los cuentos de su mamá a Alejandro Rossi Guerrero.
De modo que aquí estamos frente a un narrador y un ensayista de primer orden. De primer, primer orden. Ahora vamos con el cuarto del cuadrilátero y me refiero a Salvador Garmendia. En otros programas volveremos a referirnos a él, pero en este dediquémosle esta parte del programa y la próxima, y voy a comenzar con una anécdota personal.
Yo recuerdo como si fuera ayer la primera vez que vi a Salvador Garmendia. Yo estaba en el último año de bachillerato y Garmendia fue invitado al colegio para dar una charla. Yo recuerdo que habló durante una hora moviendo una tiza entre los dedos.
Ya Salvador tenía una larga barba y a los alumnos nos pareció que en la clase se había introducido una suerte de patriarca bíblico que se pronunciaba con un tono de voz inconfundible, que era la manera de hablar de Salvador Garmendia, y que mientras hablaba siempre encontraba motivos para reír. Eso es típico de la inteligencia, que quien está hablando recuerda algo o lo que dice y él mismo se ríe de lo que está diciendo, ¿no?
Esa primera vez que lo vi hablando en aquel salón de clases pues me pareció que se trataba de un escritor entre ensueño y enigmático. Yo no logré precisarle la edad, pero ha debido tener en ese momento 48 años, pero la barba lo hacía ver ya más patriarcal y la barba le borraba el cuello. Recuerdo que la barba de Garmendia siempre llegó incluso bastante más abajo del nudo de la corbata.
Y bueno, eso fue cuando yo estaba en quinto año de bachillerato. Ya después se fue haciendo un personaje familiar en mi vida, lo veía con mucha frecuencia en presentaciones de libros, en conferencias, en su casa, era un amigo. De modo que veamos ahora qué pensaba el propio Salvador de su trabajo, y él mismo creía que lo mejor de lo que había hecho estaba en el cuento.
Él creía que la novela, que le había intentado, no se le había dado plenamente. Que en el cuento era donde había brillado mejor su destreza literaria y este juicio realmente que él tiene hay que endosarlo; realmente la maestría de la obra de Salvador Garmendia está en sus relatos. En la próxima parte del programa volveremos sobre su obra y su vida, ya regresamos.
En la parte anterior del programa hablábamos de Salvador Garmendia y hay que añadir que en los últimos años de su vida también abordó el cuento para niños, que floreció en sus manos como una gracia, realmente. En él estaba una vena poética, esa maestría, la misma que le dictó los artículos, las crónicas periodísticas de los últimos años de su vida, que eran verdaderas joyas del género.
Y bueno, imposible no recordar su trabajo de años en la radio, en el cine como guionista, en la televisión también como guionista, y en el mundo de los documentales. También Garmendia hizo muchísimos trabajos. Fue el primer gran escritor venezolano que abordó estos medios sin temblarle el pulso, con gran dignidad.
Él fue el que le abrió después el camino a Cabrujas y compañías, pero él que comenzó trabajando en la radio haciendo guiones para la radio, televisión y cine fue Garmendia. Fue él quien abrió la puerta, de modo que en este terreno fue un pionero, que ejerció un verdadero magisterio.
En el momento de morir Salvador Garmendia —que por cierto murió a una edad que hoy en día nos parecería muy corta— vivió 73 años. Uno de sus mejores amigos, también narrador, Adriano González León, dijo que fue el cerebro más preciso de nuestra literatura. Bueno, yo no creo que se pueda dar un mayor elogio para la obra del escritor porque la precisión es el privilegio de los dioses.
La divagación, la improvisación y la inexactitud son unos frutos de los que andamos a pie; los que andan a caballo son precisos. Pero bueno, no es mi interés tampoco deificar la obra de Garmendia, pero realmente si algo resplandece en la obra de Garmendia, además, es su precisión y su humanidad, su radical comprensión de la cotidianidad urbana desde una mirada perspicaz. Eso es definitivo en la obra de Garmendia.
Y uno se pregunta, ¿no es la precisión lo que admiramos en Jorge Luis Borges, lo que admiramos en la obra de García Márquez? ¿Lo que admiramos en la obra de José Antonio Ramos Sucre? Eso es la precisión. No es la precisión lo que distingue una obra inacabada de otra cercana a la plenitud, pues sí.
De modo que quien se aviene con sus claves domina las materias más inasibles y por ello esa es la materia más urgente del tiempo. Como eso lo manejaba Salvador Garmendia con maestría, quizás ese dominio del tiempo en la narración le provenía de las urgencias de la radio o de la televisión, del cine, donde nunca hay un tiempo expansivo y sin límites.
Entonces eso fue quizás uno de los motivos que lo llevó a ser una especie de monarca del dominio del tiempo en la narrativa y de la precisión, de la gran precisión con que relataba. Entre sus libros, Cuentos cómicos y La casa del tiempo, ¿acaso son sus dos mejores libros?
Al menos para este lector que habla esos son libros extraordinarios, pues sí. La prueba de la eficacia de un cuento o de un texto es que no podemos abandonarlos; pues algunos de esos cuentos son imanes, que nos hacen lectores cautivos de Salvador Garmendia. No estoy desconociendo los libros en los años 60 y 70, pero yo creo que la maestría cuentística de Garmendia está en los últimos 25 años de su vida, en los que se encuentran estos dos libros, Cuentos cómicos y La casa del tiempo.
Bueno, además, pues debo referir la experiencia del amigo que fue, un escritor y un amigo entrañable, ¿verdad? Un hombre siempre afable, comunicativo, cercano, un escritor entrañable como ser humano. Esto no se puede decir de todos, ¿ah? No se puede decir de todos, pero en Garmendia eso brillaba, y sí se puede afirmar que en él se juntó la calidad humana y la obra literaria en un alto grado, a lo largo de sus 73 años sobre la tierra.
Bueno, hasta aquí el programa de hoy donde hemos pasado revista a cuatro narradores que también ejercieron el ensayo: Salvador Garmendia, Alejandro Rossi, José Rafael Pocaterra y Ramón Díaz Sánchez, cuatro excelentes, extraordinarios narradores y ensayistas venezolanos.
Ha sido un gusto hablar para ustedes. Soy Rafael Arráiz Lucca y esto es Venezolanos, su programa sobre el país y la historia. Me acompaña en la producción Inmaculada Sebastiano y Fernando Camacho.
Y en la dirección técnica, Fernando Camacho. A mí me consiguen en mi correo electrónico rafaelarraiz@hotmail.com. En Twitter, arroba Rafael Arráiz. Pues hasta aquí este programa de esta serie en que vamos juntando venezolanos afines desde el punto de vista profesional y los trabajamos en un solo programa, a tres o cuatro personajes.