3 Próceres. Miranda, Piar y Sucre
Factores principales de nuestra historia.
Transcripción
Les habla Rafael Arráiz Lucca desde Unión Radio y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Este programa se lo vamos a dedicar a próceres venezolanos. Vamos a comenzar con uno de los más interesantes, prácticamente un personaje de novela o una leyenda. Por supuesto, ustedes intuirán que estoy hablando de Francisco de Miranda, ya que no ha habido un venezolano que haya tenido mayor participación en los asuntos políticos internacionales que este caraqueño.
Nacido hace poco más de 250 años, hijo del canario Sebastián de Miranda y de la caraqueña Francisca Antonia Rodríguez. No sólo le corresponde a Miranda el título de precursor de la independencia en las colonias españolas de América, sino que fue el único que participó directamente en los acontecimientos centrales de su tiempo. Difícilmente puede encontrarse otro gentilhombre, como se les llamaba en su época y en cualquier latitud, que haya participado en la Revolución francesa, en los procesos de independencia de las colonias españolas en América y en la independencia de las colonias británicas en América, también en los Estados Unidos de América del Norte.
De modo que no ha habido otro venezolano en ningún otro momento que haya participado de una manera tan decisiva y directa en los asuntos del mundo occidental como lo hizo Miranda. De allí que el calificativo de único no es gratuito. Miranda es un personaje único en nuestra historia y para América Latina; sin embargo, la vida no se cansa de esgrimir la sonrisa de la ironía y el fracaso de Miranda en su país es inversamente proporcional a sus logros foráneos.
De modo que todo termina en Venezuela para Miranda en aquello que Mariano Picón Salas llamó aquella madrugada triste, cuando a las tres de la mañana es arrestado por Chatillón y Montilla. Allí también estaba el coronel Bolívar, y en la retaguardia Miguel Peña y de las Casas. Fue entonces cuando Miranda afirmó, como se ha repetido mil veces: "¡Bochinche! ¡Bochinche! Esta gente no sabe hacer sino bochinches".
De allí, pues, el destino final fue la prisión de La Carraca, en Cádiz, el arsenal de La Carraca. A Miranda lo inmortalizó en un lienzo de Arturo Michelena. En ese lienzo extraordinario de Miranda en La Carraca, por cierto, quien le sirvió de modelo para pintar la obra fue Eduardo Blanco, nada menos que el autor de Venezuela heroica. Bueno, ahí está Miranda inmortalizado en ese lienzo de Arturo Michelena; además, Miranda fue un lector de Voltaire, Rousseau, Cervantes, Montesquieu, Raynal y Virgilio.
Y en ese gran tour que solían hacer los gentilhombres de su tiempo, Miranda fue tomando notas minuciosas en su diario. Recordemos que ese caballero, a quien se le abrían las puertas de los palacios europeos, era a su vez un amante tenaz y anotaba en el diario cuanto hecho galante y erótico ocurría en su vida, en aquellos palacios por los que pasaba en su periplo viajero.
No se nos olvida tampoco que se trataba de un corresponsal de medio mundo o un conspirador nato. Y para el momento en que termina su vida política, hecho preso en La Guaira, para los estándares de la época era un hombre ya muy mayor, era lo que se llamaba un anciano. Hoy en día sería un hombre joven, por las expectativas de vida y por cómo ha ido cambiando el panorama médico y la expectativa de vida de la gente, pero en aquel momento ya era, digamos, un anciano. También recordemos que su padre se había sentido tremendamente ofendido cuando los mantuanos caraqueños le impidieron la entrada al hijo, a Francisco de Miranda, para la carrera de las milicias en Venezuela.
Se exigía una limpieza de sangre que él no tenía y, bueno, él optó por irse; su padre tenía recursos, se fue a España y más bien ingresó en el ejército del rey de España. Como sabemos, no son pocas las peripecias de Miranda en África. Y a Europa va a irse siendo casi un adolescente y tiempo después ya va a cosechar aquellos triunfos en la batalla de Balmí, de Amberes, de Briquené. Todos esos triunfos le llevaron a que su nombre esté allí esculpido en el Arco del Triunfo de París.
Cuando se va de Caracas tampoco sospechaba que pasaría días y días leyendo y trabajando en su biblioteca, en su casa en Londres donde vivió muchos años, mientras tramaba y tejía apoyos europeos para invadir a Venezuela y liberarla del Imperio español, que fue su obsesión principal. Podemos decirlo así, ¿verdad? Y tampoco sospechaba cuando se fue de Caracas que iba a experimentar aquel cúmulo de episodios en el que sus amantes constataron la envergadura de las facultades amatorias.
Tampoco imaginó que escribiría un diario que hoy en día se considera prácticamente patrimonio de la humanidad; tampoco imaginaba las proclamas que habría de escribir ni los centenares y quizás miles de cartas que escribió. Tampoco se imaginó que iba a tener aquella madrugada triste de la que habla don Mariano Picón Salas, cuando es hecho preso por sus compañeros de armas para ser entregado a Monteverde. Bueno, y como suele suceder, ese episodio central del drama mirandino, cuando es hecho preso en La Guaira, de milagro no ocurre.
El capitán Haynes, del Zafir, que era la embarcación en la que se iba a ir, le sugiere a Miranda, cuando llegan en la tarde, que se embarquen de inmediato. Y Miranda le dice que no, que prefiere pasar la noche en el puerto y zarpar en la mañana, un error fatal en la vida de aquel caraqueño ataviado de aciertos y de muchos éxitos, también de muchos fracasos, como todo ser humano. Pero es que él jamás pensó que iba a ser entregado por los suyos.
Jamás pensó aquel zorro, porque eso era Miranda, un zorro que había estado en mil contiendas, en mil combates, y que había burlado el cerco de los espías españoles en Europa durante años. Y vino a caer en manos de quienes habían echado el resto junto a él en la batalla contra Monteverde en Venezuela. De modo que es una ironía, por decirlo menos.
Ha debido sentir que las tragedias griegas que leyó con devoción y el Julio César de Shakespeare, que leyó hipnotizado, encontraban el actor indicado para montarse de nuevo, porque realmente ese episodio final en La Guaira de Miranda es todo un drama, toda una tragedia griega. Y bueno, el episodio no era otro que el puerto principal del país, el país que lo vio nacer y por el que, con paciencia y perseverancia, había tejido todo tipo de conjuras y había adelantado las batallas de rigor. Estaba escrito que no sería él sino aquel brillante coronel Bolívar, que le atribuyó el fracaso y lo entregó; él lo lograría más adelante, pues lo sabemos. Pero Miranda, que para entonces ya era el padre de Leandro y de Francisco, el hombre que Sara Andrews esperaba en su casa de Grafton Way, en Londres, pues iba a dar con sus huesos al arsenal de La Carraca en Cádiz.
En la próxima parte del programa seguiremos con Miranda, este personaje extraordinario de la historia de América Latina. Ya regresamos. Lo decíamos en la parte anterior del programa.
Si nosotros pasamos revista al elenco de los venezolanos más interesantes, y hay muchos, pues el nombre de Francisco de Miranda brilla con singularidad, ya que no fue simplemente un hombre de armas. Por el contrario, estas no fueron sino un sucedáneo o instrumento de lo que le dominaba como una obsesión: la libertad política y el libre comercio, pertenecer a una comunidad histórica que se gobernara a sí misma. Pero el interés que despierta la vida y la obra de Miranda no viene dado por su sesgo cosmopolita, sino por una extrañísima conciencia que articulaba una no menos extraña curiosidad para todo lo humano y divino. En ese sentido, Miranda era un personaje renacentista.
Y en esa temperatura de su talante enciclopédico late el paradigma de una figura extraña. No se tenía a sí mismo como un héroe y era un hombre con mucha sed, con ganas de mitigarla; su sed de conocimiento era extraordinaria. Y su vida traza el arco completo: conoció la victoria y el fracaso. Conoció el silencio de la celda varias veces.
Conoció la fiesta de los salones y la intimidad de la pareja miles de veces, y la verdad es que merecía un final menos... menos mustio, más acorde con el esplendor de su vida. Pero la providencia dispuso otra cosa. Y entre los libros recientes que adelantan una revisión de la peripecia mirandina, destaca el de Carmen Bohórquez Morán, que se titula Francisco de Miranda, precursor de las independencias en América Latina. También destaca la biografía de Inés Quintero en la Biblioteca Biográfica Venezolana del diario El Nacional, y también un texto del profesor Mondolfi, Miranda en ocho contiendas.
En uno de los ensayos de ese libro, el autor se detiene en los episodios de 1806, cuando tuvo lugar el primer intento fallido de Miranda por invadir a Venezuela, y vale la pena que nos detengamos un poco en lo que trabaja Mondolfi allí. Señalemos que los lugartenientes de Miranda, sus asistentes en la expedición, reclutan cerca de 200 hombres en los puertos de Nueva York. Allí hay talabarteros, carniceros, marineros, hombres de oficios humildes, y muchos de ellos son captados, vamos a decir, sin saber precisamente qué van a hacer y adónde van. Y en alta mar, varios días después de zarpar, Miranda aparece en la cubierta del barco y les revela a la tripulación cuál es el motivo de la expedición.
Por supuesto, muchos se quejan, sienten que han sido engañados, ya que muchos no quieren formar parte de aquella hazaña con la que sueña el general Miranda. Y se le hace difícil controlar a la gente que formaba parte de la tripulación, y en las tripulaciones reinan naturalmente las murmuraciones, etcétera, los proyectos de deserción. Y eso va a materializarse cuando recalan en Haití; entonces Miranda toma medidas severas para quienes deserten.
De modo que la tripulación tenía una espada de Damocles encima a partir de entonces, y una vez que hacen escala en Haití sigue la navegación, lo que les espera a estos 57 norteamericanos que constituían parte de los cerca de 200 que serían los primeros ocupantes revolucionarios del territorio venezolano. Si Miranda hubiese tenido éxito, pues no es fácil de imaginar. Diez de ellos son decapitados; sus cabezas son colocadas en sitios vistosos en Ocumare, en Puerto Cabello, en La Guaira, en Páparo, en Valencia y en Caracas. Y bueno, realmente cuesta trabajo imaginar cuáles habrán sido los últimos pensamientos de aquellos pobres personajes que los enrolan en Manhattan, en un puerto, y terminan decapitados en un lugar al que ellos ni siquiera sabían que iban, de modo que es un destino más trágico que este.
Es difícil de imaginar y forma parte de estos episodios de aventura del general Miranda. Mondolfi revela en su libro Miranda en ocho contiendas que el escritor Naipaul, premio Nobel de Literatura nacido en la isla de Trinidad y que estudió artes en la Universidad de Oxford, le reclama a Miranda en una de sus novelas acerca del hecho de no haber escrito jamás ni una línea sobre este episodio. No escribió ni una suerte de responso o un mínimo recordatorio; la verdad es que no lo hizo y cabe la posibilidad de que le pesara tanto en su ánimo, en su conciencia, que no tenía cómo explicarlo. Es muy posible.
En todo caso, el reclamo que le hace Naipaul tiene fundamento, sobre todo en Miranda, que escribió muchísimo en su diario, y que un episodio de este calado no haya sido referido por él. Y la verdad es que desde aquí acompañamos el reclamo, y también hay que destacar el hecho de que eran norteamericanos. Incluso hay que recordar a estos mártires que murieron por una causa libertaria que ni siquiera conocían, ni abrazaban, ni les importaba de alguna manera, y sin embargo murieron por ella, ¿no?
Otro ensayo extraordinario en el libro de Mondolfi acerca de Miranda es sobre el destino de los hijos de Miranda. Francisco, el menor de ellos, muere fusilado a los 25 años en un episodio que pudo evitarse; Leandro alcanza la vejez y se casa con una venezolana llamada Teresa D'Ala Costa. Tienen varios hijos; los varones siguen la tradición del padre y del abuelo y se embarcan en los destinos más ajenos buscando futuro, hasta que se les pierde la pista a los hijos de Miranda en Shanghái, en Hong Kong, en el Callao, en Lambayeque. De Teresa, la nieta menor del generalísimo, nada se sabe.
Y sin embargo, de Isabel Miranda D'Ala Costa se sabe que tuvo un final inesperado. Estaba una tarde visitando la tumba de su marido, que había fallecido, un conde de origen genovés, cuando un enamorado al que la señora no le correspondía de ninguna manera optó por acuchillarla en un rapto de enloquecimiento, qué horror y de origen narcisista. ¡Qué vidas, qué personajes, verdad! Y bueno, Miranda es el personaje más fascinante de esta etapa de la vida venezolana, pues eso quién lo duda, pero claro, por fascinante, el estudio sobre su vida y su obra no ha concluido.
Como bien lo demuestran estas puntas de hilo que Mondolfi ha halado, se llega a historias tan novelescas como la de los hijos de Leandro Miranda con Teresa D'Ala Costa, y esos destinos andariegos, aventureros, que los llevan a Shanghái, Hong Kong, el Callao, y de los que más nunca se supo, ciertamente. Hasta aquí Francisco de Miranda en este programa, un personaje extraordinario; hemos referido algunos capítulos de su vida poco conocidos y más bien, en algunos casos, períodos sombríos como es el del destino de estos marineros que él recluta casi que inconsultamente en Nueva York y vienen a tener ese destino tan oscuro en Venezuela, desde el intento de Miranda de 1806. En la próxima parte del programa vamos a hablar de otro personaje fascinante en la historia de Venezuela, Manuel Carlos Piar.
Ya regresamos. Les decía en la parte anterior del programa que en esta íbamos a hablar de Manuel Carlos Piar y así es: Manuel Carlos Piar fue fusilado por orden de un consejo de guerra presidido por el almirante Brion. Antes, el fiscal general y general Carlos Soublette inquirió a los testigos las pruebas necesarias para instruir un expediente que provocó la confirmación de la sentencia por parte de Simón Bolívar.
El 16 de octubre de 1817 Piar es pasado por las armas, teniendo a su espalda la pared de la Catedral de Angostura. Si ustedes alguna vez van por allí, ahí está la placa donde consta que allí fue fusilado Manuel Carlos Piar. Y todo lo que voy a referirles viene de una biografía de Fernando Falcón sobre el general Piar, una biografía muy bien trabajada, con mucha pertinencia.
Hay que decir que el personaje de Piar es un trago incómodo para los profesores de primaria y de bachillerato. Digamos que, más allá de la entrega de Miranda a Monteverde, este es un episodio difícil de explicar en la vida de Bolívar, pero ahí está el episodio y hay que explicarlo. Hay que buscarle una explicación, hay que ventilarlo. De allí que se nos dice por lo general que Piar traiciona a Bolívar, y eso bastó para que fuese ejecutado.
No se nos recuerda con detalle que Piar fue el artífice de la conquista de Guayana, y que esta hazaña es recompensada por Bolívar como un destino militar secundario. Cuando en rigor Piar merecía ser el segundo a bordo, ¿por qué el Libertador premia la heroicidad con un cargo de menor importancia? Esa es la pregunta que hay que hacerse.
¿Quién sabe? Pero también es cierto que Piar lo acepta, no sin el dolor de quien siente, con razón, ser víctima de una injusticia. Para colmo, según refiere Fernando Falcón, Bolívar le coloca al lado al padre Blanco, con quien el Libertador se entendía, pasando por encima de Piar. De allí que a Piar, con suficientes razones, se le ocurre respaldar la idea de formar un Consejo de Estado que regule la autoridad del Libertador.
Bueno, esto lo hace porque ya Piar ha sido víctima de la vigorosa manera de practicar el mando que tiene Simón Bolívar. Parece ser, pues, que esta razón, sumada a la animadversión que tenían los coroneles de Bolívar, sus atláteres y sus seguidores contra Piar, fue abonando el camino para la detención de Piar y su posterior fusilamiento. De acuerdo con las investigaciones de Falcón, todo parece indicar que Piar fue víctima de la maledicencia de sus antiguos compañeros. De no ser así, resultan incomprensibles los insultos que le profiere Bolívar a Piar; lo llama: "traidor, fratricida, ambicioso, intruso, avaro, ingrato, estúpido, insurrecto, ladrón, cobarde, sacrílego, banal, déspota, arbitrario y cruel", fin de la cita.
De modo que pocas veces puede hallarse una batería de agravios de tal magnitud. Bueno, ¿qué se esconderá detrás de semejantes insultos? Pues seguramente bastante más que las causas esgrimidas; esta incontinencia verbal que fustiga, después, al mismo general por el que antes Bolívar se hizo en elogios, observa en el medio la ingente capacidad de intriga y de la envidia de los que veían emerger a un enemigo capaz de derrotarlos en su mediocridad. Falcón le atribuye una gran importancia a los maledicentes, a los que influyeron en el ánimo del Libertador con sus cuentos y con sus consejas para que Bolívar profiriera semejantes insultos sobre una persona.
Y bueno, todo esto es muy humano, la verdad, demasiado humano; esta obra de los intrigantes, según Falcón, pero también es muy humano que Bolívar las haya escuchado con tanta atención y que haya procedido en consecuencia. Bueno, ¿quién sabe, verdad? ¿Quién sabe qué ha pasado aquí?
Hay una explicación de Bolívar que debemos referir; dice lo siguiente: "El general Piar ha infringido las leyes, ha conspirado contra el sistema, ha desobedecido al gobierno y ha huido como un cobarde. Así pues él se ha puesto fuera de la ley; su destrucción es un deber y su destructor un bienhechor", fin de la cita. Aquí el lenguaje ya es más escueto, más comedido y no es insultante. Se ve que esto lo ha escrito Bolívar, el Libertador, con la cabeza fría, porque los insultos anteriores han debido ser con la cabeza caliente; aquí, con la cabeza fría, intenta dar una explicación de por qué se ha procedido de esa manera, y a las siete de la mañana del dieciséis de octubre el capitán José Ignacio Pulido le notifica a Piar la sentencia.
Y Piar insiste en declararse inocente; al rato comprende la inutilidad de sus alegatos y se dirige a Dios. Y le dice: "Hombre salvador, esta tarde estaré contigo en tu mansión, ella es la de los justos; allá no hay intriga, no hay falsos amigos, no hay alevosos". Eso es lo que dice Piar, y esto abona la tesis de Falcón de que en buena parte de la decisión estuvo la mano de los alevosos, de los intrigantes.
Y la verdad es que la lectura de esta biografía de Fernando Falcón me ha traído de nuevo este personaje por el que me atrevo a decir que los venezolanos, o muchos, sentimos la mayor compasión; quizás algunos no. Por supuesto, pareciera que se cometió una injusticia con él, de modo que pareciera que Piar entregó su vida como fruto de las intrigas de los cortesanos. Pareciera que eso es así, según Gabriel García Márquez en su novela El general en su laberinto. La ejecución de Piar fue, voy a citar, "una exigencia política que salvó al país, persuadió a los rebeldes y evitó la guerra civil".
En todo caso fue el acto del poder más feroz de su vida, pero también el más oportuno, con el cual consolidó de inmediato su autoridad, unificó el mando y despejó el camino de su gloria, fin de la cita. Bueno, esto que dice García Márquez es muy bolivariano, arrima la brasa a las sardinas de Bolívar, pero no deja de ser cierto en muchos aspectos. En los cuales, bueno, él dice que fue el acto del poder más feroz de su vida, ciertamente. Fue muy oportuno, no hay duda de que lo fue.
Consolidó su autoridad de inmediato, pues también imagínense el terror que le dio a todos los compañeros de Bolívar, que veían fusilado a uno de los principales generales por no haber seguido las pautas que las leyes, según Bolívar, indicaban. De modo que lo que dice García Márquez, aunque puede resultarnos en alguna medida antipático, tiene algo de cierto, porque ciertamente unificó el mando y despejó el camino de su gloria. Eso mismo lo pensaba Bolívar, y eso es lo que le dice Bolívar a Luis Perú de la Croix en el Diario de Bucaramanga. Le dice mutatis mutandis esto mismo que está diciendo García Márquez; de modo que García Márquez probablemente se inspiró en lo que el propio Bolívar pensaba que había logrado con el fusilamiento de Piar.
Hay que decir además que aquí García Márquez sigue la versión oficial de los hechos, es la versión de Bolívar, por supuesto. Todo parece indicar, a la luz de las investigaciones de Falcón, que hubo otros elementos en el fusilamiento de Piar, que más allá de lo que está señalando García Márquez, que es la versión oficial, sí se tejió alrededor de Piar una conjura, una intriga, una alevosía que lo perjudicó notablemente frente a Bolívar, frente al Libertador. En cualquiera de los casos, eso es un episodio muy triste de la historia de la Guerra de la Independencia. De todo ese proceso el general Piar merecía otro destino y el Libertador no merecía en su hoja de vida este episodio, por más que, como dicen los bolivarianos a ultranza, este episodio lo benefició en muchos sentidos, es cierto, pero estoy seguro de que hasta el propio Bolívar hubiera deseado que no hubiese ocurrido.
En todo caso ocurrió y ahí está. En la próxima parte y última del programa hablaremos muy brevemente del mariscal Antonio José de Sucre. Ya regresamos.
En la parte anterior del programa les decíamos que hablaríamos de Antonio José de Sucre; acá, en esta, y así es: este cumanés se ganó con justicia la predilección de Bolívar, y fue asesinado en una emboscada cuando apenas tenía 35 años. Sus méritos militares fueron tales que, con sobradas razones, se le considera como uno de los mejores estrategas de guerra de los que se emplearon en la gesta independentista. Pero hay quienes sostienen que sus méritos personales fueron todavía mayores que los del guerrero: era un maestro del arte de la guerra, pero detestaba la guerra con todas sus fuerzas y amaba la paz.
Sus atributos siempre lo llevaron hasta la cúspide del poder, pero le importaban bastante menos que el amor por su esposa y el remanso de vida familiar. Y se puede decir, sin exagerar, que muchas de las empresas que aceptó tuvieron fuente en la devoción que Sucre tenía por Bolívar, y el Libertador le exigía esas empresas. Pero si no hubiese sido el Libertador, al que se le exige lo mejor, su credo no las emprendería.
Y la verdad es que buena parte de la gloria bolivariana es de Sucre, porque sin su participación asombrosa en la batalla de Ayacucho, pues no hubiese ocurrido lo que ocurrió. No se habría sellado la independencia americana. Sus capacidades fueron de tal magnitud, y la confianza que le tenía a Bolívar era tal, que le encarga la presidencia de una república, que no era otra cosa que el fruto de sus proyectos.
Me estoy refiriendo a Bolivia. Y, habiendo sido aceptado como presidente vitalicio, pues el propio Sucre le dice a Bolívar que no, que él no va a ser presidente vitalicio. Que estará allí por un tiempo, y solo así acepta presidir la República de Bolivia por dos años. Y en el texto que él envía al Congreso boliviano para renunciar el 2 de agosto de 1828, él dice allí: "Encontré una porción de hombres divididos entre asesinos y víctimas, entre esclavos y tiranos, devorados por los enconos y sedientos de venganza".
Luego añade: "Concilié los ánimos, he formado un pueblo que tiene leyes propias, que va cambiando su educación y sus hábitos coloniales; que está reconocido por sus vecinos, que está exento de deudas exteriores y solo tiene una interior pequeña, y en su provecho, y que dirigido por un gobierno prudente, será feliz". Fíjense que en este texto el mariscal Sucre privilegia por encima de todas las virtudes la prudencia. Más adelante señala otras. En un párrafo luminoso dice el mariscal Sucre.
Dice: "En medio de los partidos que se agitaron quince años y la desolación del país, no he hecho gemir a ningún boliviano, ninguna viuda, ningún huérfano solloza por mi causa. He levantado al suplicio porción de infelices condenados por la ley y es señalado mi gobierno por la clemencia, la tolerancia y la bondad". ¡Qué belleza, qué belleza! ¡Qué ejemplo! Bueno, antes, con la victoria en Ayacucho y sobre el campo mismo de batalla frente a los derrotados, el mariscal Sucre dictó un parte de guerra que lo eleva al Olimpo de la magnanimidad, repito.
La magnanimidad, dice Sucre: "Creí digno de la generosidad americana conceder algunos honores a los rendidos". Y fíjense que así fue como al ejército español vencido se le devuelven sus pertrechos y se le envía a España con cargo al presupuesto nacional, y a esos derrotados y vencidos se les trata con la mayor consideración, sin la más mínima sed de venganza. Este es el trato que le daba el general Sucre a los vencidos, un gran hombre sin la menor duda.
¿Y eso qué? El trato que recibieron los miembros de su familia en Cumaná durante la guerra fue atroz, atroz, no hay otro adjetivo. Y sin embargo él tiene esta conducta, lo que quiere decir es que en su corazón no ha habido jamás la venganza, el reconcomio, el resquemor, un hombre bueno sin la menor duda. Y pregúntese el lector si todas estas virtudes que puso en práctica el cumanés magnánimo florecen por todas partes hoy en día; pues la verdad es que no, y por eso es que el ejemplo del mariscal Sucre siempre tiene que estar entre nosotros, no sólo por sus enormes facultades de estrategia militar sino por su condición humana. Por su bondad, por su dignidad.
Bien, hasta aquí el programa de hoy, donde hemos hablado de tres próceres: Francisco de Miranda, Manuel Carlos Piar, Antonio José de Sucre y Alcalá. Tres próceres con biografías fascinantes, interesantísimas; estos programas son apenas un aperitivo o un breve bocado sobre la vida. Habló para ustedes Rafael Arráiz Lucca, y esto es Venezolanos, su programa sobre el país y su historia. Me acompañan en la producción Inmaculada Sebastiano y Francisco Hill; en la dirección técnica, Francisco Hill.
A mí me consiguen en mi correo electrónico rafaelarraiz@hotmail.com y en Twitter, arroba Rafael Arráiz. Ha sido un gusto, como siempre, hablar para ustedes. Hasta nuestro próximo encuentro.