2 poetas. Guillermo Sucre y Yolanda Pantin
Dos voces esenciales de la poesía nacional.
Transcripción
Les habla Rafael Arráiz Lucca desde Unión Radio y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Hoy vamos a dedicarnos a los poetas y vamos a empezar con un poeta Guayanes, con Guillermo Sucre, nacido en 1933, tiene esto: la importancia de su obra ensayística ha conducido a que la crítica de poesía no atienda con suficiente dedicación a su obra poética. Algo similar ocurrió con la poesía de Octavio Paz; el valor de los ensayos de Octavio Paz era de tal magnitud que su poesía, con frecuencia, era vista en un segundo plano y se cometía así un desafuero, porque no hay manera de entender el ensayo de Paz sin su poesía, ni su poesía sin su ensayo. Algo similar ocurre con Guillermo Sucre, pero no es de la ensayística de Sucre ni de la penetración crítica extraordinaria de Guillermo Sucre recogida en esa obra excepcional que es La máscara, la transparencia, de lo que nos vamos a ocupar en este programa, sino de su obra poética. Su obra poética se ha ofrecido lentamente a lo largo de ya muchos años, casi 60 años, porque su primer poemario, Mientras suceden los días, es de 1961, es decir, hace 57 años.
Y ese autor, que en 1961 va a publicar su primer poemario, viene de una experiencia límite: su conciencia democrática lo ha llevado a enfrentar al régimen dictatorial de Marcos Pérez Jiménez y ese régimen lo ha encarcelado, lo ha torturado. Luego lo ha enviado al exilio. De modo que la década de los años 50, en la que Sucre va a estar entre sus 20 y sus 30 años, va a ser una década dura para él.
A la orfandad del padre, que lo va a marcar desde niño, se van a sumar ahora estas heridas de una dictadura militar cruenta, y para cuando el Grupo Sardio se reúne y Guillermo Sucre contribuye a trazarle sus derroteros, ya la experiencia vivida por este poeta le ha ido tallando el alma a golpes, si se quiere. Pero la lucidez de Sucre le lleva a no permitirse la venganza ni el resentimiento. Su poesía no se levanta sobre las cenizas de las afrentas sufridas. Ni se detiene un segundo en el cobro de sus heridas más hondas.
Por el contrario, desde la aparición del primer poemario el proyecto de Sucre ha sido arduo, es decir, darle cuerpo a una poesía desde los abismos de una conciencia crítica muy compleja como es la suya, escribir de la mano, pero sin que la emoción haga brumosas las alertas críticas. Escribir llevado de la mano por su conciencia crítica sin que por ello la página del poema devenga en la demostración de una teoría poética. Allí hay un equilibrio que Sucre alcanza con maestría, no podemos decirlo de otra manera.
Y si en Mientras suceden los días, ese primer poemario, se recoge la experiencia de la cárcel, el poeta no lo hace desde la fácil perspectiva del denunciante; está muy lejos de la poesía política en su vertiente retórica. La obra de Guillermo Sucre, más bien, se interesa en trabajar las monotonías de los días y la espesura del paso del tiempo. Pero tampoco se agota en esa experiencia, ya que en este libro surge el exilio como eje temático: el exilio real y el metafórico, que también, como sabemos, es tanto o más real que el físico.
Y también la sustancia de amor aparece, otra de sus recurrencias temáticas, así como el viaje, que sin estar Sucre dominado por la fruición del viajero, porque no lo está para nada, sin embargo forma parte de sus hechos poetizables y también se va a manifestar en este primer poemario lo que es materia de toda su obra. Me refiero a la mirada memoriosa, reconstructora, a ratos melancólica, de los paraísos perdidos de la infancia. Cuando este libro salió, la crítica manifestó asombro por la madurez de su palabra poética en aquella primera entrega, pero también señaló el peso del pensamiento en su obra, y lo señalaba con un dejo de crítica como si el pensamiento fuese ajeno a la poesía, vaya usted a ver. Entonces cierta crítica no pudo advertir que el pensamiento no puede ausentarse de la imagen que trabaja el poema.
Si este es fruto de una conciencia crítica, y la conciencia crítica de Sucre es extrema, tampoco un sector de la crítica advirtió con claridad que la poesía de Sucre es abiertamente sensual, ya que el lugar de los sentidos es privilegiado en ella. El lugar de la luz es un lugar principal y el espacio que ocupa el fuego del verano es un eje; el encuentro de los cuerpos en la danza amatoria también es un eje. Aquel lector de 1961, ante esta obra, quedó asombrado con la formulación de la lucidez y pasó por alto las fiestas de los sentidos que propiciaba su poesía. Y desde aquella primera entrega su palabra va convocando una notable capacidad de evocación.
Su palabra está eficazmente dotada para la reconstrucción de una atmósfera; vamos a leer un poema de Sucre. Les leo: "Y si al invisible llegas no por tus pasos, por mis sueños, y transcurra el tiempo, no los días, y un viento sin amor sepulta entre tus manos la última estrella heredada del fuego, el olvido. Si en la tierra todo se extingue de tu memoria, de tu esplendor vertiginoso, oh hija de mis sueños, ¿dónde encontrar entonces tu voz que avasalla y requiere esta ausencia?" Un bello poema.
Y después vamos a tener en su poemario siguiente, que se titula La mirada, de 1970, en el que el poeta designa la semilla del arte de hacer poemas. Pero al privilegiar desde el título el acto fundacional de la palabra poética que es la mirada también está señalando sus límites. ¿Acaso la excesiva luz del verano enceguecedora no es lo mismo que impide la visión?
Y además, si el verano como espacio psicológico central de su poesía ya irrumpe, también lo hace su desconcertante capacidad para la paradoja. Sucre es un maestro de la paradoja y lo interpela a la duda, de modo que en lo que afirma niega y en lo que niega también afirma. Esta noria de la lucidez que encuentra su metáfora en el verano resplandeciente está todo el tiempo operando en la poesía de Sucre.
Desde el momento mismo en que la mirada enfoca una parcela de la realidad, bien sea los campos de la desolación, o bien la yedra recurrente de sus poemas que evocan la infancia. Les leo una estrofa, un fragmento: "Donde los demás no ven se detiene la mirada. Que soy sin ilusión, sin presunción. Dejo el misterio como carnada de peces, del otro mar sagrado que nunca fue mi reino". Hermoso poema también, hermoso fragmento. Y así llegamos a un libro que tiene un título largo y precioso: En el verano cada palabra respira.
En el verano cada palabra respira es un libro de 1976; probablemente sea el poemario en el que Sucre haya bajado hasta las aguas más profundas del pozo y ante los ojos del lector la luz, la incandescencia del estío y su metáfora alterna se hacen presentes. Esa metáfora alterna es el insomnio. Esas ambas alteraciones, hijas del exceso de la luz, son sin duda unas piedras preciosas de su obra. Así lo afirma la autora del más completo ensayo que se ha escrito sobre la poesía de Sucre, me refiero a María Fernanda Palacios.
María Fernanda Palacios afirma: para Guillermo Sucre, el insomnio, como el exilio o el verano, no solo son metáforas del poema, sino que son también la fuente y el obstáculo que lo hacen posible. Cada poema puede leerse como una navegación que se hace con ellas y contra ellas simultáneamente. Sus poemas no crean un universo paralelo al mundo, sino un continuo, un diálogo que es a la vez su distancia con el mundo.
Hasta aquí esta observación de esa gran escritora, que es María Fernanda Palacios. En la próxima parte del programa continuamos con la poesía de Guillermo Sucre. Ya regresamos.
En la parte anterior del programa leímos una opinión, una valoración de María Fernanda Palacios sobre la poesía de Guillermo Sucre. Y la verdad es que en toda la obra de Sucre el poema, a medida que discurre, reflexiona sobre sí mismo; no podemos olvidar: su obra lleva la modernidad hasta sus extremos más conspicuos, pudiéramos decir. Es decir, el poema, a un tiempo que va saliendo o se va gestando, va a su vez negando su propio desarrollo en ejercicio de la propia conciencia crítica. Por ejemplo, les leo algo que explica lo que estoy afirmando; dice Sucre: "Pero sé o creo saber que la felicidad existe justamente allí donde no existe. Que mantener el calor de su ausencia prepara, si no su destello, su limpidez. Así pues, no puedo hablar de la felicidad, pero puedo callarme en ella, recorrer su silencio, la vasta memoria de no haberla tenido".
Como verán, operaciones paradojales de gran inteligencia. Y sobre la piel de los hechos vemos cómo Sucre posa su mirada, pero sobre las entrañas también coloca su oído memorioso y los instrumentos que efectúan la criba y nos devuelven la lucidez. "Lo que es evidente es también nebuloso; lo que ocurre crea el espacio de lo que no ocurre. El amor es el recuerdo de haberlo tenido, el amor es la ausencia del amor y no su acontecimiento".
Esto es muy interesante en lo que él hace: poesía reflexiva que desconfía de sus propios hallazgos en función del culto de la perplejidad que llevó hasta el tesoro encontrado. Y ahí su poesía es serena, la serenidad es un valor de su poesía, y hay una condena tácita del aspaviento barroco. Y hay una crítica del sentido de posesión sobre la base de la humildad, de la pertenencia. Es decir que creemos dominar y en el fondo somos dominados; creemos poseer y en el fondo somos poseídos.
Hay un permanente fuego de la lucidez paradojal en su obra, la inteligencia que atiende al timbre de los sentidos y a la intuición. Escuchen otro fragmento donde Sucre dice: "No libera el verano, somete. No hay que hablar de él sino con él, no con sus palabras o destellos, con sus pausas, sus pautas, su respiración en blanco". Y aquí vemos una confianza en el poder reconstructor de la imagen que instaura un ambiente. Más que el intento del verbo por señalar algo, una poesía ambiental en este sentido no puede hablar del verano con las palabras que lo designan; solo puede hablar: se ve al verano desde el verano mismo, ignorándolo.
Por supuesto, así como es el verano ha podido ser otra estación; no es la estación lo que le importa a Sucre. Es lo que Sucre hace con esa estación y así llegamos a Serpiente breve, un poemario de 1977. Es un título que le hace honor a su denominación: es muy breve e intenso y además serpenteante. Allí el poeta se acerca al verso de cierta poesía directa, minimalista, norteamericana.
De hecho, aunque esto no es obligante, es un poemario que fue escrito en los Estados Unidos, en alguna de las estadías de Sucre como profesor y profesor invitado en algunas de las universidades donde ha dado clase. Y allí el autor tuvo conciencia de lo episódico, pero no por episodio descartable para el poema. Se anuncia aquí algo autobiográfico, bueno, quizá sí, pero muy veladamente.
Y luego transcurren 11 años antes de que Sucre entregue otro poemario. Ese título se llama La vastedad, un libro de 1988. Y de nuevo el título hace honor a lo que contiene; me refiero a los dilatados espacios de la desolación y las generosas tierras del homenaje a sus maestros. También vamos a hallar la presencia del poema en prosa.
Antes habíamos asistido al poema que jugaba con los espacios en blanco, habíamos asistido al oficio del poema preciso y habíamos catado el poema de verso siempre iniciado con mayúsculas. Y ahora, pues, ensaya otras formas. En La vastedad pareciera rendir homenaje a su maestro venezolano, José Antonio Ramos Sucre, pero es difícil saberlo. Es difícil saberlo, aunque en la ofrenda hacia las obras que Sucre estima ha sido explícito, porque uno encuentra la huella de Rubén Darío, de Saint-John Perse y de Jorge Luis Borges, por supuesto.
De Vicente Huidobro y Octavio Paz, de José Lezama Lima, y también de Ramos Sucre. Y hay un poema homenaje a Lezama Lima, en el que al hacer el retrato del maestro también Sucre esboza una suerte de poética, cosa que siempre está presente en su poesía. Dice Sucre en ese poema homenaje a Lezama Lima: "Quien todo lo ha dicho dibujará el silencio. De las redes vacías salta el pez estelar. De un hombre tan cercano a la lejanía veremos siempre el rostro radiante, la humildad del ya innombrable esplendor".
Por cierto, yo no recuerdo que la crítica haya señalado alguna vez la impronta o la raigambre oriental de este pensamiento paradojal de Sucre. Él tampoco lo ha hecho explícito, que yo sepa, pero es imposible no recordar en sus palabras las operaciones mentales a las que invita el taoísmo, algo del budismo tibetano y del budismo zen, e incluso la poesía oriental que se escribe en la órbita de estas culturas taoístas, budistas e hinduistas. Y allí que la ilusión, la duda, lo oculto tras lo evidente, que a su vez niega lo evidente, no son estrategias del pensamiento oriental en su aproximación a la realidad, pues pensamos que sí. Aunque esto, que yo sepa, la crítica no lo ha señalado nunca, y sobre este particular Sucre tampoco, que yo sepa, se ha pronunciado.
Y llegamos a La segunda versión, un libro o un poema de 1993. Y aquí estamos en el poema confesional de formulación directa, algo que Sucre hasta ese momento no había abordado de esa manera. Habla entonces la voz del hombre que empieza a recapitular y ya no se nutre exclusivamente de memoria e infancia. Ya entran en juego los hechos de la juventud, los de la madurez.
El imposible esplendor, el desengaño, y vaya paradoja: si el libro está escrito desde la negación de la posibilidad del esplendor, es paradójicamente un libro rebosante de humanidad, afectuoso, dolido. El orgullo que alguna vez se dio la mano con la humildad aquí respira mitigado. Algunos de sus poemas son verdaderamente conmovedores, emotivos. Ya la sorpresa no le llega al lector desde los territorios de la fulgurante inteligencia de Guillermo Sucre, sino desde una extraña, humana y contagiante desolación.
Y si en En el verano cada palabra respira la lucidez centellante deslumbra, en La segunda versión la convocatoria es a la confesión de las culpas y la comunicación entre pecadores, así como a una estremecedora pregunta sobre el sentido de existir. Les leo esa pregunta: "¿Ahora dónde está? Bajo cuánto oropel y odio y oprobio yace. Hay seres que aún vivan en la amistad del clima, respiren el hálito de la tierra cuando amanece... se bañen en el mar como una purificación muy hermosa". No sé si sea necesario hacer explícito lo que subyace entre líneas, pero prefiero pecar por exceso que por falta.
Me refiero a que la poesía de Sucre espera por una valoración mayor y mejor de los lectores, que pensemos que Sucre, además del gran ensayista de La máscara, la transparencia, es un extraordinario poeta, que hay que leer. Que hay que... ¿qué? Leer. Esa es la tarea, ese es el verbo que hay que hacer con la poesía de Guillermo Sucre. Yo creo que hace falta, además de los estudios de María Fernanda Palacios y de Francisco Ribera, un trabajo más dilatado o detenido sobre esa poesía tan inteligente, tan profunda, tan tejida sobre la imagen y la memoria que es la poesía de Guillermo Sucre.
Hasta aquí nuestro poeta guayanés. En la próxima parte del programa vamos a hablar de la poesía de una muchacha de Turmero, la extraordinaria poeta Yolanda Pantín. Ya regresamos.
Si una obra poética ha crecido en los últimos años con una fecundidad y una belleza particular es la de Yolanda Pantín, nacida en 1954 y formada en el taller Calicanto que dirigía Antonia Palacios y en la Escuela de Letras de la Universidad Católica Andrés Bello. Formó parte del Grupo Tráfico, que fue en alguna medida una escisión del taller Calicanto, ya que la mayoría de sus integrantes formaban parte de Calicanto. Me refiero a Yolanda Pantín, Armando Rojas Guardia, los hermanos Márquez, Miguel y Alberto, y Rafael Castillo Zapata. Y el primer libro de Yolanda Pantín se titula Casa o lobo, es un libro de 1981.
En ese libro Pantín trabaja, como suele suceder con los libros iniciales, con el universo de la infancia. Esa niñez y adolescencia que transcurren en Turmero, ese pueblo de los valles de Aragua en el que su familia posee una hacienda que cada día se encuentra más circunscrita por el avance de la ciudad. De modo que allí Yolanda va a vivir el pasado y el futuro porque asiste a una especie de despedida del mundo rural de su saga familiar y a la vez a una incómoda bienvenida del mundo urbano, quizás acosada aquella zona por los tentáculos de la urbanización. Y ese universo de la familia grande, donde no obstante se respiran los primeros olores de la soledad ontológica, es el universo que trabaja Yolanda en ese primer libro con un lenguaje que, si bien no es hermético, es manifiestamente lírico en su pronunciación.
Allí ella salda cuentas con el espacio de la memoria que en la juventud se tiene más lejano, que por supuesto es la infancia, y con ello va colocando los cimientos de su autobiografía poética y se libera de sus primeros fantasmas. De allí que ese libro puede decirse que es exorcismo y fundación a la vez... Y su segundo libro ya fue escrito dentro del espíritu del Grupo Tráfico. Además es uno de los poemarios más representativos de esta poética y también es la puerta que abre al campo Yolanda Pantín con esta nueva visión de la palabra poética.
Me estoy refiriendo a Correo del corazón, un libro de 1985 donde comienza a brillar una de las joyas en la poesía de Yolanda: su perspicacia irónica. Esa crítica que formula con el filo más frío de un cuchillo, auxiliada por una severa distancia con que desgrana un estado, un objeto o una cosa, un episodio, un sentimiento, un desliz. Esa visión crítica está allí presente y a partir de este poemario su voz halla resonancia en su propio pecho. Y el lector asiste a una suerte de alegría de leer, con la sensación de que esa plomada que ha lanzado ella como pescadora en busca de sus lectores ha caído en un sitio propicio y los peces van a morder el anzuelo.
Allí está la feminidad en su condición múltiple: ama de casa, escritora, madre, hija. Y encuentra un ojo que la esculpe, la ausculta, la mira en silencio. Ya no es una mujer ceñida a un oficio, es la mujer desparramada de muchas exigencias, la mujer fragmentaria moderna, la mujer de la crisis y la modernidad. De eso que, en ausencia de un denominador más justo, podemos llamar la posmodernidad: la mujer que en su tejido social va avanzando también en la construcción de sus propios laberintos.
Y de este libro es un poema notable, a mi juicio; se titula "Vitral de mujer sola". Voy a leerles un fragmento: "Las mujeres solas tienen infinidad de miedos, terrores francamente nocturnos. Los sueños de tales mujeres son terremotos, catástrofes sociales. Una mujer sola reconoce a otra sola de forma inmediata. Llevan el mismo cuello aireado, lo cual no quiere decir que no quieran a nadie más que a sí mismas; esto es completamente falso. Lo cierto es que la casa de una mujer sola está abierta a su antojo. Una mujer sola no puede curar su soledad porque nadie está enfermo; se remedia lo curable: una gripe, un dolor de estómago. La mujer que piense que su soledad es curable no es una mujer sola, es un estado transitivo entre dos soledades infinitamente más peligrosas. ¡Una mujer sola es una mujer acompañada!"
Bueno... este es un gran poema, solo les he leído un fragmento. Luego vienen La canción fría, que es de 1989; El cielo del país, también es del 89; y Poema del escritor, del mismo año. Ese año 1989 fue una gran eclosión para Yolanda Pantín, coincidente con la caída del Muro de Berlín o la caída, al fin, del socialismo real y los cambios extraordinarios que hubo en el mundo a partir de ese año.
Y aquello que se anunciaba en Correo del corazón ahora, en 1989, va a llegar a su paroxismo; es decir, la inteligencia va oradándolo todo en su operación deconstructiva, hasta que llega a asumir una máscara que supone prácticamente un cambio de género. El hablante de Poema del escritor es masculino y es el límite extremo desde la distancia que entraña con la visión de Yolanda Pantín. Aquí hay algo dramatúrgico también porque, al ella hablar desde la condición masculina, está asumiendo a un personaje. Y esta distancia no es otra que la respuesta ante el llamado urgente de la lucidez.
Para ver el conjunto, parece decir Yolanda Pantín, es necesaria la separación que da la perspectiva para apresar algo de la totalidad. La emoción debe estar a raya, debe ser tamizada por esta suerte de operación fría de la conciencia, pero esa frialdad a la que apela Yolanda Pantín no excluye la belleza. Todo lo contrario: la incorpora como parte sustancial, como carne. Más que frialdad en sí misma, lo que allí ocurre es una prevención frente al patetismo, me parece a mí.
La distancia que ella establece, más que una distancia en sí misma, es un horror frente a la cursilería, frente a la autocompasión y frente al narcisismo; esto es obvio que molesta mucho a la poeta. Y esta distancia y frialdad no son sino estrategias ordenadas por la aspiración de serenidad, que es un imperativo en Yolanda Pantín. Es como si en ella cualquier grito o cualquier otra manifestación sucedánea de la histeria fuese un ruido, un estorbo, y allí su palabra está regida por la urgencia de una visión clara, prístina. De modo que ver claro es el mayor anhelo de Yolanda.
Pero su anhelo también está matizado por una fuerza contraria, el astivo. De allí que la obra de Pantín sea un compendio de sus fuerzas interiores y pase del convenio a la dentellada con gran facilidad. El lector advierte que entre líneas bulle una atención que solo la serenidad ha logrado dominar, mitigar.
Allí dice en Poema del escritor lo siguiente; les leo: "El escritor descubre el mundo, ha salido de sí con penosa tarea; nada lo agobia tanto como desprenderse de su interioridad y sus cálidas materias". Y luego vamos a tener en 1993 su libro Los bajos sentimientos, donde se profundiza aún más lo que es más que una opción escenográfica; es una estrategia. Me refiero al viaje, que forma parte esencial y buena parte de la obra poética de Yolanda Pantín. De allí que su poesía ha ido haciéndose cosmopolita en sus espacios, como si el relato del poeta fuese el del caracol, que sale de su concha a caminar y mirar el mundo.
Pero uno se pregunta: ¿la escogencia de ciudades y geografías ajenas no es llevar hasta sus extremos metafóricos la operación morosa y dificultosa del poeta que sale de sí mismo a ver el mundo, a ver lo otro? Pues yo creo que sí, y además es la distancia llevada al punto más extremo. Es trabajar con espacios que no son ajenos, espacios que vemos por primera vez, por más que los hayamos trabajado en los imaginarios de la cultura. Ya la distancia no es del autor desdoblándose para verse a sí mismo, es la distancia del autor viendo un mundo desconocido.
Es una mirada que busca el adanismo, aquella mirada de Adán, la mirada primigenia, pero que sabe que en aquello que está haciendo va también su melancolía y probablemente su desesperanza. Y después de girar por el mundo, el autor intuye que su conclusión puede ser desoladora. ¿En qué sentido? Que el mundo puede ser igual en todas partes. En la próxima parte del programa, seguiremos leyendo y pensando a partir de la poesía sumamente filosa e inteligente de Yolanda Pantín, ya regresamos.
Hablábamos en la parte anterior del programa de la poesía de Yolanda Pantín, de sus primeros libros, de los que nos ocuparemos en esta oportunidad. De sus libros más recientes nos ocuparemos en otro programa, y estaba por leerles un poema de su libro Los bajos sentimientos, es de 1993. Les leo: "Vamos a ser más felices, pero no vamos a ser más jóvenes. Vamos a cambiar el mundo, pero no nos saldremos de este cuarto. Vamos a mirar todas estas fotografías (no tendremos miedo); nada perturbará este orden tan imposiblemente logrado. Escucha... Tendremos paz... pero no tendremos alegría". Bellísimo poema.
Y con su poemario siguiente, que se titula La quietud, un libro de 1998, los recursos en su poesía van a llegar a la madurez, con lo que hacia adelante su trabajo se va a topar con un desafío. Y esto nos lleva a una reflexión sobre este tema: cuando un creador agota sus ángulos de visión porque ha entregado lo mejor que ha hallado desde sus atalayas, desde sus puestos de trabajo, se impone un renacimiento, una ruptura, una mudanza, en todo caso un cambio que preserve sus visiones del abismo de la repetición. Que salve de las retóricas. Por supuesto, esto no le ha ocurrido a Yolanda Pantín porque ha sabido reinventarse.
En los libros más recientes de Yolanda, en los que ella se acercó a su propia retórica, me da la impresión de que la transformó; ocurrió una metamorfosis. No siguió por ese camino, ensayó otro, pero tampoco ensayó otros negando todo lo anterior, porque eso nadie lo puede hacer, sino ensayar otro liberándose de fórmulas ya repetidas de su dicción anterior. Y eso lo hizo Yolanda a partir, yo diría que desde ese libro de La quietud, donde ella llega a un punto en que cuaja su obra, donde ya el diamante está pulido y por ese camino no hay más trocha. Hay que tomar otro y lo hizo muy bien, y continuó su obra creadora.
¡Ojo! No todos los poetas y los pintores, y los artistas en general, logran esto. Uno advierte sobre todo en la pintura (y la poesía también) que algunos autores llegan a una cristalización de sus fórmulas creadoras o de su magma creador y comienzan a repetirse y a repetirse, a crear una retórica. Esto es lamentable y muy triste verlo. Hace poco vi una exposición de Giorgio de Chirico y el de Chirico de los años 50 y 60 es deslumbrante, y él siguió haciendo lo mismo pero cada vez más lejos de su momento de esplendor.
Sus obras de vejez, que repetían en buena medida sus obras de madurez, era doloroso verlas en esa exposición retrospectiva; era doloroso porque uno advertía que había un decaimiento allí. Siempre es mejor detenerse, cambiar completamente, tomar otros caminos, y si no se puede tomar otro camino, detenerse. Por supuesto, Yolanda no se detuvo porque hay una fuerza creadora y una erótica en ella, que ha sido muy fuerte, y ha continuado su obra. En esa obra se han dado cita el recurso intertextual, el giro coloquial, las referencias literarias y plásticas, la ironía, la inteligencia, y todo esto que está puesto sobre el mapa, sobre el tablero, articula una mirada crítica del mundo.
La poesía de Yolanda Pantín es muy interpelativa del mundo, muy crítica. No es una poesía complaciente, no es una poesía lírica para ensalzar las mieles en la existencia. Es una poesía crítica, irónica e inteligente y de allí que se pueda decir que no es una poesía del avenimiento, sino de la interpelación. De allí que se pueda decir que el canto celebratorio no es suyo y, en todo caso, lo que se articula se hace desde la plegaria, pues la tristeza, la melancolía, la lucidez, la depresión a veces, y la incredulidad y el escepticismo.
Y también una serena alegría, que es la que brilla en esas operaciones críticas e inteligentes de su interpelación de vida y del mundo. Esta es a grandes rasgos la poesía de Yolanda Pantín. Queda pendiente para otro programa hablar sobre sus libros más recientes, queda pendiente hacerlo. Bueno, en este programa nos hemos dedicado a dos extraordinarios poetas venezolanos, Guillermo Sucre y Yolanda Pantín, dos obras de peso, dos obras a estudiar, dos obras a celebrar, dos obras a disfrutar.
Quien se acerca a la obra de estos poetas encuentra un placer porque son poemas bien construidos: hay pensamiento, hay imágenes. Hay todas las operaciones humanas que están allí en juego y colocadas sobre la mesa con fecundidad o fertilidad, e incluso diría un movimiento de alegría. Bueno, hasta aquí nuestro programa de hoy. Ha sido como siempre un gusto hablar para ustedes.
Soy Rafael Arráiz Lucca y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Me acompañan en la producción Inmaculada Sebastián y Fernando Camacho, y en la dirección técnica Fernando Camacho. Y a mí me consiguen en mi correo electrónico rafaelarraiz@hotmail.com y en Twitter, arroba Rafael Arráiz. Como siempre, ha sido un gusto hablar para ustedes, hasta nuestro próximo encuentro.