Transcripción completa del episodio
Este programa es posible gracias al equipo conformado por Gitanjali Suárez, Inmaculada Sebastiano, Carlos Javier Virgüez y Giancarlo Caravaggio. Recuerda que nos puedes seguir en Instagram como @PisoLaCultural y también puedes seguir la transmisión en vivo en www.mundovr.com. Bienvenidos todos a Venezolanos, un programa sobre el país y su historia.
En esta cuarta temporada de la serie Los del Podio, hoy tenemos el gusto de tener entre nosotros a Elisa Vegas, con quien vamos a conversar. Es una directora de orquesta, una música importantísima en Venezuela y, además, prácticamente un ejemplo, porque, que yo sepa, es la única directora activa de orquesta. Sé que hay otras, pero no con la intensidad con la que Elisa desarrolla su trabajo al frente de la Orquesta Gran Mariscal de Ayacucho. Bienvenida, Elisa.
Es un placer, muchas gracias, profesora. Encantada, me siento honrada de estar en estos perfiles tuyos. Muchas gracias. Vamos a comenzar por el principio: tú naciste en 1988.
Es correcto. Y eres hija de un melómano, Guillermo Vegas, a quien se le conoce más como Federico Paganins. Entiendo que a tu mamá también le gusta la música, o sea, que tú llegaste a una casa donde estaba claro que, en el 88, estaba sonando un CD que ya no existe.
Claro, bueno, y discos de pasta y también cassettes; tuvimos muchos cassettes también. O sea, que llegaste a una casa donde siempre estaba sonando la música. ¿Cómo fue eso?
¿Cómo era ese mundo al que tú llegaste? Bueno, ciertamente provengo de una familia donde la cultura, en general, se respira en mi hogar: no solo la música, sino las artes plásticas y la literatura. Pero, en mi caso personal, el recuerdo es de los fines de semana, cuando yo me levantaba muy temprano y ya en mi casa estaba sonando el jazz, el latin jazz también; la música latina también era parte del soundtrack de mi vida. ¿Tú eres la mayor?
Yo soy la mayor. Somos dos hermanas que trabajamos juntas hoy día, que desde chiquitas hemos sido muy unidas. Por un lado sonaba la música; por el otro, mi papá estaba con un libro, leyendo o escribiendo algo, en esa época un poquito más avanzada, pero bueno, no tanto en edad.
Digamos que ya a los siete años mi papá empieza a producir discos. Ya me acuerdo de esos momentos en los que, de repente, él me tenía que buscar en alguna actividad extracurricular y me llevaba al estudio, y yo, en una esquina, calladita, escuchando cómo había sido una grabación de Estelita del Llano, por ejemplo. Recuerdo también marcadamente una grabación con Alberto Naranjo y su orquesta.
En ese momento estaban grabando música de Billo y a mí me quedó marcada. Yo, sentada en la esquina, viendo toda la orquesta, todos los metales, todo el mundo, siempre, bueno, como son esas grabaciones, en silencio absoluto. Pero sí, hubo mucho de eso en mi infancia, muchísimo de esta casa cultural.
¿Y dónde estudiaste la escuela primaria y el bachillerato? Yo estudié en el colegio Mater Salvatoris, que queda en Las Mercedes. Ahí estudió tu mamá, creo, ¿no?
Ahí estudió mi madre también. Cuando estudiaba mi madre, era un colegio naciente en Venezuela; estaba en sus primeros años en Venezuela y ya yo, como segunda generación, estudio en este colegio de hermanas, de monjitas, con una formación religiosa y académica también muy rigurosa. Estoy segura de que esa formación me ayudó bastante luego en todo el tema disciplinario de la música, ¿no?
Claro, y ahí estudiaste primaria y bachillerato. Estudié primaria y bachillerato en ese colegio, en donde, por cierto, hoy en día, cuando lo veo en retrospectiva, hice algunas de mis mejores amistades de la vida. Uno suele pasar.
¿Y había un coro? En el colegio ciertamente había un coro. En el coro participó más mi hermana; lo dirigía la maestra Ana María Raga, quien además es una eminencia en el mundo coral venezolano. Sin duda, el colegio tenía la fortuna de tener a Ana María Raga allí.
Mi hermana sí viajó con la Coral Equalis, que dirigía ella. Había muchas oportunidades y yo, en una de ellas, me colé. Ya estaba casi por graduarme del bachillerato y faltaban mezzosopranos; como yo era música en ese momento, dije: "Bueno, esta es mi oportunidad", porque se iban de gira para Praga, para Estonia, para Letonia y para Hungría.
Audicioné en el coro y, para esa oportunidad específica, tuve la oportunidad de participar en varios festivales con Ana María Raga. En ese momento, la coral del colegio, en Mater Salvatoris, ganó premios; o sea, tenía muy alto nivel. ¡Qué bien!
¿Y fuiste a esa gira? A esa gira fui. Específicamente, audicioné para poder ir. Yo dije: "Mi hermana se va a estos viajes; yo voy a audicionar en este momento, voy a ser cantante".
Yo estuve en mi formación vocal; participé en el Conservatorio Juan José Landaeta, en el Coro de Niños. Lo dirigía la maestra Adelena Sause y ahí estuve por años, porque ella tenía, creo que ella tenía una manía de que los niños íbamos creciendo, pero ella no quería que creciéramos, y teníamos una etapa infantil.
Éramos Peter Pan todos. Sí, éramos todos Peter Pan, así que en el Coro de Niños, que era una actividad en el Conservatorio Juan José Landaeta, lo que debía durar dos años todos lo hicimos como seis, porque no nos dejaba salir. Sí, crecer.
No nos dejaba crecer, pero al final es muy importante para el músico: el desarrollo del canto y del oído interno es muy importante. Y esa formación, ese ambiente cultural de tu casa, ¿se acompañó de alguna actividad deportiva, de algunas otras aficiones tuyas?
Bueno, tú conoces a mi padre y conoces a mi madre. Mi padre es, sabes, la mente inquieta y mi madre, por contraste, es una mujer de mucha disciplina y muy centrada. De mi madre podemos decir en esta etapa que ella se encargó de que mi hermana y yo estuviésemos, en cuanto a actividades, tú te puedes imaginar, extracurriculares.
Nosotras hicimos ballet, hicimos pintura, hicimos tenis, hicimos golf, íbamos a clases de inglés; o sea, no hay nada que no hayamos hecho. Además, afortunadamente, como yo era una persona muy constante, por muchos años bailé con Inés Rojas, por lo menos siete años de mi vida. ¡Guau! Bastante.
Claro, sí, sí. Hasta tap hicimos; hasta bailábamos tap los sábados con una profesora norteamericana. Pero también estaba en música, y yo digo que tengo la fortuna de saber desde muy temprana edad que eso, que era la música, a mí me apasionaba. Ajá, eso te iba a preguntar. Sí.
Tu vocación fue tempranísima. ¿Cuándo sentiste tú que ese era tu camino? Una niña. Era precoz. Tengo recuerdos de tener tres años e ir a la escuela de María Luisa Estopelo, en Prados del Este. Lo recuerdo ahora y para mí es como una gran alegría: yo, desde chiquita, iba a la música, a mi clase de música, como si fuese el mejor regalo del mundo.
Entonces sé que, en ese momento —me enteré también más tarde—, la maestra María Luisa Estopelo llamó a mis papás y les dijo: "Miren, esta niña tiene inclinación hacia esto". Cuando lo veo en retrospectiva, yo era una niña que llegaba y estaba fascinada con eso; para mí era lo mejor del día. Por eso, de allí ella nos orienta a ir al conservatorio y, en el conservatorio, yo entré en el Juan José Landaeta, Conservatorio Nacional, y lo mismo: yo era inmensamente feliz.
Y eras una adolescente, no te habías graduado de bachiller, ¿no? Exacto, exacto. Ese era el otro tema, ¿no? La música requiere muchísima rigurosidad y estudios, además de una constancia total. La mejor analogía es la de un deportista de alto rendimiento.
Claro, un tenista. Exacto, tienes que dedicarle horas de tu vida todos los días, tienes que estar apasionado por eso; si no, vas a ser inmensamente infeliz. Pero bueno, cuando te gusta, que es mi caso, no eres tan infeliz. Vas a vivir momentos muy duros porque son muchas horas de estudio.
Por ejemplo, cuando yo tomo el clarinete, que es mi instrumento, en los últimos años el clarinete es, caramba, o sea, estamos hablando de seis, ocho horas diarias de estudio, porque, si no, no hay manera de superarte a ti misma. Claro, tus propias marcas.
Tus propias marcas, lo que tú tienes que alcanzar para poder tener ese nivel profesional en un instrumento; es mucho tiempo. Y en esa adolescencia, fíjate que ahí es cuando yo digo: "No, es que yo era una apasionada". En la adolescencia, ¿qué pasa? Bueno, están las fiestas, está que hay que ir al cine, están los 15 años.
Los primeros novios. Los primeros. Pero para mí era importante; para mí era más importante. Eso era secundario. Yo decía: "Chévere, yo puedo ir al cine con los amiguitos, pero no este día, porque hay ensayo". O sea, la música era la prioridad.
Mi prioridad, mi prioridad era la música, siempre así. Y cuando te gradúas de bachiller, ¿cómo decides qué carrera vas a estudiar y cómo entras en la Universidad Central? ¿Cómo fue eso?
Bueno, yo entro a la Universidad Central tarde; tarde quiero decir, a destiempo de mi generación. Yo sabía que iba a ser músico. A mí me quedaban nada más dos años para terminar mi carrera como clarinetista en el conservatorio, y que todos sepan que para graduarse de un conservatorio son de ocho a diez años de instrumento, mínimo.
Ya yo llevaba siete años como clarinetista, me quedaban dos y tenía que, como decimos coloquialmente, echar el resto. Si entraba en la universidad en ese momento, no podía dedicar las seis u ocho horas que te estoy comentando. Que te faltaban, claro. Exacto, los dos años que faltaban.
Y yo decido, le digo a mis papás —también en ese momento, quien fue mi maestro luego, Rodolfo Saglimbeni, muy amigo de la casa—: "Mira, mi hija quiere seguir con su clarinete, no sé, ¿qué hacemos?". Que termine en su conservatorio. Fue importantísima su opinión, y yo he decidido no ir a la universidad.
Ojo que me costó, porque ese año hice todas mis preinscripciones, hice todas las cosas, para al final decidir que no, que era la música. En ese momento, hoy en día yo creo que las cosas son diferentes; los años han pasado y es diferente.
En ese momento tengo que decir que, por lo menos, el colegio fue muy duro. Decían: "Elisa Vegas, ¿y su talento? ¿Por qué no va a la universidad?". Ese tipo de cosas, ¿no? Como que si lo que estuvieras estudiando no tuviera importancia.
Pero hay que ver para atrás: hace más de 20 años, eso... Yo creo que el mundo hoy en día entiende más al joven que quiere ser músico, que quiere ser artista, que quiere ser escritor. Sí, también lo creo. Sí, en ese momento era difícil. Sin embargo, yo tenía entre ceja y ceja que no iba a dejar de ir a la universidad.
Pues siempre he sido muy estudiosa. ¿Y a qué edad entraste entonces? Entonces yo entré a la universidad como a los 24, que es cuando ya... Bueno, pero quizás mejor, porque estás más madura, ¿no? Claro. Por favor, la mejor decisión.
Porque ya están todas mis generaciones graduándose y yo estoy comenzando, pero una carrera como arte se aprovecha muchísimo más, creo yo, como dices, con la madurez. O sea, cuando uno tiene... Y en la Universidad Central se estudia mucho la parte de estética, por ejemplo, que es una rama de la filosofía.
Claro. Creo que si lo estudiara hoy sería más sabroso que cuando lo estudié, y cuando lo estudié fue más sabroso que si hubiese hecho eso a los 18. Por supuesto. Entonces... Estabas más formada. Exacto.
Y te decantaste por una de las ramas, que es musicología. Sí, musicología. El enfoque es más histórico y teórico que práctico. Correcto, eso es correcto, y la musicología se encarga mucho de la investigación.
Exacto: investigación. En Venezuela, una de las ramas más fuertes es el rescate de nuestro acervo musical, bien sea tradicional o académico, que ha estado archivado. Quien fue mi tutor, Juan Francisco Sanz, que en paz descanse.
Gran persona. Gran persona; dedicó su vida a rescatar obras que, por ejemplo, parte de la música de Teresa Carreño, la tenemos gracias a él; también de José Ángel Montero, José Lorenzo Montero y Reynaldo Hahn. O sea, mucho de eso que no hay hoy en día, que la música es el producto de musicólogos que se encargaron de rescatar y recuperar.
Como Sanz y su esposa, María Antonia Palacios. María Antonia Palacios, que la vi en estos días, maravillosa. Sí, se encargaron ellos y muchos otros musicólogos de ir rescatando la música, ¿no? Y eso siempre me llamó la atención. No he tenido el tiempo para ello, pero bueno, las horas son escasas.
Bueno, Elisa, entonces te tenemos ahora graduada de la Central. Terminaste la formación de clarinete. Sí. ¿Cómo es el paso a la dirección de orquesta? ¿Cómo pasó eso? Ya estabas dentro de la Orquesta Gran Mariscal de Ayacucho.
Este paso mío del clarinete a la dirección ocurre antes, en todo este momento. Yo me estoy graduando del clarinete, voy a entrar a la Universidad Central y en el medio está ocurriendo esto. O sea, yo estoy estudiando también en un lugar que se llama Ars Nova, donde complemento mis estudios con la maestra Menoginia Tilano, fabulosa; coloquialmente, las lagunas de la música popular las llenamos allí.
Y a mí lo que me pasó es que yo estaba en el IUDEM, que en ese momento se llamaba el Instituto Universitario de Música. Estudiando allá también, entraba a las clases de dirección como oyente, para aprender más desde mi rol como clarinetista. Ah, eras clarinetista. Pero tú entrabas a las clases de dirección. De oyente.
De oyente, pero como clarinetista, para entender un poco cuál era el trabajo. Correcto. ¿Cómo es que funcionaba? Pues me encantaba la orquesta toda la vida; toqué en orquestas mucho tiempo, o sea, siempre que pude. Me encantaba una visión más amplia.
Yo compraba discos de sinfonías de Brahms, compraba mis discos, los tengo todavía, por supuesto, los CD, y me parecía fascinante el mundo orquestal. El cuento corto es que hay un maestro coreano que va a Puerto La Cruz a dar un curso, y el maestro Rodolfo, que era el director, era Rodolfo Saglimbeni.
Buen amigo mío. Correcto. Lamenté muchísimo su partida. Imagínate, yo más: falleció precisamente hace un año; ahorita estamos celebrando un año de su partida.
Él dice: "Bueno, todos los alumnos míos vayan para el curso en Puerto La Cruz, y ustedes, que son oyentes, también, si quieren". Y yo, oye, vale, no sé. Yo estaba en estos momentos exploratorios y me preguntaba: "¿Cómo voy para Puerto La Cruz?". Tú me preguntas hoy en día cómo es que yo me fui para Puerto La Cruz.
Yo no sé, porque nunca había dirigido, pero me fui para Puerto La Cruz en un autobús, me quedé en un hotel y fui para el curso. Cuando llegamos al curso éramos 70 personas; el maestro dijo: "Yo no puedo trabajar con 70 directores". El coreano venía a dar un curso de 15 días y se iba.
Dijo: "Voy a hacer un examen", y dijo: "Aquí el examen lo va a hacer todo el mundo, oyentes y activos". Nos hizo el examen y, bueno, aparentemente hice el examen bien: sacó una lista de los 20 con los que él iba a trabajar y salgo yo.
Y yo: "Mire, maestro, disculpe, yo no dirijo; yo vengo aquí a aprender, porque siempre me ha encantado la información. Como te das cuenta, siempre he estado detrás de saber más". Me dice: "No, no, no, no, es que tú no entiendes: yo voy a trabajar con los 20 que sacaron la mejor nota en este examen; lo demás no me interesa".
Llamé a Caracas: "Bueno, mire, yo, ¿cómo que voy a dirigir?". Y el maestro me dijo: "Bueno, tú dale". La primera vez que me paré a dirigir, imagínate tú, fue en el primer movimiento de la Octava Sinfonía de Beethoven. ¡Qué osadía! Eso es un orquestón que apenas tú levantas y yo: "¿Qué es esto?".
Se me movió, sonó todo; a mí me dio algo. Yo no dormí esa noche, de verdad. O sea, fue... De la emoción. De la emoción. Era una electricidad y dije: "¿Pero qué acaba de pasar? Esto es demasiado potente, esto es como una fuerza".
Y, para cortar el cuento, terminé dirigiendo en el concierto final. De los 20 cogió a ocho; terminé dirigiendo, y Rodolfo me dijo: "Mira, hazte un video y tráetelo para ver qué es lo que es". Mis papás y mi hermana se fueron corriendo a Puerto La Cruz a ver ese acontecimiento de la clarinetista dirigiendo.
Hicimos nuestro videíto, le mandé el video y Rodolfo, el maestro, dijo: "Mira, aquí yo veo madera. Si eso es lo que tú quieres hacer, bienvenido a la cátedra". Y así comencé. Entonces fue como una gran casualidad, por un lado, y por otro lado, algo me movió a ir a Puerto La Cruz, porque no sé.
Sí, no se sabe. Yo todavía no lo sé bien, pero así pasó. Y a partir de ese momento empiezas a estudiar con Saglimbeni. Empiezo a estudiar formalmente. Él es como tu mentor. Él es mi mentor de dirección.
Voy con él todos los veranos, por muchas semanas, a Canford School of Music, a trabajar y a pulirme con el maestro George Hurst. ¿Dónde es eso? Canford es en Inglaterra. ¿En Inglaterra? ¿En qué zona de Inglaterra? Cerquita de donde está Stonehenge.
Ok, muy bien. Ese es el centro de Inglaterra. Exactamente. Y entonces ahí hacíamos unos intensivos de dirección con orquesta; es una maravilla. De hecho, muchos de los que estudiaron allí hoy en día hacen carreras internacionales increíbles.
O sea, realmente fue una generación que se formó allí y que ha sido una maravilla. Tú eras en ese momento una mujer de 30 años. No, ¿qué 30? Veintipico: 22, 23, 24. Es que todo esto ocurre antes de la universidad, incluso. Sí, claro; antes de la universidad y como que después la universidad coincide con esto. Esto es como toda una ensalada.
Ok, o sea que ya empezaste a dirigir. Vamos a ponerle una edad a partir de los 24. No, yo empecé más joven. ¿Esa experiencia de Puerto La Cruz qué edad tenías? Veinte años. Veinte años. Veinte años.
O sea que descubriste muy tempranamente una vocación por la dirección que se sumaba al clarinete, y el clarinete lo abandonaste. El clarinete después se fue abandonando poco a poco, más por un tema de tiempo que otra cosa. Claro.
Y hoy en día yo lo asimilo; lo podemos hacer símil de ese amor que está ahí, que tú lo ves y tú sabes que existe, pero que ahorita no se puede. Igualito. Un amor para más adelante. Para más adelante. Otra vez, si acaso.
Está muy bien. Bueno, estamos conversando con Elisa Vegas, directora de orquesta destacadísima en Venezuela, y ya ha dirigido en varios otros países del mundo. En la próxima parte del programa nos vas a relatar qué es dirigir una orquesta.
Vamos a comenzar por allí. Ya nos dijiste que era algo que te impresionó una vez que moviste los brazos, pero ahora queremos saber cómo es esto de manera sistemática, todos los días. Nosotros ya regresamos.
Estamos conversando con Elisa Vegas en esta cuarta temporada de Los del Podio, en Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Elisa, ¿cuántos años tienes dirigiendo la Orquesta Gran Mariscal de Ayacucho? Y esa es una tarea diaria para ti, de lunes a viernes; también los conciertos son sábados y domingos.
Cuando hablamos de música, la semana va completa. Sí. Mira, desde 2017 formalmente, o sea, ya vamos a cumplir diez años y no puedo entender cómo pasó el tiempo tan rápido. Imagínate.
Sí, ha sido una experiencia increíble, un aprendizaje muy grande, porque llevar una institución como la Gran Mariscal de Ayacucho ha requerido no solamente de mi dirección orquestal, sino también de dotes gerenciales. Claro, para buscar los recursos. Para buscar los recursos.
Cuéntanos un poco el origen de la orquesta; es decir, ¿está vinculada con el sistema en sus inicios o no? ¿Cómo es esa historia? Bueno, esta es una orquesta que funda el maestro Abreu hace ya 37 años, y la funda en un momento en que estaba la Fundación Ayacucho.
Claro. Y la Fundación Ayacucho generaba becas para estudiantes afuera. En ese mismo momento, él funda esta orquesta en Caracas y funda otras orquestas regionales que después también van a formar parte de este programa, y tenían ese carácter juvenil profesional.
O sea, tienen que ser jóvenes, pero ya con un nivel muy alto, que es el mismo perfil, creo yo, de lo que era la Fundación Ayacucho en su momento. No era una orquesta juvenil, sino un poco más allá. Más allá.
Era gente joven, pero ya profesional. Ya profesional, que merecía tener un incentivo, una beca. Y en ese momento llega el maestro Rodolfo Saglimbeni, ya formado en Inglaterra; se gradúa en la Royal Academy y viene a Venezuela.
Digamos que ese es uno de sus primeros trabajos. El maestro Abreu lo invita a encargarse de la orquesta. A encargarse de la orquesta, exacto. Él estuvo con el maestro Aldemaro un tiempo, etcétera, pero él funda la orquesta con el maestro Saglimbeni.
Y esta orquesta al principio se caracterizó también por tener gente joven, por ser un poco irreverente. Siempre tuvo ese carácter de ser versátil. De hecho, una de las primeras grabaciones que hacen es con el ensamble "Gurrufío".
Ah, con Luis Julio Toro. Exacto. Fue una revolución. Es decir, en el mundo musical académico, ¿cómo iban a hacer un disco así de música venezolana? Pero, además, no venezolana en el estilo de Antonio Estévez.
Ah, o incluso, bueno, valses, pero en orquesta, no. Esto era un grupo criollo; esto era lo que se llama "arpa, cuatro y maraca sin arpa", pero cuatro, maraca y flauta. Y hoy en día uno lo ve muy natural, bueno, porque eso ocurre en ese momento.
Y entonces, claro, empiezan a hacerse los conciertos más de fusiones, conciertos de Navidad, como los de Navidad entre amigos. Todo esto ocurre con la Orquesta Sinfónica Gran Mariscal de Ayacucho. O sea, después de estar con el maestro Saglimbeni, tiene otros directores.
Saglimbeni creo que se va a Chile por un tiempo, ¿no? Sí, bueno, claro, él después asume la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas, con la cual estuvo más de 20 años. En el entretanto, dirigiendo la Municipal, también es director de la de Chile, porque las titularidades las puedes compartir.
Tú puedes tener dos titularidades, ¿no?, y hasta tres, algunos directores. En todo caso, cerca de 2012 yo empiezo a tener algunos proyectos de ópera, etcétera, y veo que la Orquesta Gran Mariscal de Ayacucho los recibe muy bien. Empiezo a trabajar con ellos, y esto es como un noviazgo: uno tiene como un noviazgo con la orquesta.
Hasta que, en ese año, ellos, por votación, deciden que quieren que yo sea su directora titular. Ah, por votación. Sí, sí, por votación. Sí, sí, es bonito.
Uno pensaría que en la estructura musical no hay democracia, pero sí la hay. En algunos sí y en algunos no, pero la estructura no es tan democrática, es cierto. Dentro de una estructura orquestal no puede ser democrática.
No, porque tú estás todos los días con un equipo; pueden ser 70 músicos. En promedio tiene que haber una estructura. No llegamos a los resultados óptimos si no la hay. Me proponen esto de ser directora titular de la orquesta.
Yo trabajaba en ese momento como titular de la Orquesta Sinfónica de Chicago, que era una estructura de sistema. Me iba muy bien, pero sentí que era un salto importante: poder hacer mis propios proyectos, poder tener una visión artística y quizás hasta dejar una huella. O no dejarla, pero al menos probarla.
Probar. Exactamente. Y así es como yo estoy al frente de ella. El camino ha sido difícil y hermoso: difícil porque es una orquesta que no depende del Estado, que se sustenta sola con sus conciertos, con los patrocinios, con los amigos de la orquesta, etcétera, lo cual es bien complicado en este país.
Pero, a su vez, al ser una orquesta autónoma, hemos tenido mucha independencia en lo que queremos hacer y cómo queremos decir las cosas. Claro, y tienen una sede donde ocurren los ensayos. Correcto, nuestra sede actual está en la Torre Polar, en Plaza Venezuela.
Y, profesor, o sea, no me vas a creer: tú sabes que cuando yo asumo la titularidad, en 2016, la orquesta estaba en Parque Central, en un sótano, en unas condiciones no muy buenas, por decir lo menos. Y yo soñaba: "Yo quiero que mi orquesta esté en Plaza Venezuela". Ah, caramba.
Y fue como una proyección. Dios me oyó. Y todos oyeron y, bueno, gracias a la familia Mendoza, pues hoy en día tenemos una sede bellísima. Estamos muy agradecidos y ahí pudimos hacer vida artística. Ha sido una maravilla.
Qué bueno. Pero falta, digamos, en los sueños —o ya lo tienen, no lo sé— un sitio donde se presentan siempre, ¿o eso es itinerante? Sí, es itinerante. Nuestra sede de conciertos actualmente está en la Universidad Metropolitana, en el Paraninfo.
Allí hacemos muchos conciertos y tenemos una buena relación de desarrollo cultural en esa sala, pero, por supuesto... Con Bartolomé Giazagún, sí. Exactamente. Gran músico. Gran músico.
Y nos ha ido muy bien allá, pero, por supuesto, sin abandonar grandes salas como el Teresa Carreño, donde somos invitados regulares a las temporadas de ópera y a las temporadas de ballet. Claro. Y el Aula Magna. El Aula Magna.
¿En el interior de Venezuela han tocado? Hemos tocado. Los últimos años han sido más difíciles, bueno, por circunstancias del país, pero sí. La orquesta también, en su programación anual, hace muchísima música en espacios diferentes.
Es parte de la misión: plazas, lugares lejanos donde la gente no ha escuchado nunca una orquesta. Claro, pero bonito. La calle, diga usted, y ahí hemos estado seguramente.
¿Y cómo es el reclutamiento de tus músicos? ¿Se renuevan con frecuencia, son ya estables, qué pasa? ¿Hay movimientos? Hay movimiento natural. Tengo que decir que, afortunadamente, creo que ha sido un espacio de súper formación en la orquesta.
El músico de la orquesta primero tiene un perfil muy específico: es un músico académico, pero que tiene deseos de hacer otro tipo de cosas. Ok, pero son todos académicos. Son todos académicos, pero tienen que tener esos deseos.
Muy bien. Y los que los tienen y han estado allí por eso se mantienen allí, ¿no? Y bueno, en nuestra orquesta también hay programas de desarrollo: alianzas con el Centro Venezolano Americano para estudiar inglés, alianzas con universidades para que ellos estudien otras carreras.
Es como un programa donde ya el músico es profesional, pero la orquesta te da una plataforma para poder crecer en otras áreas también. Y tienes alianzas con otras orquestas de colaboración. Claro, absolutamente.
Bueno, una de las grandes alianzas no es con una orquesta, sino con el Teatro Teresa Carreño, porque desde hace tres años fundamos la Compañía de Ópera Teresa Carreño. Estoy allí con Isabel Palacios y Miguel Issa; el teatro, por fortuna, nos llamó a fundar la compañía de ópera Teresa Carreño.
Ah, qué bueno, qué bueno. La hubo en el pasado, o sea, la están retomando. Sí, no la hubo con esta estructura como tal. Ha existido una compañía de ópera que tenía talento nacional, pero que fuese bajo el paraguas de Teresa Carreño, no. Lo que siempre ha existido es el coro de ópera.
Y ha sido un proyecto maravilloso. Ya llevamos 11 títulos, o sea, en tres años. Es titánico cuando ves la situación del país, y que nosotros hayamos hecho ya 11 títulos en estos años es maravilloso. Entonces, alianzas como esas, por supuesto.
Y tengo orquestas con las cuales tengo amistad enorme. La Orquesta Filarmónica Nacional, en mis primeros años, fue la orquesta profesional que me permitió explorar repertorio grande. Grande quiero decir: la Sinfonía fantástica de Berlioz, Los cuadros de una exposición y conciertos de piano de Rachmaninoff. Fue la Filarmónica Nacional.
Te iba a preguntar por eso: como directora de orquesta, ¿cuáles son los autores que representan un gran desafío? ¿Cuáles son los autores que, cuando te los plantean, tú dices: "Caramba"? Bueno, hay obras muy grandes; es decir, los grandes compositores son grandes por algo.
Han llegado allí porque su música es majestuosa. Cada vez que uno se enfrenta a una partitura, por decirte, la Novena Sinfonía de Beethoven es como el gran edificio. Yo no quiero decir que unos son más complejos que otros porque, por ejemplo, ahorita estoy dirigiendo repertorio barroco y para mí es dificilísimo, porque no es mi idioma natural.
Para mí, a lo mejor se me hace más habitual dirigir una sinfonía de Tchaikovsky, que tú la ves como un monumento más grande y una cosa: "¡Guau!". Claro, es que es mi idioma. Pero estás más familiarizada. Sí, más familiarizada.
Entonces no es un tema de qué tan grande o qué tan complejo. Podemos ver temas rítmicos en Stravinsky, que lo oyes y tú dices: "¡Guau!, la rítmica de este compositor es compleja, debe ser muy difícil". Sí, tiene esa capa de complejidad, pero al final la complejidad puede ser otra.
La complejidad puede ser que ahorita estoy haciendo un Brandeburgo de Bach, que aparentemente es más sencillo, y resulta que armar esa música es muy complejo. Es muy, muy, muy interesante. Sí, es interesante.
¿Y cuáles compositores te tocan el alma, que tú dices: "Aquí estoy yo en mi elemento", y estás casi que flotando frente a la orquesta? A ver, yo floto, como oyente en la vida, con Brahms. Con Brahms.
Sí, es una locura. Yo lo descubro a él como a los 13 años, compro los discos y me enamoro de su sinfonía. Es un compositor denso; en mi caso me lleva a una zona emocional muy importante y lo tengo ahí como Dios.
Beethoven, por otro lado, se va descubriendo en la vida. Recuerdo estar sentada en una sala a los 10 años, oyendo cualquier sinfonía —la una, la dos, la tres, la cuatro, la que sea—, y no entendía nada. Decía: "Esto es una cosa incomprensible".
Pero, a través de los años, ocurrió un clic, hizo un clic en mi cabeza y, de repente, no sé, ponte tú a los 14, yo ya entendía las formas de Beethoven, entendía sus movimientos. Entonces es como un amor que fue desarrollándose. No me pasó así con Brahms: Brahms fue inmediato.
Y, bueno, hay compositores que te llegan a otras zonas. Un ejemplo muy trillado, pero fascinante, es el Concierto para piano número 2 de Rachmaninoff. Esto tú se lo pones a quien sea. Ojo, los invito a escucharlo porque es bellísimo.
Y bueno, así sí. Creería que yo soy muy romántica; ojo, no romántica en el amor, sino en el romanticismo musical. Por ahí va. Eso es lo que te toca el alma. Sí, yo creo que el romanticismo musical es mi número uno en general, como movimiento musical.
Tú tienes un hijo. Tengo un hijo. ¿De qué edad? Bello, nueve años. Y le gusta la música. Le encanta la música. Caramba, qué bien. De mí no tiene todavía la disciplina, o sea, es muy inteligente, es muy musical.
Su padre es cantante, Gaspar Colón Moleiro, es barítono; su abuela, Carmencita Moleiro, gran pianista en el Solana; su bisabuelo, Moisés Moleiro, que hizo, por ejemplo, un famosísimo joropo para piano y otras cosas. O sea, ese niño, de un lado, tiene el oído por generaciones.
Y del mío, bueno, yo creo que tenemos oído, sobre todo del lado de mi mamá. Mi mamá tiene mucho oído, mi papá también, pero mi mamá... Y bueno, este niño tiene un talento musical. ¿Y tú le ves facultades para qué instrumento, o qué ha manifestado él? Está en clases. El canto. El canto; está en clases de piano.
Porque para mí el piano es el instrumento básico. Sí, absolutamente. El piano, empezando porque es un instrumento temperado; es decir, que ya cuando tú lo tocas, él suena. ¿Cómo se llama ese niño?
Se llama Martín. Martín. Y Martín, bueno, está estudiando piano y canta como un loco. Está cantando todo el día, todo el día cantando. Qué belleza, qué belleza.
Bueno, ¿y compartes ese mundo con él? Lo compartimos, lo compartimos. Él tiene una vida, bueno, una mamá que, como dices, cuando comenzamos ahorita el bloqueo, los fines de semana a veces estamos en conciertos, me acompaña, a veces va a mis ensayos. Sabe ya qué es una ópera, sabe qué es un concierto y todo.
No lo llevo a todos, porque no podemos saturar a los niños, por supuesto, y él tiene otras actividades, tiene muchas otras actividades. Pero ciertamente se vive la música; en mi casa se respira la música, en casa de su papá también.
Y yo te pregunto, y me pregunto, porque tú estás entregada como un apostolado a esto: ¿qué otras facetas de tu vida hay que puedas relatar? ¿No te gusta viajar, te gusta leer, te gusta comer, etcétera?
Sí, bueno, hay un tema que, por cierto, estaba en internet estos días: cuando le preguntas a un músico "¿qué más haces?", hicieron esa entrevista a músicos de orquesta y es como: "Eh, nada, uuuh". Porque la música tiene esta cosa para el músico: es como que nos invade.
Yo me levanto y estoy pensando en el ensayo, en que tengo que estudiar, en que tengo esto, en cuál es el próximo proyecto. Es una cosa muy invasiva, bonitamente invasiva. Entonces, el resto del tiempo que a mí me queda en la vida se lo dedico a Martín. A Martín.
Entonces, el tema de cuál es tu hobby, cuál es tu otra parte de la vida: Martín, estar con la familia, disfrutar con los amigos, ver a la gente que uno quiere. Claro. Este hobby pequeñito, que me extiende: bordo, o sea, me gusta el bordado, pero el bordado...
Porque es una forma de meditación. Me lleva a la meditación. Exacto, me lleva a la meditación. Entonces, así que yo te diga, y otras cosas que uno hace —ejercicio por necesidad física—, pero mi hobby sería bordar. Y el resto de mi tiempo, porque yo no le llamaría hobby, mi vida está dividida en música y Martín.
¿Y cómo es tu relación con lo contrario de la música, que es el silencio? Me encanta. ¿Ah, sí? Absolutamente, amo el silencio. Fíjate: como directora de orquesta, el proceso tiene como dos partes.
La parte que todo el mundo ve, que es el concierto con todos los músicos, y detrás de eso hay unos ensayos, ¿no?, con gentío siempre. Pero la parte del estudio del director es un estudio en silencio, porque el director no suena: yo no toco el violín, no toco el clarinete, no estoy tocando nada. Yo estoy intelectualmente...
¿Cómo es el estudio? ¿Estás viendo la partitura e imaginando cosas? Exacto. Tú estás viendo tu partitura y, desde la partitura, estás viendo todos los instrumentos, estás dialogando con eso, estás estudiando la historia, las estructuras y la orquestación. Son horas en silencio. Claro.
Y yo aprecio demasiado el silencio. Siento que el silencio para mí es terapia, es felicidad. Eso no lo puedes hacer en un café en medio del ruido. Mira, sí se puede hacer, pero no es lo mejor.
Por ejemplo, en los aviones uno aprovecha mucho. Claro, que hay ruido, etcétera, pero uno logra concentrarse. Es como cuando estás leyendo un buen libro. Por supuesto, que tú puedes estar aquí, en el café, y como que te abstraes. Sí, tú te metes en eso.
A mí me pasa lo mismo. Yo, de repente, logro unos estados de concentración. Total. A veces puede estar así y, cuando levanto la mirada, han pasado dos horas y media. Me pasa, me pasa.
¿Y te ha pasado durante un concierto que pierdes el hilo? Eso debe ser terrible. Claro, algo te distrajo. Claro, claro que sí, porque dirigir la orquesta me demanda, bueno, no solamente levantar la batuta y mover los brazos.
No, no es esto. Tienes que llevar la conducción de lo que sonó antes, con lo que está sonando ahora y con lo que viene. Ocurren cosas y demandan muchísimo trabajo intelectual, muchísima concentración en la partitura, en lo que suena, en lo que viene y en lo que hubo. O sea, es cansado.
¿Has dirigido sin partitura alguna vez? Claro, muchas veces. ¿Y no te da miedo que algo se te olvide? Bueno, cuando uno dirige sin partitura es porque uno está muy seguro de que eso no va a pasar.
Ya. Pero también tienes que estar muy seguro de que la orquesta está muy segura de lo que está tocando. Muchas veces yo he estado segura de mí misma, pero la orquesta, sea la que sea, puede tener algún tipo de duda.
Entonces es mejor que esté la partitura ahí, porque si ha pasado en algún momento algún resbalón, o sea, tú tienes un solista y el solista se equivoca y tú, de repente, tienes que resolver algo que a lo mejor no depende de ti. Pasó, y está la partitura para decir: "Señores, compás 48", y listo.
Y vamos todos y ahí vamos. Esas cosas ocurren porque en la vida real no somos perfectos. De pronto el espectador no lo ve, ¿verdad? El espectador muchas veces no se da cuenta de los detalles.
Uno puede oír que el corno dos estaba bajo en la afinación, pero el público en general, a lo mejor, no se da cuenta, porque no hay alguien que sepa más. ¿Y cómo es el tema del humor tuyo frente a los músicos? Tú estás en un ensayo y hay un músico que está cometiendo errores y no lo resuelve. ¿Cómo enfrentas tú eso?
Es mucho de psicología. Ya es algo que he aprendido a través de los años. No soy la misma del principio, en cuanto al nivel de rigidez. Hoy en día intento que todos sean positivos.
Decirle a alguien "está mal" generalmente no va a atrapar al músico, porque hay que tener en cuenta que... Que lo dices por ahí, no es con cariño. Con cariño: "Vamos a revisar esto. Tengo carácter, aquí, como me ven; a lo mejor no tengo simpatía, no sé, pero se ve".
No, no. En la orquesta uno tiene que tener cierto carácter. Forma parte del trabajo, pero el camino puede ser un camino más dócil: "Mira, por favor, vamos a revisar este pasaje" o "revisa las notas, por favor, pero mañana trata de esto".
Pero hay que entender también que, cuando nosotros estamos en el escenario, puede que a ti te guste como espectador o no te guste el concierto, pero estoy segura de que los que están ahí están dando su 100 por ciento en ese momento. Claro. Entonces eso también es verdad.
Pero ¿el ensayo cómo funciona? Nos quedan poquísimos minutos. Sí. Tú estás, supongamos, trabajando un movimiento. Sí. ¿Y por qué lo detienes? ¿Porque algo no salió bien y hay que corregir? Es correcto, se detiene por eso.
Muchísimas veces también el tempo no es estable. De repente una sección va un poquito más rápido que la otra. Hay un tema de balances. De repente ahorita los violines lideran, pero ahora van a liderar las flautas.
Entonces, en el ensayo, hay que parar: "Miren, disculpen, hay que tocar el mezzopiano que está escrito ahí, porque no se está oyendo que la línea fue del violín a la flauta". Y creo que cuando diriges ópera es más complicado, porque las voces tienen que escucharse.
Es correcto, y tienes que hacer un doble balance: es como si tuvieses dos perillas de volumen. Por un lado está la orquesta y por otro, la voz. Y la misma orquesta tiene su propia perilla interna.
Entonces sí, es como un mundo, es como todo un mundo. Para mí, la orquesta es como un país: hay muchísimas personalidades, muchísimos instrumentos, y nos encontramos todos los días para hacerlo lo mejor que podamos. Qué bien.
Y además entiendo que ese es tu proyecto de vida. Dentro de 10, 20 años, ¿te ves dirigiendo? Porque tienes el sueño de irte a dirigir un tiempo fuera y volver. Veo que lo has hecho.
Sí, lo hemos hecho; lo estamos haciendo también bastante este año. Pero no sé: yo amo, yo amo mi país. Cuando me decías lo de las pasiones, yo tengo una pasión por el servicio social.
Mira tú. A mí, estar en mi país y hacer música aquí siento que me transforma muchísimo, me llena muchísimo. Esta es mi casa, es mi hogar y quiero seguir haciéndola aquí.
¿Proyecto en el futuro? ¿Que si me veo como directora de por vida? La respuesta sería sí y no. Es decir, si este país me llamase para decirme: "Mira, vamos a trabajar por la cultura desde otro punto de vista", y yo voy a ayudar, a lo mejor estaría ahí también, al bate.
Claro, qué bien, Elisa. Oye, gracias por esta conversación. Me emociona mucho tu pasión y tu vocación y, además, para los oyentes es importante ver cómo una vocación se presenta muy tempranamente, porque en tu caso son tres, cuatro, cinco años, y eso es una bendición.
Las personas que tienen una vocación son personas benditas. Mil gracias por venir, un placer. Muchas gracias. Y nosotros nos vemos la próxima semana.
Hemos conversado con la directora de orquesta y música Elisa Vegas, y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia, en la cuarta temporada de Los del Podio.