Los
1 de octubre de 2026

Los del podio 4. Adrián Pujol

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Este programa es posible gracias al equipo conformado por Gitanjali Suárez, Inmaculada Sebastiano, Carlos Javier Virgüez y Giancarlo Caravaggio. Recuerda que nos puedes seguir en Instagram como @PisoLaCultural y también puedes seguir la transmisión en vivo en www.mundovr.com. Bienvenidos todos a Venezolanos, un programa sobre el país y su historia, en esta cuarta temporada de la serie Los del Podio.

Tenemos el honor, el gusto y el placer de tener con nosotros a un pintor excepcional, Adrián Pujol. Bienvenido, Adrián. Gracias, Rafael, por invitarme y por la posibilidad de comunicar ciertas cosas de uno, ¿no?

Claro, claro que sí. Esta es la idea de estas entrevistas. Tú llegaste a Venezuela el 14 de septiembre de 1974 y tenías 24 años. Vamos a recorrer esos 24 años iniciales para entender cómo es esa casa a la que tú llegas en Palma de Mallorca, por qué te hiciste pintor y cómo son esos primeros años.

¿Tu padre y tu madre tenían inclinaciones artísticas o más bien tu vocación pictórica fue azarosa? Fue, digamos, un descubrimiento paulatino de algún modo, ¿no?

Porque, al nacer y después en el colegio, no tenía nada claro al respecto, ¿no? Sino que, a los 17 años más o menos, mis padres me emplazan a que tengo que hacer algo, porque yo estaba haciendo otras cosas y, claro, en aquel momento recurrí a un psicólogo para que me dijera qué hacer, porque yo no sabía realmente qué hacer; digamos, soy relativamente indeciso.

Sí, que sería algo certero, que realmente tuviera que ver conmigo y con mis cualidades o mis aptitudes, pues, de algún modo. Entonces, después de un test, me dieron el resultado de que yo servía para biología y para Bellas Artes.

Ok. Sí. ¿Y tus padres a qué se dedicaban?

Mis padres eran carniceros. Muy bien. Mi mamá era carnicera en Palma y sus padres también lo eran. Y una tradición de carnicería.

Qué bien. En realidad yo lo veo hoy como un oficio, claro, en el sentido de que es un oficio complejo, además de muy complejo, que yo aprendí también, ¿no? Porque a los, qué sé yo, 14 años, iba a ayudar a la familia.

O sea que tú sabes hacer cortes de carne. Los nombres aquí en Venezuela cambian, ¿no? El solomillo es el lomito, etcétera.

Sí, todo esto cambia, pero es lo mismo: cortes, ¿no? Es la misma vaca, ¿no? Sí, es la misma vaca.

Entonces yo tuve la dicha de aprender anatomía, digamos, porque era, ¿cómo sería?, pues, diseccionar. Claro, eras un ayudante de carnicería, ¿no? Claro. Y aprendí mucha anatomía.

Qué bueno. A ver, no es que se practique, pero sí se practica en pintura. Antiguamente había una asignatura que era anatomía artística. Cuando empiezo a estudiar existía esta materia, pues, ¿no?

Y tú, entiendo que tu madre era de Barcelona y tu padre era de Palma.

Sí, es correcto. Mamá era catalana y papá mallorquín, pero, a raíz de la guerra que hubo en España, la Guerra Civil, perdón, mi madre, que estaba en Barcelona, vivía con unos tíos y estaba estudiando allá. Los agarra la Guerra Civil y a este tío, durante la Guerra Civil, le sucede algo que se llama la colectivización, que era recoger. Él tenía una vaquería y una lechería dentro de Barcelona, y le requisan el ganado que tenía para, digamos, probablemente dar de comer a las tropas. Entonces él pierde todo, digamos, se arruina en ese momento.

Al final de la guerra, al tío Antonio lo acusan de que era del bando que se llamaba rojo en aquel momento. Y republicano, ¿no? Republicano. Entonces lo acusan falsamente, porque además lo ponen preso en la cárcel Modelo durante dos años.

Al final de esto, estamos en el 39; digamos que él salió en el 40 y, cuando sale, estos dos tíos, con mi mamá, salen huyendo, habiendo perdido todo. Lo más lejos que se podían ir en aquel momento era coger un barco que iba a Mallorca; eso era lo más lejos.

Bueno, se han podido venir a América o algo así, pero eso era demasiado lejos. Sí, no sé, ojalá hubieran venido y se hubieran ahorrado tener que venir, pero… Y allá en Palma estudiaste la escuela primaria, el bachillerato…

Sí, correcto. Yo estudié la escuela primaria al lado de casa.

¿Tú eres hijo único?

No, yo soy el pequeño de los dos; tengo un hermano mayor que tiene cinco años más que yo. Se llama Jordi, Jorge, y nada, somos dos muy unidos y tal, solo que es un hermano mayor, es un hermano que tenía ya otros intereses, otras cosas, y yo estaba ahí como, digamos, entiendo hoy, no olvidado, pero sí solo en el entorno familiar, porque todo el mundo trabajaba, salvo mi abuela, que fue la que me educó en casa, por decirlo así.

O sea que le debes mucho a lo que te enseñó tu abuela.

Muchísimo. Mi abuela fue muy importante porque ella, digamos, me pautó los ciclos de relación con todo, al punto de que ya de mayor tuve que, digamos, tratar de entender esa influencia y librarme de las cosas que no eran verdaderamente útiles para mi cerebro, ¿no? Claro, porque las abuelas tienen unas creencias a veces un poco locas, ¿no?

Sí, sí. Entonces, bueno, eso me pautó y hoy considero que parte de quien soy hoy está pautada por mi abuela.

¿Y ustedes en Palma de Mallorca vivían de espaldas al mar o el mar formaba parte de tu vida cotidiana?

No, no formaba parte de la vida cotidiana porque en aquel momento el turismo estaba empezando y, en Mallorca, antes del turismo, el mar era, digamos, algo a lo que se iba apenas en verano, ¿no? Yo iba en verano, me llevaban al mar o íbamos al mar, o tenía una tía que estaba en la orilla del mar, pero era un asunto veraniego. No era diario.

Diario para nada. Incluso, muchísimo antes de que yo naciera, el mar era para los hijos, digamos, tontos de la familia que heredaban los solares y los terrenos que estaban en la orilla del mar. Imagínate. No es al revés de lo que es hoy en día.

Absolutamente al revés. Hoy día, por supuesto, la orilla del mar es muy apreciada, pues es la base de la industria turística española. Pero el mar estaba presente en verano, al punto de que yo tengo muy fija una idea: cuando mi hermano me enseña a nadar, un verano, yo era muy pequeño, me coge en brazos y me tira al mar.

Así te enseñó a nadar.

Sí, me tira al mar. Sobreviviste, ¿no?

Sobreviví. Simplemente moví los brazos y floté, y no hubo ningún trauma, digamos, posterior. Y hoy día el mar, nadar, a mí me encanta muchísimo y sigo nadando, pues, afortunadamente.

Volvamos a tus 17 años. Cuando sales del bachillerato, vas donde el psicólogo y te dice que puedes estudiar Biología o Artes, ¿qué haces? ¿Te vas a la escuela de Artes de Palma de Mallorca, te vas a Madrid? ¿Qué hiciste?

Así es. Bueno, primero no entendía qué era Bellas Artes. Tuve que indagar porque, digamos, el hecho de ser, por ejemplo, el concepto de artista todavía no pasaba por mi cabeza, sino que era estudiar algo que se llamaba Bellas Artes y que consistía, me parecía a mí, en pintar, y esa pintura tenía que ser un oficio que no era el que yo había aprendido.

Entonces, por lo tanto, para mí mi obsesión primera era aprender qué es lo que tenía que hacer, digamos, con ese concepto de aquel entonces, relativamente, no digamos medieval, pero sí era de oficio: el artista como un oficio. Pero hoy en día más bien agradeces que te formaste en el oficio, porque tú eres un pintor de verdad.

Sí, a mí sí. Yo, la pintura, sin duda, es el modo mediante el cual me expreso y la imagen es fundamental; o sea, la creación de imágenes pintadas es a lo que me aboco, digamos, canalizo.

Hay un personaje importante en tu formación, que es el pintor Torres, creo que es su apellido, Joaquín.

Es un pintor muy importante porque Joaquín llega a Mallorca justo en el momento en que yo estoy buscando dónde puedo aprender el oficio. Digamos, en esas cosas casuales que nos suceden en la vida, siempre aparece en el momento oportuno un anuncio en el periódico que dice: "Arte Estudio", que se llamaba, preparaba para acceder a la Escuela de Bellas Artes de Barcelona, a la escuela superior, donde hay un examen de ingreso. Por lo tanto, yo de inmediato acudí a este sitio para prepararme para entrar en la escuela.

Claro, porque el objetivo, digamos, era formarme, e infería que era en la Escuela de Bellas Artes donde más aprendería. ¿Por qué? Pues porque antes había pasado por la Escuela de Artes y Oficios. Antes había aprendido a hacer un dibujo lineal; primero de todo, después, en Artes y Oficios, Cerámica, Forja Artística, en fin, una serie de asignaturas que están ligadas al Arts and Crafts, a las Artes y Oficios. Y sentía que no era esto, digamos, que era algo que no cumplía mis deseos.

Cuando llego a Arte Estudio, el primer día simplemente me ponen delante de unas figuras en yeso, un papel en blanco y, en la mano, un carbón. Entonces yo, cuando simplemente agarré esto, vi lo que sería esa estatua que tenía que pintar, inerte, allá blanca, iluminada, con claroscuro, y con el carbón en la mano me dicen: "Bueno, encaja esto dentro de este papel". Yo sentí, simple y llanamente, que había llegado donde tenía que llegar.

Qué bonito.

Es algo increíble. Qué bonito. Y el que te dice eso es Joaquín.

No, no. Era un instructor. No, Joaquín puso este Arte Estudio con Carmen Crespi, que a su vez era compañera de Joaquín; ambos recién graduados de la Escuela de San Jorge, y fue Carmen la que a mí me inició realmente en el encaje.

Lo primero es el encaje, el encaje de las figuras, y entonces esto es esencial porque el encaje, de algún modo, es la matemática, digamos, de la representación, ¿no?

Claro. En aquel momento no lo veo así. Yo me imagino, para nuestros oyentes, que el encaje es cómo hago yo para encajar esa figura que tengo enfrente en este papel, cómo lo hago armónicamente.

Supongo que no es solo intuición, sino que hay algunas técnicas, ¿no?

Sí. Es observación y observación de lo natural, aunque sea un yeso, una estatua de yeso inerte, digamos, pero se tiene que trasladar esa estatua. En realidad, lo que uno hace es aprender primero a ubicar esa figura dentro del tamaño del papel, con una intención exacta de su ubicación en este espacio que es el papel: si va más para arriba, más para abajo, todo el papel. En fin, hay toda esa especie de protocolo de la representación, que es lo que te inicia, digamos, en la posibilidad de plasmar algo de un modo, en aquel momento, verdaderamente ágil, inmediato, dinámico. No era ese encaje que se entiende, que es con el que tomas medidas, esa cosa que, digamos, más...

Más artesanal, digamos. Más técnico.

Sí, o, de algún modo, sí, relamido. Era, o sea, digamos, tuve suerte en el sentido de que caí de algún modo en un lugar donde lo que se planteaba era como una revisión de lo que era, digamos, un modo anquilosado de dibujar; era un modo más ligado a la expresividad, a la inmediatez, algo que me ha marcado profundamente.

Y una vez que pasaste por allí, ¿te preparaste para pasar a los estudios superiores o eso no ocurrió?

Sí, me preparé, pero no ocurrió, por la siguiente razón. Los estudios eran cinco años y yo, en ese momento, cuando comienzo a dibujar, el examen de ingreso se realizaba a los tres meses, cuando había los exámenes. Y, digamos, yo realicé el examen afortunadamente bien y luego, en lugar de ir a Barcelona a empezar el primer año, me quedé en Palma porque Joaquín Torrens me pidió, digamos, que lo asistiera, que fuera su asistente.

Pero eso era mejor porque estabas trabajando con un gran artista y supongo que aprendiste mucho, ¿no?

Así es, sí, fue mucho mejor porque, digamos, aprendí lo que yo buscaba, que era el oficio. El oficio era una cuestión a la que por aquel entonces no se le daba excesiva importancia. ¿Y por qué no se le daba importancia? Porque, por supuesto, como hoy día, no vas a influenciar a alguien para que haga las cosas de determinada manera, cosa que no me ocurrió tampoco, sino que la gente se expresa según sus propias pulsiones, sus propias maneras, cosa que es lo más adecuado, ¿no?

Claro. Sin embargo, yo nunca sentí que Torrens y yo jamás discutiéramos ningún tipo de procedimiento o pauta. Yo, verdaderamente, era su asistente; no es que yo fuera con él para pintar como él, como sucedió posteriormente con otros artistas que sí fueron asistentes y son copias fieles, de algún modo, de Torrens.

Sí. Y si me hubiera quedado, probablemente sí, pero tuve la dicha de venir a Venezuela.

Ajá, pero ¿cómo es eso de que te vienes a Venezuela? Si yo entiendo que estabas muy metido en tu mundo, prácticamente no habías salido de Palma de Mallorca, y Venezuela, tú sabías que quedaba en América Latina, pero no mucho más, ¿no?

No mucho más, no mucho más, porque yo sabía que quedaba, imagínate, es una barbaridad, entre México y Argentina. Cuando me invitaron, Jorge, un buen amigo mío que estaba en Madrid, me invitó.

Y fue amigo mío también, Jorge Cáceres.

Jorge Cáceres.

Sí.

Y Óscar.

Y Óscar Cáceres.

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