Venezuela: 1498-1728. Conquista y Urbanización. Cap 11

Una historia del período colonial venezolano.

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"Les habla Rafael Arráiz Lucca desde Unión Radio. En nuestro programa anterior hablábamos del gobernador Francisco de Alberó, cuyo período fue en 1677-1682 y durante ese período le toca enfrentar las incursiones de corsarios franceses en Maracaibo, en Trujillo y La Guaira. En particular de un temible corsario francés llamado Francisco Gramont de la Motte, a quien vamos a tener en 1680 en Los Roques y en La Blanquilla, y luego lo vemos desembarcar en Macuto y luego en La Guaira, al frente de un contingente de 200 hombres que tocan tambores como si fuera un ejército de ocupación.

Veremos también la defensa que hace el castellano del puerto de La Guaira, Juan de Laya Mujica. El castellano quiere decir en este caso, pues, el que está a cargo del castillo y de las fuerzas que van a resistir y repeler el ataque corsario. Va a vencer Juan de Laya Mujica y Gramont debe retirarse. Se va a concentrar en su futuro, en sus fechorías en Panamá y en México, y no vuelve a Venezuela.

Al gobernador Alberó lo va a suceder Diego de Melo Maldonado, que va a tener unas características que no podemos pasar por alto. Este gobernador es de los que paga por el cargo. La corona siempre se tienta, siempre con necesidad de recursos económicos, y a veces vendía los cargos con mucha frecuencia. Le vende a este señor el cargo de gobernador en Venezuela y él asume el 22 de diciembre de 1682; le hace juicio de residencia a Alberó, como era lo usual, y redacta un expediente muy grande que va a perjudicar a Alberó, no siempre con buenas razones.

También en este período le toca a Diego de Melo Maldonado ensayar con un sistema que se había ido perfeccionando de señales de humo entre el puerto de La Guaira y Caracas, con el objeto de ir desde La Guaira señalando que estaba frente al puerto alguna escuadra pirata o corsaria. Lo alertaba a las fuerzas militares acantonadas en el valle de Caracas y bajaban a respaldar la situación que se planteaba en el puerto. En 1684, durante el gobierno de Diego de Melo Maldonado, van a llegar a Caracas dos personajes muy significativos: me refiero a Diego de Baños y Sotomayor, el nuevo obispo, designado para Caracas, que había nacido en Lima y viene de Santa Marta.

Y con él viene su sobrino José de Oviedo y Baños, que va a ser el autor del célebre Historia de la conquista y población de la Provincia de Venezuela. Este sobrino de Diego de Baños y Sotomayor había nacido en Bogotá. La situación que encuentra el obispo en Venezuela en relación con la Iglesia Católica es bastante deficiente y, si se quiere, caótica. De allí él propone la reunión de un sínodo diocesano que redactase unas nuevas constituciones sinodales que pusieran orden en el caos eclesiástico.

Son unas constituciones sinodales, supongo que para la mayoría de los oyentes será algo extraño. Son una suerte de textos donde se reglamentan las costumbres de los católicos en un determinado lugar, en un espacio territorial, donde se norman las posibles corruptelas, donde intenta reglamentar la vida cotidiana de estos fieles y feligreses. Y también donde se le pone orden, mediante prescripciones y normas, a las relaciones de la Iglesia, de sus integrantes entre ellos y de la Iglesia con la comunidad a la que sirve.

Estas constituciones sinodales van a ser promulgadas en 1687. El motivo es el que venimos señalando: no hay un cumplimiento de las prescripciones por parte de las autoridades eclesiásticas, el obispo advierte que reina la corruptela y las malas costumbres, y piensa que se hace absolutamente necesario reinstaurar el respeto a la divinidad y al sentido y a la utilidad de la Iglesia. Las anteriores constituciones sinodales eran de 1609, de modo que habían pasado 78 años de las constituciones anteriores y la mayoría de las prescripciones de las constituciones de 1609 no se estaban cumpliendo.

Incluso en la mayoría de ellas se desconocían por completo o casi por completo, de modo que se convoca al sínodo el 26 de junio de 1686 y se promulgan las constituciones después de concluido el sínodo, el 6 de septiembre siguiente.

El obispo promulga las constituciones sinodales ese mismo año y el gobernador Melo solicita la nulidad de estas constituciones ante la Audiencia de Santo Domingo. ¿Por qué? Porque las relaciones del gobernador Diego de Melo y Maldonado y el obispo Diego de Baños y Sotomayor eran las peores y el gobernador no quería que esas nuevas constituciones sinodales fuesen a reglamentar la vida cotidiana en su territorio.

La Audiencia de Santo Domingo se lava las manos como Pilatos, y remite la decisión al Consejo de Indias. El Consejo de Indias pasa años recibiendo informes, consideraciones, audiencias, y fue aprobando parte por parte, materia por materia, el texto de las constituciones sinodales hasta que finalmente Baños y Sotomayor es autorizado para publicar las constituciones el 29 de junio de 1700. Han pasado 14 años.

Por supuesto, el gobernador que introdujo la querella ya había abandonado el cargo y había optado por otro destino en su vida, pero el problema había quedado pendiente y en el Consejo de Indias se tomaron mucho tiempo en ir revisando uno a uno los artículos de aquellas constituciones sinodales. Estas constituciones para la Iglesia Católica venezolana van a tener una larga vigencia, porque están vigentes hasta 1904 cuando otro sínodo las sustituye. Dos siglos de vigencia canónica local; recordemos que las constituciones sinodales se esmeran en la regulación de la vida de una determinada región y sus manifestaciones religiosas católicas.

En consecuencia, las constituciones sinodales son un instrumento cultural y como todo instrumento cultural tiene una gran significación política. Por eso fue que probablemente aquel gobernador se opuso tan enconadamente a su promulgación, pero no lo logra y finalmente se aprueban. Por otra parte, se hace evidente que cuando el gobernador compra el cargo es muy probable que no tenga las condiciones para ejercerlo.

Como fue más que evidentemente con Diego de Melo y Maldonado. Esta práctica demostraba que no era la más conveniente, pero la sed de recursos de la corona condujo a la venta de estos cargos. Ocurría entonces que los cargos los compraban unos personajes que no tenían la más mínima idea de un trámite administrativo, que tenían muy poca formación política o que eran intemperantes como este gobernador de Melo Maldonado. Sin embargo, su sucesor, el marqués de Casal, Diego Jiménez de Enciso, también compra el cargo y toma posesión en Caracas el 19 de marzo de 1688.

La corona ha debido estar atravesando por una situación muy difícil para vender los cargos de esta manera. Con Jiménez de Enciso el tema para los venezolanos no mejora, porque este nuevo gobernador inmediatamente incurre en abusos. Por ejemplo, nombra a tenientes de él para gobernar las ciudades del interior del país, desconociendo tanto a los alcaldes como a los cabildos, lo que era absolutamente ilegal, pero él lo hizo pues porque le daba la gana. Por supuesto se gana la animadversión de sus contemporáneos y de sus gobernados.

Pónganle todas las comillas del caso. Además incurre en excesos tributarios y les exige a los criollos reunidos en el cabildo un pago de tributos añadidos y además, para colmo, incurre en extorsiones. Los extorsiona buscando dinero; por supuesto los criollos no se quedan viendo hacia la luna y acuden a la Audiencia de Santo Domingo, y esta envía a un oidor, que se llamaba Bartolomé Bravo de Anaya.

Este oidor oye las quejas, destituye al gobernador y lo manda preso a España en 1692. Cuatro años de excesos, de desafueros y de tropelías va a cometer en Caracas el marqués de Casal, Diego Jiménez de Enciso. Desafortunadamente para Venezuela, Bravo de Anaya sustituye a Diego Jiménez de Enciso y lo releva en el cargo. Y también incurre en una cantidad de excesos, pero esto lo vamos a revisar en la segunda parte del programa cuando además de los excesos de Bravo de Anaya va a ocurrir una epidemia de viruela y de vómito negro en Caracas.

Ya regresamos. Decíamos que el oidor, que viene a sustituir a Diego Jiménez de Enciso, Bravo de Anaya, también se dedica a los mismos desafueros hasta que llega ahora sí nombrado su sustituto el gobernador Francisco de Berroterán en 1693. Lo primero que hace es detener a Bravo de Anaya, y lo envía preso a España. Sospechamos que dos casos como el de Jiménez de Enciso y el de Melo Maldonado han debido poner en autos a la corona sobre lo que está ocurriendo en Caracas y tenían que enviar a un personaje de buena índole, de buena conducta.

Y darse cuenta de que la práctica de vender los títulos para cargos de tanta importancia no era la más aconsejable. Francisco de Berroterán, como les digo, llega y no compra el cargo. Fue designado, era un hombre de experiencia o con antecedentes, que es muy distinto, y llega el 23 de diciembre de 1693. Le toca restituir la paz a Caracas, que estaba alterada desde hace varios años y que encima se había complicado con la epidemia de viruela y la epidemia del vómito negro.

Lo primero que hace es colaborar en sus tareas; el obispo ya no es Diego de Baños y Sotomayor sino otro obispo de gran trabajo, que fue el obispo González de Acuña. Le toca a Berroterán invitar muy particularmente a las familias que se han recluido en sus haciendas para que regresen a Caracas. Esa familia se ha recluido en las haciendas huyendo a los desmanes de los gobernadores anteriores y también huyendo a las epidemias. Superados los gobernadores y las epidemias, Berroterán los visita, les dice que regresen; el clima de convivencia va a ser otro.

Estamos hablando para este momento, 1693, de una ciudad de alrededor de 6 mil habitantes, algunos más, unos menos. Evidentemente esta cifra implicaba una reducción en relación con cifras anteriores o con la tasa de crecimiento que se traía y la causa de esto fueron estos dos gobernadores delincuentes y, por supuesto, el rigor de las epidemias. Con Berroterán, pues, como les decía comienza otra etapa; de hecho se le llegó a conocer como el gobernador aclamado, tanto así que el rey reconoce la labor de Berroterán y cuando Berroterán entrega el mando le es otorgado un título, el título del marqués del Valle de Santiago.

Berroterán por su parte decide quedarse el resto de su vida en Venezuela, se casa con una viuda de Turmero, Luisa Catalina de Tobar y Mijares de Solórzano. Y lo vamos a encontrar unos años después en funciones del gobierno, en una sustitución que veremos luego. Berroterán va a morir en su casa de Caracas, ya viejo, en 1713. Fíjense, con Francisco Berroterán estamos llegando al fin de siglo, porque él va a entregar en 1699, el momento de hacer un brevísimo recuento sobre lo que ha ocurrido en esta centuria que hemos estado revisando a lo largo de estos programas.

Este siglo XVII, desde el punto de vista económico, va a comenzar con la preeminencia del cuero como principal producto de exportación, después se incrementa el tabaco y luego, con unas pequeñas cifras de exportación, las arrobas, el palo brasil, la zarzaparrilla y muy tímidamente el cacao. Ya hacia finales del siglo, 100 años después, vamos a advertir una disminución de la exportación de cuero, la desaparición total de la exportación del palo brasil y de la zarzaparrilla, y el crecimiento sostenido del cacao, que va a ser el fruto estrella durante el siglo XVIII. Obviamente estamos frente a una economía netamente agropecuaria, como sabemos los hallazgos minerales en Venezuela fueron muy pocos en número y en cantidad, en comparación con los hallazgos mexicanos o peruanos.

Por otra parte, recordamos que según la práctica de vender los cargos en el cabildo fueron los terratenientes los que compraron los cargos en el cabildo y se fue creando en cada una de las ciudades una oligarquía local, en los términos aristotélicos del vocablo. Es decir, quienes ejercían el poder político en relación con los asuntos de la ciudad eran los cabildantes, y para ser cabildante se requería dinero para comprar el cargo. De modo que se fue creando una oligarquía, que no es otra cosa, del gobierno de los que tienen dinero o del gobierno de los ricos en los cabildos.

Por su parte vamos a ver en este siglo cómo la corona se propone debilitar la institución de las encomiendas y se empeña en la fundación de pueblos de indios. La Corona buscaba con esto que los pueblos de indios, organizados a través de las instituciones y de las congregaciones religiosas, y en detrimento de la encomienda, fueran productivos para que le pagaran tributo a la corona y no como venía ocurriendo con el sistema de las encomiendas. ¿Qué ocurría? En la práctica, que los indígenas encomendados prestaban servicio personal a los encomenderos.

Ellos se beneficiaban del servicio de los indígenas y ese servicio sustituía al tributo, de modo que al rey no le llegaba ningún recurso por la vía de la encomienda. Lo que se esperaba entonces con los pueblos de indios era que fuesen unas instituciones productivas dedicadas al cultivo de la tierra y que produjesen en tales cantidades que pudieran pagar tributo al Imperio Español. Esto era el propósito y poco a poco se fue logrando, y la institución de la encomienda queda en el olvido. Y además tiene unas consecuencias extraordinarias desde el punto de vista urbanizativo, porque los pueblos de indios a lo largo del siglo que venimos reseñando fueron centenares.

Los que se crearon, muchos de ellos hoy en día son ciudades muy grandes o fueron conurbados con otras ciudades como sería el caso de Baruta y Petare; originalmente fueron pueblos de indios. Esa labor urbanizadora que venimos señalando, además, que comienza en el siglo XVI, vamos a ver cómo concluye en casi toda su magnitud. En el siglo XVII esto se debe por una parte a las autoridades políticas; vimos un gobernador itinerante que en cinco años fundó, pues, decenas de pueblos, pero también se debe a las autoridades eclesiásticas y, particularmente, a las congregaciones que vimos que fueron los que organizaron los pueblos de indios.

El otro elemento muy importante a lo largo de todo este siglo que venimos revisando es el factor externo, el desafío de los corsarios y los piratas. No olvidemos que en este siglo España va a perder un número considerable de territorios insulares que van a pasar a manos holandesas, francesas e inglesas. Estos desafíos corsarios y piratas van a tener como principal objetivo Maracaibo y Gibraltar, que fueron muchas veces saqueadas y quemadas. A su vez, Margarita, el puerto de La Guaira y Puerto Cabello fueron puertos, y la isla de Cubagua sufrió los estropicios de los piratas en repetidas oportunidades.

Lo mismo puede decirse de las salinas de Araya y las pequeñas salinas en la isla de La Tortuga, donde los holandeses insistían con una frecuencia obsesiva prácticamente en llevarse la sal, y la corona con sus embarcaciones estaba permanentemente enfrentándolos. De allí que para la Corona se haga imperativo la construcción de fuertes artillados para la defensa de estos puertos. Por otra parte, en este siglo tenemos las últimas resistencias indígenas, en particular, la de esa aguerrida etnia de los jirajaras, que no habían podido ser sometidos durante el siglo anterior, el siglo XVI.

De modo que puede afirmarse que durante esta centuria que venimos revisando se solaparon dos procesos: uno de asentamiento pacífico y productivo, una vez superada la violencia guerrera de la conquista, y por otra parte las resistencias de los últimos focos de aborígenes que se negaban a ser evangelizados e incorporados a otro orden de creencias e ideas. Se fue formando, como decíamos antes, un estamento social alrededor del cabildo, una oligarquía con poder político, que sin embargo recibía el apoyo de la corona española porque muchas veces fueron los alcaldes del cabildo los sustitutos de los gobernadores que se ausentaban por lo general en una ausencia definitiva como es la muerte. De modo que la Corona optó por la institución del cabildo con muchísima claridad.

Esto fue llevando a que el estamento de los criollos se fuese consolidando. Quizás el mejor ejemplo de un criollo sea para esta época García González de Silva, quien no solo desempeña todos los cargos del cabildo y que encabeza muchas expediciones militares para reducir a los indígenas sublevados, sino que se hizo inmensamente rico a lo largo de una vida muy larga, muy dilatada. Por supuesto me dirán, su caso es excepcional, es cierto, pero también es típico, emblemático, a lo que podía llegar un criollo en aquel tiempo y en aquellas circunstancias. Ya regresamos con la tercera parte de nuestro programa.

En el segmento anterior estábamos haciendo un resumen de los acontecimientos centrales durante el siglo XVII en Venezuela. Continuamos con esa tarea, otro va a ser el de las relaciones entre el gobernador y la Iglesia católica. Allí hay dos extremos, desde las relaciones tensas, difíciles entre fray Mauro de Tobar y Ruy Fernández de Fuenmayor hasta las relaciones muy bien avenidas de Diego de Baños y Sotomayor y Berroterán, por poner un ejemplo, de tal modo que las relaciones podían ser muy malas, muy espinosas y difíciles, o perfectamente delimitadas. Realmente, la delimitación entre el campo de acción del obispo y el del gobierno estaba bastante clara.

Lo que ocurría, el desorden se creaba porque alguno de los dos factores se extralimitaba, iba más allá de sus atribuciones, y el otro con toda razón se resistía a haber invadido su fuero, sus campos de acción. Esto más que un tema institucional vamos a encontrar su asidero en las personalidades, la reciedumbre o arbitrariedad, si se quiere, de los personajes que iban más allá de lo que los parámetros atributivos de sus cargos permitían. Pero es un hecho que las relaciones no siempre fueron miel sobre hojuelas entre la Iglesia Católica y el poder político representado por el gobernador. Muchas veces fueron tensas, muchas veces eran correctas y muy positivas.

Por supuesto, cuantas veces fueron pacíficas y colaborativas los resultados fueron muy buenos. Para concluir en este resumen, debemos señalar que el tema judicial en líneas generales uno puede decir que fue bastante mejor de lo que puede suponerse. Porque muchas veces la Real Audiencia de Santo Domingo sentenció en contra de los gobernadores, en contra de los intereses de la propia corona y a favor de los demandantes. Otras veces no, pero en líneas generales vamos a observar que hay un sentido de la justicia bastante mejor de lo que puede suponerse, una justicia bastante menos inclinada hacia el poder constituido de lo que pueda suponerse.

Ahora veamos el comienzo de este nuevo siglo, el siglo XVIII, que va del 1700 al 1800. De este siglo vamos a revisar sus primeros 28 años en esta serie que estamos realizando de 12 programas sobre historia colonial venezolana. Vamos a tener como gobernador, en 1699 y 1704, a un gobernador de origen canario, Nicolás de Ponte y Hoyo, que tuvo una circunstancia que no hemos advertido en ningún otro hasta este momento, y es que en 1703, cuando el gobernador ya tenía cuatro años de su ejercicio, comienza a observarse una conducta extrañísima de su parte.

Y se hacen las consultas necesarias entre el cabildo y el obispo para discernir sobre la rareza del gobernador y se designa una comisión médica. Esta comisión médica certifica que don Nicolás, lamentablemente, había perdido la cabeza y era indispensable reemplazarlo. Esto no lo habíamos advertido antes. Vamos a advertirlo muchos años después en el episodio de Diógenes Escalante, en 1945, cuando pierde la cabeza siendo el candidato de Isaías Medina Angarita a sustituirlo en la Presidencia de la República.

De modo que Nicolás de Ponte y Hoyo será un antecesor de Diógenes Escalante. Vamos a asistir, en este principio de siglo, al cambio de dinastía y aquí es importante porque van a comenzar a gobernar los Borbones. ¿De dónde viene esta denominación? Viene del castillo familiar de la dinastía que quedaba en Bourbon-l'Archambault, en Francia.

El origen del cambio de esa dinastía estriba en que Carlos II no tuvo descendientes y opta por Felipe, duque de Anjou, nieto de Luis XIV, rey de Francia, y de María Teresa de Austria. Felipe V será integrante entonces de la Casa de los Borbones y venía siendo sobrino nieto de Carlos II, quien, como dijimos, no tuvo descendencia. Sin embargo, no hay unanimidad en relación con la coronación de Felipe V y va a comenzar la Guerra de Sucesión en España. Esta guerra va a tomar muchos años, es una guerra que se extiende entre el 1700 y el 1714.

Finalmente en 1714 se hace unánime el reconocimiento de Felipe V en la península. No así en Alemania, donde su emperador, el archiduque, no lo reconocía y más bien era él el que aspiraba a la corona. La locura de don Nicolás de Ponte y Hoyo planteó una situación de emergencia: ¿quién podía sustituirlo? Y en la Audiencia de Santo Domingo recuerdan que en Caracas vive un hombre de gran prestancia que ya ha sido gobernador y que se llama Francisco de Berroterán.

El marqués del Valle de Santiago del que hablamos antes, pero don Francisco no acepta el cargo de gobernador y el tema regresa al cabildo. El cabildo decide juramentar a los alcaldes ordinarios y finalmente se juramentan Felipe Rodríguez de la Madrid y Francisco Alonso Gil, hasta que de nuevo la Audiencia de Santo Domingo, que se entera de esta situación, le ordena a Berroterán asumir el cargo de gobernador y le participa que si no asume el cargo de gobernador tiene que atenerse a las consecuencias. Bueno, a Berroterán no le queda alternativa. No quería asumir el cargo, pero las consecuencias podían ser muy graves para él y asume el cargo de gobernador hasta que es designado con toda propiedad un nuevo gobernador, don Fernando de Rojas y Mendoza.

Esta es una situación muy particular en la que hay un gobernador que no quiere asumir el cargo que ya ha ejercido y que la Audiencia de Santo Domingo lo obliga. Lo que es una situación muy, muy extraña. Por otra parte también es un aldabonazo o una campanada de los que ocurrirán en el futuro porque no quiere la Audiencia de Santo Domingo designar gobernador interino a algún alcalde, prefiere designar al marqués del Valle de Santiago, Francisco de Berroterán. Probablemente Berroterán no quería asumir el cargo porque le parecía que lo lógico es que lo desempeñara el alcalde del cabildo, pero eso no lo sabemos.

Mientras tanto llega a Venezuela un conspirador que se llama Bartolomé de Capocelato. ¿Por qué es un conspirador? Porque él viene a conspirar en 1702, a favor del archiduque de Alemania y en contra de Felipe V. Este enfrentamiento no solo se daba en Europa sino en las provincias españolas en América; también llegaban conspiradores alemanes en busca de apoyo para las pretensiones del archiduque. Y este hombre, Bartolomé de Capocelato, venía con el plan de convencer a Ponte, Nicolás de Ponte y Hoyo.

De la conveniencia de respaldar al archiduque alemán. Ponte y Hoyo, que esto puede tenerse como una primera llamada de sus desórdenes psicológicos, decide apoyar a Bartolomé de Capocelato. Le parece bien que sea el archiduque el rey de España y lo apoya, pero encuentra una gran resistencia por parte de los felipistas caraqueños, que de ninguna manera quieren apoyar al alemán y respaldan a Felipe. Este hombre, Bartolomé de Capocelato, está moviéndose entre Ocumare de la Costa, Curazao, Caracas, Curazao; cuántas veces sienten que hay sospechas sobre su actividad conspirativa.

Se navega hasta Curazao y después vuelve. Hasta 1705 se tuvieron noticias de él, las noticias que entraba y salía de Venezuela buscando respaldo para el archiduque. Por supuesto los holandeses respaldaban las pretensiones alemanas; por eso Curazao, siendo de Holanda, se constituyó como una base de operaciones de Bartolomé de Capocelato, uno de los primeros conspiradores del que se tenga noticia por estas tierras, de tantas conspiraciones.

Como vimos, en el entretanto Ponte enloqueció y pues las tareas que Capocelato desaparecieron porque ya con el nuevo gobernador sus posibilidades eran ínfimas; con Ponte llegaron a ser muchas porque a Ponte no le estaba funcionando correctamente la cabeza. Todo este episodio local forma parte de estas luchas entre el archiduque y Felipe V, por muy distinto de como le tocó a algunos gobernadores anteriores que hemos estado reseñando. En la última parte del programa revisaremos entonces los hechos de Fernando de Rojas y Mendoza y de José Francisco de Cañas y Merino. Ya regresamos.

Hacia 1722 ya la piratería y la práctica del corzo en el Caribe va a disminuir notablemente. Incluso en el caso venezolano va a reducirse antes de 1722, al punto que el gobernador Fernando de Rojas y Mendoza prácticamente no va a tener que enfrentarla. Y él gobierna entre 1706 y 1711, sí le toca una práctica que va en crecimiento para esta fecha, es la práctica del contrabando.

Esa práctica conduce a que criollos terratenientes exportadores de sus frutos agrícolas decidan tener sus propias embarcaciones para el envío de los productos y perseguir a los contrabandistas que los perjudicaban y que sobre todo tenían el apoyo, el respaldo, la vista gorda en las islas de enfrente, las islas holandesas, que no eran territorios del Imperio Español y que facilitaban estas tareas del contrabando. Esto va a ir pronunciándose cada vez más a lo largo del siglo XVIII. Apenas está comenzando el siglo y ya se advierten unas primeras manifestaciones. Durante la gobernación de Rojas fallece por su parte el obispo Baños y Sotomayor.

Fue obispo en Caracas durante 22 años y recordemos que las constituciones sinodales que él impone y que se revisan durante 14 años en el Consejo de Indias van a ser fruto de su empeño y de su decisión de ponerle orden a la Iglesia Católica en Venezuela. Una iglesia a la que encuentra muy descuadernada cuando llega a asumir su obispado procedente de Perú y de Bogotá. La gobernación de José Francisco de Cañas y Merino va a tener el mismo signo de las maldades anteriores y es que lo nombra gobernador no porque haya comprado el cargo expresamente, sino por una donación que le hace a la corona. A los efectos es lo mismo.

Y este hombre no tenía las condiciones para asumir ese cargo ni la más mínima idea de las tareas que tenía que desempeñar. De allí que comete todos los excesos desde que asume el cargo el 6 de julio de 1711. La emprende contra el cabildo, la emprende contra los criollos, incluso los pone presos por deudas menores a algunos de los criollos reunidos en el cabildo. Persigue a los contrabandistas, cosa que los criollos pudieran ver con buenos ojos, pero exagera en las penas y se documentan a once contrabandistas ahorcados por Cañas y Merino, incluidos niños.

Para colmo, él mismo se dedica a contrabandear, es decir, él estaba contrabandeando contra su corona. Por otra parte desconoce la autoridad de la Iglesia Católica, incumple las cédulas reales. Decide humillar a los criollos, designándolos en cargos foráneos o de menor cuantía, y estimula algo extrañísimo como son las carreras de gatos. A los gatos les amarraba metales en la cola y los perseguía a caballo, y los azotaban.

Él terminaba matando a los pobres gatos en unión con una cuerda de amigos igualmente envilecidos. Era realmente un hecho patético este señor, un desastre, una verdadera vergüenza. Los criollos como siempre forman un expediente, en secreto, con todos los delitos que cometió este hombre, se lo envían al rey y este reacciona muy favorablemente. Y envía a un oidor, a Jorge Miguel Lozano y Peralta.

Cuando Lozano y Peralta llega y escucha todo este conjunto de disparates, hace preso al gobernador y designa a los alcaldes ordinarios como sustitutos. Los alcaldes van a ser Antonio de Ascanio y Juan Luis Arias de Altamirano y luego son sustituidos por otros alcaldes, Francisco Felipe de Solórzano y Juan Julián de Ibarra. Cañas es enviado preso a España en 1715. Allá se le confiscan todos sus bienes y se le sentencia a muerte, la magnitud de sus delitos son estremecedores.

Pero la Providencia jugó a su favor y cuando nace el futuro Carlos III, su padre Felipe V decreta un indulto general y Cañas se salva de milagro de la sentencia de muerte que ya había sido proferida en su contra. Salva la vida, pero la condena social en Madrid es absoluta, es total, y pasa sus últimos días en la inopia, el rechazo de la sociedad. Por el conjunto de delitos notables que cometió en la lejana Caracas, para el Madrid desde entonces no deja de ser sorprendente que la Corona nombrara a personajes de esta calaña. Pero también hay que señalar que los personajes de esta calaña que nombran son aquellos que compran el cargo.

De modo que esa práctica era totalmente inconveniente, pero se ve que la corona, sedienta de recursos, incurría en esta práctica con mucha frecuencia. Pero después resolver los estropicios y los entuertos que esta gente cometía le tomaba mucho trabajo y tenía un costo muy alto para la corona. De modo que han debido pensárselo mejor en el futuro; veremos cómo esto fue cambiando, pero después de unos cuantos vidrios rotos que tuvieron que recoger. Hasta aquí este período, en nuestro próximo programa veremos los años que van de 1715 a 1728 y concluiremos entonces esta serie de 12 programas en los que hemos atendido y revisado lo fundamental de la historia colonial venezolana.

Les habla Rafael Arráiz Lucca desde Unión Radio, me acompaña en la producción Meri Sosa y en la Dirección Técnica Víctor Hugo Rodríguez y Fernando Camacho. Fue un placer discurrir y hablar para ustedes. Hasta el próximo programa.

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