Serie La Democracia en Venezuela. Cap 10 (último). Gobierna la izquierda (1999-2023).

Serie La democracia en Venezuela. Cap 10 (último) Gobierna la izquierda (1999-2023)

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Este programa es posible gracias al equipo conformado por Isabela Iturriza, Inmaculada Sebastiano, Carlos Javier Virgüez, Juan Juárez, Fernando Camacho y Gian Carlos Caravaggio. También puedes seguir la transmisión en vivo en mundour.com: busca la pestaña de radio en vivo, baja y dale clic en Unión Radio 90.3. Recuerda que nos puedes seguir en Arroba MundoURWeb y Arroba RadioEscuelaUR.

En este nuestro último capítulo sobre la democracia en Venezuela comenzamos con el proceso consultivo para la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente. Ese proceso comenzó el 25 de abril de 1999 con una pregunta: ¿convoca usted a una Asamblea Nacional Constituyente con el propósito de transformar el Estado y crear un nuevo ordenamiento jurídico que permita el funcionamiento efectivo de una democracia social y participativa? Participó el 37,65 % de los electores y la abstención fue muy grande: 62,35 %. La Asamblea Nacional Constituyente que se elige decreta el 30 de agosto una emergencia legislativa y suspende la actividad del Congreso Nacional que se había electo en 1998.

Y comienza a gobernar en lo que entonces la prensa llamó un congresillo, hasta que finalmente se aprueba la Constitución Nacional de 1999, que introduce cambios importantes en relación con la Constitución de 1961. Por ejemplo, desaparece la bicameralidad del Parlamento. El Parlamento pasa a llamarse Asamblea Nacional y tiene una sola cámara. Otro cambio: los militares pueden votar.

El período presidencial se extiende a seis años con una reelección inmediata, mientras que el período de los diputados se mantiene en cinco años, hasta con dos reelecciones inmediatas. A los gobernadores y alcaldes se les extiende el período a cuatro años. La democracia que persigue el texto constitucional dice dejar de ser representativa y pasa a ser, entre comillas, participativa y protagónica, si reza el texto constitucional.

Por otra parte se debilita el control civil sobre el estamento militar en el momento en que se despoja al Poder Legislativo del análisis de los ascensos militares. Se establece la posibilidad de convocar a referendo revocatorio a mitad del mandato de todos los cargos electos por voluntad popular. Además la República pasa a llamarse República Bolivariana de Venezuela.

A los clásicos tres poderes, Ejecutivo, Legislativo y Judicial, la Constitución le sumó el Poder Ciudadano y el Poder Electoral. El primero está integrado por la Fiscalía General, la Contraloría General y la Defensoría del Pueblo. Por otra parte, la Carta Magna creó la figura de vicepresidente ejecutivo, pero no electo en tándem con el presidente de la República como ocurre en otros países, sino designado por el presidente una vez posesionado de su cargo.

El referéndum en el que se consultó sobre la aprobación o no de la nueva Constitución Nacional tuvo lugar el 15 de diciembre de 1999, en medio de la tragedia del deslave del estado Vargas. La abstención fue muy alta: 55,63 % según los datos oficiales del Consejo Nacional Electoral, de tal modo que el 44 % de los electores aprobaron con 71,78 % la Constitución, mientras que 28,22 % dijo no. Repito, el 55,63 % se abstuvo de votar.

Con base en esa nueva constitución hubo nuevas elecciones: se presentaron Hugo Chávez, Francisco Arias Cárdenas y Claudio Fermín. Chávez obtuvo 59,76 % de los votos, Arias Cárdenas 37,52 %, y Claudio Fermín 2,72 %. En esa oportunidad también se eligió una nueva Asamblea Nacional.

En el universo de las gobernaciones el cambio fue notable. El Movimiento Quinta República obtuvo 11 gobernaciones; el MAS cuatro, el partido Patria Para Todos dos; 17 gobernadores a favor del gobierno, AD alcanzó 2, Proyecto Venezuela 1, COPEI 1, Convergencia 1 y Un Nuevo Tiempo 1. Chávez se juramentó el 19 de agosto del año 2000. El Tribunal Supremo de Justicia dictaminó el 4 de abril de 2001 que el período de seis años comenzaba el 10 de enero del año 2001, y así fue como el sexenio se inició ese día y concluiría en enero de 2007, con elecciones presidenciales en diciembre del año 2006.

Bueno, comienza un nuevo período presidencial de seis años; los precios del petróleo entran en franca recuperación, de acuerdo con el movimiento en los mercados internacionales. Comienza una etapa agitada de la vida política venezolana después de que la Asamblea Nacional, a solicitud del Ejecutivo, aprueba una ley habilitante para poder legislar, promulgando cerca de 49 leyes. A partir de allí el país entra en un proceso de gran agitación política, desde el punto de vista de la democracia, que es el epicentro de lo que nosotros estamos trabajando, pues tiene un momento importante cuando se convoca un referéndum revocatorio el 15 de agosto del año 2004. El resultado que se obtiene, según las cifras del Consejo Nacional Electoral, fue 59,6 % a favor de la permanencia de Chávez en el gobierno y 40,64 % en contra de que Chávez continuara.

En el país también hay unas elecciones parlamentarias en diciembre del año 2005 y allí la oposición no se presenta en su gran mayoría a las elecciones. Los candidatos del partido de gobierno, los seguidores de Hugo Chávez, alcanzan cifras excepcionales en el Parlamento y pueden así aprobar un conjunto de leyes a partir de 2005 que le allanaron el camino al proyecto político encarnado por Chávez.

Así es como llegamos al año 2006 cuando hay elecciones presidenciales. En principio se dirimió la candidatura de la oposición entre Teodoro Petkoff, Julio Borges y Manuel Rosales y se decidió la candidatura a favor del gobernador del Zulia, Manuel Rosales. En esas elecciones Chávez obtuvo el 62,89 % de los votos, Rosales el 36,85 % de los votos, y el período presidencial que Chávez iba a ejercer iniciaría en 2007 y concluiría en 2013, de acuerdo con el sexenio fijado por la Constitución Nacional de 1999.

De modo que, con esta tercera victoria electoral —había vencido en 1998, en 2000 y en 2006— ya se sintió fortalecido como para intentar una reforma constitucional el año 2007.

El resultado de ese referéndum de 2007 fue contrario a Chávez, gracias a la incorporación del movimiento estudiantil que adversaba sus políticas. Esa victoria de la oposición, cuando los precios del petróleo estaban en su punto más alto en 2007-2008, fue un golpe que asestó a Chávez para intentar otro referendo consultivo ceñido exclusivamente al tema de la reelección indefinida en 2009, y alcanzó ese cometido. La reelección indefinida en los sistemas parlamentarios no tiene las características que tiene la reelección indefinida de los sistemas presidenciales.

En los sistemas presidencialistas, la reelección indefinida es prácticamente una némesis de la democracia porque lo esencial en la democracia es compartir el poder y la alternabilidad en el poder. En los sistemas parlamentarios puede prolongarse la figura del jefe de gobierno durante muchos años, por ejemplo Ángela Merkel 16 años, Felipe González 14, pero hay un cuadro político que se refleja en el Parlamento y un control por parte del Parlamento del gobierno que se está constituyendo. No es exactamente lo mismo en un régimen presidencial donde el poder que tiene el presidente de la República es muchísimo más consolidado, menos compartido, para ser precisos, que en un régimen parlamentario.

Bien, y en el año 2010 tienen lugar elecciones parlamentarias que veremos en la próxima parte del programa. En breve continúa Venezolanos.

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Para alguna sugerencia sobre este espacio, Somos Unión Radio Cultural. Estamos de regreso con Venezolanos.

Somos Unión Radio Cultural. Les decía que en el año 2010 tienen lugar elecciones parlamentarias; la oposición se presenta y alcanza 67 escaños contra 98 de quienes respaldaban al gobierno. En junio de 2011 Chávez es operado en Cuba con un tumor canceroso de pronóstico reservado.

Se presenta a elecciones el 7 de octubre del año 2012 con la salud seriamente deteriorada y las gana con un margen menor al del año 2006. Enrique Capriles Radonski obtuvo el 44,31 % de los votos; Chávez el 55,07 %. Y finalmente Chávez fallece el 5 de marzo del año 2013, después de una larga agonía en Cuba y en Caracas, en el Hospital Militar.

Una vez fallecido Chávez ocurren las elecciones el 14 de abril de 2013. Nicolás Maduro obtiene el 50,61 % de los votos, mientras que Enrique Capriles obtiene el 49,12 %. La abstención es de 20,31 %; la diferencia entre Maduro y Capriles fue mínima, de 1,49 % de los votos.

Esta misma tendencia se va a expresar en las Asambleas Nacionales 2015 cuando la oposición obtuvo 112 escaños contra 55 escaños del gobierno. Se hacía evidente que las fuerzas del chavismo se habían reducido ostensiblemente y comienza, digamos desde 2013, a ejercer el poder Nicolás Maduro. Esto va también a coincidir con una caída de la producción petrolera.

Fíjense en los informes de la OPEP. En abril de 2013 la producción nacional era de 2.774.000 barriles diarios. Tres años después, en abril de 2016, había bajado a 2.490.000 barriles diarios. En abril de 2017 ya estaba en 2.194.000 barriles diarios y en noviembre de 2017 ya había caído a 1.621.000 barriles diarios.

Y un año después, en noviembre de 2018, estaba en 1.137.000 barriles diarios, y en diciembre de 2019 había caído ya a 720.000 barriles diarios; en junio del año 2020 estaba en 440.000 barriles diarios. Es decir, había ocurrido una estrepitosa caída de la producción petrolera con todos los problemas que puede traer una caída de esa magnitud para una nación que vivía del petróleo desde el año 1914, cuando la empresa Shell comenzó a explotar el petróleo con el pozo Zumaque 1 en la cuenca petrolífera del lago de Maracaibo. Bien, vienen muchos otros hechos a lo largo de estos años: protestas en el año 2017, una importante represión a esas protestas por parte de las fuerzas públicas encargadas de preservar el orden. Luego de esto se convocan unas elecciones en el año 2018 donde un sector muy grande de la oposición no se presentó.

La abstención alcanzó cerca del 80 % y a partir de enero del año 2019, 60 estados del mundo no reconocen a Maduro como presidente legítimo y reconocen al presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó. Venezuela entra en una faceta de confrontación todavía más pronunciada; se intentan todo tipo de negociaciones, etcétera, que no tuvieron el efecto deseado en muchos casos y esto complicó mucho para el gobierno de Nicolás Maduro su posibilidad de trabajar con alguna eficiencia. Y se suman además las sanciones de Estados Unidos a buena parte de los funcionarios públicos del gobierno venezolano y de algunas empresas venezolanas dirigidas por el gobierno, entre otras la empresa petrolera, que les hizo difícil la posibilidad de recuperar la producción petrolera en medio de esas circunstancias.

Así es como vamos llegando al final de este recorrido y quisiera ahora enunciar, pensar en voz alta, algunas conclusiones en relación con el viaje largo que hemos dado a la democracia venezolana. Vamos a arriesgar algunas conclusiones.

La primera es que la República nació sin enfrentar un dilema. El ejemplo exitoso en 1811 eran los Estados Unidos, donde se había pasado la página de la monarquía y se había construido una república federal y presidencialista. No era posible considerar entonces la democracia parlamentaria británica, por ejemplo, porque al hacerlo quedaba viva la institución del monarca, y en aquellos momentos fundacionales el monarca era un anatema. De modo que en ese momento ninguna nación, ningún Estado naciente de Hispanoamérica asumió la democracia parlamentaria, sino las democracias presidencialistas representativas a la usanza de los Estados Unidos, que era la que había tenido el mayor éxito en este sentido porque la Revolución francesa había derivado en el Imperio napoleónico.

De modo que el camino presidencialista, para que no derivara en hegemonía autoritaria, requería un poder legislativo fuerte y otro judicial igualmente poderoso. Además, siendo la república federal el resultado de un pacto entre estados iguales, se sumaba un nuevo factor para el equilibrio del poder, pero eso es en los Estados Unidos. En este punto, Juan Germán Roscio tuvo claro que el pasado colonial favorecía al federalismo y hace énfasis en ello en lo encabezado de las argumentaciones de la carta magna. Pero Bolívar pensaba distinto y abogaba desde el Manifiesto de Cartagena, de 1812, y hasta su muerte por el centralismo.

Son varios los párrafos donde Bolívar argumenta en contra del federalismo como esquema propicio para los nuevos estados que estaban sustituyendo a los virreinatos, a las capitanías generales y a las reales audiencias del Imperio español en América. Como vemos, era imposible por anatemática la democracia parlamentaria entre nosotros, como ya era en Gran Bretaña con un jefe de Estado, un rey con poquísimas atribuciones, dos cámaras y, a partir de la llamada Revolución gloriosa de 1688, cuando el Parlamento destituyó a Jacobo II y erigió a Guillermo de Orange como monarca. De tal modo que, siendo esto imposible para nosotros, el camino estaba allanado por la democracia presidencialista que contaba con el equilibrio federal. Pero, a partir de 1819 y la Constitución de Angostura, Bolívar borró del mapa el esquema federal.

En suma, el camino para nosotros comenzó siendo federal, pero esto no tuvo vigencia más allá de unos meses, viniéndose abajo por la derrota militar que Domingo de Monteverde le propinó a las fuerzas patrióticas en julio de 1812. A partir de entonces se convierte, en el leitmotiv de Bolívar, la necesidad de un mando central para enfrentar el desafío de la guerra. Y así fue como le dijimos adiós al federalismo.

Curiosamente, cuando Bolívar redacta la Constitución de Bolivia en 1826, abraza una fórmula pseudobritánica ya que propone una presidencia vitalicia y hereditaria con un Parlamento fuerte, sin un esquema federal. La gran mayoría de los problemas que va a enfrentar Bolívar en Bogotá, por no decir todos, provenieron de su idea de adoptar esta fórmula constitucional en Colombia, república de la que nosotros formábamos parte como un departamento. No le pasó por la cabeza a Bolívar, al menos —no contamos con testimonios—, la estructura federal para la República de Colombia.

Quizás le hubiera funcionado mejor que el centralismo adoptado, a todas luces fue fuente de tensiones que terminaron por ser insuperables. En suma, la República de Venezuela nació federal, tejida por las manos jurídicas de un arquitecto constitucional, Roscio. Pero muy pronto el centralismo se asumió como el norte constitucional para el trance de la guerra, y cuando se pudo volver al federalismo a partir de las victorias en 1821 y 1824, Bolívar no solo no lo contempló sino que siguió negándolo como esquema propicio para nosotros.

A pesar de que hacía grandes elogios del federalismo norteamericano, no lo consideraba posible para los colombianos, república de la que nosotros formábamos parte. En la próxima parte del programa seguiremos revisando estos temas concluyentes sobre esta larga historia que hemos recorrido.

Es un hecho evidente que en la creación de la República el 5 de julio de 1811 es protagonizado por civiles, particularmente abogados y cléricos. Pero quienes consolidan la República son los hombres de armas, con Bolívar a la cabeza entre 1819 y 1830, y luego con José Antonio Páez y su singular papel en la historia de Venezuela. Recordemos que Bolívar fallece y arrastra consigo el mayor descrédito porque el proyecto integracionista colombiano ha fracasado y, cuando Venezuela se separa de Colombia, el hombre fuerte es Páez.

Pero su liderazgo no es unánime; José Tadeo Monagas y Santiago Mariño le discuten el mando al liderazgo y ellos mismos le van a dar un golpe de Estado al presidente electo y en ejercicio, José María Vargas, en 1835. Quien restituye a Vargas en el poder es Páez, pero Páez tampoco admite lo que Vargas solicitaba, y es que se sancionara a los golpistas Monagas y Mariño. Vargas finalmente renuncia de manera irrevocable.

Ese fue un antecedente pésimo para la República de Venezuela porque era una señal muy clara de que los caudillos militares estaban en el ejercicio del gobierno. Y el caudillismo no es solo un problema en sí mismo, sino un síntoma de que el Estado no cumple a plenitud con sus funciones y que no alcanza la necesaria estabilidad para lo más importante, que es el desarrollo económico. Cuando hubo desarrollo económico, cuando hubo estabilidad política, el desarrollo económico fue considerable y sostenido como lo demuestran las cuentas del profesor Asdrúbal Baptista publicadas en el año 2011.

Por ejemplo, la actividad agrícola expresada en millones de bolívares en 1834 fue 24,8 millones y en 1840, apenas seis años después, era de 52 millones, y en 1845 ya era de 69 millones. De modo que la producción agrícola creció cuando hubo estabilidad política y unas políticas económicas liberales coordinadas por Santos Michelena que dieron resultados extraordinarios. Esa dinámica caudillista va a terminar cuando el ejército que presidía el general Juan Vicente Gómez derrota al último caudillo regional, Nicolás Rolando, en Ciudad Bolívar, en 1903; gobernaba entonces Cipriano Castro.

A partir de entonces el prestigio del Ejército venezolano se consolida como el epicentro de la vida nacional y esto, junto con la aparición del petróleo en gran escala en 1914, trajo la entronización de la hegemonía militar tachirense. De modo que cambiamos a los caudillos regionales, con su naturaleza múltiple, divisoria y diversa, por una unidad militar del Ejército. Para la democracia estas no fueron buenas noticias; fueron buenas noticias en cuanto a la desaparición del caudillismo como fenómeno, pero no para la democracia.

Y llegamos así a los sucesos estudiantiles de 1928 cuando asoman la cabeza los líderes estudiantiles del futuro, los líderes políticos del futuro: Rómulo Betancourt, Raúl Leoni y los redactores del Plan de Barranquilla que llegan al poder por la vía de las armas en 1945. Empieza a instituirse la democracia representativa en las elecciones de 1947: se eligió por primera vez al presidente de la República de manera universal, ya que nunca antes las mujeres habían votado en Venezuela. Rómulo Gallegos será el primer presidente electo de manera universal, directa y secreta; los tres elementos, directa y secreta, sí habían ocurrido antes, pero nunca habían votado las mujeres para una elección presidencial.

Bueno, sabemos lo que ocurrió con el gobierno de Gallegos: fue derrocado por un nuevo golpe militar que desarrolla una década militar entre 1948 y 1958, hasta que Pérez Jiménez deja el poder en medio de una crisis política. Se firma el Pacto de Punto Fijo en 1958 y comienza un período de la democracia liberal representativa bastante prolongado. Ese período son los gobiernos de Rómulo Betancourt entre 1959 y 1964, y el de Leoni entre 1964 y 1969.

Ambos gobiernos tuvieron que enfrentar dos fuerzas que atentaban contra la democracia. Esas fuerzas eran la derecha militarista alineada con el perejimenismo y la izquierda insurreccional identificada con Fidel Castro. Estos dos gobiernos socialdemócratas, el de Betancourt y el de Leoni, estuvieron bajo fuego cruzado hasta que en el gobierno de Rafael Caldera entre 1969 y 1974 pudo darse una política de pacificación, después que el gobierno de Leoni había prácticamente derrotado militarmente a la guerrilla.

El gobierno de Caldera les ofrece una pacificación, los guerrilleros se incorporan en vida democrática y comienzan a buscar poder por la vía de las elecciones y la democracia y no por la vía de las armas. Estoy refiriendo, por supuesto, a la izquierda venezolana. Y empieza un capítulo de la izquierda siguiendo las reglas democráticas donde se distinguieron particularmente dos partidos, el MAS y La Causa R, algunos años después.

El primer gobierno de Pérez fue el que produjo los mayores desequilibrios para la democracia porque contó con enormes ingresos petroleros y no resistió a la tentación del Estado venezolano, un empresario que lo abarcó casi todo con muy poca eficiencia. Salvo felizmente en PDVSA, donde se tomaron las decisiones correctas, se eligieron a los gerentes indicados y se manejó la empresa con criterios gerenciales modernos y de la empresa privada. Pero esto no incidió en el enorme desequilibrio que se estaba creando en Venezuela, es decir, un Estado gigantesco con recursos prácticamente inagotables y una empresa privada cada vez más reducida.

En pocas palabras, la renta petrolera permitió el crecimiento enorme de un factor de la vida nacional: el Estado. Y a partir de entonces el juego democrático no se daba entre factores a conciliar, dados sus poderíos, sino que se daba entre un factor poderosísimo que era el Estado y varios factores menores: la empresa privada, los bancos, los medios de comunicación. Esta ecuación se profundizó durante los gobiernos de Luis Herrera Campins (1979-1984) y Jaime Lusinchi (1984-1989).

A pesar de que tuvo lugar una llamada de atención para el sistema rentista —me refiero a la crisis del viernes negro en 1983, cuando hizo aguas la economía— y una voluntad de reforma que no cristalizó completamente. La COPRE, la Comisión para la Reforma del Estado, hacía evidente la conciencia de que el macroestado era inviable. Así fue como llegamos a 1989 con las reservas internacionales en el subsuelo y un nuevo gobierno de Carlos Andrés Pérez, donde había que deshacer todo lo hecho en el primero.

Siempre, dentro de las coordenadas geopolíticas de aquel momento: la Unión Soviética estaba en plena transformación con Gorbachov y la glasnost y la perestroika; se estaba tejiendo el consenso de Washington. En noviembre de 1989 cae el Muro de Berlín y el socialismo real termina de desmoronarse y, con él, las economías protegidas. En América Latina se deshace la ISI, industrialización por sustitución de importaciones, un plan de desarrollo económico vigente desde 1946-1950 y hasta su desmontaje, con el fin de la Guerra Fría precisamente en 1989.

La desaparición de la ISI supuso la apertura de los mercados, el fin de los subsidios a las industrias nacionales, el fin de las barreras arancelarias y la consagración del comercio internacional sin protección ni subsidio. El viejo sueño liberal se estaba haciendo realidad y estaba siendo implementado al unísono por Carlos Salinas de Gortari en México, César Gaviria en Colombia, Carlos Saúl Menem en la Argentina y Carlos Andrés Pérez en Venezuela. En Chile ya el camino lo había iniciado con éxito económico la dictadura de Augusto Pinochet. Dije éxito económico y las mayores violaciones de los derechos humanos y muy poco éxito político.

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Estamos de regreso con... ¡Venezolanos! Somos Unión Radio Cultural. En la parte anterior del programa hablamos del Consenso de Washington, que se articulaba alrededor de las privatizaciones de las empresas públicas ineficientes, la reducción drástica del tamaño del Estado, la resolución del déficit fiscal, la apertura a las inversiones extranjeras. En suma, todos los factores esenciales de las libertades económicas.

El diseño venezolano, conocido como el paquete de medidas, estuvo bien diseñado por los profesores del IESA en funciones ministeriales, pero Pérez sobreestimó sus capacidades políticas y subestimó a sus adversarios. Y las medidas surtieron efectos positivos, pero trajeron una rebelión política reuniendo en un solo grupo a los llamados notables, el sector militar no democrático y los adversarios internos de Acción Democrática; encima se produjeron los intentos de golpe de Estado de 1992, el 4 de febrero y el 27 de noviembre.

Pérez fue separado del cargo el 20 de mayo de 1993 y lo sustituyó Ramón J. Velásquez, quien logra en su breve gobierno la aprobación de la Ley del IVA que el Congreso le negaba a Pérez por pura retaliación sin ninguna base. Además, con los éxitos a medias del paquete, se aprobó la ley de descentralización político-administrativa propuesta por la COPRE, y tuvieron lugar las primeras elecciones directas de gobernadores y alcaldes en 1989. Esta fue, sin la menor duda, la reforma política democrática más importante que hubo en Venezuela desde la aprobación de la Constitución de 1947, un paso democrático como ha habido muy pocos en nuestra historia republicana. Esta deuda estaba pendiente desde 1947, no se saldó en la Constitución de 1961 y finalmente la salda Carlos Andrés Pérez en 1989.

El gobierno de Velásquez, de 1993 al 94, cumplió su cometido. El segundo de Caldera, del 94 al 99, profundizó la apertura petrolera, pero la edad del presidente Caldera y el hecho de no tener candidato sucesor hicieron de su gobierno una administración sin espíritu de continuidad. Era como el fin de una era, administrada por uno de sus protagonistas, que era Caldera.

De hecho, la antipolítica que imperaba desde los primeros años de la década de los noventa en alguna medida la encarnó el propio Caldera, ganando las elecciones al frente de un archipiélago de partidos políticos pequeños donde no estaba el histórico partido COPEI que él había fundado. Las elecciones de 1998, desde el punto de vista de la democracia, fueron la apoteosis de la antipolítica; tanto Hugo Chávez como Enrique Salas Römer eran candidatos que se presentaban al margen de los partidos políticos tradicionales.

Nadie quería identificarse con dos grandes partidos a quienes la opinión pública les atribuía entre comillas el fracaso de la democracia. El período que va del 1999 al 2023 presenta pequeños matices dentro de unas constantes generales: han sido gobiernos de izquierda, izquierda premoderna. Aquella que no ha asumido verdaderamente los resortes de la democracia, ya que no siente que forma parte de un juego democrático, sino que está encabezando una revolución evidente e inspiración cubana.

Quizás fundamentada en la influencia de Castro sobre Hugo Chávez o Nicolás Maduro, busca una hegemonía asistida por un espíritu, valga la redundancia, que busca la hegemonía, copar todos los espacios, de modo que la democracia liberal representativa se ve bastante acorralada, con problemas para desenvolverse plenamente. En el fondo hay un sector mayoritario que cree en la democracia plena y otro minoritario que parece no apreciarla con fervor, con plenitud.

Ese es el nudo gordiano de Venezuela de hoy, por supuesto. Antes, en otra parte del programa hablé de la caída de la producción petrolera, lo que lleva a que la nación venezolana se haya empobrecido a niveles inimaginables con una industria petrolera postrada, por decirlo menos, y un sector privado muy golpeado durante muchos años de animadversión, dificultades, controles, voracidad fiscal, no entendimiento del papel de la empresa privada en una sociedad abierta como aquellas sociedades de las que hablaba el gran filósofo Karl Popper. Hay un convencimiento casi general de que el camino económico escogido fue equivocado; bastan las pruebas, están completamente en la realidad y al día, y los venezolanos esperaban, pareciera, un cambio de dirección en ese sentido.

De hecho, ese cambio por razón de la realidad se ha visto forzado a ocurrir. Ha habido una dolarización de la economía. Ha habido una mayor participación del sector privado y medidas para que el sector público sea reducido por la caída de la producción petrolera, de modo que Venezuela, quiera o no, la realidad le ha impuesto unas nuevas coordenadas que hacen del panorama actual y futuro, por decirlo menos, interesante.

Y en estos años la democracia ha sufrido todo tipo de incomprensiones, reducción de los espacios. Pero ahí está y la mayoría de los venezolanos sueña con vivir en un régimen de libertades. La libertad sigue siendo el norte, el principio rector, el anhelo fundamental de los venezolanos.

Claro, hay concepciones acerca de la libertad y cómo puede limitarse o no limitarse ella, pero pareciera, a la experiencia en los últimos años, que la libertad seguirá siendo el norte del país venezolano, que busca desenvolverse en un régimen de libertades políticas y económicas. Esa ha sido la constante de Venezuela desde la creación de la República del 5 de julio de 1811.

Evidentemente ha sido un camino tremendamente accidentado. Hemos referido a lo largo de todos estos programas cómo el caudillismo fue uno de los primeros inconvenientes que encontró la democracia del siglo XIX, pero el caudillismo era la expresión de un Estado y una separación de poderes que no se había hecho plena porque tenía muchas dificultades para establecerse. Luego, cuando se vence al caudillismo a principios del siglo XX, ese fenómeno lo vence el militarismo, y comienza una hegemonía militar tachirense importante que dura en Venezuela 46 años.

Y luego hay un ensayo democrático que paradójicamente se alcanza por la vía de las armas porque el golpe de Estado al presidente Medina lo dan las fuerzas militares encabezadas por Pérez Jiménez y las fuerzas políticas encabezadas por Betancourt. Y ese ensayo democrático dura tres años en medio de grandes pleitos políticos entre los factores democráticos y, en medio del gobierno de Acción Democrática, signado no por la colaboración entre los factores políticos en juego, sino por cierto sectarismo reconocido por ellos después.

Y cuando después de 10 años se recuperan las aguas de la democracia y en 1958 se hace necesario un pacto de gobernabilidad, que no es un pacto electoral, ese pacto permite que las fuerzas democráticas encarnadas por Acción Democrática, COPEI y en parte URD logren enfrentar las ambiciones de regresar al poder de las fuerzas militares fieles a Pérez Jiménez. O de unas nuevas fuerzas militares de la izquierda insurreccional de la guerrilla, que han visto en la epopeya de Fidel Castro en Cuba un camino a seguir en América Latina, es decir, alcanzar el poder por la vía de las armas.

Ese fuego cruzado lo enfrentan los gobiernos de Betancourt y Leoni y cuando ya el gobierno de Leoni ha debilitado considerablemente la guerrilla ocurre la pacificación en el gobierno de Caldera. Los escollos de la amada democracia han sido incesantes, pero también es cierto que el espíritu democrático está vivo en Venezuela y sigue siendo, a mi juicio, la gran aspiración de la nación venezolana. Y con esto terminamos esta serie de 10 capítulos sobre la democracia en Venezuela, un proyecto inconcluso.

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