Juan Nuño

Filósofo y profesor. La inteligencia actuando.

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Rafael Arráiz Lucca. Juan Nuño, venezolano que nace en Madrid en 1927 y fallece en Caracas en 1995, es decir, vivió 68 años. Llegó a Venezuela en 1947, cuando tenía 20 años apenas, y aquí hizo toda su vida: se casó, tuvo hijos y fue un extraordinario profesor de filosofía de la Universidad Central de Venezuela, donde también estudió filosofía. Estoy hablando de Juan Nuño, uno de los grandes filósofos que ha habido en Venezuela, que a su vez se dio a conocer en el gran público más allá del claustro universitario y las publicaciones académicas especializadas a través del articulismo.

Los artículos de opinión de Juan Nuño en El Nacional, donde fue invitado a escribir semanalmente por Miguel Otero Silva, eran artículos que sacudían al país lector y al país lector exigente. Por su prosa, por lo cáustico si se quiere, lo implacable o afilado de los juicios. Pero antes de llegar allí, como les dije, Nuño vive en Madrid, estudia primaria y bachillerato allá, y comienza a hacérsele insoportable el clima universitario durante el franquismo, como para estudiar una carrera que exige el ejercicio de la libertad con tanta potencia como es la filosofía. Y por eso decide venirse a Venezuela, donde estaba nada más y nada menos que Juan David García Bacca.

García Bacca, que pasó buena parte de su vida entre nosotros, daba clases en la Universidad Central de Venezuela y dirigía el Instituto de Filosofía. Venía de Ecuador y, por supuesto, venía a España también. Y la figura de García Bacca fue un anzuelo o un señuelo para Nuño, para venirse a Venezuela, porque el magisterio de García Bacca en Venezuela podía también sugerir que muchos otros profesores, si eran escogidos por García Bacca, eran de un muy buen nivel.

Y así fue, la Escuela de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela tuvo y tiene un alto nivel académico desde la fundación en aquella década de los años 40-50. De modo que Nuño se viene a Caracas. La Caracas de 1947 es una ciudad muy pequeña, muy provinciana todavía, y aquí va a vivir hasta 1995.

Vamos ahora entonces a ver algunas de sus obsesiones temáticas, y digamos lo siguiente: la vida de Nuño presenta el dilema al que se ven expuestos los filósofos. De esto ya he asomado el tema, me refiero a circunscribirse exclusivamente al mundo académico y ser una autoridad en el coto cerrado o abrirse a la mundanidad de la prensa y los medios. La verdad es que Nuño hizo las dos cosas porque durante sus 25 años de profesor y hasta su jubilación estuvo circunscrito al mundo académico, donde era muy respetado y muy conocido. Pero a partir de su jubilación y por invitación de Otero Silva, como les dije, se prodigó en la prensa diaria hasta que su voz crítica se hizo de las más respetadas y, sobre todo, temidas.

Feroz e implacable, no hubo títere con gorro que soportara el ácido de los artículos de Nuño, donde Nuño pensaba, razonaba y reconstruía. Y bueno, así fue como experimentó con las dos maneras del ser filósofo, es decir, cumplió con los rigores técnicos de la academia, hizo una carrera y llegó a la cúspide de la carrera. Publicó títulos; su tutor en su tesis doctoral fue nada menos que García Bacca, y después se abrió al mundo a decir lo suyo en la fiesta mundana.

Como buen filósofo, nada de lo humano le era ajeno, pero si fuésemos a resumir diríamos que sus obsesiones fueron los problemas propiamente filosóficos, el mundo de las relaciones sociopolíticas, el cine muy particularmente, la literatura también pero menos que el cine, y fue proclive a arrimarles la canoa a las minorías, a los débiles, a los derrotados. Nuño sentía una particular inclinación hacia ellos o hacia la defensa de las minorías. Hay dos autores a los que Nuño trabajó con, vamos a decir, furor, que fueron Sartre y Borges.

A Sartre le dedicó un libro titulado, económicamente, con el apellido del filósofo francés, Sartre. Allí pasa revista a las novelas, al teatro y al compromiso literario de Sartre. El colofón señala 1971 y, en el opúsculo, el lector puede tomarle el pulso a la temperatura de Nuño, helado y crítico ante posiciones de Sartre o entusiasta sin ningún recelo con los logros del filósofo. En todo caso, la aproximación de Nuño es más que pertinente, desentraña las armas filosóficas ocultas en la literatura y reflexiona sobre las concepciones sartreanas sobre la vida y la palabra.

El libro La filosofía de Borges, el propio Nuño en alguna oportunidad me dijo que una futura edición de ese libro debería llamarse Las filosofías de Borges y no La filosofía de Borges en singular. En todo caso, ese es un libro de 1985 y en el prólogo puede leerse una comparación que viene como anillo al dedo en este momento. De nuestra disertación dice en el prólogo Nuño: Borges es un escritor más filosófico que el propio Sartre, para volver a punto de las feas comparaciones. Aún más, Borges es el opuesto de Sartre.

Sartre era un filósofo escritor y en Sartre la literatura es el pretexto, el ropaje para cubrir la expresión pública de ciertas tesis filosóficas. En Borges, a la inversa, el pretexto es la filosofía. En este sentido tiene plena razón, y no es juego de falsa modestia, cuando insiste en que ni hace filosofías ni construye ideas filosóficas: lo suyo es la creación de estructuras narrativas a partir de ideas filosóficas.

Repito las últimas frases en la cita: lo suyo es la creación de estructuras narrativas a partir de ideas filosóficas. De modo que el libro de Nuño sobre Borges es quizás el único que nos brinda una mirada filosófica de la obra borgeana. Nuño trabaja con diez relatos capitales de Borges y allí busca el trasfondo filosófico de cada uno, y logra sin la menor duda un aporte singularísimo a la bibliografía que sobre la obra del poeta, narrador y ensayista argentino se ha extendido tan fértilmente. Es un libro valioso y trabajoso, pero en ningún momento decae su escritura seductora y cortante.

Se centra en la obra narrativa de Borges y hace referencias tangenciales a sus poemas y ensayos. No olviden las múltiples conversaciones que sostuviera el autor con cuanto periodista o escritor se la solicitaran. Es un punto importante porque Borges ofreció tal cantidad de entrevistas y hay tal cantidad de libros de entrevistas con Borges que es prácticamente una faceta de su obra literaria. Disertar a Borges en el diálogo: él entendía las entrevistas más como diálogos platónicos que como entrevistas periodísticas.

Leamos otro párrafo de Nuño sobre Borges. Borges es un espíritu obsesionado por unos cuantos temas verdaderamente metafísicos: el carácter fantasmagórico y alucinatorio del mundo, la identidad a través de la persistencia y la memoria, la realidad de lo conceptual que priva sobre la irrealidad en los individuos y, sobre todo, el tiempo. El abismal problema del tiempo, con la amenaza de sus repeticiones y de sus regresos, con la nota enfermiza de su ineludible poder que arrastra, devora y quema.

Es un secreto a voces que el pensamiento de Borges se alimenta de una especie de platonismo o aplicación de la gran idea platónica de los dos mundos, el inteligible y el sensible, y su decidida oposición resuelta en favor del primero, es decir, del inteligible. Bueno, y esta es la lectura que hace Nuño de Borges llevada por las ganas de afirmar una hipótesis. Borges está invadido por el platonismo que divide al mundo en dos, así lo verifica el autor a lo largo de su acucioso estudio. Manifiestamente ceñidos a los cánones del mundo académico, solo a Sartre y a Borges nuestro ensayista y filósofo le dedicó la contundencia de un estudio, un libro completo.

Sus ensayos sobre la obra de Kafka son, por decirlo menos, interesantes, pero no son propiamente un estudio como el de Sartre y el de Borges. Este trabajo sobre Kafka, nos referiremos a él en la próxima parte del programa. Ya regresamos.

En la parte anterior del programa veníamos hablando de autores que sedujeron al gran filósofo venezolano de origen español, Juan Nuño, y hablamos de Sartre y de Borges. En esta parte del programa vamos a hablar de Kafka y de George Orwell. Sobre Kafka, Nuño parte de una clave: el judaísmo del checo y su condición de outsider en la sociedad praguense.

A partir de esta clave efectúa una lectura de su obra, en especial del libro El castillo y la Carta al padre. Pero tampoco desdeña La metamorfosis, que es la obra más conocida de Kafka, y llega a decir Nuño lo siguiente: Kafka es el rigor, la implacable coherencia. La necesidad ineluctable y hasta el detalle extremo, obsesivo. Proponer la lectura de Kafka en clave judaica es tanto como tirar por elevación: todas las interpretaciones valen lo mismo, esta ni mejor ni peor que las otras, si acaso un poco más plausible, por inmediata y coherente.

Y esto que señala Nuño es, por supuesto, cierto: los judíos en Kafka es una clave de oro para esclarecer su obra, digamos esa condición lo determina. Nuño comienza afirmando: pobre Kafka, pobre grajo negro y triste, desprendido de los aleros cargados del dolor y lágrimas del gueto de Praga. Otro de los autores que llamó la atención del filósofo y que mencionamos al comienzo fue George Orwell.

Pocas veces se dejó llevar por el entusiasmo el autor de La veneración de las astucias, me refiero a Nuño, y una de ellas fue cuando siguió realmente fascinado las predicciones de Orwell. ¿Cómo no hacerlo si las compartía absolutamente? Recordemos que en Nuño había un dejo de pesimismo acentuado o realismo, no sé qué será más justo y preciso.

Dice Nuño lo siguiente: Orwell es el primer y más potente portavoz del único mundo existente, el de este siglo, el de las guerras, la miseria, la persecución y la tortura totales. Se está refiriendo al siglo XX, por supuesto, y está recordando la obra extraordinaria de Orwell, 1984. Y le seduce particularmente una fábula orwelliana que es, a todas luces, una ironía sobre el estalinismo: nos referimos a Rebelión en la granja, Animal Farm en inglés.

Según Nuño, esta es una sátira brillante sobre el régimen soviético y tampoco olvida, como dije antes, la novela que inmortalizó a Orwell, 1984. Y sobre esta no ahorra elogios: dice esto, 1984 es la novela del siglo XX, así como Cándido pudo ser la novela del XVIII o La guerra y la paz, la del XIX. Caramba, qué elogio, qué elogios.

El gran valor de esta novela, según Nuño, estriba en haber precisado el mayor mal del siglo, el totalitarismo y la consecuente amenaza que esto implica sobre el individuo y su libertad. Y en tal sentido dice Nuño: Orwell vio todos los peligros del totalitarismo, no un futuro más o menos próximo sino el totalitarismo de este siglo, ya bien enraizado en el mundo y representado para la época de Orwell por el fascismo. Luego sigue a Orwell una caracterología inteligentísima del espíritu nacionalista y se anima con unas afirmaciones muy discutibles que más adelante veremos.

De modo, no es aventurado afirmar que al escribir sobre la obra de Orwell Nuño hace un dibujo en el espejo de sí mismo, sus ideas, lo que le hubiera gustado hacer y escribir. En buena medida Orwell lo interpreta, es como si el hecho de existir la obra libera la responsabilidad de emprenderla a Nuño y que, en el fondo, se siente satisfecho con la feroz crítica de los desmanes en un siglo terrible, el que le tocó vivir a él. Recordemos que Nuño nace en 1927 en Madrid y muere en Caracas en 1995. De modo que es un hombre completamente del siglo XX y ese es el siglo, como él mismo dice, del totalitarismo representado por el fascismo y el comunismo.

Dice Nuño en esta cita que podemos cuestionar o discutir con ella: hasta pudiera decirse que Orwell era demasiado inteligente para ser buen novelista. Atisbar el porvenir y, sobre todo, escribir con claridad de vidrio diáfano no son precisamente las virtudes que caracterizan a los grandes creadores literarios. Caramba, una afirmación muy discutible y muy respetable también, por lo que tiene de provocadora. Decir que no forma parte de las características de los grandes creadores literarios escribir como un vidrio diáfano es una afirmación bastante gruesa, bastante discutible.

Los ejemplos para refutar esta afirmación son muchos, no voy a entrar a señalarlos porque son muchos los que pudiera traer a cuento. Vamos a tener esta afirmación como un ejemplo de una de las más deliciosas características en la prosa de Nuño: su intemperancia y ese ojo extraordinario para cazarle goteras al autor, para ver dónde están sus defectos, sus arrugas, sus lunares; en eso Nuño era un experto. Veamos ahora otros dos autores sobre los que Nuño lanza artillería pesada, me refiero a André Malraux y a Umberto Eco. Acerca del primero lo que destinó fue un atroz bombardeo que además le sirvió para exponer sus puntos de vista: le criticó fundamentalmente su experimentalismo como base de la creación.

En tal sentido dijo acerca de Malraux: depositó su fe ciega en esa suerte de empirismo estético que exige sin explicarlo que toda creatividad arranque de experiencias. Y en este sentido aprovecha el lance y le da lo suyo a otro experimentalista, Hemingway, y los parangona en Occidente con el chato realismo de los socialistas. ¿Qué tal? Comparar a Hemingway y Malraux con el chato realismo de los socialistas en función del uso que hacen del experimentalismo, es decir, que si no tienes la experiencia no puedes narrarla.

Y la verdad es que Nuño aquí tiene toda la razón: ¿quién ha dicho que para poder narrar con pertinencia hay que tener la experiencia de lo que se está narrando? Eso no es cierto, pero eso era lo que creían, según Nuño, Malraux y Hemingway. En cuanto a Umberto Eco, la crítica se circunscribe a la primera novela de Eco, El nombre de la rosa, y aquí Nuño es muy fuerte, muy incisivo porque entra en los terrenos de la honestidad intelectual. Según Nuño, Eco saquea inmisericordemente a Borges y es solo un lejano eco del poeta argentino.

Y él se dedica a desentrañar las artimañas detectivescas como las de Eco y llega a una suerte de descubrimiento de lo borgiano que hay sin confesar en la novela. Digamos que este es un ensayo sumamente agudo, voy a leerles un párrafo de ese trabajo sobre Umberto Eco. La preceptiva de Borges no puede ser más simple: el novelista debe partir de personajes, mientras que todo cuento arranca de situaciones imaginarias, ahí radica toda la diferencia, que no es poca.

Lo fuerza entonces a adentrarse en los personajes o situación, novela o cuento, y luego acusa al primero de Eco de ser un cuento largo, una morisqueta. Pero aún contento con esto arremete contra la novela histórica y expresa. Esto ya no es solo sobre lo de Eco, sino sobre la novela histórica en general: dice que la novela histórica está de entrada condenada al fracaso porque termina por no ser historia ni novela. Bueno, ¿qué dirán de esto los novelistas históricos de Venezuela?

¿Qué diría de esto Francisco Herrera Luque? De modo, aquí está el mejor Nuño, el que lanza o dispara desde la cintura, y bueno, aquí gana grandes adeptos y grandes detractores. Voy a repetirlo: la novela histórica está de entrada condenada al fracaso porque termina por no ser historia ni novela. Bueno, esta andanada contra las novelas de Umberto Eco encuentra su antónimo, sus antípodas, en lo que dice de Nathaniel West, este gran escritor norteamericano por quien Nuño tiene una fascinación.

Una especie de, sí, fascinación es la palabra. Comienza diciendo: este es el otro rasgo que sorprende de West, no tiene el menor temor ni complejo en criticar sangrientamente los mitos cristianos al estilo de un moderno Voltaire. Creo que aquí está parte de su fascinación, criticar sangrientamente. A Nuño le gustaba hincar el diente en lo que veía una gotera y una flaqueza o una debilidad del autor; allí estaba Nuño indagando, profundizándole la herida, viendo dónde estaba la gotera, el defecto.

En ese sentido era una mente de una luz extraordinaria. A la par que va leyendo a West, Nuño va haciendo gala de un conocimiento a fondo de las sociedades norteamericanas y a veces incluso carga los tintes demasiado, pero esto lo vamos a ver en la próxima parte del programa, cuando veamos esa manera que tiene Nuño de ver a la sociedad norteamericana a través de Nathaniel West. Ya regresamos.

Referíamos en la parte anterior del programa la fascinación de Juan Nuño sobre Nathaniel West y hay un párrafo en su ensayo sobre West donde Nuño afirma lo siguiente. El gran sueño americano del éxito, Accu-Million, prueba dos cosas: que ese sueño es una gran mentira y al término del sueño espera la posible realidad del fascismo surgido de la clase media, rencorosa y vengativa. Y es que si algo hizo West magistralmente fue desentrañar las claves del American Way of Life, que tiene su máxima expresión en La vida de Hollywood, que con tanta agudeza trabajó el autor de Miss Lonely Hearts, y como vemos si Orwell entregó la radiografía profética del destino del mundo, West según Nuño le regala la de los Estados Unidos.

Bueno, cómo vemos, toda esa máquina inteligentísima de Juan Nuño, que decodifica a Eco y vuelve añicos a Malraux y que deja en el esqueleto a Sartre y a Borges, se da paso a unas páginas afectuosas hacia Nathaniel West, también hacia Alejandro Rossi. ¿Quién es Alejandro Rossi? Rossi, un filósofo de madre venezolana, de padre italiano, que se crió en la Argentina e hizo su vida en México. Al día de hoy puede decirse que Alejandro Rossi fue un escritor mexicano con grandes vínculos con Venezuela y Rossi fue un entrañable amigo de Juan Nuño, por quien Nuño sentía prácticamente devoción.

Vamos a leerles un párrafo de Nuño acerca de Alejandro Rossi, este mexicano de origen venezolano. Dice Nuño: conocí a Rossi hace muchos años, más o menos veinte, por ahí se andan. Tenemos mucho en común, los amigos: la nacionalidad, la distancia amorosamente sostenida del lugar de nacimiento, los viajes, los reencuentros cada tanto tiempo. Él vive en México, yo, qué remedio, en Caracas, ciertos gustos no me atreveré a decir que decadentes, qué pretensión.

Pero sí decididamente británicos, un fondo general de desencanto, por más que diversa procedencia, e incluso, todo hay que decirlo, la filosofía es malquerida, a la que seguimos aferrados, como suele suceder en tales casos, sin saber muy bien por qué. Aquí hay varias claves: una de las razones por las que dice que tienen mucho en común ciertamente es porque los dos hicieron sus vidas profesionales, afectivas, laborales en países distintos a los de su nacimiento, Nuño en Venezuela y Rossi en México. Y los dos se dedicaron a la filosofía en términos profesionales, ambos fueron profesores muy destacados tanto de la Universidad Nacional Autónoma de México como de la Universidad Central de Venezuela. En el caso de Nuño, universidad en la que estudió su pregrado y su doctorado también.

De modo que las similitudes entre Nuño y Rossi no son pocas, y Rossi, al igual que Nuño, una vez jubilado de la universidad, se dedicó a escribir narrativa, a diferencia de Nuño, que se dedicó a escribir ensayos. Rossi cultivó el cuento y al final de su vida publicó una novela autobiográfica que tiene mucho que ver con Venezuela y sobre todo con los recuerdos de su madre. Él era Rossi Guerrero, ese Guerrero es un apellido venezolano. Su madre era una venezolana descendiente de los Alpáez, por cierto.

Bueno, en el caso de Rossi, su libro más conocido fue El manual del distraído. Alguna vez lo prologó el propio Nuño, pero en el caso de Nuño pues son varios sus libros más célebres, ninguno con los tirajes de los de Rossi porque Rossi era un autor más para las grandes mayorías, digamos así. Los temas de Nuño eran más filosóficos, exigían más del lector.

Otro autor al que Nuño le tenía una particular atención y afecto es un venezolano que se llamó Ángel Bernardo Viso. A Nuño le gustaba mucho un ensayo intitulado Venezuela: identidad y ruptura y otro libro de Viso que se titula El asombroso caso de Genovia. Viso, un abogado muy conocido en el foro caraqueño, escribió estos ensayos interpretativos del origen, digamos, de la sociología y la problemática venezolana; a eso se refiere con El asombroso caso de Genovia y con ese libro Venezuela: identidad y ruptura, del que Nuño escribió y escribió muy bien.

También Nuño escribió sobre Simone de Beauvoir, imposible no hacerlo, la esposa o compañera de Jean-Paul Sartre; escribió también algo sobre Milan Kundera y, bueno, Nuño era un lector verdaderamente fervoroso. Tengo una anécdota interesante: hace ya muchos años, un amigo barquisimetano, Freddy Castillo Castellanos, lo conseguí en una librería aquí en Caracas, él estaba de paso, vive en Barquisimeto, me entregó El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgakov, y me dijo: esta es una de las mejores novelas que he leído en mi vida. Bueno, yo me compré la novela, me la llevé a mi casa y quedé verdaderamente en el sitio.

Y sí, siempre lo digo, de las mejores novelas que he leído en mi vida es El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgakov. Empecé a indagar con mis amigos quién lo había leído, ninguno. Debo haber hablado en esos 15 días que estaba leyendo la novela como entre quince y veinte personas y el único que lo conocía, que lo había leído y que sabía su historia de la A a la Z era Nuño, conocía toda su obra, vida, milagros, de modo que aquello fue sorprendente. Y me escribió una carta larga, muy interesante, hablándome de Bulgakov y de su admiración también por Bulgakov, sobre todo por esta novela deslumbrante, de las cinco mejores novelas que yo he leído en mi vida, que es El maestro y Margarita.

Esta anécdota no hace otra cosa que revelar el lector que era Juan Nuño, lo atento que estaba, cómo seguía el universo intelectual europeo al día; quizás era menos ducho en el universo intelectual venezolano o latinoamericano, pero lo era en el europeo. Y eso era siempre de gran ayuda para quienes lo frecuentamos en la amistad. Con motivo de uno de sus libros, Sentido de la filosofía, yo sostuve una entrevista con Juan Nuño, estamos hablando de finales del 80; esa entrevista se publicó en la revista Imagen y yo le formulo algunas preguntas que tienen una vigencia total y que retratan bastante bien al personaje.

Le pregunto en aquella oportunidad: la advertencia de lo que hablamos contiene una calificación del marxismo como una doctrina farragosa, romántica y utopista. Esto obviamente responde a su ruptura con el marxismo, me imagino que los calificativos no han variado de 1980 para acá. En 1980 es cuando Nuño dice esto sobre el marxismo, una doctrina farragosa, romántica y utopista.

Y yo lo estoy entrevistando en 1986, y Nuño entonces responde: no, no han variado, quizás he podido profundizarle o agregarle otro contenido, quiero aprovechando el punto explicarlo. Lo que has llamado mi ruptura con el marxismo, en realidad mi unión al marxismo no fue débil, pero no tuvo la importancia política que en otros ha tenido. Tuve, no lo niego, una seducción filosófica ante el marxismo. No estoy muy seguro si la seducción fue directamente marxista o indirecta a través de un gran seductor del que no me avergüenzo, pero con el que uno también termina peleándose.

Mi gran seductor se llamó Sartre. Cuando Sartre daba estos fantásticos giros que ahora vemos cuán caprichosos e inconsistentes eran, los sartreanos íbamos detrás como ovejitas. Cuando él escribe aquello de que el marxismo es la única filosofía en nuestro tiempo y las demás giran en torno a él como los planetas en torno al sol, bueno, pues lo aceptamos.

El marxismo tiene o tenía, no sé, para el que se aproxima a él por vez primera, una serie de atractivos. No me refiero al marxismo vulgar, me refiero al buen marxismo, porque Marx indudablemente, además de ser un gran escritor, es seductor argumentando y parece que lo que dice es verdad. Entonces esa fue una fase en la que caí de lleno. Interesante ver cómo Nuño nos explica cuál fue su relación con el marxismo, cómo llega a él seducido por otro marxista, por Sartre.

Y yo vengo y le repregunto sobre un libro que a mí me gusta mucho de él que se titula Compromisos y desviaciones. Le digo que ahí aparece un ensayo en el que arregla cuentas con Sartre. Esto es lo que responde Nuño: en efecto, arreglo cuentas con él, quizás un poco gruesas, porque exigirle a Sartre lo que no podía dar es imposible. Indudablemente que Sartre era muy fastidioso, muy pedante y francés; en un largo ensayo comentando la última biografía publicada de Sartre, ya bajadas las aguas, digo lo que creo queda como positivo de Sartre.

Dos puntos, lo literario. Filosóficamente no queda nada o casi nada y esto me atrevo a decirlo hasta en los lugares sagrados académicos y discutirlo durante horas. Lo que queda filosóficamente de Sartre son sus primeros trabajos sobre psicología, el ensayo en la teoría de las salvaciones es muy interesante y moderno, también va a quedar su crítica sobre Husserl, pero el ladrillo de El ser y la nada conservará vigencia por algunos párrafos literarios excelentes. En la última parte del programa continuaremos ventilando la vida y obra de este extraordinario filósofo venezolano de origen español, Juan Nuño. Ya regresamos.

Veníamos en la parte anterior del programa hablando de una entrevista con Juan Nuño, en la que yo le voy a repreguntar lo siguiente. Le digo regresando a la advertencia de 1980: allí califica al cristianismo como alimento de piaras y, sumando esto a las críticas fuertes que les hace el marxismo, pareciera que hacia ambas doctrinas tiene una animadversión común. El marxismo y el cristianismo llegarán a un acuerdo de convergencia o se seguirán disputando el mismo mercado, le pregunto, ¿y Nuño responde? Son dos cosas no incompatibles, estoy convencido que se están disputando el mismo mercado y de ello pueden salir arreglos o un enfrentamiento colosal, no voy a profetizar lo que va a salir, pero hay tendencias hacia el arreglo.

Por ejemplo, la Teología de la Liberación es una forma de tomar contacto con el otro lado. Pero además, la historia del cristianismo, que es mucho más rica que la del marxismo, autoriza pensar que el cristianismo siempre se las ha arreglado con sus enemigos y se las ha arreglado de mejor manera que es fagocitándolos. Y al final se apodera de toda la estructura enemiga, no impunemente, eso se hace recibiendo algún tipo de contaminación, pero al fin y al cabo quedando el cristianismo como único actor en escena. No me voy a remontar a los tiempos de Constantino, pero es evidente que el cristianismo dejó de ser aquella secta judía original para convertirse en la religión del imperio.

Estos son recursos que el cristianismo ha manejado y apenas el marxismo está empezando a manejarlos porque a sus iglesias y a sus herejías aún no sabe tratarlas bien. Claro, no estamos en la época de Stalin frente a Tito, ya hay un poco más de fineza, pero todavía le falta mucho por aprender.

Ahora, esto es el aspecto político práctico, después está el aspecto de fondo; no quisiera sonar a demasiado voltairiano racionalista, pero tengo que señalar el defecto de mi visión del mundo, el racionalismo muy del siglo pasado. Exaltar la razón, como decía Bertrand Russell, no es lo más indicado usar la razón, porque parece que no somos muy racionales y exigir razón en las religiones, cuando los seres humanos no la tienen, no deja de ser un tanto forzado. Sigue diciendo Nuño: no creo que las religiones deban ser fenómenos racionales, pero si no son, a un espíritu que ha luchado toda su vida por adquirir una estructura racional le chocan. Lo que a mí me choca del marxismo es su aspecto religioso, por supuesto también el cristianismo, pero el choque es muy distinto: el cristianismo me ha hecho sufrir y el marxismo todavía no.

Supongo que si algún día Venezuela es Cuba entonces me hará sufrir. Imagínate si el cristianismo me ha hecho sufrir. Pasé la infancia en el peor de los cristianismos, el catolicismo español de la época de Franco. A mí me tocaron los cristianos brutos, no solo intelectualmente sino humanamente, todos quedamos marcados por algún tipo de falla en la infancia.

Quizá por esto resultó un tanto duro en mi análisis del cristianismo. Como vemos, una posición muy dura, muy dura y muy interesante toda la relación que hace entre cristianismo y marxismo. Por último voy a referirles unas respuestas a una pregunta que me pareció muy interesante de las respuestas. La pregunta es la siguiente: ¿qué opinión le merece ese viejo esquema según el cual los países colonizados por España son muy distintos a los colonizados por los ingleses en su capacidad para resolver sus vidas?

Dice Nuño: es posible que sean limitaciones o valoraciones diferentes, lo que pasa es que las limitaciones históricas del mundo español fueron tan terribles que prácticamente es ahora en el siglo XX cuando arranca España y la mayoría de los países hispanoamericanos. Hay un retraso enorme con respecto a la libertad de expresión, con respecto a la tolerancia. Estas han debido ser las mayores limitaciones. Ahora bien...

El pensamiento anglosajón, lo que tiene de positivo y de práctico, tampoco lo pondría demasiado elevado porque ha sido un pensamiento muy contaminado. En una época gravitó sobre ellos el gran pensamiento sistemático alemán, después les ha pesado e influido el pensamiento oriental al que en los años 50 y 60 fueron muy adictos por aquello de la apertura hacia otras formas. El corazón positivo o interesante del pensamiento anglosajón es lo que se llama el empirismo inglés y la filosofía del sentido común. Y los grandes aportes que ha hecho este pensamiento son aportes antiquijotescos: en lugar de ver gigantes ven molinos, ver las cosas como son, eliminando entelequias y quimeras.

En este sentido han despejado bastante la atmósfera, nadie lo puede negar. El pensamiento español, por su parte, digno de ese nombre, me parece tan raquítico que están permitidas todas las interpretaciones. La única persona de peso se llama Unamuno, con todas las terribles limitaciones y contradicciones. Él tenía entre sus muchas cosas positivas que siempre destacó frente a Ortega y Gasset el hecho de que le interesaban cosas distintas al ombligo español, concretamente Hispanoamérica.

En ese estudio llamado La envidia hispánica, sobre ese gran mal de carácter español que es la envidia, de pronto habla Unamuno de Venezuela. Lo interesante es que estaba abierto a distintas corrientes y creo que Unamuno hubiera sido un pensador muy completo y muy representativo de no haberle tocado tener que batallar con la cantidad de animales hispánicos que tuvo que soportar. La España de los 30 y 40 era algo espantoso, mediocre, se amargó mucho y cayó en este juego de la contradicción como única forma de hacer que su personalidad sobreviviera. El pensamiento latinoamericano estaba bien encaminado en un momento dado, por ejemplo, Vasconcelos, con todo y el derechismo que se le ha achacado, pero en todo caso es muy inteligente.

Luego sufrió una de las peores direcciones por allá por los años cuarenta y el responsable fue un español, Gaos, en México. A Gaos se le metió la cabeza del indigenismo y ojalá hubiera sido bajo forma folclórica o antropológica, pero no, se le metió bajo la forma metafísica importada directamente de Heidegger, aquello del ser de las cosas, el ser de los hombres. Gaos propone buscar al ser del mexicano y encuentra un discípulo llamado Leopoldo Zea, y este dice: esto es un evangelio y comienza a diseminar la buena nueva. Vino por Venezuela y se consiguió Ernesto Maiz Vallenilla, que durante una buena parte de sus trabajos siguió esta línea.

Luego Maiz guardó esto, se dio cuenta que era un camino absolutamente sin sentido, tan estéril como todo esencialismo. Se dio cuenta que sería la peor manera de propiciar pensamiento local porque además era una manera servil, simplemente era la repetición del esquema alemán trasladado aquí. Por otra parte hay dos o tres direcciones muy interesantes en el pensamiento latinoamericano, por supuesto, están los argentinos que siempre han sido rancho aparte. Siempre han destacado y en filosofía también.

Esto es entonces lo que me responde Juan Nuño cuando le pongo sobre la mesa el tema de España y el mundo anglosajón y hace una clarísima diferencia entre las dificultades del pensamiento español y las ventajas que entonces tenía el pensamiento anglosajón. Bueno, también aclara que la España de la que él está hablando es la primera mitad del siglo XX; una vez ido Franco al poder y abierta España al mundo, al cosmopolitismo, a ideas, a la libertad de prensa, pues realmente en España lo que ha habido es un florecimiento extraordinario de todo el mundo cultural, que en ningún caso Nuño lo está negando. Eso es importante subrayarlo.

Muy bien, este es Juan Nuño, un filósofo que salió de las aulas para encontrarse con multitudes de lectores, que hizo su trabajo en el claustro durante 25 años, que cumplió con todos los requisitos académicos y que después salió a buscar lectores en la prensa, en las revistas y conferencias. Los últimos 20 años de la vida de Nuño, de sus 68 años de edad, se convirtió en Venezuela en una referencia de gran importancia por su inteligencia aguda, porque no condescendía con nada, porque decía exactamente lo que pensaba sin importar las consecuencias de lo que él estaba diciendo. Pero lo decía, por supuesto, sin insultar a nadie, sino con argumentaciones. Recurría a veces al insulto, sí, pero de una manera colateral, y recurría al desprecio de quienes despreciaban; no había algo gratuito en las invectivas, en los malos humores de Nuño, sus malos humores se fundamentaban en un desagrado particular que él señalaba.

Bueno, hasta aquí este Venezolanos de hoy recordando la vida y obra de Juan Nuño. Habla para ustedes Rafael Arráiz Lucca y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Me acompañan en la producción Inmaculada Sebastiano y Víctor Hugo Rodríguez.

En la dirección técnica, Víctor Hugo Rodríguez y Fernando Camacho. A mí me consiguen en mi correo electrónico rafaelarraiz@hotmail.com, en Twitter arroba rafaelarraiz. Ha sido un gusto disertar para ustedes hasta nuestro próximo encuentro.

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