Antonia Palacios

Narradora y poeta de primer orden.

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Introducción y formación

Les habla Rafael Arráiz Lucca desde Unión Radio y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Hoy vamos a recorrer la vida de una escritora venezolana excepcional: Antonia Palacios, que nace el 13 de mayo de 1904 y muere el 13 de marzo del 2001. Ambos hechos, nacimiento y muerte, en Caracas.

Antonia casi alcanza los 97 años: una vida muy larga con muchísimos acontecimientos y con una obra narrativa y poética de primer orden. Estamos hablando de la primera mujer que se hace merecedora del Premio Nacional de Literatura en 1976. Antonia Palacios va a pertenecer, desde el punto de vista de la amistad y generacionalmente, a la generación del 28.

De esa generación van a formar parte sus grandes amigos, no solo su hermano Inocente Palacios, sino también Carlos Eduardo Frías, quien va a ser su esposo, Miguel Otero Silva y Arturo Uslar Pietri. Su entrañable amiga de toda la vida, María Teresa Castillo, quien vivió más de 100 años y sostuvo una amistad con Antonia inquebrantable durante muchísimos años, debe ser de las amistades más largas que ha habido en Venezuela.

Antonia, lo primero que debemos decir, dicho por ella misma, es que se trataba de una autodidacta. Ella le confiesa a Sergio Dahbar en una entrevista en los años 80 que ni siquiera tenía cuarto grado de escuela primaria. ¿Por qué? Porque en aquella época eso era lo común: su familia no era una familia de grandes recursos económicos y el esfuerzo de que alguno de los hijos estudiara se colocó en el hermano varón, Inocente Palacios, y no en ella.

De modo que su obra literaria va a ser la obra de una autodidacta, una persona que se formó a sí misma leyendo y leyendo. En su tránsito vital se casa con Carlos Eduardo Frías en 1932. En 1935 nace su primer hijo, Fernán Frías Palacios, y en 1941 su hija María Antonia Frías Palacios, que fallece muy temprano, siendo una mujer de apenas 22 o 23 años. Ya llegaremos a ese episodio central en la vida anímica, psicológica e incluso literaria de Antonia Palacios.

París, Ana Isabel y primeras obras

En 1936 vamos a encontrar a la pareja de Carlos Eduardo Frías y Antonia viviendo en París. Ha sido nombrado Frías secretario de la legación venezolana en Francia. Ese va a ser un primer momento importante para la formación intelectual de Antonia, porque allá van a vivir los episodios de posguerra y preguerra de la Segunda Guerra Mundial. Van a regresar a Caracas en 1938 y ella ha tomado notas de lo que va a constituirse en su primer libro, ya de vuelta, publicado en 1944, que se titula París y tres recuerdos.

¿De qué se trata? De unas crónicas de lo que Antonia está viendo en París a través de tres personajes que trató y que frecuentó: nada menos que Pablo Neruda, César Vallejo y Louis Aragon. Esos tres recuerdos son el recuerdo de estos tres hombres de la cultura, de tres grandes personajes. Ese va a ser su primer libro.

Antonia ya ha tomado nota para una novela en la que se va a ocupar durante muchos años y que su entrañable amigo Arturo Uslar Pietri ha leído en manuscrito. La anima a que la concluya y, una vez concluida, el propio Uslar hace las gestiones necesarias ante la editorial Losada de Buenos Aires.

Entonces, en 1949 se publica un libro que es ya un clásico de la literatura venezolana, con decenas de ediciones, que se titula Ana Isabel, una niña decente. Ana Isabel, en alguna medida, es ella. De esto no cabe la menor duda: tiene mucho de autobiográfico este texto y Antonia lo reconoce así abiertamente en distintos momentos, incluso en entrevistas y también por escrito. En un momento dado ella dice:

“Ana Isabel es un personaje autobiográfico, tiene mucho de mí mismo; está constituido con vivencias y nostalgias de mi niñez. Es un andamiaje de sentimientos que han estado allí, en mis recuerdos, por sobre los cuales ha pasado el tiempo y, sin embargo, regresan a mí con la misma frescura que animara mis pequeñas y grandes dichas infantiles”.

Uslar Pietri, en la pestaña de esa edición de 1949, coloca unas palabras que les voy a leer. Dice Uslar:

“Desde que se la oí leer con insegura voz de confidencia a Antonia Palacios, pensé que esta historia rumorosa de la niña decente y sus terribles aventuras frente a los monstruos de lo doméstico era una obra de calidad excepcional. No creo haberme equivocado. Está llena de vida, llena de verdad, llena de asombrada belleza, y nos pone en presencia de almas y cosas inolvidablemente vistas. Y con ella le nace a la literatura femenina hispanoamericana un gran nombre nuevo”.

Muy generoso, Uslar, en este comentario. Recordemos que en 1949 Uslar es profesor en la Universidad de Columbia, en Nueva York; está en el exilio. Va a regresar a Venezuela en 1950 y, desde allá, como profesor de Literatura Hispanoamericana, es que hace las gestiones para que Ana Isabel se publique en la legendaria y respetadísima Editorial Losada de Buenos Aires.

Luego también vamos a encontrar una carta de la propia Antonia Palacios a José Rafael Pocaterra, en la que ella habla de la novela y por su curiosidad. Le voy a leer un fragmento. Dice Antonia:

“Conservo siempre vivo el recuerdo de aquella lejana tarde cuando, bajo los árboles que sombreaban su casa, leí tímidamente algunas de las andanzas y aventuras de esta pequeña Ana Isabel que hoy la envío. Aún recuerdo sus generosas atenciones y reproduce mi memoria su gesto enérgico, la mano alzada trazando en el aire de aquel crepúsculo de trópico precipitado y brusco como nuestra vida misma: una esperanza, un camino. Escucho el eco de su voz recia, viril. Y esa voz me alentó, sembró estímulos y venció muchos de mis temores. Hoy la pequeña Ana Isabel ha echado a andar, como usted mismo apuntara. Ha echado por un mundo transido de angustias, sacudidos por las turbias mareas de una época confusa, desorientada, un mundo tan disímil del suyo donde desenredaba el sueño o su madeja sutil, donde aún existía la fe en los seres humanos; y es este tal vez el único mérito que tienen estas páginas: el anhelar rescatar del tiempo, el gran devorador, voces y gestos ya desaparecidos que armonizaban con aquella quieta y apacible vida aldeana”.

Recordemos que Ana Isabel trabaja el ambiente caraqueño, una Caracas bucólica, pequeña, muy pequeña, que es la Caracas de la infancia de Antonia Palacios. Y en alguna medida esa Ana Isabel, esa Antonia Palacios que está recordando aquella ciudad pequeña caraqueña, la rememora con nostalgia como el tiempo de un paraíso perdido. Y ella está escribiendo esta carta, este libro, desde 1949, cuando el mundo ha salido de una conflagración bélica terrible: la Segunda Guerra Mundial, cuando ha estallado la bomba atómica y cuando la incertidumbre en que vive la humanidad para ese momento es pronunciada.

Ella está recordando aquel paraíso bucólico de su infancia caraqueña donde una niña decente sale a descubrir el mundo, sale a ver y a relatar las peripecias de una vida doméstica, de la vida de la casa y de su calle, de su pequeña aldea.

En la próxima parte del programa continuaremos con la vida y obra de esta escritora excepcional venezolana, Antonia Palacios. Ya regresamos.

En este momento contamos, en 1949, con una mujer de 45 años que ha publicado un primer libro, París y tres recuerdos; que ha vivido unos dos años, casi tres, en París; que ha publicado luego una novela, su única novela, Ana Isabel, una niña decente, en 1949. Y vamos a tener entonces, en 1955, un tercer libro: Viaje al frailejón. Es un viaje que hace Antonia con sus amigos y su familia a los Andes y, emocionada frente a la circunstancia del paisaje desconocido entonces para ella, una caraqueña deslumbrada, escribe esta crónica de viajes bellísima, de la que Mariano Picón Salas dijo lo siguiente:

“Antonia Palacios viajó hasta el alto país donde el aire es más transparente y volvió con un mensaje de poesía, pastora en las palabras como si entibiara a un corderillo. La ternura, el lirismo, la piedad nos acompañan como musas benévolas en esta travesía, donde también el lenguaje se adelgaza para reflejar la transparencia”.

Uslar Pietri también comentó este libro y dijo lo siguiente:

“Las gentes de sensibilidad viajan hacia adentro mientras más se desplazan en el espacio a través de caminos y paisajes. Más hondo penetran en el conocerse a sí mismos y al expresarse. Antonia Palacios salió a buscar con ojos ávidos, en las altas parameras andinas, la mullida y casi submarina flor del frailejón, que es como la medusa del mar de la neblina. Y lo que finalmente encontró fue el fluir de su pensamiento, su propia angustia de ser humano, los misterios familiares de la vida y muerte, apariencia y realidad. Quien hace el viaje de este libro penetra en el alma de una artista que, con sus sabias palabras, nos da lo mejor del propio ser y el fascinador recuento de su andanza”.

Aquí dice Uslar algo muy importante con esa afirmación con la que comienza: “Las gentes de sensibilidad viajan hacia adentro”. Y esto es muy importante porque realmente Viaje al frailejón es eso: es un viaje hacia dentro a partir de la visión del paisaje. El paisaje es una excusa para articular la indagación interior, para el pensamiento sobre las vicisitudes del ser, que es lo que ella finalmente va a estar trabajando toda su vida en su obra literaria. El paisaje sí es un hecho exterior, pero Antonia lo interioriza, lo convierte en un dato que articula una reflexión interior, psicológica.

Viaje al frailejón, regreso y Crónica de las horas

En 1956, al año siguiente de la publicación de Viaje al frailejón, Antonia Palacios se va a vivir con su hija María Antonia Frías a París. Se buscaba que la formación musical de María Antonia fuese la mejor; tenía un talento musical excepcional. La familia se separa por unos años: Antonia se va a París con la hija y Carlos Eduardo Frías, su esposo, y su hijo Fernán permanecen en Caracas.

Recordemos que Carlos Eduardo Frías es el fundador de ARS; puede decirse incluso que él fue creador de uno de los factores esenciales para la moderna publicidad en Venezuela. Hubiera sido muy difícil que se desprendiera de su trabajo en la empresa que apenas estaba comenzando para irse a vivir a París. Pero la formación musical de María Antonia Frías lo ameritaba y las posibilidades que ya tenía la familia de hacerlo lo permitían.

Y es por eso que se van a París. De este período de cuatro años, ellas dos regresan a Caracas en 1960. Hay abundantes pruebas y epístolas y cartas, de manera muy particular con uno de los grandes amigos de toda la vida de Antonia, que fue Osvaldo Trejo.

El epistolario de Antonia Palacios y Osvaldo Trejo es como para publicarlo, porque allí no solo se tratan temas personales del grupo de amigos o del grupo de París con el que Antonia compartía allá, en su mayoría escritores y pintores venezolanos que vivían en París y la frecuentaban con regularidad, sino que también se tocan temas literarios y temas de la interioridad de las personas.

Es un tesoro epistolar que, por cierto, lo trabaja muy bien el autor de la biografía de Antonia Palacios, la biografía más completa que se ha escrito, creo que es la única, que se titula Tiempo endido, un acercamiento a la vida y obra de Antonia Palacios. Me refiero al autor Roberto Martínez Bachrich, un extraordinario profesor de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, y además un escritor de primer orden en Venezuela. Esta biografía que ha escrito Roberto sobre Antonia es verdaderamente una indagación acuciosa en el personaje, en su vida familiar, en sus viajes, en la vida de amigos. Antonia fue una mujer de grandes amigas y amigos. Es realmente una biografía que recomiendo enfáticamente.

Vamos a tener en 1960 el regreso de Antonia y María Antonia Frías de París a Caracas. María Antonia, su hija, a su vez padecía una diabetes tipo 1, que es la más severa, y en aquel entonces había muy pocos tratamientos cuando la diabetes se presentaba de esta manera tan agresiva. Lamentablemente va a morir en 1963, cuando apenas tiene 22 años. Esto va a ser un golpe devastador para Antonia. Toda su vida estuvo añorando a su hija, que murió a tan temprana edad y que representó una herida muy grande para Antonia. Estamos hablando de muchos años, porque la hija muere en 1963 y Antonia muere en el 2001, de modo que estamos hablando de 38 años de ausencia de la hija.

Para entonces, a Antonia volver a escribir se le hace difícil. La estancia parisina se lo dificulta; la muerte de la hija se lo hace todavía más difícil. Y entonces, en una entrevista varios años después, le comenta a Sergio Dahbar, al periodista que la estaba entrevistando, lo siguiente:

“Llevaba 10 años sin poder escribir una línea. Quería hacerlo pero no podía. Estaba trabada. Recurrí a psiquiatras, pero todo fue en vano. Es algo que todavía hoy no comprendo. En 1964 sufrí una operación muy terrible y delicada; cuando me llevaron a mi casa me dormí. Al despertar descubrí sobre las sábanas un rayo de sol que se había colado por la ventana. Recordé entonces un cuarto que yo tenía cuando era niña, un cuarto pequeñito donde jugaba con mis muñecas; en el techo había una claraboya que dejaba pasar un rectángulo amarillo. Me acordé de aquella imagen y comencé a escribir. Ese recuerdo me devolvió la escritura. Así nació el primer relato de Crónica de las horas y todos los otros textos que aparecen en el libro”.

Es muy interesante esta confesión que le hace Antonia a Sergio porque es totalmente de orden psicológico: tiene 10 años sin poder escribir y un rayo de sol sobre la cama le activa una zona de la infancia, placentera, rica, hermosa, y a partir de allí se activa el deseo de la escritura. Después de 10 años comienza a escribir y a escribir relatos que van a formar su libro Crónica de las horas, que es un libro interesante en el que aparece la narradora, la cuentista Antonia Palacios.

Ya se anunciaba algo en sus crónicas y, por supuesto, se anunciaba mucho en su novela Ana Isabel, una niña decente. Pero en 1964, con Crónica de las horas, los lectores venezolanos advierten que están frente a una gran cuentista, por la destreza de la escritura. Y esto tiene toda la obra de Antonia: un aire enigmático, un aire de orden intimista pero a la vez espacial, porque hay un trabajo muy preciso del espacio donde ocurren los relatos.

Pero a la vez las anécdotas que forman el relato tienen menos importancia de lo que ocurre dentro de quien relata. Por eso quizás es que también la poesía va abriéndose paso en la obra de Antonia Palacios. Muy de la mano del relato, porque algunos años después, en 1972, publica Los insulares, otro libro de cuentos. Pero en 1973 aparece su primer poemario: toda su obra poética es de poesía en prosa. Me estoy refiriendo a Textos del desalojo, un libro verdaderamente extraordinario, del que Francisco Rivera, gran ensayista y crítico literario venezolano, afirmó en un comentario sobre esta obra, pero ese comentario lo vamos a referir en la próxima parte del programa. Ya regresamos.

Hablábamos en el anterior del programa del texto que escribió Francisco Rivera sobre Textos del desalojo. Les leo:

“Como los oráculos, los textos del desalojo, a pesar de su absoluta sencillez, la sencillez de la enunciación, son poemas que se prestan a diversas lecturas e incluso interpretaciones mutuamente excluyentes. ¿Son un grito de dolor ante la proximidad de la muerte o una exclamación de júbilo y afirmación en las fuerzas de vida dentro del círculo de la muerte? Algunos de estos poemas, al igual que otros que todavía no han sido publicados, nos recuerdan insistentemente que el mensaje poético es ambiguo por definición y la verdadera poesía es oracular o no es nada”.

Recordemos que Textos del desalojo es un libro de poemas en prosa. Esto ya se ha cultivado en Venezuela; en programas anteriores hablábamos de José Antonio Ramos Sucre, pero también lo hizo Salustio González Rincones. Y ya a partir de ello se ha convertido en casi una línea de tradición: en Venezuela el poema en prosa lo han cultivado Luis Fernando Álvarez, Elizabeth Schön, Juan Sánchez Peláez, Hilda Gramcko, Arnaldo Acosta Bello, Rafael Cadenas, Francisco Pérez Perdomo, Juan Calzadilla, Guillermo Sucre, Ramón Palomares, Hanni Ossott y Armando Rojas Guardia, entre los más recientes.

Es la forma en que Antonia encuentra su discurso: todos sus poemas serán en prosa. Textos del desalojo, como les decía antes, es un libro de especial importancia por lo que está diciendo y porque abre la obra poética de Antonia Palacios, que va a contar con unos cuantos títulos hasta el momento en que ella decide no publicar más, que es en 1993 cuando publica Hondo temblor de los secretos, su último libro. Ignoramos si Antonia Palacios dejó libros inéditos guardados en alguna gaveta debajo de la cama; no lo sabemos. Suponemos que la familia pudiera darnos algunas sorpresas en algún momento con esto que vengo señalándoles.

En todo caso, Textos del desalojo, más su próximo libro, El largo día, que ya es un libro de relatos, hace de la obra de Antonia Palacios ya un cuerpo sólido y de densidad, como para que el jurado del Premio Nacional de Literatura decida otorgárselo en 1976.

Voy a leerles un fragmento del discurso de Antonia en ese momento porque es sumamente elocuente y hermoso. Dice Antonia en el Palacio de Miraflores, donde está recibiendo en 1976 de manos del presidente Carlos Andrés Pérez el Premio Nacional de Literatura:

“Indecible emoción es para mí ser la primera mujer venezolana a quien se le otorgue tan alto galardón; el que conmigo se haya roto una suerte de tradición basada en quién sabe qué absurdos convencionalismos que nada tienen que ver con el arte. Que hasta ahora solo a escritores del sexo masculino les haya sido concedido el Premio Nacional de Literatura. Mientras tenemos constancia desde la instauración de dicho premio que la mujer ha contribuido a enriquecer la literatura venezolana con obras densas de indudable calidad que sin motivo alguno han sido ignoradas.

Este momento, que marca una hora muy importante de mi vida escritora, quiero compartirlo con mis compañeras de arte y de escritura. Que ellas tomen parte de mi emoción y vean en mí no a una que han alzado por encima de las demás, sino a una que se halla en el mismo nivel donde nos hallamos todas, empeñadas en vislumbrar la pequeña luz que nos guíe hacia el sitio que anhelamos alcanzar. Un premio no es la culminación de una obra. Es solo un reconocimiento a esa labor”.

Pues así fue, y poco tiempo después, al año siguiente, su entrañable amigo Osvaldo Trejo, en 1977, le propone que coordine, que sea la guía del taller de narrativa del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, el CELARG. En esos años estaban llegando a Venezuela la modalidad de los talleres literarios que ya se experimentaba en México y que aquí se introdujeron con mucha fuerza a través del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos. Trejo entonces era director literario de ese centro e invita a Antonia a tener allí un taller.

La experiencia del taller fue tan enriquecedora que cuando culmina al año —esa era la estructura académica, la estructura docente del taller— los participantes deciden continuar y se mudan a casa de Antonia. Su casa se llamaba, en Altamira, Calicanto. Allí va a tener lugar un acontecimiento importante de la literatura venezolana: la recurrencia todos los lunes desde 1978 hasta 1983 de una generación completa de escritores venezolanos que se van a reunir alrededor de la mesa redonda de la casa de Antonia Palacios, Calicanto, sin otra bebida que el agua y café.

Todos los lunes a las ocho de la noche y hasta la madrugada, a discutir y a leer poesía, narrativa y ensayo. Fue verdaderamente un lugar en el que nos formamos muchos escritores caraqueños, allí en Calicanto.

En lo personal estuve allí entre el año 80 y el año 83. Por ahí pasó mucha gente; contábamos con la valiosísima participación de un profesor uruguayo que regresó a Montevideo, Hugo Achugar. Pero también contábamos con la destreza y la madurez de Eduardo Liendo, que participaba, y de un poeta hondo como Eleazar León, y de una crítica de artes plásticas importante como María Elena Ramos.

Había distintas edades allí, desde un muchacho como era yo, que tenía 20 o 21 años, hasta Hugo Achugar, que era un hombre entre los 40 y 50, y más o menos la misma edad entonces tenían Liendo y León. De modo que todos nos beneficiábamos de esa circunstancia: personas con distinto grado de desarrollo coincidiendo en un solo taller coordinado por Antonia.

Hay que decir lo siguiente: Antonia venía padeciendo desde mediados de la década de los años 60 una sordera progresiva. Cada participante que iba a hablar en el taller tenía que hacerlo por un micrófono para que las cornetas le permitieran, a Antonia, entender lo que esa persona estaba diciendo. Porque si ella no entendía, se aislaba y no participaba en el taller y se perdía su guía.

De modo que esto, que parece un detalle nimio, yo creo que tuvo importancia en la formación del taller, porque al hablar por un micrófono para que la guía del taller entienda, se miden mejor las palabras, se cuidan más, se precisan más los comentarios y la crítica de las observaciones que se hacían sobre cada texto presentado a consideración de esa mesa redonda de integrantes del taller.

A la par del taller Calicanto se decide hacer una revista que se llamó Hojas de Calicanto, una revista donde publicamos muchos de nosotros y donde aparecieron los primeros textos de muchos autores. Entre los más jóvenes del taller entonces estaban Yolanda Pantin, Luis Pérez-Oramas, Nelson Rivera, Igor Barreto, Rafael Castillo Zapata, Armando Rojas Guardia y un largo etcétera que me llevaría buena parte del programa enumerar.

Contemporáneamente al taller, incluso yo diría animada por la existencia del taller, Antonia continúa publicando. Publica en 1981 un libro de relatos que se titula Una plaza ocupa el espacio desconcertante. En 1983, otro de poesía, Multiplicada sombra. En 1985, La piedra y el espejo, de poesía también. En 1986, Largo viento de memorias, un libro de poesía. Y en 1991, Ese oscuro animal del sueño. Y el último que mencioné antes, Hondo temblor de los secretos, de 1993.

Poética, soledad y cierre

En la próxima parte del programa, la última, nos adentraremos en algunos aspectos esenciales de la obra de Antonia Palacios, entre otros su nocturnidad. Casi toda su obra, el último tramo de su obra, está escrito en papelitos que ella nota en medio del insomnio. Comienza a padecer un insomnio severo. Escribe en papeles, después al día siguiente por la tarde trabaja y modifica y va reestructurando, pero son textos que nacen de la experiencia del insomnio y de la noche. Sobre esto volveremos en poética y narrativa.

Y es cierto, pero también hay otros aspectos. Por ejemplo, en Textos del desalojo hay un sentido genésico, mitológico, en los textos que es sumamente curioso, porque pareciera hablar una voz que resume una suerte de psicología colectiva. Fíjense este texto que voy a leerles:

“Al principio éramos muchos. Andábamos dispersos, intentando tocarnos, escucharnos. El sitio era muy vasto y apenas alcanzábamos un leve roce o fugaz acercamiento. Algunos escaparon; otros comenzaron a ignorar. Los elementos comenzaron a cambiar costumbres, tanteándose en silencio, ciegos y sin aliento. Después fuimos muy pocos, apenas dos o tres, muy juntos y temblando. Al fin tan solo uno. Uno tan solo. Y la febril espera comenzó a extenderse por encima del desierto”.

Qué belleza de texto. Y donde ya se anuncia lo que ella consideraba que era el signo de su vida: ¿qué es la soledad? Eso le dice a Osvaldo Trejo en una carta en 1956. Le dice que su condición ontológica esencial, esa, es la soledad. Eso se retrata aquí, en este universo, como una horda primitiva que va quedándose sola, que van sus miembros dispersándose hasta que finalmente queda uno solo. En esa condición de soledad que Antonia tanto consideró como la suya.

En Multiplicada sombra, un libro también estremecedor y muy hermoso, se encuentra este texto que también voy a leerles:

“Estoy tocando tu ausencia como si tocara un muro, un alto muro cruzado por rayas, ondas. Trepo por sobre tus sombras y me empino junto al muro. Hay un invierno de aguas que deja manchas oscuras a todo lo largo del muro. Busco las partes blancas, las que tuvieron destellos, aquellas que coronaron el duro filo del muro. Tu ausencia va transcurriendo en una lentitud que asombra. El muro se va creciendo mientras yo me voy quedando al otro lado del muro”.

Este texto recuerda el poema de Fernando Paz Castillo, “El muro”. Y también es típico de la escritura de Antonia Palacios, que es muy dada a la recreación de espacios, a las geometrías, y también tiene mucho de metafísica. Porque la descripción del espacio en el fondo es una descripción de un estado anímico, de un estado psicológico. Y ese es un recurso que Antonia va a trabajar permanentemente.

Como también ocurre en este texto que está en Largo viento de memorias, donde ella dice:

“Hoy el peso del alma se hace denso y arrastra con ella el cuerpo. Hay charcos detenidos en el patio, espejeando los vacíos. Un insistente desvelo, rostros desdibujados, punzando apenas memorias. El reposo se hace lejos. Cómo me pesa mi cuerpo. El alma se ha escapado y está mi dormida bestia echada, está en lo más hondo”.

Aquí también hay una constatación de algo que está muy presente en su obra y es la presunción, la sensación de que alguien vive con ella más allá de ella misma. Que hay una especie de conciencia, o del otro yo, que está allí permanentemente con ella, apuntándole detalles, algunas veces apuntándole poemas que ella nota en papeles en medio de la noche. Algunos críticos han considerado esto como presencias fantasmáticas o fantasmagóricas en la obra de Antonia Palacios. En todo caso, a mi juicio, son voces de la psique que están allí hablándole, diciéndole algo, como esto, por ejemplo, este texto que voy a leerles:

“Despierta, no dejes que te invada el sueño. Cada hilo de luz, cada sonido presagio sondea el día. Intégrate a las cosas aunque todo se escape; siempre queda un algo, un leve matiz de presencias que fueron. Pon a girar tus manos, limpia tus espacios, descubre las esencias, las fragancias ocultas. Enciende la lámpara que los otros apagaron. ¿Qué importa que te quede solo un levísimo respiro? Vivir es infinito”.

Un texto también de contenido metafísico y ontológico, como vengo señalando desde el principio.

Es evidente que la obra poética de Antonia Palacios recoge una respiración interior, una indagación en el mundo de la psique y los espacios de la intimidad, en lo que nos ocurre por dentro. Pero también es evidente que esa indagación se articula a partir de los espacios exteriores, del paisaje y de los ambientes domésticos o la geografía.

Estamos, sin la menor duda, frente a una de las obras más conmovedoras en la narrativa y poesía venezolana. No escribió ensayo Antonia Palacios, salvo alguno que otro texto como el discurso cuando recibe el Premio Nacional de Literatura. Su obra está por ser leída, por ser revisada y por ser compartida por venezolanos de otro tiempo, de un tiempo distinto al que vivió Antonia Palacios en la Caracas del siglo XX.

Ha sido un gusto trabajar a esta autora a quien quisimos tanto y de quien fuimos tan amigos, a pesar de gran diferencia de edad. Yo era un muchacho que llegó a su taller a formarse y ella era una maestra ya entre los 70 y los 80 años.

Esto es Venezolanos. Habló para ustedes Rafael Arráiz Lucca. Me acompaña en la producción Meri Sosa. En la dirección técnica, Víctor Hugo Rodríguez y Fernando Camacho. Los espero la semana que viene cuando revisemos otra vida y obra de algún venezolano entrañable, como los muchísimos que hay. ¡Hasta pronto!

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