Arturo Uslar Pietri: ajuste de cuentas. Cap 1.
La última entrevista concedida por AUP, año 2000.
Transcripción
La casa y la entrevista
Esta es la última entrevista que otorgó Arturo Uslar Pietri. La sostuvo conmigo a lo largo de los meses de septiembre, octubre y noviembre del año 2000. Grabamos un buen conjunto de horas y yo después edité esta entrevista que voy a trabajar para ustedes a lo largo de estos cuatro programas.
Comencemos con la cuadrícula urbana caraqueña: comenzó a ser desbordada hacia finales del siglo XIX. Aquel trazado típico de la obra colonizadora española en América se desdibujó por efecto de la urbanización de las haciendas de la periferia. Uno de los primeros trazados urbanísticos hacia el este de la ciudad fue el de la urbanización La Florida, hacia la tercera década del siglo XX.
Allí queda la casa de Arturo Uslar Pietri, una edificación característica del tiempo en que fue levantada, bajo las pautas de diseño arquitectónico de Carlos Raúl Villanueva. Y la mayor parte de la existencia de Uslar transcurrió en esa residencia, el largo período de su vida matrimonial con Isabel Brown-Cerdell; el nacimiento de sus dos hijos, Arturo y Federico, encuentra marco entre las paredes de ese espacio austero.
El centro del inmueble, quién lo duda, está en la biblioteca. Las bibliotecas son dos rectángulos tapizados por estantes de madera: hay un rectángulo cuyos estantes son de caoba, madera oscura, y hay otro rectángulo cuya estantería es blanca. Apenas tres imágenes saludan entre la vivacidad de los libros: una miniatura de Bolívar pintada por Espinoza que le regaló su primo hermano y amigo entrañable Alfredo Boulton Pietri, y dos fotografías de enorme poder simbólico en la vida de Uslar. Una con el presidente Isaías Medina Angarita, en que firma a Uslar el acta como secretario de la Presidencia de la República, y otra fotografía con Jorge Luis Borges, cuando el gran escritor argentino estuvo de visita en Caracas, una única visita, el año 1982.
También hay una talla de madera oscura de Francisco Narváez, el gran escultor y entrañable amigo de Uslar. Esa talla dialoga desde la pared con la madera clara de los muebles del comedor, que son unos muebles, obviamente, escandinavos. Antes de esto, hay una suerte de recibidor, una columna vertebral que distribuye. Allí nos espera una vez que hemos franqueado la puerta: los mosaicos del piso son rojos con pequeñas ilustraciones, como medievales, y estos mosaicos me remiten al tiempo en que Caracas se hacía este tipo de piezas.
En el jardín de la casa hay un pastor alemán que expresa su poder amenazante, ladrando, una vez que un portón negro encuadrado en una pared cubierta de hiedra se abre para la entrada de los vehículos.
Desde hace casi veinte años vengo a conversar con el doctor Uslar con alguna frecuencia, pero solo ahora hemos decidido de mutuo acuerdo grabar unas cuantas horas de diálogo. El preludio de estos diálogos está en una entrevista que sostuvimos con motivo de sus 80 años, momento en el que el país entero se dispuso a celebrar su vida y su obra, e incluso sus adversarios históricos participaron entonces del homenaje.
El escritor ahora ha cumplido 94 años y se anima a hacer un recuento de sus avatares, a volver sobre sus obsesiones temáticas. Corren los meses finales del año 2000. Vamos del calor bochornoso de agosto al reconfortante fresco de septiembre, el cielo se va despejando.
Y aquí viene el primer capítulo en la entrevista que se titula “La estirpe familiar, los primeros años”, y digo lo siguiente.
Estirpe familiar y primeros años
El 16 de mayo de 1906 nace en Caracas el hijo de Arturo Uslar Santamaría y de Elena Pietri Paule. El primer Uslar en llegar a Venezuela fue Johann von Uslar, nacido en Locum, Hannover, en 1779. Servía en el Ejército inglés y, por tal motivo, en 1819 se embarca hacia Venezuela a luchar contra los realistas. Aquí llega al frente de un contingente de 36 oficiales y cerca de 300 soldados que lo conducen hasta la cúspide de la victoria patriota en la batalla de Carabobo. Evidentemente, Johann von Uslar formaba parte de la Legión Británica.
Una vez concluida la guerra, Uslar el alemán se establece en Valencia, donde contrae matrimonio con María de los Dolores Hernández. De ambos desciende el también general Federico Uslar Hernández, a quien sabemos partidario de la causa liberal de Guzmán Blanco, de quien fue condiscípulo.
Federico Uslar Hernández fue el padre de Arturo Uslar Santamaría y también abrazó la carrera de las armas y alcanzó el grado de coronel en el Ejército castrista.
Por la rama de los Pietri, los puntos de llegada a Venezuela como se sabe: los Pietri son corsos, y los corsos en Venezuela entraron todos por Carúpano o Río Caribe, y desde allí se movieron hacia otros lugares, pero esos fueron los puertos por los que desembarcó la gran inmigración corsa de principios del siglo XIX.
Su abuelo fue el médico y general Juan Pietri, quien llegó a desempeñar altísimos cargos en el aparato del Estado de su tiempo. De sus antepasados, Uslar Pietri conserva un lejano recuerdo. Por el lado paterno, Johann Uslar, que era un alemán hannoveriano que se había educado en Inglaterra, había ido con Wellington a España y, por unas razones difíciles de explicar, resolvió organizar una expedición en Alemania. Se vino con dos barcos y con una cantidad de voluntarios a Margarita, a sumarse a la independencia venezolana.
Yo le pregunto: ¿es su bisabuelo? Sí, el primer Uslar en Venezuela, me dice don Arturo. Le pregunto: ¿conoció a sus abuelos? “A algunos de ellos, a don Federico Uslar, mi abuelo paterno. Cuando él murió yo tendría cuatro años, pero a mi abuelo materno, el doctor general Juan Pietri, lo conocí más. Él murió siendo del Consejo de Gobierno y fue una figura política y militar muy curiosa. Cuando murió yo tendría seis años. Recuerdo que iba con mi madre a saludarlo con mucha frecuencia. Lo veo sentado en el corredor de la casa leyendo el periódico, con un gorrito en la cabeza, un gorrito de esos bordados. Tenía una barba y al entrar yo siempre le decía: ‘Bendición, gran papá’”.
Le pregunto: ¿aquel 16 de mayo en una casa caraqueña que quedaba entre las esquinas de Romualda y Manduca? Me dice Uslar: “Hasta hace poco existía. Cuando fui director de El Nacional hice que la retrataran para guardarla. Por ahí tengo un juego de fotografías, no sé cómo está ahora, no sé si la tumbaron o no. Después de Manduca viene Ferrenquín”.
Le digo yo: eso de darle nombre a las esquinas es cosa de Caracas. Dice Uslar: “El interior no es así, es una herencia colonial. Eso vino de un obispo que hubo aquí, muy religioso, y que resolvió, para poder rendir mayor culto a los santos, dedicarle cada esquina a uno distinto”. Se refiere Uslar al obispo Diez Madroñero, que fue el que le puso nombres a las esquinas de Caracas, casi todos religiosos, y después se extendió a nombres laicos.
Aquí apunto yo lo siguiente: en 1912 es inscrito en la Escuela Unitaria que dirige Alejandro Alvarado en su ciudad natal, pero al año siguiente lo cambian para el colegio de los padres franceses, bajo la égida del padre Benjamín Honoré. En 1916, su padre es nombrado jefe civil de Cagua y la familia se traslada a vivir a Maracay. Allí culmina la escuela primaria en la Escuela Municipal Felipe Guevara Rojas; luego es inscrito al bachillerato en el Colegio Federal de Varones en la misma ciudad. Acoto: en 1916 Uslar tiene 10 años cuando se mudan de Caracas a Maracay.
Y ahora él me responde después de esta observación: “Hice lo mejor que pude y tuve suerte de conseguirme algunos maestros muy buenos en Maracay, entre ellos el bachiller Rodríguez López, que era un hombre muy valioso, quien me enseñó mucho sobre el conocimiento de la naturaleza”.
En ese entonces Maracay era un pueblo, le digo yo. “Era un pueblo que tenía cuatro mil habitantes”, me dice, “pero tenía unas casas grandes muy buenas porque Maracay tradicionalmente ha sido una ciudad preferida por los caudillos. A Páez le gustaba mucho Maracay y a Gómez, desde luego, es que el sitio es muy bonito, esos valles son preciosos”.
Le digo yo: es muy bonito. “Sí, pero ahí está La Victoria, que era más ciudad y sin embargo la gente prefería Maracay”.
Maracay, Gómez y juventud
De su infancia en Maracay nos llega a la anécdota de su primer encuentro con el general Gómez. Él me cuenta lo siguiente:
“Yo iba para la escuela a las dos de la tarde. Iba con alguno de los compañeros repasando la lección y cogí la acera de la casa del general Gómez y venía absorto en mis cosas. Y de repente sentí que iba a tropezar con alguien, ¡y era el general Gómez!, que venía caminando como un policía por toda la guardia”.
“Venía con uno de esos trajes raros que él usaba”, le pregunto yo. “Sí. Él se vestía de modo muy caprichoso. Usaba unas botas sueltas de cuero muy fino hasta las rodillas. No usaba, salvo en actos oficiales, gorra militar; usaba generalmente un Panamá y una guerrera que no era regular tampoco porque no usaba correaje. Lo que se ponía era la presilla de general jefe y usaba unas blusas de tela de seda”.
Hasta aquí. En esta primera parte del programa. En la próxima continuamos con esta descripción maravillosa que Uslar hace del general Gómez en su encuentro siendo un niño, en Maracay. Ya regresamos.
Teníamos refiriendo en la parte anterior del programa el encuentro de un niño que va por la acera y se topa de repente con el general Gómez en Maracay. El niño era Uslar.
Y yo le digo: probablemente Tarazona iba con él ese día. Y él me dice: “No. Tarazona no salía con él como edecán. Tarazona le servía en la mesa. Fue su asistente desde la época de las campañas, un hombre de su absoluta confianza, claro”.
Le pregunto yo: ¿era un indio, no? “Creo que era más negro que indio. En esa casa del general Gómez, en Maracay, él tenía cosas muy valiosas, pero todo eso desapareció. Recuerdo que tenía un cuadro de no sé cuál pintor venezolano, en el que estaban los hombres de la Revolución Libertadora. Entre ellos estaba mi abuelo. También recuerdo que tenía una copa de oro grande, muy bonita, y se la regaló a una compañía petrolera. Sobre un escritorio en un rincón desde donde despachaba el general Gómez”.
“A mí me contaban Rubén González —que fue ministro del Interior— que un día en que fuera a darle cuenta allí donde estaba el escritorio —en una mesita al lado— vio un folletico que el propio González había publicado años antes. Se llamaba El gañán de la mulera. Entonces cuando González entró y vio el folletico, Gómez le dijo: ‘Alguien no es amigo suyo lo trajo, pero no se preocupe doctor, eso lo escribió usted cuando no éramos amigos. Ahora somos amigos y eso ya no importa’”.
Es una escena típicamente gomecista, le digo. Entonces, en aquella infancia maracayera, nació su amistad con un hijo del general Gómez, Florencio, y la consecuente cercanía doméstica con el general, además de que su padre trabajaba a su servicio. Y él me dice:
“Yo fui amigo desde niño de Florencio Gómez y el pobre negro Gómez murió un día en Caracas. Era una excelente persona. Tuvimos una amistad toda la vida y eso me permitió ver unos aspectos muy interesantes de lo que era la vida de Gómez. A veces este se iba de Maracay a El Trompillo, a Higüerote, cuando le compró esas haciendas a Pimentel, y entonces Florencio se empeñaba en que me fuera con ellos y a veces lo hacía. De modo que pasé muchos días en la misma casa del general y me sentaba en la misma mesa”.
Le pregunto: ¿era de buen comer el general Gómez? “Cómo no, pero le gustaba la comida muy tradicional, hervidos y cosas de esas. Y hablaba poco”. Me dice: “No. A veces estaba muy hablachento, a veces se ponía a recordar, sobre todo cuando estaba allí Tobías Uribe, que fue su compañero de infancia”.
Le pregunto: ¿en qué se iban hasta El Trompillo? “En un carrito, por carreteras que estaban parcialmente pavimentadas. En esa ruta conocí Magdaleno, una aldeíta que sale en Las lanzas coloradas. A veces el general Gómez comentaba la impresión que le produjeron los primeros negros cuando salió del Táchira. En esa época no había negros”.
¿Alguna vez oyó al general Gómez hablar de Castro? “No”, me dice Uslar.
Los años de la infancia y la adolescencia, digo yo, que suelen ser los de la primera formación fundamental, transcurrieron, como vemos, en Maracay. De esos días, la opinión que hoy en día formula nuestro autor no es la más condescendiente. Uslar se va a referir ahora a su educación en la escuela primaria y miren lo que dice, escuchen lo que dice:
“Mi formación fue muy pobre. Crecí en una aldea y mi primera apertura al mundo fue cuando fui a Francia el año 1929, cuando pude quedarme allá a lo largo de cuatro años. La mayor parte de mi formación tuvo lugar en colegios públicos de poco vuelo. Y no fui un estudiante brillante, nunca lo fui”.
Le pregunto: ¿algún maestro además del bachiller Rodríguez López en la ciencia le enseñó el camino de la literatura? “No. En verdad mi educación fue muy mala y fallé toda en colegios públicos”. De modo que usted se educó a sí mismo. “Bueno, sí, gracias a la vida y la curiosidad, por mi cuenta”.
Y ahora digo yo: pero el joven Uslar no va a terminar el bachillerato en Maracay. Primero pasa seis meses estudiando en Valencia, en el colegio salesiano interno. Luego se muda a Los Teques con su familia en 1923 y estudia en el Colegio San José. ¿Y él va a explicar por qué?
“Yo viví en Los Teques un tiempo porque sufría un paludismo pernicioso que me iba matando y el médico recomendó aquel clima. Mis padres se mudaron para allá. Tuve una gran suerte, mi padre y mi madre se ocuparon mucho de mí, fueron excelentes conmigo”.
Usted tuvo un hermano menor, ¿no es cierto? “Sí, diecinueve años menor que yo. Ya murió”. De modo que usted creció como un hijo único. “La verdad es que sí, evidentemente, y eso me obligó a cierta soledad, a vivir mucho tiempo solo”.
Digo yo: en 1924, a los 18 años, el joven Uslar presenta su tesis para optar al título de bachiller. Se titula Todo es subjetividad. El mismo año se ha admitido en la Universidad Central de Venezuela para seguir estudios de Derecho. Comienza su vida adulta en Caracas en la soledad de las pensiones, ya que sus padres regresan de Los Teques a Maracay. Esto era típico de los venezolanos de su tiempo: sus padres permanecían en residencias del interior y los muchachos se venían a estudiar a Caracas y vivían en una pensión. Ese es el caso de generaciones y generaciones venezolanas.
Aquí sigue contando Uslar su llegada a Caracas. “Cuando entré en la universidad, mis padres permanecían en Maracay y yo vivía aquí en casa de pensión. De entonces recuerdo que en la misma casa vivía el Cabezón Grusiyaga. Para un hombre de su edad, Rafael, es muy difícil comprender la pobreza, el aislamiento, la ignorancia, la precariedad y la limitación de lo que era la vida venezolana hasta la muerte de Gómez. Era una cosa terrible. Lo que había aquí era muy inhóspito, el ambiente. En esa época nos reuníamos mucho en la Tipografía Vargas, la imprenta. Precisamente de Grusiyaga, el Cabezón, como se le decía, que era un alma de Dios, un excelente amigo, y nos sirvió a todos de apoyo o ayuda. Yo, que fui de los primeros que publicó un libro, lo logré en parte porque mi padre me ayudó y en parte por las facilidades que Grusiyaga me dio”.
Ahora explico yo lo siguiente: los años universitarios del joven Uslar entre 1924 y 1929 obviamente serán fundamentales para la historia política y literaria de Venezuela en el siglo XX. Ya entonces Uslar colabora con frecuencia en la revista Élite, mientras se desempeña como escribiente con el Juzgado de Primera Instancia en los bienes del Distrito General.
En 1928 va a fundar la revista de la vanguardia literaria venezolana, Válvula, publicación de un solo número, y entregará su primer libro de cuentos, Barrabás y otros relatos. Pero así como sus compañeros de generación lo encuentran en primera fila, no ocurre lo mismo en política. Mientras la mayoría enfrenta a Gómez, Uslar hace silencio. En varias oportunidades ha ventilado este asunto y siempre ha confesado que hubiera sido muy difícil para él enfrentar el régimen, para el que trabajaba su padre, el régimen presidido por el padre de sus amigos entrañables de infancia, los que acabamos de nombrar, Florencio Gómez, entre ellos.
Y ahora dice Uslar: “La generación del 28 es un mito que hay que revisar. La generación literaria fue muy pequeña y en ella yo sí tuve una participación muy grande por el famoso editorial de la revista Válvula, pero lo que después se llamó, por intereses políticos, la generación del 28 fueron aquellos estudiantes que protestaron contra Gómez en Caracas”.
Como vemos, Uslar minimiza la importancia de la Generación del 28. Cosa que, bueno, se entiende desde su posición, pero no es precisa. En 1929 vemos que se gradúa de doctor en Ciencias Políticas con la tesis siguiente: El principio de no imposición de nacionalidad y nacionalidad de origen. E inmediatamente parte hacia París con un cargo diplomático: es designado agregado civil de la delegación de Venezuela en Francia. Y a su vez es designado secretario de la Delegación de Venezuela ante la Sociedad de las Naciones.
Y aquí comienza otra etapa que en nuestro trabajo denominamos “París era una fiesta”. Son los años parisinos de Uslar que van a ser motivo de exaltación permanente en el momento en que el autor hace el recuento de su vida. No es para menos: el mundo le abre sus puertas. Es la primera vez que sale de Venezuela, cuenta con 23 años y todas las ganas de hacerse un escritor.
Al no más llegar a la capital de Francia asiste a las tertulias que presidía Ramón Gómez de la Serna, nada menos, y en ellas conoce a quienes van a ser sus amigos más cercanos en su experiencia europea. Me refiero a Miguel Ángel Asturias, a la traducción de su primera novela al francés, todos ellos personajes de aquel París mítico de los años 20 y 30.
Y entonces dice el propio Uslar: “Me fui a París el año 29 y me quedé, afortunadamente para mí, cuatro años y pico, que fueron muy importantes. Descubrí el mundo. Salí de una Venezuela muy atrasada, aislada, muy ignorante, y me soltaron en medio de aquella fiesta, como decía Hemingway. Una fiesta en una época muy rica, eso que llaman la Europa de entreguerras, la época del surrealismo o de la revolución rusa. Una época muy fecunda, llena de innovación, de motivaciones. Fue el momento en que aparece Sartre”.
En la próxima parte del programa seguiremos escuchando esta descripción de Arturo Uslar de su llegada a París. Ya regresamos.
París y días del poder
En la parte anterior del programa venía Uslar refiriendo su viaje a París y sigue diciendo:
“El viaje fue épico. El barco salía de La Guaira y tocaba en Carúpano, luego en Trinidad, Barbados, Martinica... Allí cargaba carbón y el vapor se llenaba de polvo. Luego llegaba a Guadalupe hasta que finalmente llegaba a Le Havre, 12 días después. En aquellos barcos que se movían mucho se leía. También había una orquestica y la gente bailaba. Otros, como el Colombie, en el que regresé casi cinco años después, tenían una piscina”.
Allá surgió la idea de escribir Las lanzas coloradas. Le pregunto si surgió su idea en París. Y él responde lo siguiente. Esto es muy interesante:
“Yo siempre he sido muy venezolano. Me preocupaba la llegada de 1930, que era el año del centenario de la muerte de Bolívar, y me preocupaba qué íbamos a hacer los jóvenes venezolanos con ese centenario. Entonces le escribía a Rafael Rivero, que se ocupaba del cine, a ver si hacíamos una película. En aquellos días yo había visto una película que me había impresionado mucho de un autor ruso, que se llamaba Tempestad en Asia, y entonces pensé que podríamos hacer algo parecido: una película sin protagonista como una rememoración o el descubrimiento de nuestra civilización. Pero aquellos sueños no terminaron en nada y bueno, el guion que era Las lanzas coloradas se convirtió en una novela”.
No es poca cosa. Le digo yo. Me dice Uslar: “Sí, la escribí en tres meses. En esos tres meses no hice otra cosa”. Y me dice Uslar: “Sí, trabajaba en la delegación venezolana con César Zumeta, un hombre muy fino con quien estuve en estupendas relaciones. Le servía de secretario”.
Él medita cartas y otros documentos, conoce a fondo la historia de Venezuela. Después de aquella primavera en que escribe su primera novela, Uslar viaja a Italia. Al año siguiente hace un alto en sus labores y viaja a España, busca un editor para su primer fruto novelístico. Lo consigue: editorial Zeus, Madrid. Y el éxito es inmediato. Se pone en marcha el mecanismo de la traducción y en años siguientes salen a la calle las versiones francesas y alemanas.
Se detiene al mismo año con sus amigos Asturias enfrente de las pirámides de Guiza, en Egipto, un viaje que para él fue inolvidable. Su vida parisina sigue en marcha, pero ya no es un autor inédito y, por el contrario, el aprecio de los hispanoamericanos residentes en París va en ascenso.
De su novela, en 1970 Asturias escribe un prólogo. Entonces recuerda sus años parisinos —recordemos: en 1970 han pasado 40 años de la novela, porque Las lanzas coloradas es de 1931— y dice lo siguiente Asturias. Voy a leerles parte de su prólogo:
“¡Ah, Las lanzas coloradas! Medio siglo ha pasado. Montparnasse, otro Montparnasse. El Falstaff aún queda. Está como entonces, un café-bar rincón entre holandés y noruego, propio para que la figura nórdica de este joven escritor venezolano, alto como escalera, de modales medidos, diera lengua suelta a su creación novelística, leyendo por algunos amigos Las lanzas coloradas, novela con claves para la interpretación de nuestra realidad americana. Esta, desde entonces, nuestra preocupación de novelistas. Lo americano, nuestro andando y hablando. Así teníamos que hacerlo, de paso, y con nuestras palabras, fábula y epopeya, descubrirnos nosotros en medio de la más demoledora revolución literaria de los últimos tiempos: el surrealismo. Apresuradamente, para salvarnos con lo propio, con lo nuestro”.
Digo yo que años después el propio Uslar rememora sus tiempos parisinos en una crónica de viaje signada por la nostalgia. Va de visita a la ciudad que le abrió las puertas siendo un joven. Si el párrafo que les leía anteriormente era de Asturias, el que voy a leerles ahora es de Uslar, y dice así:
“Hace veinte años yo era muy joven y vivía en París. Estaba entregado a esa ciudad como una fascinación mágica. Su color, su olor, las formas de vida me parecían el solo color, el solo olor y las únicas formas de vida apetecibles y dignas de un hombre verdaderamente culto. A veces me ocurría soñar que había marchado y me despertaba en mitad de la noche con el sobresalto de una pesadilla. Cuando salía a un corto viaje, el regreso me parecía una maravillosa fiesta”.
El amor de Uslar por París fue muy grande, como podemos observar. Y en la misma crónica más adelante él dice lo siguiente:
“La gente que se da a París no solo lo sienten como el centro del mundo, sino además como si todo el mundo válido estuviera resumido y puesto en él. No solo sienten que han recibido todo lo más deseable para el hombre de su mejor forma, sino que además sienten la ilusión de no haber renunciado a nada”.
Esto es muy importante: siente la ilusión de no haber renunciado a nada. La idea es que todo está en París; era la ciudad luz, etcétera. Bueno, esto ha cambiado un poco, pero estamos hablando del hombre que está viviendo en París en 1928-29-30 y 31. De modo que años después aquel joven regresa a vivir la ciudad imantada, pero ya lo hace como embajador de Venezuela ante la Unesco.
Entonces Uslar cuenta casi 70 años y el presidente de la República de entonces, Carlos Andrés Pérez, en su primer gobierno, lo designa embajador de Venezuela en la Unesco. Esto ha debido ser en el año 74. Uslar tenía entonces unos 68, casi 69 años. Habrían pasado entonces 50 de su primera estadía en París.
La primera fue la del joven funcionario diplomático. Esa estadía de Uslar en París concluye en enero de 1934, cuando la notificación del fin de su gestión en Francia ha llegado a la sede del embajador, y entonces Uslar emprende su primera vuelta a la patria.
A partir de aquí el capítulo que viene yo lo titulo Los días del poder, porque el trabajo que le espera a Uslar al regresar al país es el de presidente de la Corte Suprema de Justicia del estado Aragua, pero no permaneció mucho tiempo allí.
Va a fundar en 1935, con sus amigos Alfredo Boulton, Julián Padrón y Pedro Sotillo, la revista El Ingenioso Hidalgo, una publicación que comienza a dar a conocer sus relatos. Pero será en la revista Élite donde publique uno de sus mejores cuentos, uno de los memorables; me estoy refiriendo a La lluvia.
Y su amistad con los Gómez, que no conoce fisura, y el día de la muerte del general, el joven Uslar está en la casa en que ocurre el suceso de la muerte del general Gómez. Es importante escuchar lo que él refiere porque también se ha creado una leyenda sobre la muerte de Gómez. Entonces escuchemos de un testigo presencial cómo fueron los hechos.
Dice Uslar: “Estaba allí cuando él murió en el alto de la casa, como a un cuarto para las doce. Al minuto bajó Santos Matute y llamó al general López Contreras y le dijo: ‘Acaba de morir el benemérito general Juan Vicente Gómez’. Trasladaron el cadáver para Maracay en la madrugada, en un furgón, por la carretera de Las Delicias. Cuando yo estaba haciendo la investigación para escribir Oficio de difuntos conversé mucho con José María Márquez, uno de los edecanes de Gómez, y cuando él comprendió que yo iba a utilizar honestamente su información, pues se franqueó mucho conmigo”.
“De las conversaciones con él recuerdo una anécdota muy significativa. Me contó que el general Gómez salía dos veces al día en un automóvil que se desplazaba lentamente, con un carro de edecanes por toda escolta. Iba para la finca de los alrededores y se paraba a hablar con los campesinos. En una finca vivían unas viejitas que, cuando se paraba el automóvil, ellas venían a conversar con él y le regalaban 200 bolívares. Un día no aparecieron las mujeres y él preguntó por ellas y le respondieron que las habían matado para robarlas. Ordenó que buscaran al asesino, hasta que horas después llamaron de La Victoria afirmando que allí tenían preso al hombre que había matado a las viejitas. Llamaba el jefe civil y quería saber qué hacía con el preso. Gómez le manda decir: ‘No lo deje allá ni tampoco me lo mande’”.
Bien. Y con el advenimiento sucesoral del general López Contreras, Uslar pasa a trabajar en el Ministerio de Hacienda como jefe de la sección de economía y luego como director de política. Compite sus labores con las editorialistas del diario Ahora y las de presidente de la Sociedad de Escritores de Venezuela.
Entonces publica su segundo libro de relatos, Red, un libro de 1936; fundan entonces la revista de Hacienda. Y estos años de interés por los asuntos de la economía lo llevan a ser profesor de Economía Política en la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Venezuela y luego promueve la creación de una Escuela Libre de Ciencias Económicas y Sociales que va a ser la semilla de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la actual Universidad Central de Venezuela.
Sobre esto me dice lo siguiente, Uslar: “Yo fui el que introdujo los estudios económicos en la universidad y no existía una cátedra de economía. Entonces hablé con Castillo, que era el rector, y me reuní con José Joaquín González Rondón, Tito Gutiérrez Alfaro y José Manuel Hernández-Ron, y entre todos fuimos preparando un cuerpo de textos que luego se publicó con el título de Sumario de economía venezolana”.
Para entonces, digo yo, ya el general López ha advertido que este colaborador puede enfrentar destinos mayores y a comienzos de 1939 Uslar es nombrado director del Instituto de Inmigración y Colonización, recientemente creado. Y él dice:
“Cuando me nombraron director de este instituto me encontré con una cosa horrible, un disparate. Estaban trayendo daneses para que trabajaran en haciendas venezolanas. Entonces traté de organizar aquello. En una oportunidad convencí al general López Contreras de traer a un grupo de casi 300 vascos y me cayeron encima porque yo había traído una manada de comunistas. Así. El diario El Esfera al día siguiente editorializó que los vascos habían colocado una ofrenda floral en frente de la estatua ecuestre de Bolívar y cantaron una canción de su folclore”.
Interesante esta anécdota. Y hacia mediados de año, nombrado ministro de Educación —tiene 33 años Uslar—, él acepta el reto que le ofrece el general tachirense y él va a referirnos lo siguiente:
“Cuando a mí me nombraron ministro de Educación yo no me había casado todavía, vivía con mis padres. Un día me llamó López Contreras, pero antes había ido a casa de Diógenes Escalante a verme, y me dijo que me iban a ofrecer el ministerio, que lo aceptara. En efecto, en la tarde llamó el presidente López Contreras y me trasladé hasta su casa en La Quebradita y me preguntó: ‘¿Escalante habló con usted?’ ‘Sí’, le respondí, pero le digo lo mismo: yo no tengo el premio de ser ministro. Ya habían pasado varios ministros por allí y habían fracasado. A lo que el general me respondió: ‘Es cierto, pero no he sido yo quien ha quitado a esos ministros. A ellos se les cayeron los pantalones’. Acepté el cargo”.
“Un ministro entonces ganaba 5.000 bolívares y 1.500 en gastos de representación. Lo primero que hice fue hacer un viaje por el país para pulsar la situación de la educación. En mi gestión al frente del ministerio conté con gente estupenda. Le debo mucho a la ayuda de Augusto Mijares, un hombre valiosísimo que ha sido olvidado lamentablemente. También estuvo un tiempo conmigo Mariano Picón Salas y hizo una labor estupenda en el Pedagógico trayendo a los profesores chilenos”.
“En una oportunidad Vicente Fuentes, que era mi director de administración, me dijo que había un millón de bolívares en una partida en suspenso. Entonces le dije: guarda eso allí, y le propuse al general López que fundáramos la Biblioteca Popular Venezolana. Allí se publicó a Humboldt, a Codazzi, a Baralt, la antología del cuento venezolano y la de la poesía venezolana. Todo se hacía con las uñas”.
“Luego me tocó presidir la comisión que redactó la Ley Orgánica de Educación. Fueron años de mucho trabajo”.
Digo yo ahora: en 1941, como era ya tradición de la hegemonía andina, el ministro de Guerra y Marina del presidente López Contreras, Isaías Medina Angarita, asume la Presidencia de la República. Es electo en un Congreso, en unas elecciones de segundo grado, al igual que sus antecesores. Es militar y tachirense.
Entonces le ofrece la Secretaría de la Presidencia al joven Uslar, quien ya se había fogueado en el Ministerio de Educación. Y esto es lo que va a decir Uslar sobre esto:
“Yo tuve la suerte de trabajar con dos presidentes muy importantes, que fueron López Contreras y Medina. Particularmente con Medina, con quien tuve una amistad personal muy grande toda la vida. Hasta que murió Medina, era un hombre excelente. Es lo que antes llamaban un patriota, muy venezolano. Sentía mucho el país y lo sirvió”.
Él decía, y lo repetía muchas veces: “Yo nací militar”, porque él entró a la escuela militar y toda la vida estuvo en las Fuerzas Armadas de Venezuela, y decía también: “Y me moriré militar, pero nunca seré militarista”.
Yo le pregunto a Uslar: ¿y usted nunca pensó en ser militar? “No, no”, me dice. “En aquella época hacer militar era un castigo; cuando un joven era muy revoltoso y molesto, intranquilo, lo amenazaban con meterlo en un barco de guerra”.
Esa circunstancia, obviamente, le digo yo, pesó mucho en el futuro político de Uslar. Era difícil que alguien ajeno a la estirpe tachirense y además civil llegara al poder. El mismo Uslar relata la línea de sucesión. Dice Uslar: “Gómez designó a López su sucesor en el año 30 y todavía le duró cinco años. Era evidente que era el sucesor, tenía todo el mando militar. Yo les digo: un hijo de Gómez aspiraba también. Decían que José Vicente, pero eso no tuvo ninguna base. Cierto día en que se presentó José Vicente en su rutina diaria de vicepresidente de la República, el general Gómez estaba resuelto a apartarlo y le dijo: ‘Vicente, antes que salgamos vete a tu casa y quítate el uniforme y vuelve’. Y este le obedeció y regresó para salir con su padre en blusa”.
Tenía muy claro los símbolos del poder, le digo yo. “¿Cómo no?”, me dice Uslar. “López también escogió a Medina”. Le digo yo: sin duda, ya Medina había trabajado con él en el Ministerio de Guerra. Durante el proceso de la muerte de Gómez se venía creando una hegemonía tachirense desde los tiempos de Castro, me dice Uslar.
Bien, vamos a llegar hoy hasta aquí en esta conversación con Arturo Uslar Pietri, en su casa, en los meses finales del año 2000. Ha sido un gusto hablar para ustedes. Soy Rafael Arráiz Lucca y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Me acompañan en la producción Inmaculada Sebastiano y Fernando Camacho, y en la dirección técnica, Fernando Camacho. A mí me consiguen en mi correo electrónico rafaelarraiz arroba hotmail.com y en Twitter arroba rafaelarraiz. Hasta nuestro próximo encuentro en esta serie de cuatro programas sobre Arturo Uslar Pietri: ajuste de cuentas.