Antonio Arráiz
Escritor y periodista fundamental del siglo XX.
Transcripción
Orígenes y Nueva York
Les habla Rafael Arráiz Lucca. Hoy hablaremos de Antonio Arráiz, venezolano nacido en Barquisimeto en 1903 y fallecido en Nueva York en 1962. Nace el 27 de marzo de 1903 en Barquisimeto, hijo del doctor Juan Arráiz y de Concepción Mujica. Pertenecía a una familia enraizada en el estado Lara y el estado Yaracuy, prácticamente desde los tiempos de la fundación de Carora y de Barquisimeto.
El apellido Arráiz en principio proviene de Navarra, digo en principio porque hay otras teorías sobre el tema, pero la más aceptada es esta: procede de Navarra y quiere decir, en lengua euskera, “la roca”. Y Navarra es un toponímico: hay una pequeña puebla, como dicen los vascos o los navarros en este caso, con el nombre de Araiz.
En el caso de Antonio Arráiz Mujica, la familia Arráiz-Mujica se muda a Caracas desde Barquisimeto en 1911 y los muchachos de esa familia van a estudiar en el Colegio Alemán, que entonces en Caracas era un colegio muy prestigioso, con muy buen nivel educativo. Luego cursa su bachillerato en el Liceo Andrés Bello y a los 16 años Antonio Arráiz toma una decisión muy extraña para su tiempo: le dice a sus padres que se va a Nueva York y se embarca en La Guaira.
Los padres no lo detienen, se alarman por supuesto, y no lo detienen. Él les dice que quiere ser actor de cine o, en su defecto, aviador. La verdad es que ni un proyecto ni otro se hizo realidad.
Pasa tres años en Nueva York y regresa a Caracas después. Entonces ha sobrevivido esos tres años lavando platos en los restaurantes de Manhattan, fue caletero en los puertos de la isla de Manhattan. Y eso sí: de allá se trajo el conocimiento de la lengua inglesa y se fascinó con la poesía de Walt Whitman.
Cuando ese muchacho regresa —se fue a los 16 años y regresa a los 19— por supuesto su vida ha cambiado para siempre. No solo ha enfrentado las mayores adversidades, sino que ha aprendido otra lengua, ha vivido en otra lengua.
El fracaso tiene sus tesoros también, porque esa experiencia neoyorquina lo obligó a desempeñar oficios humildes: limpió alfombras, fue empleado de una empresa que exportaba telas, cargó cajas en un astillero, fue obrero en una fábrica de galletas. Todas estas tareas a destajo las desempeñó hasta que no tuvo más trabajo y se quedó a dormir en el banco de la plaza. En ese banco lo consigue por casualidad un amigo de su padre y le facilita el dinero para que se embarque en alguna línea naviera que fuese a La Guaira y regresara a Venezuela, porque estaba ya al borde de la indigencia y viviendo, durmiendo, en los bancos de las plazas. Y así es como él se viene y está de vuelta en Caracas en 1922.
Para entonces, como luego dijo su amigo Arturo Uslar Pietri, ya había leído a Homero, a Búfalo Bill y, por supuesto, a Walt Whitman. Lo mismo cree su biógrafo más acucioso, Juan Liscano. Decía: si Whitman pudo conmoverlo, también lo hizo Homero.
El punto es central porque de no haber leído en estos años neoyorquinos a Whitman, la poesía que va a escribir Arráiz no se entiende. Ya en Caracas comienza a trabajar en una empresa distribuidora de películas y él se encarga de la publicidad allí.
En paralelo traba una amistad muy sólida con el poeta Luis Enrique Mármol. Entre ambos se dedican a dos fervores que tienen entonces: escribir poesía y practicar esgrima. Y a eso se dedican además de su trabajo, en sus tiempos libres. Comienza entonces a escribir sus poemas que van a formar parte del libro Áspero, publicado en 1924, un libro al que la crítica unánimemente considera el inicio de la vanguardia poética en Venezuela.
Es un libro desenfadado que aborda temas que para entonces la poesía nunca antes había trabajado; es un libro que es un hito, de eso no hay la menor duda. Está compuesto por versos libres, temas antipoéticos y el tratamiento del lenguaje también es antipoético, incluso bárbaro, como se dijo entonces. En todo caso, lo que estaba comenzando a hacer Antonio Arráiz lo alejaba de la preceptiva romántica, del canon romántico imperante; también se alejaba del canon del modernismo retórico que entonces se cultivaba con mucho énfasis.
Quien mejor explica lo que significó este libro es precisamente Uslar, cuando escribe un prólogo para la segunda edición de Áspero, que es de 1939. Entonces dijo Uslar en su prólogo: “Pocos libros como este han tenido una importancia mayor en la orientación de la conciencia de un grupo de hombres que a su vez han influido en la orientación de la conciencia colectiva”.
No es poca cosa lo que está diciendo Uslar Pietri y, en verdad, fue así: un poemario que sacudió el universo de la poesía venezolana. Allí en ese libro podemos captar una vocación americanista y, como venimos diciendo, un desdén por las formas poéticas de aquel tiempo. Arráiz desarrolla una palabra directa, sin metáforas, dura y seca, que corre hacia su referente a toda velocidad.
No está presente la experimentación lúdica típica de la vanguardia; no está presente el ideograma ni la nueva conciencia espacial. Pero sí está presente la urgencia renovadora, el viril espíritu afirmativo y la solidaridad wittmaniana.
Ya lo dijo Picón Salas, nada menos que don Mariano Picón Salas, refiriéndose a este libro: “El libro más desnudamente dedicado al sol que haya producido la nueva poesía venezolana se llama Áspero, de Antonio Arráiz”.
Áspero, cárcel y Parsimonia
Muy bien. También ocurre en 1928: sin ser Arráiz estudiante universitario en aquel momento, se suma con sus versos a las celebraciones de la Semana del Estudiante, aquella que convocó la Federación de Estudiantes de Venezuela, que entonces la presidía Raúl Leoni. Arráiz es hecho preso en abril de 1928 y comienza para él un calvario de siete años: estuvo siete años preso.
En la cárcel de La Rotunda, en el Castillo de Puerto Cabello y en la cárcel de Las Tres Torres, en Barquisimeto. Cuando sale es un hombre muy flaco y con los tobillos maltrechos por el peso de los grillos. Sin embargo, sus siete años en la cárcel los emplea en aprender dos lenguas más: el francés y el alemán. Las aprende con presos que hablaban francés y alemán. Y siete años preso son muchos años, y pudo aprender esas dos lenguas con bastante fluidez.
A su vez está escribiendo en la cárcel y saca en papelitos subrepticios, en las viandas que les hace llegar su familia, poemas. Y logra que en Buenos Aires se publique el poemario completo. Ese poemario se titula Parsimonia y fue publicado en Buenos Aires en 1932. Como vemos, salió por los caminos verdes y llegó a la Argentina. En esas cárceles también se va a gestar una novela estremecedora de la que hablaremos luego: Puros hombres, donde se recoge la experiencia del encierro con un realismo que para algunos lectores es difícil de soportar.
En la próxima parte del programa veremos entonces estos libros que nacen de la experiencia carcelaria y estos poemas escritos en la cárcel pero que muy poco tienen que ver con la experiencia carcelaria. Ya regresamos.
Comentábamos en el anterior del programa que Arráiz logra sacar de las cárceles de Las Tres Torres y de La Rotunda, la primera en Barquisimeto y la segunda en Caracas, en papelitos escondidos, los poemas que van a formar parte del libro que se publica en Buenos Aires, Parsimonia, en 1932. Y esa experiencia carcelaria la va a recoger en su novela Puros hombres, de 1938. Esta novela, junto con Memorias de un venezolano de la decadencia, de José Rafael Pocaterra, constituye uno de los fundamentales testimonios literarios del infierno de la tiranía gomecista.
Cuando muere el general Gómez, Arráiz sale de la cárcel y se va a Colombia; luego se va a Ecuador y por allá va a pasar unos cuatro meses viendo otros lugares del mundo. Regresa a Venezuela en abril de 1936.
Y en ese poemario del que venimos hablando, Parsimonia, están algunos de los poemas venezolanos más celebrados de Arráiz. Allí está un poema muy famoso que les voy a leer en su totalidad. Muchos de los oyentes lo recordarán porque alguna vez lo han oído o leído, y muchos otros será la primera vez que lo escuchen. Dice así:
“Quiero estar en ti, junto a ti, sobre ti, Venezuela; pese aún a ti misma quiero quedarme aquí, firme y siempre, sin un paso adelante, sin un paso hacia atrás. He de amarte tan fuerte que no pueda más. Y el amor que te tenga a Venezuela me disuelva en ti. Quiero ser de ti misma, de tu propia sustancia como roca, o quizás echar hondas, infinitas raíces, enterrarme los pies como árbol y plantarme en ti, de tal modo que no me conmuevan. Bien podrás darme cieno a beber, y cuando yo te humedezca de sudor, contestarme con tus áridos cardos como sola comida. O quizá se te ocurra flagelarme la cara con tus brisas y tus lluvias más frías, o tal vez concentrar en mis corvas espaldas tu sol lacerante. Aunque seas mala madre, estaré adherido a ti, Venezuela, adherido de amor, y sumirme sentiré de ti, buena o mala, tu vida propia como savia”.
Este es un poema sumamente conmovedor sobre la relación con la patria. Y bueno, si en Áspero se expresaba la crispación, en Parsimonia, como el mismo vocablo lo indica, el poeta accede a espacios reflexivos menos signados por la urgencia, pero no por ello menos dolorosos o menos conmovedores como este poema que les acabo de leer: “Quiero estar en ti, Venezuela”, y lo que sigue.
Cierto es que la presión que hace de Áspero un cuerpo compacto se difumina en Parsimonia, ya que Parsimonia es un libro más amplio o más vasto y misceláneo, si se quiere.
A partir de abril de 1936, cuando el general López Contreras abre las puertas de la nación y Arráiz regresa de su viaje a Colombia y Ecuador, le ofrecen un cargo público. Y es entonces cuando el general López lo designa director del Instituto Técnico de Inmigración y Colonización, que estaba diseñado expresamente para resolver un problema grave que tenía Venezuela desde los tiempos coloniales: el problema de la despoblación. Se buscaba que los inmigrantes que llegaran fuesen mano de obra calificada, con conocimiento de artes y oficios.
En paralelo al desempeño de este cargo, Arráiz va publicando su obra literaria. Dijimos antes que en 1938 publica la novela Puros hombres. También en 1939 publica el que va a ser su último poemario: Cinco sinfonías. De este libro por cierto dijo Liscano, el gran crítico literario y conocedor de la obra de Arráiz, lo siguiente: “Es uno de los poemas más hermosos de la lírica venezolana en razón de su poderoso impulso vital, de su respiración máscula y en razón de su torrencial riqueza del lenguaje”.
En verdad, ese poemario termina de expresar algo que Arráiz viene trabajando desde el comienzo y es la relación entre la tierra y la mujer. Más aún: la confusión que expresa entre la feminidad de la tierra y la terrenalidad de la mujer. Todo ello en medio de una expresión de un amor posesivo o viril, a veces cercano al frenesí. Ese es entonces el trabajo de Arráiz en este su último libro de poemas, Cinco sinfonías.
Veamos ahora lo que dice el periodista y crítico Jesús Sanoja Hernández en el prólogo a Puros hombres de la edición de Monte Ávila Editores, en la colección El Dorado, que es la colección popular de Monte Ávila Editores. Voy a leerles tres párrafos sobre esta novela, y estos párrafos la definen muy bien. Dice Jesús Sanoja sobre Puros hombres:
“A la audacia en creación de personajes con antihéroes, seres de la canalla, niños sacrificados, ex hombres, homicidas, coroneles de Semana Santa, vagos y homosexuales, Arráiz sumó el empleo desafiante del lenguaje como antes no se había hecho en la novela, que cuando mucho había exhibido la manipulación de un criollismo con claves demasiado conocidas. El argot hampón, la jerga carcelaria, los niveles del lenguaje popular, el boceo y la adecuación fidelísima entre personaje y medios expresivos significaron en 1938 un viraje en la narrativa venezolana”.
Y luego sigue diciendo Sanoja:
“La vigencia de la novela no reside solo en su anticipación: el uso de la jerga carcelaria o de los niveles lingüísticos más desdeñados por literatos escépticos y academizados, o la legítima introducción en los bajos fondos, sino en el preanuncio de una Venezuela que, en vez de esfumarse, se desarrolló con inusitada violencia en el plano de la delincuencia, los desequilibrios sociales y la represión policial”.
Concluye diciendo Sanoja: “Con un solo libro volvió loca a la preceptiva novelística venezolana, inundándola de apetencias, necesidades primarias, delitos, seres fuera de la ley y el sistema. Sin él, las malas palabras y los hombres malos no habrían entrado a la literatura venezolana”.
Bueno, muy claros estos párrafos de Sanoja definiendo esa novela estremecedora, que es Puros hombres de Antonio Arráiz. En el tiempo, a Puros hombres y a Cinco sinfonías le sigue un ensayo que se titula El culto bolivariano, desde 1940.
Y entonces se inicia el trabajo a cuatro manos de Arráiz con Luis Eduardo Egui y comienzan a escribir textos para la escuela primaria y secundaria. La cantidad de textos que escribieron entre los dos es asombrosa; más adelante ofreceremos la lista. La segunda novela de Arráiz se titula Dámaso Velázquez y es de 1943, y ese mismo año, por cierto, es nombrado director del periódico nuevo. Es el director fundador del diario El Nacional. Allí estuvo Antonio Arráiz en la dirección del periódico durante seis años, entre 1943 y 1949, cuando se va a vivir a Nueva York otra vez.
Dos años después de asumir la dirección del diario El Nacional, en 1945, el Ministerio de Educación edita su obra más popular: Tío Tigre y Tío Conejo, un conjunto de fábulas tejidas a partir de dos personajes arquetipales de la venezolanidad. Sobre esta obra, Juan Liscano escribió el prólogo también para la edición de Monte Ávila Editores, y en esa oportunidad afirmó Liscano —voy a leerles un párrafo bastante claro y definitorio de lo que significa Tío Tigre y Tío Conejo, esta obra de Antonio Arráiz—. Dice Liscano:
“Con sobria escritura directa nos presenta, a través de esos personajes del folclore agrario venezolano, a toda una fauna humana tan diversa como convincente. Cada animal corresponde a un tipo psicológico. Por momentos predomina humor cáustico. El interminable pleito entre Tío Tigre, más que el mal o la maldad, es la inconsciencia de las fuerzas brutas, más que la voluntad agresiva, la simplicidad brutal, incapaz de pensar un plan, de elaborar una venganza, en cierta forma la inocencia del bruto. Y Tío Conejo: alegre, estoicismo, cálculo, pensamiento, ardides, viveza con su pizca de cinismo y picardía. Tío Tigre no es tan malo como lo pintan y Tío Conejo pudiera ser menos bueno que lo que parece; decimos pues que esa interminable disputa culmina con una posible revolución contra el dominio de Tío Tigre”.
Aquí Arráiz se deja ir a la moraleja pacifista; le invade la lección galleguiana, en la tradición intelectual venezolana, del condenar a la violencia como forma de ascenso político-social. Hasta aquí un fragmento del prólogo de Liscano a Tío Tigre y Tío Conejo, una de las obras más editadas, más conocidas y más populares en la literatura venezolana.
En la próxima parte del programa continuaremos con la vida y obra de Antonio Arráiz. Ya regresamos.
En la parte anterior del programa estábamos hablando de Tío Tigre y Tío Conejo, esas fábulas de la cultura popular venezolana que Arráiz recoge con gran maestría y contribuye notablemente a la divulgación de estas fábulas.
Pero también su obra narrativa se extiende, no termina con Tío Tigre y Tío Conejo. Ya habíamos mencionado a Dámaso Velázquez. Se le suma entonces Todos iban desorientados, un libro de 1951, y otro libro de 1954: El diablo que perdió el alma.
De estas cuatro obras, la que ha corrido con el mayor favor de los lectores es Tío Tigre y Tío Conejo, donde, como hemos dicho, Arráiz recrea las historias propias de la sabiduría popular venezolana, asentando aún más la condición arquetipal de estos personajes dicotómicos, ejemplarizantes. Y aquí él lleva a las clásicas fábulas morales unas cotas más acabadas que se habían dado antes entre nosotros. No es el primer fabulista, pero sí el que lleva la fábula a sus niveles de mayor divulgación y, pudiéramos decir, de mayor elaboración, al punto en que este libro es prácticamente un clásico de la venezolanidad.
En el campo del ensayo cultivó el ensayo histórico, no así el literario. Esto es interesante: nunca escribió ensayo literario o crítica literaria, o muy poco, casi nada. Y el ensayo histórico siempre lo desarrolló desde la perspectiva de la urgencia venezolanista que caracteriza todo su trabajo. Aludíamos antes al libro El culto bolivariano, pero se le suman ahora Geografía física de Venezuela, un libro del año 41; una biografía de Sucre que se titula Vida ejemplar del Gran Mariscal de Ayacucho, de 1948; y un libro póstumo, organizado por Néstor Tablante y Garrido, que se titula Los días de la ira, publicado en 1991. Estos son textos sobre los episodios guerreros del siglo XIX venezolano que Arráiz publicó en el diario El Nacional y que, en vida, él no los recogió. Eso lo hizo muchos años después Tablante y Garrido y el resultado fue extraordinario.
Los días de la ira es un libro asombroso, estremecedor: un recuento pormenorizado de esos días de ira, de violencia política y guerrillera durante el siglo XIX venezolano. Y en paralelo a esta obra literaria, aludíamos antes a su trabajo de pedagogo, siempre a cuatro manos con Luis Eduardo Egui. Entre los dos escribieron Mi primer libro de Venezuela, en 1948; Mi segundo libro de Venezuela y Mi tercer libro de Venezuela; estos eran libros para la escuela primaria. Escribieron juntos Geografía de Venezuela en el año 58, Historia de Venezuela en el año 58, Geografía general para secundaria y normal en 1951 y Geografía económica de Venezuela en 1956.
Por cierto, todos estos libros los escribe Arráiz con Egui a la distancia, Egui en Venezuela y Arráiz viviendo en Nueva York. Pero esa vida en Nueva York, si se quiere propicia para el trabajo intelectual, le sirvió enormemente a Arráiz porque la producción en estos años es asombrosa, notable. ¿No? ¿Qué se va a Nueva York y va a vivir allá de 1949 al momento de su muerte en 1962? Pues todo indica que después del golpe a Rómulo Gallegos, en noviembre del 48, la desilusión de Arráiz ya era supina, máxima. Y no lo soportó: abandonó la dirección de El Nacional y se fue, volvió al Nueva York de sus años juveniles.
Fue el golpe de Delgado Chalbaud y Pérez Jiménez contra Gallegos, fue la gota que rebasó el vaso y él sintió que necesitaba otros aires. Estaba hasta la coronilla de la expresión militarista en la política venezolana y prefirió irse a tomar aire. Consiguió un trabajo como director del boletín en español de la Organización de las Naciones Unidas, en Manhattan, y allí estuvo trabajando muchos años. Hay muchas fotos de Arráiz en la Asamblea de las Naciones Unidas, en momentos álgidos de la organización. Es un capítulo largo porque allá estuvo del 49 al 62: estamos hablando de 13 años seguidos viviendo en Nueva York, trabajando en las Naciones Unidas y escribiendo temas venezolanos, como lo decíamos antes.
En su vida familiar se casó con Josefina Parra Pensini y tuvo cuatro hijos: Beatriz, Álvaro, Eulalia y Antonio. Y se divorcia de Josefina Parra y se casa con una norteamericana, Selina Garden Herbert. Pero Selina no tiene hijos, no tiene descendencia. Vivían en Westport, en el bosque, y se movilizaba en tren todos los días a Manhattan. Viviendo allí es que escribe sus últimos poemas, que más adelante leeré alguno porque son bellísimos. Estando allí en Westport, el 16 de septiembre de 1962 le da un infarto y muere. Tenía 59 años.
Tenía mucho que dar a Venezuela; sin embargo, con 59 años había escrito mucho y era mucho lo que había hecho. Estamos hablando de poesía, de cuento, de novela, de ensayo, de textos para la enseñanza formal, centenares de artículos periodísticos desde su desempeño como director fundador del diario El Nacional. Quienes lo conocieron decían que era un hombre muy severo consigo mismo, que era exigente con los frutos de su trabajo, y dejó una obra de utilidad y belleza.
El tema de la vigencia de los personajes históricos está ligado a la importancia de la obra que adelantaron en vida; eso no hay duda. Y no cabe duda tampoco de que Arráiz aportó mucho a la vida venezolana. En esa medida es que estamos aludiendo a su vida y su obra, sus artículos, que salvo los que rescató Tablante y Garrido en ese libro Los días de la ira, en 1991, él no los recogió en libros, pero se registran alrededor de 900 artículos a lo largo de muchos años de ejercicio del periodismo.
Esa es una faceta que no podemos olvidar, sobre todo hablando de su obra literaria y de ensayista histórico también, pero la obra periodística es extraordinaria y está ligada con un momento estelar de la vida venezolana, que es cuando Enrique Otero Iscarrondo y su hijo Miguel Otero Silva deciden fundar El Nacional. Le proponen a él que sea el primer director del periódico.
Mucha gente que conoce la historia de esa institución en Venezuela, que es el diario El Nacional, recuerda el buen pie con que nació el periódico a partir de esta dupla que se formó allí entre Antonio Arráiz y Miguel Otero Silva: Arráiz director y Otero Silva jefe de redacción. Y sacaron adelante aquella aventura en 1943, y allá estuvo su director hasta el 49 cuando se va a vivir a Nueva York.
En pocos escritores venezolanos del siglo XX hay una peripecia vital y una obra que hacen una pareja tan interesante como en Arráiz, de allí que, sin duda, el carácter de personaje que reviste su parábola existencial.
En lo político es obvio que entregó sus cartuchos por la democracia y por ello estuvo cerca del espíritu que imperó en el gobierno de López Contreras y en el de Medina, en la medida en que esos gobiernos se abrían a la democracia aunque no totalmente, como ya sabemos. Pero no puede afirmarse que era lopecista o medinista, sino un colaborador de ambos gobiernos en alguna medida. Y dentro del espíritu de apertura del gobierno de Medina es que se crea el diario El Nacional en 1943; recordemos que Medina asume en 1941.
No podemos dejar de hacer énfasis en el interés pedagógico de Arráiz, esa entrega fervorosa junto con Luis Eduardo Egui a escribir libros para los niños y los muchachos en la escuela primaria y en el bachillerato. Le tomó mucho tiempo y lo hizo con gran fervor, con mucha pasión. Uno revisa esos libros y son verdaderamente hermosos.
Y bueno, vemos que Áspero en la poesía; Puros hombres en la novela carcelaria y testimonial, porque es una novela testimonial; Tío Tigre y Tío Conejo en la cuentística de inspiración legendaria, en la fábula; y Los días de la ira en el ensayo histórico, son unos aportes insoslayables a la hora de recordar su obra literaria.
La fundación de El Nacional también, como vengo diciendo, es un capítulo inolvidable. Y su obra de pedagogo a distancia, materializada en los textos escolares, pues también lo es. Digo pedagogo a distancia porque él no fue profesor en el aula, pero sí a través de sus libros.
De modo que en la próxima parte del programa intentaremos una visión global de Antonio Arráiz y leeremos un poema de esos últimos que quedaron inéditos al momento de su muerte, que son unos poemas verdaderamente hermosos. Ya regresamos.
Últimos años y “La cerca de piedras”
En la parte anterior del programa hablábamos de completar la figura, el perfil, de Antonio Arráiz, y tenemos que apuntar algo de mayor importancia: fue su actitud de ecologista adelantado, un amor a los árboles y la naturaleza muy particular. A su vez esa ecología, en relación con su visión del mundo, se hacía acompañar por una marcada austeridad personal y por un fervor por los deportes.
Arráiz practicó deporte mientras pudo, muy particularmente jugó fútbol y también se dedicó al ciclismo. Incluso en el ciclismo es famosa en Caracas las carreras que él hacía con Rafael Vegas. En algunas oportunidades se fueron juntos en bicicleta a La Guaira. Por supuesto, estamos hablando por la carretera vieja, que les tomaba horas y horas y en unas pendientes empinadas. Pero a él le gustaban: era un hombre de bicicleta y de jugar fútbol. Eso lo compartía también con su amigo Miguel Otero, que era un fanático de casi todos los deportes.
Arráiz va a morir entonces en Nueva York, en esa isla de Manhattan donde tuvo aquellas experiencias de muchacho entre los 16 y 19 años. Se cerraba entonces su propio círculo: había quedado enamorado desde joven del espíritu libertario y democrático de aquella nación nueva y pujante, de los Estados Unidos. Y ese espíritu democrático y rebelde fue el que le llevó en Caracas a cantar el Himno Nacional mientras los soldados lo torturaban en 1928. Y amó a Venezuela como un romántico del siglo XIX, siendo el hombre del siglo XX.
De modo que la vida y obra de este poeta barquisimetano es una parábola de un neorromántico entregado a su pasión. Y de allí que sea cierto lo que la crítica ha observado y nosotros reiteramos ahora: que el romanticismo y la vanguardia fueron movimientos afines, al menos en los humanos que entraban en juego, aunque claro, con procedimientos y operaciones diferentes, distintas.
Vamos a concluir este programa leyendo uno de sus poemas que se publicaron póstumamente. Voy a leerles “La cerca de piedras”, un poema verdaderamente hermoso. Dice:
“El viejo Harry King nos hizo una cerca de piedra enfrente de nuestro sitio. Levantaba las piedras con sus manos nudosas como si fueran sus hijas. Las domesticaba, las cambiaba de forma, les alisaba las aristas anárquicas, las esculpía y las hacía sonreír, despertando en ellas como talentos las escondidas vetas, las vocaciones, las revelaciones. Las sobaba. Se pasaba los días con ellas en brazos; aunque no hablaba, no había duda de que debajo de sus bigotes de cerda, de su pipa carcomida, cantaba canciones de cuna.
En sus manos groseras ellas se volvían piedras civiles. El viejo Harry King trabajaba con la marra, el dolobre, el martillo y el escoplo del cincel. El bosque se poblaba de sonidos certeros como aforismos. Los árboles se llenaban de sabiduría y los pájaros salían a dar la noticia. El viejo Harry King apilaba sus piedras a la altura del sol; extendía la gruesa mano, la peluda, la colorada, el forzado pulgar, el erudito índice, el medio veterano y rechoncho, un poco socarrón, el anular medio inválido, cubierto de callos, de emplastos y de adhesivos. ¡El meñique aprendiz! El viejo Harry King guiñaba con ojo azul, humillo azul, echaba a bocanadas de humo. La cerca iba saliendo recta como la vida del justo.
Las piedras se encarrilaban, se daban lugar unas a otras. Comenzaban a conversar como si vivieran. ¡La cerca iba apareciendo en la tierra como creada por ella! En su sitio en la tierra, con los árboles, con el césped, y empezábamos a dudar de que no hubiese estado antes. El viejo Harry King la descubrió sin duda. La conjuró con sus manos sabias, la desencantó del paisaje y la dejó allí plantada al sol inmóvil para que la refugiasen los soles, para que la lavasen las lluvias, para que se le llenaran de tierra los intersticios, para que viniese el césped a lamerle los pies, para que las zarzas treparan entre sus grietas, para que se posara en ella el petirrojo, cantando en primavera, llamándola compañera, para que viniesen los muchachos a abusar de ella para sus juegos, corriendo sobre su cresta en filas de moicanos, y para que el mancebo y la doncella, reclinados en ella, platicando, hallasen en su borde una margarita.
El viejo Harry King la hizo para que cabalgaran sobre ella, unos tras otros, los años, en débiles y netas, vencidas unas tras otras, encalladas batallas.
El viejo Harry King la hizo para que permaneciera. ¿Cómo es pues entonces que el viejo Harry King murió? ¿Cómo es que alzando una piedra grande, pesada, le estalló el corazón, se arrodilló, la puso en el suelo, cuidadosamente, como se coloca una hija en el torno del orfanato? Tuvo todavía tiempo para echar una bocanada de humo y se tendió a su lado. ¿Cómo es que se rompieron sus manos?
Sus huesos, los nudos de sus huesos, las manos vastas, no se sabía dónde terminaba la mano, dónde empezaba la piedra. ¿Cómo es que cayó sin que las otras cercas de piedra se desmoronaran? ¿Quién va a hilar ahora las piedras al sol? ¿Quién va a alzar en el bosque el concierto de martillazos, y qué noticia van a dar los pájaros?”
¡Qué belleza de poema! Bueno, ha sido un gusto hablar para ustedes sobre este gran venezolano, Antonio Arráiz. Les habla desde Unión Radio, Rafael Arráiz Lucca, y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Me acompañan en la producción Inmaculada Sebastiano y en la dirección técnica Víctor Hugo Rodríguez y Fernando Camacho.
A mí me consiguen en mi correo electrónico rafaelarraiz arroba hotmail y en Twitter arroba rafaelarraiz. Ha sido un gusto hablar para ustedes. Hasta nuestro próximo encuentro.