Transcripción completa del episodio
Recuerde que nos puede seguir en @MundoURWeb y @RadioEscuelaUR. Saludos para todos desde Unión Radio, en nuestro programa Venezolanos. En este, el quinto capítulo de esta serie que venimos desarrollando sobre Hispanoamérica, lo vamos a dedicar al tema de la Iglesia católica frente a una nueva realidad, a partir del momento en que se van fundando las repúblicas hispanoamericanas. Y va corriendo todo el siglo XIX, cuando, desde el punto de vista de la Iglesia, esta va a tener que enfrentar varios desafíos.
Vamos a referirnos entonces a un período largo, porque, por ejemplo, la primera Constitución de Hispanoamérica es la venezolana, la Constitución Federal del 21 de diciembre de 1811, y todavía en 1880-1888 las tensiones, los roces, las diferencias entre el Estado laico y la Iglesia católica continuaban sobre la mesa. Eso es lo que vamos a revisar a lo largo de este programa. Fíjense: antes de los sucesos de 1810 y de 1809 en Quito, la Iglesia no había tenido que fijar una posición; es decir, cuando ocurren los sucesos de Bayona en 1808 y Fernando VII pasa a estar en cautiverio entre 1808 y 1814, se crea esa crisis, ese vacío de poder, y se van constituyendo primero las juntas que actúan en nombre de Fernando VII y después las repúblicas.
En ese momento de creación de las repúblicas, para la Iglesia se pone sobre la mesa una circunstancia distinta y exigente, porque vamos a tener en ese sentido dos iglesias: una Iglesia oficial, Vaticana, del aparato burocrático de la Iglesia, que tiene muchos años con la monarquía, pero muchísimos años con la monarquía, pues toda la Edad Media y buena parte de la Edad Moderna. Entonces, cambiar de la noche a la mañana sus argumentos sobre el derecho divino de los reyes... Estos argumentos eran los que le permitían a la Iglesia santificar la coronación de los reyes, con el argumento de que se trataba, en alguna medida, de seres tocados por el derecho divino. Pues con la creación de las repúblicas esto va a entrar en una contradicción muy grande.
Sin embargo, hay otro sector de la Iglesia, el llamado bajo clero. Me refiero a los curas párrocos o a los sacerdotes, incluso algunas monjas, que no están en las altas esferas de la burocracia eclesiástica, y muchos de esos sacerdotes, muchos religiosos, estaban con el proyecto republicano. Entonces lo que aparentemente parece una contradicción no lo es, porque la Iglesia católica a lo largo de toda su milenaria historia ha albergado dentro de sí misma posiciones distintas. Aquí hay una: las jerarquías eclesiásticas están con la monarquía, en defensa del rey y en contra de la creación de las repúblicas, y el bajo clero va a estar a favor de las repúblicas en muchos casos.
Ejemplo: en programas anteriores hablamos del tema de Hidalgo y Morelos, dos sacerdotes mexicanos que son los que comienzan las guerras de independencia en México con buena parte de sus feligreses, de modo que ahí tenemos una Iglesia abogando por la instauración de la República. Y en el caso venezolano, cuando uno lee la lista de los diputados que participan en el Congreso Constituyente y crean la República de Venezuela, hay varios sacerdotes, pero varios sacerdotes. De modo que tenemos que partir de esa idea, según la cual la Iglesia en esta coyuntura no es monolítica.
Tiene distintas posiciones. Por ejemplo, estas posiciones distintas no quiere decir que se inicia una persecución a mansalva por parte de las jerarquías eclesiásticas contra los sacerdotes que están promoviendo la creación de las repúblicas. Más bien se crea un clima probablemente de mucha tirantez, pero también de tolerancia, y la sangre no llega al río, es lo que quiero decir, en la mayoría de los casos. Lo otro es que las raíces filosóficas y políticas del proyecto de creación de las repúblicas son liberales, no son eclesiásticas, no son católicas.
Son liberales; y los primeros que piensan en estas ideas son los ingleses, John Locke a la cabeza, cuando le da un marco teórico a aquella Revolución Gloriosa en Inglaterra, en 1688, que condujo a la destitución de Jacobo II y a la coronación de Guillermo de Orange, al poder creciente del Parlamento inglés y a la disminución a casi cero de los poderes del monarca en Inglaterra. Allí, en 1688, está naciendo la monarquía constitucional y la democracia parlamentaria también. De modo que el pensamiento liberal clásico, que también se conoce como la Ilustración, no es un fruto de los pensadores católicos.
Aunque hubo pensamiento liberal dentro del mundo católico, como la Escuela de Salamanca, por dar un ejemplo, fue un caso minoritario. La mayoría de las jerarquías eclesiásticas católicas no eran liberales. De modo que aquí está surgiendo el mundo de las repúblicas independientes, al margen de la monarquía, que van a abolir a las monarquías, a la aristocracia, a las castas nobiliarias. Y todo ese mundo no está surgiendo del pensamiento católico, sino del pensamiento liberal, entre otras cosas, un pensamiento liberal que ha emergido en el mundo protestante mayoritariamente, no en el mundo católico.
El mundo protestante, como sabemos, Lutero y Calvino, es un mundo que nace en Alemania y Suiza, y se extiende con Enrique VIII a Inglaterra y se extiende hacia los países del norte de Europa. Ese mundo protestante es en el que van a surgir de manera consistente estas ideas liberales, que poco a poco se van a abrir paso hacia la creación de las repúblicas independientes. El caso más importante en ese trayecto es la creación de los Estados Unidos en 1776. Es evidente, además lo dijeron muchas veces, lo dejaron escrito, que los autores que habían leído eran John Locke y Montesquieu, los que les daban pie para la creación de una república, que es un fruto netamente liberal.
De allí que la Iglesia no se sienta cómoda dentro de este mundo liberal que está naciendo, que ella no controla, que ella no ha engendrado ni ha procreado: es un mundo que la está desafiando. También hay que añadir que ya antes la Iglesia burocrática vaticana y las cúpulas de la Iglesia habían enfrentado un desafío con los jesuitas en América. Recordemos que los expulsaron en el año 1767.
¿Por qué? Porque los jesuitas, entre otras cosas, habían orquestado una sociedad en Paraguay, en las llamadas reducciones jesuíticas del Paraguay, de gran autonomía económica y política, que por supuesto la Corona de España, en esos tiempos Carlos III, Borbón, no podía ver con buenos ojos. Finalmente, ese hecho más muchos otros condujo a la expulsión de los jesuitas en 1767. Expresión de esa altura intelectual de los jesuitas en aquel entonces es la carta del padre Viscardo, un sacerdote jesuita, del año 1792, que Francisco de Miranda hace traducir al español y se publica en 1799. En esta carta él explica cómo es el mundo americano que se ha venido desarrollando, pero eso lo vamos a explicar en la próxima.
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Estamos de regreso con Venezolanos, somos Unión Radio Cultural. Les decía en la parte anterior del programa que les voy a hablar muy brevemente de la carta de Viscardo. Viscardo hace un retrato magnífico, redondo e impresionante sobre cómo se ha ido formando la nación criolla; es decir, cómo hay en los países de Hispanoamérica una sociedad que para ese momento ya tiene 300 años, integrada por los criollos, que no son exactamente súbditos peninsulares.
Son súbditos americanos. ¿Esto qué quiere decir? Que tienen una geografía propia y que tienen ya un pasado de 300 años; que profesan una religión común, eso sí, son católicos; que hablan una lengua común también, hablan español; y que tienen una etnia o raza, como se decía antes, común. Bueno, en alguna medida sí: eran los blancos criollos. Esos blancos criollos que van a ser los protagonistas en el proceso de independencia de casi todos estos países; de casi todos, no todos.
Esos blancos criollos son retratados a la perfección por el padre Viscardo en esa carta que se hizo muy famosa a partir de la divulgación que hizo de ella Francisco de Miranda. De modo que ahí hay otra espina y otro ardor para la Corona española y para la Iglesia Vaticana, porque cuando la Iglesia Vaticana expulsa a los jesuitas, bueno, se quejan, etcétera, por supuesto, pero la Iglesia continúa, digámoslo así. Entonces vamos a tener, entre 1810 y 1811, en México, en Nueva Granada, en Quito, en Buenos Aires, en Oaxaca, en Lima, a todos los obispos contra el proceso de la independencia, menos el caso de un obispo venezolano, Narciso Coll y Prat, que argumentó a favor de la independencia siendo arzobispo.
Y tenía una posición flexible en relación con la independencia. Es un caso excepcional desde el punto de vista de la jerarquía eclesiástica, una verdadera excepción. Pero en líneas generales era imposible creer que los obispos iban a estar con un proyecto republicano. Estaban los curas párrocos, como dije antes, y en este concierto hay un personaje muy importante desde el punto de vista teológico y filosófico, que no era un sacerdote, pero era un teólogo; se había graduado en la Universidad de Caracas en Teología.
Era doctor en Teología. Estoy hablando de Juan Germán Roscio, que va a escribir un opúsculo, una pequeña obra que se titula Patriotismo de Nirgua y Derecho Divino de los Reyes. El esfuerzo estuvo centrado en demostrar que en la Biblia estaba la libertad, no estaba la monarquía. Ese es el gran trabajo de Roscio en ese opúsculo y después en este libro extraordinario que se llama El triunfo de la libertad sobre el despotismo.
¿Qué hace Roscio, siendo un católico teólogo, pero muy bien formado en la Universidad de Caracas? Demuestra que los argumentos que justifican la monarquía no están en la Biblia, que en la Biblia lo que está es la libertad y lo que se parece más a la libertad es la república. No la monarquía, obviamente, ni la tiranía ni la dictadura, obviamente. Entonces esta participación de Roscio en esta diatriba tan importante es muy, muy valiosa y nos habla de la estatura intelectual del hombre.
Un personaje con gran significación en nuestra historia: no solo es el diputado del Congreso Constituyente, sino que es el redactor del acta de la Independencia, el redactor del primer estatuto electoral y el redactor de la primera Constitución venezolana, junto con Isnardi y Ustáriz. Y además había sido el protagonista del 19 de abril de 1810, con José Cortés de Madariaga. De modo que Roscio es el personaje estelar, o uno de los dos o tres personajes centrales, en este proceso venezolano del que hemos hecho referencia, ¿no?
Entonces también pasaba lo siguiente, y hay que señalarlo: así como las autoridades políticas administrativas, los gobernadores y los virreyes, eran siempre peninsulares, también los obispos lo eran. Los obispos solían ser itinerantes y daban vueltas por distintas posesiones. Por darles un ejemplo que recuerdo en este momento: Fray Mauro de Tovar, el obispo de Caracas durante muchísimos años, cuando es retirado de Caracas lo mandan a Chiapas, hoy en día eso es México. Es un ejemplo.
De modo que los obispos eran itinerantes y, en consecuencia, respondían más claramente a los intereses del Imperio español, porque en su mayoría eran peninsulares, no eran criollos, no eran americanos. Eran peninsulares; entonces respondían de manera más cercana con el proyecto monárquico. A diferencia de los obispos, ¿de dónde provenían los sacerdotes y los curas párrocos?
Después de 300 años, muchos de esos sacerdotes en Hispanoamérica eran criollos. Eran nacidos aquí, pertenecían a esta tierra, tenían sus familias, podían tener hasta 300 años aquí, 200 años aquí y 100 años aquí; ya había unas raíces muy, muy profundas en ese bajo clero que en su mayoría eran criollos. Fíjense el paralelismo: el esquema del poder político es exactamente el mismo que el del poder eclesiástico. El poder político: los gobernadores itinerantes, pero los cabildos criollos.
El poder eclesiástico: los obispos itinerantes peninsulares, pero el bajo clero, criollo. Entonces ahí va creándose una situación muy interesante en la que la Iglesia tiene un pie en la monarquía y un pie en las repúblicas. Eso cada vez va a ir pasando más. Y hay argumentos. Ya les dije que una de las mejores expresiones de esos argumentos teológicos es la de Juan Germán Roscio, en Patriotismo de Nirgua y Derecho Divino de los Reyes, una pequeña obrita o un opúsculo, y su obra monumental El triunfo de la libertad sobre el despotismo.
Bien, ¿cómo se va a expresar esta composición política del bajo clero criollo y los obispos peninsulares? Voy a dar algunos ejemplos para que nos ilustren. En el año 1810, cuando en Nueva Granada se firma, ¿verdad?, aquella acta dentro del período de las juntas conservadoras de los derechos de Fernando VII, hay un congreso, una asamblea reunida, que toma la decisión de firmar un acta. Allá hay 53 firmantes.
De esos 53, 16 son curas. Esto es muy importante. También hay que señalar, antes de que se me olvide, que los curas tenían una formación intelectual. Los curas sabían leer y escribir, estudiaban; mientras más avanzaban en sus carreras y dependiendo de la congregación en la que servían, tenían una formación u otra. Si eran jesuitas, su formación era excepcionalmente buena. Si eran franciscanos también, si eran dominicos también.
Entonces eso también hay que señalarlo: esos 16 curas que están firmando el acta tienen conciencia política sin la menor duda, porque han tenido formación, porque además son criollos, en este caso neogranadinos, y porque consideran justa, cristiana incluso, la creación de unas repúblicas. Otro ejemplo: en 1822, el acta la firman 57 diputados. Allí 26 de los 57 son curas.
Entonces no podemos decir que la Iglesia católica estuvo contra el proyecto republicano; sí podemos decir que el obispado y las autoridades de la Iglesia católica, en su gran mayoría, estuvieron en contra del proyecto republicano. Pero también podemos decir que el bajo clero, los curas párrocos, muchísimos, en un porcentaje muy alto, estuvo con la revolución que estaba creando las repúblicas americanas e hispanoamericanas. Las repúblicas en las antiguas provincias o virreinatos del Imperio español, en América. Bueno, esta es la composición de lugar para entender cómo son estas dificultades que se tienen entre unos y otros, ¿no?
Vamos a tener luego, en esos años, en 1820, la rebelión de Rafael de Riego, y allí, en la próxima parte del programa, explicaremos muy brevemente qué consecuencias trajo en este tema que estamos abordando. Ya regresamos.
Bien, les decía en la parte anterior del programa que aquella rebelión de Rafael de Riego, en 1820, en Cádiz, en enero, ya esos soldados, muchos de ellos, eran anticlericales. Había incluso dentro del poder militar español una situación distinta a la que había habido antes. Y además algunos obispos también comenzaron a ver con mejores ojos los movimientos republicanos. Fue una dinámica natural de los hechos; sin embargo, el papado se negó a reconocer la independencia hasta que llegó el papa Gregorio XVI, por ejemplo.
En 1835 reconoció la independencia de Nueva Granada; en 1836, la de México; en 1838, la de Ecuador; en 1840, la de Chile. Cuando en esos países desde hacía ya muchos años se había instaurado la república. De modo que el papado y la Iglesia oficial estaban retrasados en relación con lo que venía ocurriendo.
Bueno, también recordemos que la creación de las repúblicas, siendo un proyecto liberal fundamentalmente, tiene que ser laico, porque una república debe contener a personas que profesen todos los credos. No puede haber una religión del Estado, aunque en casi todas esas constituciones iniciales se hablaba del Dios de los cristianos; después las constituciones fueron avanzando hacia el verdadero laicismo del credo liberal, ¿no? Uno de los problemas más serios que empezó a tener la Iglesia con las nuevas repúblicas fueron tres.
Primero: luchaban por permanecer como una religión del Estado. Lo fueron durante los 300 años del Imperio español en América; la religión católica era la religión del Imperio. Eso empezaba a cuestionarse a partir del Estado laico-liberal. Segundo: tuvieron en sus manos la educación durante muchísimos años, por siglos. Había otras instituciones educativas que no estaban en manos de sacerdotes o de monjas, sí, pero muy pocas.
En líneas generales, la educación la había impartido la Iglesia católica, y ahora en el Estado liberal laico no tenía el monopolio de la educación. Vemos que ahí perdían otro fuero. Y encima recordemos que existía la institución del diezmo. El origen de este vocablo es 10% del salario, 10% de los ingresos que los católicos estaban obligados a entregárselo a la Iglesia.
Por supuesto, esta era la fuente principal de los enormes recursos que llegó a tener la Iglesia católica en Hispanoamérica, y los Estados constituidos, laicos, que ni siquiera cobraban impuestos suficientes para sobrevivir, no podían permitir dentro de sus filosofías que se cobrara el diezmo, y fue eliminándose paulatinamente. En la Argentina se eliminó en 1821; Venezuela, en 1830 con el general Páez; Perú, en 1846; México, en 1833. Y además hay que señalar, además de estos tres aspectos —diezmos, educación y religión del Estado—, que hubo un cambio de línea de mando.
La Iglesia pasó de estar a las órdenes del rey de España a las órdenes de Roma, a las órdenes del papa y toda su infraestructura política y de poder, la del papa. Entonces allí hubo también una circunstancia que creó una nueva situación. La Iglesia católica le respondía al papa primero que a nadie; no le respondía primero que a nadie al rey de España. Esto probablemente debilitó al rey y fortaleció a la Iglesia.
En todo caso, las repúblicas que estaban naciendo, ninguna se lo propuso, pero si se hubiesen propuesto eliminar a la Iglesia católica hubiese sido muy difícil, porque la instauración de la Iglesia católica en todos los órdenes de la vida social hispanoamericana era muy grande. Entonces esas repúblicas tuvieron que convivir con la Iglesia católica; en muchos casos llegaron a un concordato, un convenio. En otros casos las tensiones fueron muy grandes.
Ese conflicto entre la Iglesia y los Estados recién creados, que tiene su origen en el pensamiento liberal, a partir de 1850-1880, dependiendo del país de Hispanoamérica, va a tener la Iglesia un nuevo adversario, que es el pensamiento positivista, el pensamiento positivista. Recordemos que la Iglesia católica asumía el mito creacionista; es decir, que Dios había creado al mundo en siete días y, si mal no recuerdo, que había creado a Adán y de su costilla había salido Eva, toda la mitología fundacional del cristianismo.
Y aparece el positivismo inspirado ¿en qué? En la ciencia. ¿Qué fue fundamental? Bueno, Augusto Comte, el gran sociólogo francés, y Charles Darwin, el gran expedicionario inglés que escribió El origen de las especies, un libro extraordinario de mediados del siglo XIX, porque queda demostrado científicamente el origen evolucionista de la vida y del hombre.
Y el mito creacionista comienza a ser dejado de lado. Entonces ahí se va creando una tensión muy particular que vamos a revisar muy pronto. Antes recordemos que la tensión entre los Estados y el papado era cada vez mayor, porque estos Estados, estas nuevas repúblicas, querían intervenir en el nombramiento de los obispos. Querían intervenir en alguna medida en los asuntos de la Iglesia, y la Iglesia, por supuesto, batallaba para mantener su independencia.
También va a crearse un nuevo escenario que tiene alguna significación, y es que cuando se crean las repúblicas aparecen en todas estas repúblicas dos partidos: el Partido Liberal y el Partido Conservador. La Iglesia va a encontrar a un aliado importante en los partidos conservadores. Es el caso de Colombia y Chile; no en todos los países fue igual. Por ejemplo, la vinculación de la Iglesia con el Partido Conservador venezolano no fue tan estrecha e importante como lo fue en Colombia o en Chile. De modo que, sin embargo, ahí está.
Aparecen unos nuevos aliados para la Iglesia y su búsqueda de recuperación del espacio que ha perdido en este proceso republicano. También hay otra circunstancia: con la independencia el número de sacerdotes se reduce, porque si bien había sacerdotes criollos, muchos venían de la Península Ibérica. Todas las autoridades venían de la Península Ibérica, los obispos itinerantes; con la independencia, pues, la llegada de sacerdotes españoles se reduce muchísimo y eso va entonces a crear una nueva situación para la Iglesia.
Y además, además, en esos nuevos Estados que se han creado, que son Estados laicos liberales, que no profesan una religión del Estado, las puertas están abiertas para personas con otras religiones. Voy a poner ejemplos: los alemanes que llegan a Venezuela llegan a Ciudad Bolívar, a Valencia, a San Esteban, a Puerto Cabello y a Maracaibo. Esos alemanes no son católicos, son protestantes. Los ingleses que llegan a La Guaira o que llegan a Angostura son protestantes, no son católicos.
Estos ejemplos, y puedo abundar en muchísimos otros en la Argentina y otras regiones de Hispanoamérica, nos señalan que además ese Estado laico, abierto a todos los credos, permite la entrada de creyentes de otras religiones que traen sus sacerdotes, sus maneras de rezar, sus maneras de enterrar a sus muertos. Y hay que añadirle a los judíos también. Entonces, al haber perdido la Iglesia el monopolio de una religión del Estado, que lo tuvo durante 300 años del Imperio español, pues bueno, no fue fácil para ellos.
Hay un caso también muy interesante, que es la Argentina, porque en la Argentina, en la segunda mitad del siglo XIX, donde llegan millones y millones de inmigrantes, muchos son católicos, pero muchos son judíos, muchos son protestantes, muchos son de las iglesias ortodoxas orientales. De modo que empieza una variedad y empieza para la Iglesia católica una competencia importante. En la última parte del programa veremos los aspectos finales de esta disertación, de este capítulo sobre la Iglesia en el siglo XIX.