Serie Fueras de Serie. Andrés Bello.. Cap 4
Serie Fueras de Serie. Andrés Bello.
Transcripción
Recuerda que nos puede seguir en arroba MundoURWeb y arroba Radio Escuela UR. En este Venezolanos vamos a hablar de un compatriota fundamental. Andrés Bello nació en Caracas en 1781 y falleció en Santiago de Chile en 1865.
De modo que estamos hablando de un hombre que vivió 84 años. Él se va de Venezuela en 1810, cuando tiene 29 años, y no regresa a su país. Bueno, hay una hipótesis en relación con qué hubiese pasado si él hubiese permanecido en Caracas, si no se hubiese ido a Londres durante todos estos años entre 1810 y 1830; pues no sabemos qué hubiese ocurrido.
Por supuesto que había una vocación humanista importantísima, pero la vida en Londres, la posibilidad de tener acceso a la British Library, a uno de los epicentros culturales del mundo como era Londres, pues con toda seguridad formó parte de su desarrollo o de su educación. Bueno, la vida de Bello en la capital de Gran Bretaña, por otra parte, no fue miel sobre hojuelas. No solo vivió tan pobre que alguna vez temió acercarse a la mendicidad, sino que se hizo viudo y vio además cómo sus hijos pequeños mordían esa arena cruel de la orfandad.
Se sobrepuso al infortunio de la pérdida de su esposa. Se volvió a casar y tuvo más hijos. Fueron muchos hijos, de modo que no había manera de que con el ingreso del profesor Bello se pudiera sostener aquella familia tan numerosa. En la vida de este gran venezolano lo podemos organizar en tres etapas; vamos a señalarlas.
Una primera etapa que comienza con su nacimiento en Caracas y que culmina con el viaje a Londres en 1810. Esa es la etapa venezolana. Una segunda que se inicia ese día que llega al Grafton Way en Londres y se aloja en la casa de Francisco de Miranda cuando tiene 29 años, y esa segunda etapa va a concluir en el instante en que zarpa hacia Chile cuando tiene 48 años.
Esta es la tercera y última etapa: es la plenitud chilena, que concluye con su muerte a los 84 años, en 1865. De modo que tenemos tres etapas muy bien delineadas: Caracas, Londres, Santiago de Chile. Y además esto permite organizar su obra poética; por ejemplo, el período caraqueño nos ofrece una lírica bucólica, aquella que Picón Salas llamó un sueño virgiliano, esa poesía que se declamaba en la casa de los Ustáriz.
Luego fue publicada por Bello después de haber pasado por el crisol de sus severos criterios selectivos, pues esta no es su etapa poética más luminosa. Esta etapa, por cierto, es la letra de la canción Gloria al Bravo Pueblo, atribuida a Vicente Salias, cuando las investigaciones de Alberto Calzavara señalan que fue obra de Andrés Bello. El estudio de Calzavara, donde esto queda bastante bien documentado, se titula Historia de la música en Venezuela; fue publicado por la Fundación Pampero en 1987.
Allí Calzavara reproduce la partitura que publicó el periódico El Americano. Este periódico se imprimía en París y publica la partitura el 16 de febrero de 1874. Luego esta partitura la reproduce en Venezuela el periódico La Opinión Nacional el 10 de marzo, pocos días después. Allí queda claramente establecido que el autor de la letra del Gloria al Bravo Pueblo es Andrés Bello y que el autor de la música es Lino Gallardo.
Calzavara rastrea el origen de esta confusión en cuanto a la música, ya que el primero que sin prueba se le atribuye a Juan José de Landaeta fue Salvador Llamosas en 1883, fecha en la que Guzmán Blanco organizó la Apoteosis Bolivariana con motivo del centenario del nacimiento de Simón Bolívar. Hasta ese momento nadie dudaba de la autoría de Lino Gallardo, aunque el 25 de mayo de 1881, cuando Guzmán Blanco decreta que el Gloria al Bravo Pueblo sea el himno nacional, no se menciona a ningún autor.
Quizás este desliz dio pie a que comenzara la especulación y la circulación de especies que le atribuían la música a Landaeta y a Lino Gallardo. Bueno, no han bastado documentos, entrevistas de los descendientes de Gallardo en la primera mitad del siglo XX y otras pruebas que se han presentado para conferirle oficialmente la autoría al compositor. Esta la han avalado a lo largo de la historia Juan Vicente González, Julio Calcaño, Eloy González, José Antonio Calcaño, mientras que la que le atribuye la autoría a Landaeta cuenta con el respaldo de Llamosas, Ramón de la Plaza y Juan Bautista Plaza.
Y en cuanto a la autoría de la letra por parte de Andrés Bello, pues si no fuese suficiente la publicación en París, consta que a lo largo de su vida el poeta acometió la escritura de diversos himnos. De modo que la especie según la cual un bardo de semejante magnitud no podía venirse con las letras de esta canción es insostenible y de hecho las letras de los himnos se adaptan en tal medida a la música que muchas veces se sacrifica propiamente el fulgor poético en aras del melódico.
Por lo demás, si otra cosa demuestra Calzavara con documentos de su libro, es que la canción fue escrita entre el 20 y el 30 de abril de 1810. ¿De dónde sale esto? De los testimonios escritos por Vicente Basadre y por el sacerdote José Cortés de Madariaga. Por ello es perfectamente posible que la haya escrito Bello, quien estaba entonces en Caracas con su verbo elocuente, ya que ese mismo año escribió el texto resumen de la historia de Venezuela que formó parte del primer libro que se imprimió en el país.
Ese libro se titula Calendario manual y guía universal de forasteros en Venezuela para el año 1810. Desde 1808 Bello y algunos mantuanos le oponían a José Bonaparte los derechos de Fernando VII y le juraban lealtad al rey en contra del usurpador francés. El mismo Bello lo dice, pero las circunstancias reservaban a Venezuela la satisfacción de ser uno de los primeros países del Nuevo Mundo donde se oyó jurar espontánea y unánimemente odio eterno al tirano que quiso romper tan estrechos vínculos, fin de la cita.
El tirano al que se refiere Bello es el mismo al que alude en el Gloria al Bravo Pueblo en su primera versión, no la que terminó de organizarse por instrucciones de Antonio Guzmán Blanco. En aquella primera versión se lee: "Pensaba en su trono que el ardid ganó darnos duras leyes el usurpador". Y luego decía: "Previó sus cautelas nuestro corazón y a su inícuo fraude opuso el valor".
El usurpador es Bonaparte, evidentemente, pero estas estrofas fueron eliminadas y sólo se dejaron aquellas que no aludían directamente a los sucesos peninsulares. Esta operación, según infiere Calzavara, le fue encomendada por Guzmán Blanco a Eduardo Calcaño. En la próxima parte del programa seguimos abundando sobre este tema fascinante. Ya regresamos.
Para alguna sugerencia sobre este espacio, pueden escribirnos al correo rafaelarraiz@hotmail.com y en Twitter arroba RafaelArraiz. Somos Unión Radio Cultural. Estamos de regreso con Venezolanos.
Somos Unión Radio Cultural. Veníamos hablando del Gloria al Bravo Pueblo y veníamos hablando de las versiones. En todo caso, la versión original del himno no es lo que se entona hoy en día, eso está claro. En la versión actual hay estrofas que no estaban en el original de Bello.
De modo que no solo fueron suprimidas unas estrofas sino que fueron escritas otras. Lamentablemente Alberto Calzavara murió en 1988 y no pudo continuar la investigación en la que hubiesen podido surgir pruebas documentales todavía más contundentes. Hasta la fecha, contamos con más pruebas elocuentes a favor de la autoría de Lino Gallardo y lo mismo ocurre con la tesis a favor de Bello por sobre la tesis acerca de Vicente Salias.
En todo caso pareciera que lo lógico es que se le atribuya a ambos la autoría, ya que las pruebas a su favor son mayores de los que desde hace un siglo vienen señalándose como sus autores. Además, aunque es todavía más difícil de implementarse, deberían intentar difundir la versión original de la canción y no la que Guzmán Blanco ordenó establecer oficialmente. Bueno, volvamos a las etapas de Bello.
La segunda etapa va de su rutina diaria de asistir a la biblioteca del British Museum. Al leer fervorosamente, los bibliotecarios lo reconocían y le respetaban la costumbre de ocupar el mismo sillón, siempre frente al mismo escritorio durante casi 20 años. Allí estaba Mister Bello leyendo, investigando, navegando entre folios y lomos de cuero que contenían el intento de organizar el mundo.
Sobrevivía como profesor o preceptor, como se les llamaba antes, de los hijos de primeras figuras de la política inglesa. Mister Bello combina entonces sus días entre la enseñanza y la investigación, entre la lectura y la escritura. Y hacia 1823, cuando ya tiene 13 años allá, le da forma a un proyecto editorial. Ese año sale en la revista Biblioteca Americana, era un órgano que anima la Sociedad de Americanos en Londres, a la que está afiliado Bello, y allí se publica Alocución a la poesía.
Su primer gran poema. La revista tuvo, como era de esperarse, corta vida. Pero no ocurrió lo mismo con el entusiasmo de Bello: esta vez se embarca en un proyecto solitario, hacer otra revista que llevará por nombre Repertorio Americano. En el primer número publica su famosísimo poema Silva a la agricultura de la zona tórrida, estamos en 1826.
Y según Emir Rodríguez Monegal, el gran crítico literario uruguayo, en su libro El otro Andrés Bello, del año 1969, afirma lo siguiente, cito: "Se produce en la situación literaria y poética de Bello una transformación tan sutil que ha sido muy poco advertida, sino totalmente ignorada por sus biógrafos y críticos. En esos tres años Bello madura rápidamente su estética y su visión creadora.
Como crítico, salta del eclecticismo sazonado con que contempla el crepúsculo de neoclasicismos en sus artículos de la Biblioteca a la comprensión de poetas y estéticas del romanticismo triunfante; como poeta, madura su visión americana y produce la silva a la agricultura de la zona tórrida". Fin de la cita.
Encuentra Rodríguez Monegal una diferencia entre la alocución y la silva, obviamente a favor de esta última. Cree el crítico uruguayo que entre una y otra se afina la visión bellista en las circunstancias americanas, incluso llega a atribuir este cambio al trato cotidiano de Bello con Olmedo. En efecto, este dato es valioso, pero de ninguna manera único; las preocupaciones americanistas de Bello son de larga data.
Lo que sí puede ser cierto, y aquí apunta muy bien Rodríguez Monegal, es que la presencia de Olmedo en Londres a partir de 1824 entusiasma a Bello en el avance de su silva. Eso sí, de hecho el proyecto de las silvas lo viene afinando desde antes de la fundación de la Biblioteca Americana, como bien lo demostró Pedro Pablo Barnola, sacerdote jesuita, en su estudio introductorio al tomo dos de las obras completas de Bello en 1962.
Ambos textos, la alocución y la silva, formaban parte de un largo poema que se titularía América y que estaría formado por las silvas que el autor ya había compuesto. Por diversas razones, el poema América nunca se publicó como tal, mientras que la alocución y las silvas sí. Es cierto, es un poema de mayor importancia que la alocución, no cabe la menor duda.
Y es probable que esta profundización de la mirada se haya dado en Bello por diversos motivos, entre ellos el diálogo intenso con los americanos de entonces en Londres, entre cuyos contertulios estaba Olmedo. Ha debido sentir Bello que llegaba el momento para el cual se había preparado durante tantos años: darle cuerpo a una idea, pasar del triunfo sobre la corona española a la construcción de una república y de allí que comenzara por nombrar sus elementos.
Ha debido sentir que la tarea de su compañero ya estaba concluida, me refiero a Bolívar, aunque Bolívar no lo pensará así, y ha debido sentir que debía alzar su voz creadora. La obsesión americana de Bello estaba sembrada en él desde sus tiempos coloniales, en su Caracas natal, pero era ahora, después de años de destierro, cuando podía expresarse en toda su magnitud. De allí que la silva a la agricultura de la zona tórrida, aun siendo su poema más acabado o su poema fundacional, sea también pieza de un proyecto al que Bello le imaginaba diversas facetas.
Ese proyecto americano del caraqueño se expresaba de manera excelsa en su poesía, pero también lo hacía en su labor de docente; lo hizo luego en la tarea de legislador y ya se expresaba en sus estudios lingüísticos y en su tarea de filólogo. El Bello de Londres, así como el de Caracas, está preparándose sin saberlo para ser uno de los arquitectos intelectuales del Nuevo Mundo. La obsesión americana ya manifiesta en la alocución encuentra un cauce más hondo, menos anecdótico, más universal en la silva; es como si el torrente que pide espacio en la alocución encontrase mayor contención y, en consecuencia, mayor intensidad de los linderos que le fija la silva.
La discusión sobre esta alternativa no es nueva, pero no por ello estamos relevados a intervenir en ella. Si bien es cierto que en ambos poemas Bello se dirige a alguien apelando a una forma sucedánea de la epístola, no deja de ser cierto que en la silva el destinatario es menos abstracto que en la alocución. El recurso de dirigirse a la poesía, humanizándola para invitarla a posar su ala sobre el espacio americano, es más fácil que el de dirigirse a las zonas tórridas.
Sobre todo si la invitación casi de inmediato se descubre como una estrategia para la descripción de los avatares heroicos de la guerra de independencia y la relación celebratoria de las ciudades en los países americanos. El paseo que efectúa Bello no puede ser más completo; siempre de la mano de referencias a la mitología clásica, el poeta levanta hasta el pedestal heroico a Ricaurte, Girardot, Roscio, Piar, McGregor, Anzoátegui, Vargas, Sedeño y, por supuesto, a Bolívar. En su relación poética condena a Boves y no deja de rendirle tributo a su amistad con Javier Ustáriz.
Es así como la alocución va avanzando en su tono celebratorio, pero ciertamente comedido, hacia un territorio enumerativo en el que se dan la mano la crónica y el verso. Pocas veces el poeta se sale del cauce que él mismo le ha fijado a su discurrir, ajustado, poco dado a la observación personal y mucho menos dado a los efluvios de la subjetividad. La interiorización del paisaje y la subjetivación de la experiencia épica formaban parte del proyecto bellista en la alocución.
Sí habitaba el paisaje del poema, el giro del lenguaje correctísimo y la intención de rendir una experiencia totalizante. No buscaba don Andrés la intensidad, o al menos eso parece si lo juzgamos por el fruto entregado. De hecho, en un poema tan largo y a veces de tan trabajosa lectura, el riesgo de perderse en unas aguas quietas es grande.
Es probablemente por ello que el autor de pronto retoma las fuerzas que lo animan y toca la lira con mayor potencia. Pero si en la alocución la invitación a la poesía es a mirar hacia el nuevo continente, su geografía y su épica libertaria, en las silvas se articula una proposición más compleja. La obsesión que mueve a Bello en este poema es de otro tenor: si en la alocución brilla una exaltación de las armas como instrumento liberador, en la silva brilla un llamado a la paz.
Esta paz con la que Bello, el constructor, sueña es la paz de los labriegos, vuelta a la poesía bucólica de sus primeros años caraqueños. No. La paz que es base del proyecto americano de Bello es la del trabajo. El poeta se da cuenta de la importancia radical que tiene la curación de la herida de la guerra para la verdadera construcción de una república.
Desliza además una dicotomía moral: la paz está en el campo, la ambición en la ciudad. Aquí sin duda esgrime una sonrisa el Bello lector de poesía clásica, pero también el humanista. En la próxima parte del programa volveremos sobre estos hechos de Andrés Bello. Ya regresamos.
Detengámonos ahora, antes de seguir, en una anécdota que es muchas veces citada y forma parte prácticamente ya de la leyenda o del anecdotario bellista: se trata de la visita de Humboldt a Caracas en el año 1800. Entonces Andrés Bello tiene diecinueve años. Él era nieto del pintor Juan Pedro López y a la vez era hijo del abogado Bartolomé Bello, que eran dos personajes importantes de esa sociedad colonial.
El pintor Juan Pedro López era un pintor importante en los últimos años del siglo XVIII y el doctor Bello, el abogado, también lo era. Y el hijo Andrés, deslumbrado con la presencia de Humboldt, sigue sus pasos y los pasos de su ayudante, Aimé Bonpland. A lo largo de sus indagaciones caraqueñas no se sabe por qué no lo acompañó en el ascenso al Ávila.
De ese ascenso queda el relato del sabio alemán en su libro fundamental El viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente. Al parecer, el interés botánico del joven poeta Andrés Bello se vio súbitamente fortalecido cuando Humboldt le abrió las puertas de su sabiduría. Pero más allá de esta anécdota, según la cual no subió al cerro del Ávila, lo cierto es que en la silva es notable el conocimiento de la flora propiamente americana.
En ella es como si la ausencia de las figuras de la mitología clásica se hubiese cubierto por lo específicamente americano. En verdad hay dos flechas que está disparando Bello desde su proyecto americano: por una parte le da voz a lo particular, que es el patrimonio de estas repúblicas que están naciendo, que además necesitan fortalecer su individualidad, y además busca Bello revelarle poéticamente un mundo a los europeos. Ese mundo sobre el que la taxonomía del varón de Humboldt ya ha hecho su trabajo, ese es el que adquiere estatura poética al ser nombrado por el humanista caraqueño.
Dos son los sujetos a los que Bello se dirige: al americano, quien necesita ser verbalizado para existir, y al europeo, que es capaz de legitimar su discurso. La segunda etapa en su poesía concluye, como dijimos, en 1829. Bello trata de regresar a Venezuela, pero las condiciones no le son propicias. Escribe cartas, pide regresar, pero en 1829 Bolívar está enfrentando una crisis de grandes proporciones y no puede garantizarle a su amigo un regreso eficiente, mínimamente acomodado, y entonces Bello recibe la invitación de Chile que le abre sus puertas.
Y allá en Chile la presencia de Bello llega a tener un lugar de esplendor y él como maestro se convierte en gran maestro, además el legislador, filólogo, y no va a ocurrir lo mismo con el poeta. La poesía va entonces a ir languideciendo en la obra de Bello; las tareas son otras en esta etapa, son tareas muy importantes. De modo que para el momento en que zarpa de Londres hacia Valparaíso ya su obra poética está escrita.
Durante el período chileno publica algunas de las traducciones que ha adelantado en Londres, pero son traducciones, entre ellas esta: la de Tíbulo y Horacio. Además da a conocer otras cuyas versiones han sido acabadas luego ya en suelo chileno, me refiero a la de Petrarca y la del Salmo 50. Y también su famosa Oración por todos, que es una imitación de Víctor Hugo y fruto de aquellos años finales, así como un poema muy popular en Chile que se titula La cometa.
Bueno, esta vida larga de Andrés Bello pronto va a llegar a su final. Estamos en 1865 y este testigo y actor privilegiado ha visto realizarse un sueño: lo que alguna vez conversó con Simón Bolívar y con Luis López Méndez en aquella nave que los llevaba a Inglaterra ya es un hecho. Las repúblicas americanas se abren paso hacia su razón de ser y en ese camino sin duda el aporte de Bello ha sido principal.
Tanto es así que la poesía americana que le sucede es, en muchos sentidos, tributaria del proyecto poético americano que hemos mencionado antes, el de la alocución a la poesía y la silva a la agricultura de la zona tórrida. Y hasta finales del siglo XIX, el ciclo Bello realmente, la influencia de él como poeta es determinante. No sólo queda su huella en los inmediatos sucesores que llevan el testigo más allá de donde lo encontraron, sino como que también quedan autores, como Francisco Lazo Martí, casi ochenta años después de la publicación de la Silva a la agricultura de la zona tórrida.
Lazo Martí publica La silva criolla, que en alguna medida es una continuación o un homenaje a este poema iniciático e inicial de Andrés Bello, pero su obra poética es una faceta de su labor creadora. Su labor creadora es monumental y el adjetivo no es gratuito. Allí se incluyen aportes principales: la Gramática de Bello es un monumento insoslayable para los estudios de la lengua española, considerada por los conocedores como la gramática más importante después de la de Nebrija.
Bello, el culto a Bello como gramático en España y en todas las academias de la lengua española del mundo americano, es un culto sólido, consistente, recurrente. Sus aportes, por otra parte, en el mundo del derecho internacional son muy significativos, y por supuesto su labor como rector de la Universidad de Chile, donde fue rector durante muchos años, a tal punto que se le considera el fundador de la universidad moderna chilena. Y además se va haciendo en Chile una suerte como de conciencia nacional, una voz máxima en los asuntos políticos chilenos que le eran muy cercanos y sustanciales.
De modo que, bueno, la obra de Bello en Chile es de grandes dimensiones, además del trabajo de Pedro Grases y la biografía de Andrés Bello que escribió el joven entonces Rafael Caldera cuando apenas tenía 20 años. Pues en años recientes hay dos biografías muy valiosas: la de Iván Jaksic y la de Pedro Cunill Grau, y ambas han enriquecido la visión del personaje. Vamos a ver algunas de las observaciones de Pedro Cunill Grau en su biografía de Andrés Bello, publicada en la Biblioteca Biográfica Venezolana con el número 40.
Recordemos que esta biblioteca la publicó el Diario El Nacional y el Banco del Caribe, y las dirigió desde su fundación hasta su extinción ese gran venezolano que fue Simón Alberto Consalvi. Entonces allí, en la biografía de Cunill Grau, vamos a hallar algunos cuantos datos de mucho interés. Nos informa, por ejemplo, Cunill Grau que en su etapa caraqueña Bello leyó a John Locke, nada menos, e incluso tradujo partes de ese gran libro, An Essay Concerning Human Understanding, al español, cuando seguramente poquísimos contemporáneos suyos en la entonces Capitanía General de Venezuela lo habían leído.
Bueno, una lástima que Bello no haya estado aquí en Venezuela para divulgar a fondo el pensamiento de John Locke. Hubiese sido un pensamiento alternativo al que se divulgó muchísimo desde Jean-Jacques Rousseau, incluso en la mente de nuestros constructores de la República; hubiese estado probablemente más presente Locke que Rousseau y es muy probable que el curso de nuestra historia hubiese incluido otros matices. No llego a decir que hubiese sido distinto, ya que sería una exageración, pero este dato acuñado por Cunill Grau, que Bello leyó a Locke a fondo e incluso lo tradujo, es verdaderamente una joya de información.
En la próxima parte del programa vamos a seguir con estos aportes de Pedro Cunill Grau a la biografía de Andrés Bello, que se suman pues a las biografías conocidas, a los trabajos de Grases, a la biografía de Rafael Caldera e incluso a la más reciente de Iván Jaksic. Ya regresamos.
De anchor.fm, para alguna sugerencia sobre este espacio, pueden escribirnos al correo rafaelarraiz@hotmail.com y en Twitter arroba RafaelArraiz. Somos Unión Radio Cultural. Estamos de regreso con Venezolanos. Somos Unión Radio Cultural.
Bueno, venimos hablando de lo dicho por Pedro Cunill Grau, recientemente fallecido, sobre Andrés Bello en su biografía. Recordemos que a Cunill lo une un vínculo muy importante con Bello y es que Cunill es chileno y emigra a Venezuela siendo un hombre joven, pero ya formado, y hace toda su vida profesional en Venezuela, uno de los grandes geógrafos y geohistoriadores que ha habido en el país. De modo que la curiosidad de un chileno que vive en Venezuela por un venezolano que vive en Chile es natural y por eso lo estudia a fondo.
Y Cunill cita a Pedro Grases, donde Pedro Grases dice lo siguiente, voy a citar: "A partir de 1802 no se producirá ningún acontecimiento cultural y público en la Capitanía General hasta 1810, en donde no esté visible la mano y la presencia de Bello". Esto lo dice Pedro Grases y lo cita Pedro Cunill. Y es realmente el caraqueño, fue una suerte de bisagra conceptual entre el mundo de la provincia de Venezuela y de la Capitanía General de Venezuela y el de la República de Venezuela.
Con la salvedad de no haber vivido en la República de Venezuela, porque cuando Bello, Bolívar y López Méndez se embarcan en La Guaira con rumbo a Londres, la República de Venezuela no se ha creado. Esto está ocurriendo en 1810 y la República se crea en 1811. Bueno, otro sesgo muy bien tratado por Cunill en su biografía es la batalla con el infortunio que sostuvo Bello.
Esto fue una batalla denodada, no solo me refiero a la etapa de gravísimas penurias que padeció en Londres antes de que la República de Colombia lo empleara como secretario en la embajada, sino el encuentro con la muerte. Cuando digo la República de Colombia me estoy refiriendo a ese período el que los historiadores colombianos y venezolanos llaman la Gran Colombia. Yo lo llamo Colombia porque la denominación Gran Colombia, como sabemos, jamás existió, pero lo aclaro para que sepamos de qué período estamos hablando.
Bueno, él enviudó su primera esposa y de los trece hijos que tuvo con las dos esposas con quienes compartió la vida, el propio Bello vio morir a ocho; hay que verle la cara a ver morir a ocho hijos. Bueno, esta tragedia no le invadió el ánimo hasta doblegarlo, por el contrario se recuperó trabajando, trabajando, trabajando incesantemente.
Es incomprensible de otra manera lo que hizo en Chile. Por ejemplo, en su país de adopción redactó el Código Civil, reformó la universidad, ya antes dije que se le consideraba su fundador, fue rector de la Universidad de Chile durante 23 años. Es decir, entre 1842 y 1865, el año de su muerte, veintitrés años rector. Y si bien su gramática es muy conocida, celebrada por los especialistas como un monumento y agradecida por los usuarios con fervor, no es menos cierto que sus Principios de derecho internacional, que es una obra menos advertida para el gran público, son sumamente importantes.
Lo mismo ocurre en su obra de divulgador científico; gracias a esta biografía de Cunill ahora va a poder conocerse mucho más, ya que Cunill hace énfasis en ella, su obra de divulgador científico y la magnitud de esta obra. Quizás también se ignore que Bello fue de alguna manera un autodidacta, porque Bello estudia en la Universidad de Caracas y obtiene una licenciatura en leyes, pero no se doctoró en los estudios de derecho, quizás absorbido por el trabajo en la Capitanía General, absorbido por la literatura.
Pero no avanzó hacia un doctorado como sí lo hizo su gran amigo Juan Germán Roscio. Eso no le resta al más mínimo mérito, porque su obra es su obra, independientemente de los estudios que él haya o no haya hecho. Y además, cuando él llega a Chile son tantos los conocimientos jurídicos que tiene y la mayoría de los abogados chilenos no los tienen, que tuvieron que titularlo de manera excepcional dado que sus saberes estaban más que certificados; lo doctoraron por los conocimientos que tenía.
Y hay otra faceta de Bello que no se advierte con toda claridad, y es la de la ascendencia, la autoridad política que tuvo Bello en Chile. Hay una lista de políticos del primer orden, varios presidentes chilenos, que lo tuvieron como su principal consejero. Era un sabio, un maestro, a tal punto su magisterio es de tal naturaleza excepcional y no hay otro que se le compare en Chile.
Bueno, no tiene sentido especular qué habría pasado en Venezuela si en vez de enfilar su destino hacia el país austral hubiera llegado a La Guaira con sus maletas, los hijos que le quedaban y su sabiduría. Pero eso no ocurrió; en todo caso le calza perfectamente aquel refrán de nadie profeta en su tierra. Hay una valoración preciosa y muy precisa de Mariano Picón Salas sobre su homólogo humanista, porque Picón Salas también fue un humanista.
Y además tiene un vínculo muy importante con Bello, que es que Picón Salas buena parte de su formación universitaria prácticamente toda la hace en Chile. La influencia de Chile en ese grandísimo humanista venezolano, escritor, ensayista, que es Mariano Picón Salas, se le debe en buena parte a la universidad chilena. De modo que era evidente que Picón Salas en algún momento iba a hablar de Andrés Bello, y dice entonces lo siguiente.
Unió como ningún otro letrado la vieja tradición colonial española con todos los nuevos impulsos que desde la revolución y el romanticismo empezaron a configurar el alma moderna. Esto es muy importante, porque es un hombre de transición entre aquella América española colonial y los nuevos vientos, las nuevas ideas que en materia literaria, filosófica, artística encarnaban el romanticismo. Sigue Picón Salas: abrió al trato intelectual de otras naciones y otras culturas el entonces cerrado mundo hispanoamericano con la misma decisión que los héroes de la independencia lo abrían al trato político.
Bueno, hemos referido antes las lecturas de Locke y la traducción de ese ensayo maravilloso de John Locke. Sigue Picón Salas: su seria erudición, su sosiego, su don de análisis, su ponderado y rico juicio sabían canalizar el frenesí. Toda su obra parece así un compromiso necesario entre la tradición y la modernidad. Qué buen juicio el de Picón Salas, qué acertado.
Bien, hemos dado entonces unas vueltas por la vida y obra de ese venezolano excepcional que fue Andrés Bello en nuestro Venezolanos. Este programa en homenaje a él, mi admiración por Bello es total, absoluta, uno de los grandes venezolanos. Cuánto lamentamos que no haya regresado de Londres a Caracas y, sin embargo, pues cuánto celebramos que haya podido materializar una obra de tanta importancia para un país hermano como es Chile. Bien, muchísimas gracias, como siempre, por su atención.
Y nos vemos en nuestro próximo encuentro de nuestro programa Venezolanos, un programa sobre el país y su historia.