Transcripción
Rafael Arráiz Lucca. Les habla Rafael Arráiz Lucca desde Unión Radio y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. En la continuación de la serie que iniciamos la semana pasada sobre Colombia y Venezuela, vamos entonces a continuar con eso que comenzamos la semana pasada. Concluimos haciendo observaciones sobre lo que significaban los modales dentro de las formas, dentro de la cultura venezolana y la cultura colombiana.
Y tendríamos que decir que la ausencia de formas en los venezolanos no es solo expresión de cierta barbarie, es también un rechazo por todo aquello que esconda la crudeza de la verdad. Aquí se prefiere el insulto desconsiderado, o algunos lo prefieren, hay que decirlo, porque se cree que así se apunta más cerca de la verdad; nada más falso. Y en Colombia, por lo contrario, pareciera que la verdad es secundaria frente al imperio de las formas de contención y prudencia. En nuestro vecino uno advierte contención y prudencia y, entre nosotros, uno advierte más espontaneidad y sinceridad; sinceridad lo digo entre comillas porque el insulto no tiene por qué ser sincero.
El insulto también puede esconder una falsedad, solo que se dice desde el insulto, desde la agresión o violencia, pero se cree que quien insulta está diciendo la verdad; no siempre es así, se puede insultar, ¿me entienden? Y por otra parte, entrando en otros territorios, siempre me llamó mucho la atención en Bogotá lo que respondía una madre cuando alguien le preguntaba por sus hijos. Todas las madres bogotanas a quienes les pregunté decían que los niños eran muy juiciosos.
Esta es una palabra clave dentro de la cultura colombiana. En cambio, cuando uno le pregunta a una madre venezolana por los muchachos, por los niños, uno le formula la misma pregunta y la madre venezolana, para señalar algo muy bueno, dice que los niños están tremendísimos, divertidos o graciosos. Allá se dice juiciosos, aquí nadie va a decir que los niños están juiciosos porque pareciera que el juicio no es un valor acendrado en Venezuela. Pareciera... Las palabras esconden mucho y denotan muchos de los valores culturales.
Aquí pareciera que se coloca el énfasis en ser divertido, en no tener juicio y en que los niños sean tremendísimos. Y esto guarda relación con otro valor que señalamos en el programa anterior como cardinal de la cultura colombiana. Me refiero a la obediencia. Mientras en Venezuela se estima más al que responde, al retrechero, y también al que puede tenerse como alguien que ejerce el pensamiento crítico, en Colombia la obediencia pesa mucho. ¿Esto a qué se le puede deber?
Yo creo que a varios factores, pero debe considerarse el peso de la Iglesia católica en el período colonial colombiano y cómo la Iglesia ha seguido pesando a lo largo de los dos siglos republicanos colombianos. Y en esa Iglesia colonial la obediencia era fundamental; no olvidemos que la Iglesia antigua, la Iglesia colonial, en alguna medida recogía valores de estructura militar y la obediencia en consecuencia se hacía fundamental. En cambio Venezuela, por el contrario, ha prosperado más el pensamiento crítico, eso que en su extremo negativo puede llamarse la retrechería o el respondón; en su extremo positivo tiene algo muy favorable y es el desarrollo del pensamiento crítico.
No tengo por qué obedecer, tengo que argumentar, tengo que discutir, tengo que dialogar; eso está más presente, a mi juicio, en la educación venezolana que en la educación colombiana. Y cuando digo educación no solo me estoy refiriendo a la educación formal sino a la educación hogareña también. Aunque yo no estoy diciendo que en Venezuela, en la educación hogareña, la obediencia no sea importante, por supuesto que lo es, pero es que allá uno nota que la obediencia es central, todavía más importante que acá; aquí allá queda menos espacio para la disidencia, para las críticas.
Estos son, como vengo diciendo desde el primer programa, impresiones ensayísticas sujetas, verdad, a estudios académicos que puedan comprobar estas impresiones que yo he tenido. No pretendo en ningún caso presentarlas como verdad absoluta, sino como lo que son: impresiones sujetas a verificación y discusión. Vayamos a otra diferencia notable, sumamente importante para entender un pueblo y otro. Me refiero a la velocidad: en Caracas y en Venezuela, en general, la rapidez es sinónimo de eficiencia.
Aquí uno dice que eso salió rapidísimo, entré por una puerta y salí por otra con el documento, o entré a la barbería, el barbero trabajó a toda velocidad, en 15 minutos estaba listo. Una señora puede decir: entré a la peluquería y Fulana me hizo las uñas, me secaron el pelo y a la media hora ya estaba todo resuelto. De modo que aquí cuando sale algo rápido es que se hizo bien; en Bogotá es al revés. Si se hizo velozmente fue porque se hizo mal.
La lentitud es garantía de eficacia. Es algo muy sorprendente; mil veces se escucha en Bogotá un refrán colonial que aún está vibrante de actualidad: el refrán "la prisa es plebeya". Y todavía se escucha otro refrán, u otra expresión más bien muy contemporánea, que se escucha todos los días y prácticamente a toda hora: no hay afán, no hay afán. En otras palabras, el afán es lo peor, correr es lo peor. Miren, esto es extrañísimo y muy interesante, realmente muy interesante, porque es paradójico.
Si ustedes se montan en un taxi por las calles de Bogotá, pues la experiencia puede ser cercana a lo terrorífico. Porque la velocidad que alcanzan los taxis es vertiginosa, unos carros pequeñitos, en su mayoría carros coreanos, que se cuelgan por los huecos más pequeños y uno se hunde en el asiento esperando lo peor, pero no llega porque estos conductores se manejan como unos diablos, con una destreza inimaginable. Con mucho afán, ahora sí con muchísimo afán, van avanzando y se embisten unos a otros, impidiéndose el paso.
Toda la cortesía que uno encuentra en Bogotá, en el trato, "me muero de la pena", "qué pena", "cómo usted", "cómo está", "cómo le va", "buenos días", todo eso queda al margen cuando uno se monta en un taxi y la resolución del trámite vehicular es de una agresividad pocas veces vista. Yo realmente, uno se queda fascinado. El contraste que hay entre el taxi y la barbería: en la barbería todo es lento, en el trámite bancario todo es lento, pero en el taxi todo es vertiginoso.
Claro, estamos hablando de Bogotá. Es una ciudad que tiene 9 millones de habitantes con unos problemas de tráfico inimaginables. Una ciudad que no termina de construir un metro o transporte subterráneo; todo el transporte es superficial y lo que llaman los bogotanos trancones. Los trancones son de grandes magnitudes; cualquiera puede pasarse dos o tres horas en un trancón moviéndose de un lugar al otro. Y si llueve todavía puede ser una experiencia peor, cosa que en Bogotá ocurre prácticamente todos los días.
Recuerden ustedes aquella expresión de García Márquez, como ustedes saben era de Aracataca, cerca de Barranquilla. Era más un costeño desde el punto de vista cultural y se va a vivir a Bogotá de muchacho, a estudiar bachillerato en Zipaquirá, donde están las minas de Zipaquirá de sal, es un pueblo muy cercano a Bogotá. Y él tiene esa expresión para referirse a Bogotá, que es un lugar en el que comenzó a llover cuando llegó Gonzalo Jiménez de Quesada y no se ha detenido la lluvia. Gonzalo Jiménez de Quesada es el fundador de Bogotá. Pues sí, en Bogotá se puede decir que llueve todos los días y que todos los días, además, se pasa por distintos climas.
Puede estar cayendo un aguacero torrencial; 15 minutos después desaparecen las nubes, hay un sol esplendoroso, y diez minutos después vuelve a estar el cielo completamente encapotado, de modo que se dice con frecuencia que allá se experimentan todos los climas en un solo día. De modo que esa paradoja interesante entre la velocidad de los taxis y la lentitud en el trámite es sumamente interesante. Y la vinculación de la velocidad, es decir, de la lentitud, con la eficacia. Cuando en Venezuela es lo contrario, la eficacia está vinculada a la alta velocidad en que se resuelven los temas.
En la próxima parte del programa continuamos. Hablábamos en la parte anterior del programa sobre la velocidad y las diferencias entre la velocidad aquí, en Venezuela, y allá en Colombia. Y permítanme también una observación anecdótica: yo veía a los señores de las barberías de Bogotá hacerse las uñas, porque miles de hombres se hacen las uñas, ojo, todos los estratos sociales, y advertía que el tiempo que pasaba la manicurista era dilatado, extendido. Que hacía su trabajo con una lentitud para mí exasperante.
Yo llegué con ritmo caraqueño y alguna vez le pregunté a una de ellas: "¿Por qué era tan lento todo?" Y ella me respondió: "Rápido no se puede hacer bien". Esa fue la respuesta. Pues bien, esta es una sociedad en la que la lentitud se erige como un valor, y es la misma sociedad en la que la rapidez para algunas mañas es asombrosa. Por cierto, les recuerdo, estoy hablando de una experiencia bogotana; si estamos hablando de la costa colombiana, pues encontraremos la misma velocidad caraqueña o cumaneza o zuliana.
El tema allí es Bogotá, una ciudad que está a 2600 metros sobre el nivel del mar y, bueno, muy distinto al tono vital de la gente allá y aquí, o a la orilla del mar o en cualquier región del Caribe. Les decía antes que son lentos para algunas cosas, pero para otras son muy rápidos. Y en segundos cambian algo sin que el afectado se dé cuenta.
Una anécdota: estaba almorzando con unos amigos en un pequeño restaurante, en el centro de Bogotá. Un restaurante muy discreto y llegó un señor vendedor de revistas. Y el señor tenía una práctica para robarse los teléfonos: colocaba sobre la mesa un grupo de revistas, las ofrecía, "mire, aquí está la revista, esta, aquella", además allá todo el mundo decía por supuesto que no, y él aprovechaba el momento para recoger las revistas y un teléfono que estaba colocado sobre la mesa, de manera inadvertida. Un amigo mío, de pronto, cuando fue a buscar, se dio cuenta que no estaba el teléfono y también se dio cuenta, porque conocía esta práctica, que había sido el señor de las revistas y salió corriendo a buscarlo y ya el señor, por supuesto, se había evaporado.
Hay muchas habilidades de esta naturaleza, ¿verdad? Pero bueno, contrastan estos talentos con la lentitud que se desarrolla en otras tareas. Estas malas mañas, que por supuesto las hay también en Venezuela, pero en Colombia de verdad son muy extendidas, llevan a la sociedad colombiana a que el tema de la confianza y la desconfianza sea muy importante. Y la desconfianza es tan grande que cualquier trámite administrativo se convierte en un trámite jurídico, y ese trámite desemboca en una notaría.
Por supuesto, el notario es un personaje importantísimo de la sociedad colombiana porque él da fe de la identidad y los títulos de las personas, porque el notario es el que blinda al trámite de la amenaza o falsificación del fraude. Una experiencia: en una oportunidad firmé un contrato con una institución académica y, ¿cuál es mi sorpresa?, que el contrato, una vez firmado entre la autoridad académica y yo, tenía que ir a la notaría. Yo no entendía por qué. Es decir, le acabamos de firmar, sí, pero aquí la práctica es que vaya al notario y el notario certifica que usted es usted y la autoridad académica es la autoridad académica.
Pero si aquí estamos en presencia los dos, ¿quién duda de esto? "No, pero qué tiene", porque las prácticas jurídicas conducen a que eso sea necesario. Imagínense ustedes una pieza importantísima en la burocracia, pero que tiene su origen en la desconfianza, en las falsificaciones que allá, la verdad, son muy frecuentes. Allí entonces me enteré que la falsificación de títulos era una práctica muy frecuente, y tanto de títulos universitarios como de bachillerato o de conducir, como es lo que sea. Porque hay una gran habilidad para desarrollar estas tareas.
Esta desconfianza conduce a que los colombianos pasen la vida diligenciando una planilla, que es como ellos lo llaman: vamos a diligenciar una planilla. Y cualquier trámite en una oficina pública o privada es algo complejísimo que debe ser revisado y revisado hasta la saciedad, y toma tiempo, y se convierte en una operación de gran envergadura cuando realmente es una operación muy simple. Yo compré un carro a crédito en Bogotá. De la agencia llamaron a mi suegra a Caracas a preguntarse si yo era yo y el crédito se tardó tres meses en que me lo aprobaran, pero tres meses para aprobarte un crédito.
Eso es un trámite que puede durar una semana acá a lo sumo. Allá se tarda tres meses porque ellos revisan y revisan, porque hay ese clima cultural según el cual si se hace muy rápido se hace mal, y si se hace lentamente es porque se hizo bien. Esto es un tema complejo para el desarrollo porque la velocidad y el desarrollo están intrínsecamente vinculados, de modo que esta lentitud como de tiempos coloniales realmente es todo un tema complicado. Por cierto, a ese simple crédito para comprarse un carro en la agencia, llamaban a eso la operación. Esto es algo así tan complicado y a mí terminó resultándome gracioso todo aquello.
Claro, cuando uno hurga se da cuenta de que ellos están tratando de protegerse de un fraude. El origen de toda esta tramitología es protegerse de un fraude. Es decir, es la realidad a la que los lleva esas prevenciones extremas en relación con cualquier trámite y por eso, como les digo y como dicen ellos, los colombianos pasan la vida diligenciando una planilla. Y bueno, yo no sé si esto tiene relación con algo muy extraño que me ocurrió varias veces en Colombia: conocía a alguien que me trataba de una amabilidad extraordinaria, como si me conociera de toda la vida, invitaba a vernos de nuevo, ir a su casa, a vincular las familias. Una cosa extraordinaria.
Y dice uno: oye, pero qué gente tan amable. Y en verdad uno se siente muy bien, muy agradado. Al final del encuentro, esa despedida en casa de unos amigos o un parque, qué sé yo, donde sea, el bogotano anuncia la invitación ofrecida ocurrirá muy pronto, en días. "En días te llaman", muy pocos días te llaman. Bueno, y lo más común es que no llamen nunca. Yo le preguntaba a mis amigos colombianos: bueno, pero esto, ¿qué es? Ellos me decían: no, es que nosotros somos así. Y nosotros nos lo hacemos entre nosotros, ¿no? Es contigo que eres extranjero. No, es que entre nosotros es igual, es una forma de proceder colombiana muy extraña y también puede ocurrir.
Que esa persona o esa pareja, supongamos que era una persona que tú te conseguiste y trató como un príncipe europeo, y eso, pues, las mayores carantoñas, como decimos en Caracas; la próxima vez que te lo encuentras no te saluda. Dices: pero bueno, ¿qué pasó aquí? ¿Qué pasó? Es una conducta extrañísima y yo indagué varias veces por qué ocurría esto y los amigos bogotanos me decían que era lo más común. Que eso no me lo hacían a mí por extranjero, y entre ellos pasaban la vida haciéndosela. Y es algo que no logro entender.
Y bueno, uno pudiera a partir de allí concluir que aquella amabilidad y aquellas alharacas que te prodigaron era una especie como de actuación. Hay algo dramático en eso, como quien está desempeñando un papel, el papel del amable, y esa misma persona desempeña la próxima vez el papel del que te ignora, el papel del que no te advierte. De modo que uno, como extranjero, cuando tiene estas experiencias se queda atónito. Pero cuando hablas con ellos y tus amigos bogotanos: explícame esto, ¿qué está pasando aquí?, te dicen: no, es que nosotros somos así. Es nuestra manera de ser.
Eso no quiere decir que sea una ofensa contra ti, no quiere decir nada, eso no quiere decir nada. Quiere decir que te tratamos muy bien y también quiere decir que te podemos ignorar, pero lo que te ignoramos no quiere decir que no te queramos. Es verdaderamente algo muy difícil de comprender para uno. Ahora, claro, si uno es del patio o si uno está allá, uno sabe que todo ese afecto en el trato forma un agrado fugaz y que de pronto se voltean y puede que nunca más te dirijan la palabra. Por supuesto, para un venezolano esto es una conducta muy difícil de comprender.
Allá hay unas sutilezas verdaderamente difíciles de entender para uno, indecifrables. Es como que si lo que ves no es y tampoco es lo que está oculto. En fin, miren, por más que mis amigos intentaron aclararme esta conducta tan extendida en Bogotá, no creo haber comprendido completamente de qué se trata, por qué ocurre y qué se busca con esto. En todo caso, creo que contribuye a la desconfianza generalizada sin la menor duda, pero es algo que los venezolanos no estamos advertidos y nos encontramos en estas situaciones tan curiosas en Bogotá. En la próxima parte del programa seguimos con estas observaciones al vuelo de impresiones. Ya regresamos.
Hablábamos en la parte anterior del programa sobre estas costumbres tan complejas de entender que nos hablan un poco de la manera de ser del pueblo bogotano, de aquel gentilicio, y ahora quizás pudiera referirles otra impresión, otra anécdota. Y es la experiencia de la espera en un banco: me refiero a un banco, una institución bancaria, no a un banco en un parque o una plaza, sino a una institución bancaria. Ahí nadie se atreve a hablarle al vecino, no se puede hacer, está mal visto, engrincha a la gente. Y esto para un caraqueño es algo inusitado realmente, porque lo natural es que uno converse con quien tiene al lado en cualquier lugar en el que uno esté esperando.
Uno está en una cola de un banco y termina amigo del que está al lado. Uno está en una cola para comerse un perro caliente y conversa con los que tiene al lado. Allá no. Allá lo extraño realmente es hacerlo y la gente se queda muy sorprendida si uno le pregunta algo a alguien sin haber sido presentados; el tema es difícil. Y hay algo todavía más curioso: en un ascensor, por ejemplo, lo más natural que uno entra a un ascensor aquí en Caracas o cualquier ciudad de Venezuela, hay unos saludos, buenos días, y la gente responde buenos días.
Puede ocurrirte allá que tú digas buenos días y te responda alguien por una suerte de compasión hacia el extranjero porque no es lo normal que uno salude un ascensor. No se contestan al saludo ni siquiera se hablan en los ascensores, en muchos casos. ¿A qué se debe esto? ¿Cómo puede ser esto? Es algo para uno muy extraño, ¿no? Yo creo que, claro, uno actúa automáticamente: yo entro a cualquier ascensor y saludo buenos días, buenas tardes. Entonces, claro, algunas personas allá me respondían pero entendían por mi acento que se trataba de un venezolano, o como ellos nos llaman también, un veneco. Y bueno, contestaban y sonreían un poco porque entendían que esa no era la práctica allá.
Y uno se pregunta: ¿cómo se entiende esto en relación con la célebre urbanidad de los colombianos? Aquí entonces uno dice: bueno, qué extraño, ¿entonces será que la amabilidad está vinculada con un servicio que se está prestando y si no se está prestando el servicio pues para qué es la amabilidad? ¿Será eso?, ¿será que se articula específicamente en una relación signada por algún tipo de desempeño o de utilidad institucional o comercial, o la que sea? Por ejemplo, un taxista es amable, sin duda, y habla bien; una recepcionista saluda correctamente y una telefonista sabe hablar, utiliza el lenguaje correctamente, mucho mejor que lo que suele uno escuchar por estas tierras. Pero entonces se pregunta: ¿será que esa amabilidad está en función de la tarea que se está desempeñando y no es una amabilidad natural?, ¿pudiera ser?
Yo no me atrevo a afirmar esto. Es una impresión, pero que no creo que deba dejar de indagarse acerca de esto para quien quiera, y seguramente los colombianos que están oyendo este programa, que deben ser miles, porque en Venezuela viven muchísimos, además estos programas se oyen en cualquier lugar del mundo por la vía internet, seguramente tienen respuestas a estas interrogantes que yo me hago. Por ejemplo, les consigno una anécdota en este sentido: uno saluda y le da las gracias a cualquier persona siempre, independientemente de su condición social; eso es lo que a mí me enseñaron mis padres en Venezuela. Y además, así como nos relacionamos nosotros, hay una atmósfera de amabilidad que hace bien en el alma.
Pero un amigo me advirtió que eso allá era muy raro... que no lo hiciera. Que andar saludando a cualquiera podía ser malinterpretado, podía ser interpretado como que yo andaba buscando algo con esa persona. No tenía por qué saludar al vendedor de chicles con amabilidad, que no, que se hacía el trámite y ya, pero que no había que establecer un vínculo más allá del trámite porque eso podía ser malinterpretado. Otra rareza para nosotros y otra diferencia interesante. Y la verdad es que no voy a seguir por este camino de indagaciones porque no sé cómo interpretar estas conductas; sin embargo, las señalo y las traigo a cuento aquí.
Porque algo me dice que son reveladoras de una manera de ser allá y aquí, y vamos hacia otro tema antes de que se me escape, antes de que se vaya volando. Este tema lo dejamos hasta aquí en el aire para que ustedes lo piensen. El otro tema es que Colombia, se puede decir, está formada por varios países o varios enclaves, digamos así. Aunque haya, uno escucha esto de la siguiente manera: es muy frecuente que te digan, Colombia está formada por varios países, y una frase se escuchó mucho y se lee con frecuencia. Y es verdad, hay algunos que hablan de cinco, otros de seis, hasta siete países.
Vamos a ver cuáles son: los llanos es uno, no hay duda. La costa caribeña es otro; por cierto, ellos llaman a la costa caribeña, extrañamente, la costa atlántica. Yo digo: pero ya va, ellos no tienen costas atlánticas, toda la costa que tiene es caribeña. ¿Por qué le llaman la costa atlántica? Porque se tragan el mar Caribe; es algo extraño, nadie me supo explicar por qué. Entonces llevamos los llanos, la costa caribeña o atlántica como ellos llaman, Antioquia y el eje cafetero es otro mundo, Cali y la costa del Pacífico es otro mundo.
La región cundiboyacense, que incluye Bogotá, por supuesto, pero incluye Tunja, Villa de Leyva, es otro mundo, y algunos le suman un sexto, que es la selva amazónica. Y otros un séptimo país, que sería el sur andino formado por Popayán y Pasto. De modo que aquí tenemos siete enclaves, siete regiones que por razones geográficas históricamente han estado muy poco conectadas.
Fíjense, hay un detalle aquí interesante: creo que de América Latina, en términos proporcionales, el país con mayor desarrollo de la aviación civil y comercial es Colombia. Avianca, la línea aérea colombiana, tiene centenares de aviones. Claro, ¿por qué se desarrolló la aviación comercial de esa manera? Bueno, por lo precario, lo exiguo de las carreteras colombianas y en algunos casos porque ni siquiera hay autopistas. Entonces esta desconexión vial favoreció el desarrollo de la aviación comercial y claro, de la aviación comercial estamos hablando del siglo XX.
Pero el siglo XX, ya estamos hablando de 400 años en el período colonial y de 100 en el período republicano, donde estas regiones colombianas se desarrollaron como enclaves bastante autónomos. Y en verdad, las diferencias más claras entre todos estos países que forman Colombia se dan entre los llanos, el Caribe y las zonas andinas. Estas últimas, las zonas andinas como cultura de montaña, hay unos matices: por ejemplo, los matices entre el sur, Popayán y Pasto, el eje cafetero con el epicentro de Medellín, de Pereira, de Manizales, Armenia, y el eje Bogotá-Tunja, Bucaramanga, Cúcuta. Ahí hay también diferencias a pesar de que son todas zonas andinas, ramales de la cordillera de los Andes.
Todas estas zonas son montañosas y frías en diversas medidas. En todo caso, lo que es cierto es que los accidentes geográficos colombianos han conducido a que las singularidades regionales sean muy pronunciadas, dado que la comunicación entre estos países ha sido dificultosa, por decirlo menos. Y es cierto que es radicalmente distinto ser costeño o de Bogotá, eso es muy distinto. Es muy distinto ser llanero que paisa. Paisas son los antioqueños; es muy distinto ser caleño que tunjano. Y también es muy probable que un porcentaje muy alto de colombianos en una zona jamás haya ido a la otra. Esto es muy, muy probable.
Como sabemos, las carreteras son pequeñas y pocas, hay pocas autopistas, los viajes en avión son costosos para un presupuesto familiar. Y a su vez, la guerra dificultó el paso por zonas durante 50 años. 50 años son dos generaciones, dos generaciones de colombianos que padecieron la guerra entre los grupos insurgentes y el Estado colombiano. Y esos grupos insurgentes llegaron a controlar casi el 40% del territorio durante muchos años, me refiero a las FARC y el ELN, de modo que este factor todavía incidió aún más en esta desconexión entre distintas regiones de Colombia. En la próxima parte del programa continuaremos con estas impresiones. Ya regresamos.
Bueno, en la parte anterior del programa hablábamos de estos países que forman Colombia, como ellos mismos dicen. Y todo eso apunta a que la integración nacional colombiana haya sido tan difícil de lograr por estos factores señalados, por estos enclaves, por esos factores geográficos comunicacionales. La guerrilla y la consecuencia natural ha sido la acentuación de las particularidades regionales, su profundización y hasta llegar al punto de exagerarse. Por ejemplo, miren, les doy un ejemplo interesante.
En la revista Semana, que es una gran revista política colombiana, sin la menor duda, una revista de gran factura, yo leí en el año 2013 una entrevista a Nicanor Restrepo. Nicanor Restrepo es el gran empresario antioqueño, una suerte de Eugenio Mendoza Goiticoa de este tiempo y en Antioquia, en Medellín. Y afirmaba Nicanor Restrepo en esa entrevista que para ser gerente en Medellín había un requisito indispensable: había que ser de allá. O sea, para ser un gerente exitoso en Medellín tú tienes que ser de Medellín. Caramba, esto es casi imposible leerlo en algún otro lugar del mundo.
O sea, en ninguna parte te dicen: mire usted, para ser el gerente exitoso en Berlín tiene que ser berlinés, o para ser un gerente exitoso en Caracas usted tiene que ser caraqueño. No es eso, ¿dónde advierte uno eso? ¿Dónde lee uno eso? Por supuesto, si tú eres caraqueño tienes ventajas sobre alguien que no es de aquí porque conoces más el gentilicio, etcétera, bien, eso uno lo puede comprender, pero que el gran empresario antioqueño, Nicanor Restrepo, diga que es prácticamente una necesidad ser de Medellín para ser un gerente en Medellín es algo que revela el tema de los enclaves y las singularidades regionales en Colombia, esa pertenencia regional por encima del nacional, hasta el punto de la exclusión de otros colombianos como si fueran forasteros. Porque esto no se lo está diciendo Nicanor Restrepo a los venezolanos, se lo está diciendo a los bogotanos, a los caleños, a los costeños, a los llaneros, etcétera, ¿no?
Es decir, este es nuestro territorio, no se metan aquí, y bueno, imagínense cómo será para los extranjeros el tema. Y hemos dado con un vocablo que en Colombia retumba: la exclusión, de hecho. Los gobernantes colombianos bien formados y conscientes, que son la mayoría, por cierto, al menos los bien formados, saben que la tarea nacional pasa por allí, por la inclusión, para incluir a todos y a los que se les excluye por forasteros en su propia patria, a los excluidos por las razas, por sus posibilidades económicas, por su condición de inmigrantes, por cualquier causa, por cualquier causa. Una de las grandes tareas colombianas, que no la estoy señalando yo, la reconocen todos los líderes políticos colombianos, es la inclusión.
Esa inclusión en ese fenómeno tiene algo que decir: estas singularidades regionales y esta anécdota de Nicanor Restrepo en Antioquia, en Medellín, revela esto que les estoy diciendo. Y hay una conciencia de que este es un problema serio y muy grande también en Colombia. De allí que uno observe un esfuerzo pedagógico por parte del Estado colombiano para revertir esta tendencia cultural, vamos a llamarla ancestral, y los resultados se vean muy pronto. Yo creo que los resultados comienzan a verse en Colombia: esta cantinela permanente de la inclusión colombiana, "somos todos". Esto tiene un efecto porque es una campaña desde el Estado, con recursos y con mucho énfasis en que eso es importante.
Y es común oír que hasta los niños en Colombia tienen conciencia de sus derechos fundamentales. Esto también es cierto, porque la escolaridad colombiana tiene grandes valores y grandes ventajas, si se quieren. De modo que estas situaciones críticas culturales, de estas herencias atávicas históricas, también traen esfuerzos sostenidos para cambiarlas, para modificarlas. Y digamos que la exclusión y separación de regiones del país, como estas advertencias de Nicanor Restrepo, no son comunes en Venezuela en la misma magnitud que en Colombia. Por supuesto, las hay, hay gentilicios muy fuertes en Venezuela también, pero yo me atrevo a decir que quizás no tanto como las diferencias entre los gentilicios colombianos.
Por supuesto que en Venezuela ser maracucho es algo muy particular y ser tachirense también. Es algo muy particular, y ser margariteño lo es. Pero ¿será tan particular como para que lleguemos a decir: mire usted, para trabajar aquí en Margarita como gerente tiene que ser margariteño? No lo creo. No creo que lleguemos a tanto, nuestros problemas, digamos, que son otros. Quizás nos convendría, los venezolanos, una pizca de este orgullo regional que tienen los paisas y los antioqueños, o cualquier región, nos conveniría en Venezuela tener un poco más de orgullo regional, por supuesto sin llegar a estos extremos acerca del fundamentalismo de Nicanor Restrepo.
Aquí el programa de hoy, en donde seguimos pasando revista a similitudes y diferencias entre Colombia y Venezuela, en este ensayo, ¿cómo podemos llamarlo?, de historia, sociología comparada, cultura comparada, no sé cómo lo podemos llamar. En todo caso lo estamos haciendo, como siempre, ha sido un gusto hablar para ustedes.
Soy Rafael Arráiz Lucca desde Unión Radio y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Me acompañan en la producción Inmaculada Sebastiano y Fernando Camacho y en la dirección técnica Fernando Camacho. A mí me consiguen en mi correo electrónico rafaelarraiz@hotmail.com y en Twitter, arroba Rafael Arraiz. Hasta la próxima semana, cuando continuaremos con esta serie sobre Colombia y Venezuela. Ha sido un gusto hablar para ustedes. Subtítulos por la comunidad de Amara.org