Arturo Michelena

Un pintor clásico del siglo XIX

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Orígenes y formación

Les habla Rafael Arráiz Lucca desde Unión Radio, y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Hoy comenzamos una nueva serie de 12 personajes, 12 venezolanos de importancia histórica. Esta serie se inicia hoy con un valenciano que nace en 1863 y muere en 1898. Vive apenas 35 años, tiempo suficiente para dejarnos una obra extensa por su cantidad y muy intensa por sus momentos de calidad.

Nació el 16 de junio de 1863 y sus nombres y apellidos completos fueron Francisco Arturo Michelena Castillo, conocido siempre como Arturo Michelena. Reza en el libro de bautismo de la Iglesia de la Candelaria, en Valencia, sus dos nombres y sus dos apellidos: Francisco Arturo Michelena Castillo.

Era hijo del general Juan Antonio Michelena y de Socorro Castillo, hija del pintor valenciano Pedro Castillo. Refiere Juan Rohl, uno de los biógrafos de Arturo Michelena, que las aficiones pictóricas del padre, Juan Antonio, son fruto de una estrategia para acercarse a la hija del pintor Castillo, de quien Juan Antonio estaba enamorado. Es por eso que se inscribe en las clases de pintura con el maestro Castillo, con el oculto objeto de aproximarse, y lo logra: se casa con ella.

Antes de que esto ocurra, en 1859 va a morir el abuelo Castillo, digamos Pedro Castillo, que fue un pintor sin formación académica pero con muchísima voluntad y, dada su amistad con José Antonio Páez, el general Páez le hizo encargos para la casa valenciana del general Páez. También realmente su legado más importante fue el de las batallas pintadas de acuerdo con el relato que le iba haciendo el general Páez a Pedro Castillo.

Este es el hombre que enseña a pintar al padre de Michelena. De modo que tenemos una saga: el abuelo materno, el padre y ahora el niño Arturo Michelena van a ser, en una casa de tres hermanos, el corazón de sus padres.

El espíritu del abuelo ronda por allí, pero ya no está presente; sin embargo, las obras del abuelo están allí y forman parte del imaginario de Arturo, del niño Arturo. De modo que nadie exagera si afirma que Michelena creció en un ambiente de pintores. El recuerdo del abuelo y las obras del padre, de Juan Antonio Michelena, de allí que la asunción de la pintura como su vocación, como su talento a desarrollar, tampoco puede extrañar a nadie: creció viendo pintar a su padre y su padre estimulaba en él la tarea.

Se matricula en el colegio del doctor Alejo Zuloaga, el Colegio Cajigal. Allí también va a estudiar unos años después Armando Reverón, y allí continúa sus estudios Arturo, alternando con la educación que le brinda su familia. Imita al padre y dibuja a toda hora, tanto en casa como en los paseos con las familias. La habilidad manual del niño no solo se manifiesta con lápices, sino también lo hace con las tijeras: recorta figuras, las pone en juego. Y además de los dibujos que culmina afanosamente el niño Michelena, hay uno a los 11 años que marca un hito fundamental en su biografía: nos referimos a su primer autorretrato.

Un conocedor de su obra, Rafael Romero, crítico de arte y director ejecutivo de la Galería de Arte Nacional, hace unos años ha estudiado las obras en que Michelena se pintó a sí mismo y afirma lo siguiente. Romero: “Es sorprendente, en cambio, que a los 11 años un niño se aventure en experiencias especulares para captar, asumir y sobre todo reproducir una imagen completa y armoniosa de sí mismo, lo cual implica una voluntad de autoexpresión y una conciencia del mundo a quien va dirigida esa imagen de sí mismo”. Hasta allí la cita de Romero.

Y es verdaderamente asombroso que un niño de su edad logre su autorretrato, como Michelena lo hizo. Es una obra ovalada y el niño se ve con ojos muy grandes, el pelo con raya al medio, como se usaba entonces, corbata, un cuello particularmente ancho. La expresión facial es de seriedad y la posición de la cabeza es de lado, de soslayo, está ladeada, no está recta.

Son varios datos interesantes, entre otros la seriedad con que se pinta un niño a los 11 años. Este autorretrato apunta a que Michelena a los once años sabía cuál era su destino. Pues en lo particular me inclino a pensar que sí, que ya se tenía a sí mismo como un pintor. Ya se había entregado a la idea de ser un artista. Sus deseos eran los de consagrarse a la creación plástica y podemos afirmar que si alguna vocación pictórica ha sido de una contundencia tal que no admite dudas, esa ha sido la de Arturo Michelena.

Michelena, recordemos, no tiene que luchar contra una familia que no quiere que sea pintor, porque su padre lo era y su abuelo también. De modo que una persona con talento artístico que no tiene que emplear energías en batallar contra la voluntad de los padres es una persona que tiene un camino mucho más allanado que cualquier otro que tiene que insistir en su vocación contra la voluntad de los padres. Esto fue una gran ventaja de Michelena.

Ese autorretrato al que venimos aludiendo le vale al niño Michelena el interés de un hombre que se convertiría en tiempo y su mecenas: nos referimos a Francisco de Sales Pérez, un empresario aficionado al arte y la literatura, que asombrado, anonadado frente al talento del niño, le propone que ilustre un libro suyo próximo a ser publicado.

Así fue como el libro Costumbres venezolanas, de Francisco de Sales Pérez, que recogía artículos periódicos del empresario, está ilustrado por el niño Arturo Michelena. Ese libro va a salir en 1877, sale de imprenta en busca de lectores y tiene diez láminas, diez dibujos del niño, que el mecenas presenta con enorme entusiasmo.

El mecenas y el autor, Francisco de Sales Pérez, insiste en traerse al niño Michelena a Caracas y le regala una caja de pinturas. Además de la edición del libro, viene el niño con él, conoce Caracas, se hospeda en su casa, y aquí pasa un tiempo, una temporada. ¿Cómo influye esa temporada caraqueña en la futura formación de nuestro pintor? ¿Qué huellas dejó en su carácter esta separación del hogar materno por primera vez?

Bueno, no tenemos cómo saberlo, pero sospechamos que fue un viaje importante para su formación y para la consolidación de su vocación. Arturo Michelena va dejando atrás la niñez: ya es un adolescente que no abandona los pinceles en ningún momento. Comparte su vida entre el colegio, la casa y los paseos con el padre hacia las afueras de Valencia a pintar.

Los objetos de su mano creadora son las plantas, los animales, la gente. Utiliza la acuarela para darle vida a la vida cotidiana, y desde entonces se manifiesta su particular capacidad para la captación de los detalles. Sobre estos años afirma Juan Calzadilla: “Podemos fijar la fase gráfica más decisiva para la formación futura de nuestro artista: es esta etapa del adiestramiento, que le permite superar el primitivismo en las técnicas de su padre y abuelo. Los dibujos no solo proporcionan la habilidad necesaria para lograr ciertos valores de representación, perspectivas, luces y sombras, modelados, valorización lineal, distancia y verosimilitud, sino que afinan en él una aguda intuición para la observación”.

Como vemos, Calzadilla le atribuye a este período una importancia capital. El proceso de crecimiento del niño pintor va alejándose de los usos del abuelo y del padre para encontrar su propio lenguaje, su estilo.

En el año de 1879, un año posterior a este mencionado por Calzadilla, ya Michelena suma 16 años de edad. No deja de pintar; por el contrario, funda junto a su padre una escuela en su casa de Valencia y allí acuden quienes quieren formarse en el arte de la pintura y el dibujo.

En estos años también el joven Michelena va a emprender sus primeras obras al óleo. Dos años después, en 1881, pinta una serie de óleos que tienen por tema los niños. Este es, como veremos a lo largo de su vida, uno de sus temas predilectos. Pinta a la niña Carolina Blanco, pinta Niño con margarita, pinta Nerón niño, y en el año 1882, al año siguiente, pinta el retrato de don Alejandro Tovar.

La familia Tovar va a ser de gran ayuda para Michelena en sus años parisinos. Provienen de Francia, viven en Valencia y son amigos del círculo social de los Michelena. Estos son años en que Francisco de Sales Pérez está intentando enviar a Michelena a formarse en París: toca la puerta en un sitio, toca la puerta en otro, le dirige cartas a ministros conocidos, le dirige carta al presidente de la República, pero no se recibe respuesta favorable. Ya pronto cumple 20 años y sigue ejercitando su oficio, Michelena, esperando el paso.

En el año de 1883 va a ocurrir un hecho de la mayor importancia política y cultural en Venezuela: nos referimos a la celebración del centenario del nacimiento de Bolívar. El presidente de la República, Antonio Guzmán Blanco, decide celebrarlo por todo lo alto. Para tal fin se instala en Caracas una exposición de proporciones nunca antes vistas.

Esa exposición comprende diversas facetas en las tareas nacionales: industria, agricultura, flora y fauna, artesanía y pintura, por supuesto. Para la exposición de pinturas se llama a concurso a los mejores pintores venezolanos desde entonces, y los Michelena, padre e hijo, acuden a la convocatoria.

Entonces Michelena hijo envía una obra de mejor factura que la del padre, que le vale una medalla de honor. Nos referimos a la pieza La entrega de la bandera del Numancia al Batallón sin Nombre, 1883. Esta obra es exhibida en el salón principal junto al gran lienzo de Tovar y Tovar y a la famosa Muerte de Girardot de Cristóbal Rojas, Muerte de Girardot en Bárbula, por supuesto.

Como dijimos, el padre Michelena corre con menos suerte que el hijo y no obtiene premiación alguna con una obra alusiva a la batalla de Carabobo. En cambio, la gran medalla la recibe, como era esperarse, Tovar y Tovar, y le siguen las obras de Cristóbal Rojas, Antonio Herrera Toro, Manuel Cruz y el joven Arturo Michelena, 20 años entonces.

Sobre esta obra, La entrega de la bandera, señala: “de ejecución laboriosa y detallada, marca el momento de mayor madurez adquirido hasta ahora, en forma autodidacta por Michelena. Y en cierto modo constituye las primeras intuiciones de ese estilo que lo conducirá a Vuelvan caras y Pentesilea, dos obras magníficas de Michelena”. Este apunte, este señalamiento de Calzadilla, es muy importante.

El Michelena que vamos conociendo hasta ahora, hasta los 20 años, es un autodidacta. ¿En qué sentido? En que se ha formado con el padre y el recuerdo del abuelo, pero no ha asistido a una academia donde haya estudios formales y rigurosos. Después de esa incursión caraqueña con motivo de la gran exposición del centenario del nacimiento de Bolívar, Michelena regresa a Valencia y sigue pintando.

Y entonces pinta Construcción de la carretera de Higüerote, Cascada de Bárbula, una Cabeza de Cristóbal Colón, en 1884. Se esmera con algunos retratos: el de Catalina Lugo, Luis Seidel. Realmente, pues, lo que hay es una suerte de estancamiento: ya el autodidactismo no daba para más. Y felizmente, al año siguiente, en 1885, Francisco de Sales Pérez vuelve a insistir con la beca; esta vez se le solicita al general Joaquín Crespo, entonces presidente de la República, y le envía una obra de Michelena que se titula El general Crespo en La Victoria.

Y le envía la obra con una nota al final: “¿Cuándo visitará Arturo el viejo mundo?”. Pues finalmente logra Francisco de Sales Pérez que el general Crespo reciba al joven pintor y a sus mecenas en Macuto. Y finalmente el gobierno venezolano le concede una beca a Arturo Michelena para irse a estudiar a París.

Tiene 22 años. Viaja en el mismo barco con Tovar y Tovar y doña Teotiste, su esposa, que regresan en ese buque a París a continuar con la pintura de sus batallas y sus lienzos y sus retratos. Tovar le lleva 36 años de edad a Michelena y comienzan juntos la travesía. Sabemos que Tovar sentía un especial afecto y simpatía por Michelena, y cuando llegan a París se dedica a abrirle puertas a Michelena en París.

Ellos van en el Ville de Paris y, al llegar a Le Havre y moverse por tierra hacia París, como les dije, Tovar lo ayuda. En dos oportunidades vivirá Michelena en París: esta primera va de 1885 a 1889, cuatro años, y la segunda será de 1890 a 1892, dos años.

Tovar logra que Michelena sea admitido en la Académie Julian de París, que era lo mejor de entonces, y entonces pasa a ser discípulo del gran maestro Jean-Paul Laurens. En esa academia ya están estudiando dos venezolanos: Emilio Boggio y Cristóbal Rojas. Y de inmediato acogen con la mayor camaradería a Michelena.

Él cuenta todo ese tiempo con las atenciones paternales de Tovar y Tovar y doña Teotiste; también Bernardo Tovar, otro de los Tovar —habíamos mencionado antes a Alejandro Tovar—, de la familia Tovar de Valencia, que a su vez provenían de Francia y pasaban tiempo en Valencia y tiempo en París. Él se aloja allí, en casa de los Tovar, como un hijo más hasta que consigue un sitio donde vivir solo.

París y consagración

No cabe duda de que la escogencia de Laurens como maestro fue obra de las sugerencias de Tovar, porque a su vez Tovar tenía una buena influencia de Laurens y de Cogniet, que fue otro de esos maestros pintores de aquel entonces. Y uno se pregunta: ¿por qué Michelena no recibió influencias de los impresionistas? ¿Por qué permaneció indiferente a sus postulados?

Veamos varios factores que inciden en esto. En primer lugar, su maestro era opuesto al impresionismo, nos referimos a Laurens. En segundo lugar, su introductor, Tovar y Tovar, también era opuesto o no le interesaba simplemente. Y en tercer lugar, el éxito lo daba el Salón oficial de París y hacia allá iban todos sus esfuerzos, es decir, a complacer el gusto que el Salón cobijaba y que en el Salón se había ido modelando.

Si esto no era así, ¿cómo sobrevivía Michelena en París?, sino triunfaban en el Salón, ¿cómo sostenía su beca? Y él tenía esa necesidad imperiosa de triunfar para justificar el esfuerzo que se estaba haciendo en Venezuela para que él estuviese allí.

Y otra cosa importante: recordemos que el pintor que llega a París es un autodidacta y es conveniente que pase por todas las técnicas académicas formales requeridas, que no ha podido obtener en Venezuela porque simplemente en Venezuela no había una academia donde esto se enseñara. Y todo este conocimiento lo encarna el maestro Laurens en la Académie Julian, en París.

De modo que era difícil que él, sin haber pasado por la academia, asumiera el impresionismo. Recordemos que el impresionismo lo asumen como corriente, como nueva expresión del arte, unos pintores que ya han pasado por la academia. No es el caso de Michelena. Esta explicación nos parece modestamente convincente y suficiente para explicar por qué él no abraza el impresionismo en ningún momento.

Estamos en el año 1885 y nuestro pintor se prepara para concursar en el Salón de París, pero ha llegado el invierno y el artista cae enfermo. Su familia y sus mecenas se enteran de sus quebrantos y le escriben con el ruego de que regrese de inmediato a Venezuela. ¡Y Michelena se niega! Y dice: “No, yo permanezco en París. Aquí está mi futuro”. Y supera ese invierno y esa fiebre y esa gripe que le dio por aquella experiencia. Hay que ver el cambio que significa pasar de Valencia, que es una ciudad muy calurosa, a un invierno parisino que es helado y con mucha lluvia.

Al año siguiente, en 1886, ocurren muchos hechos. Comparte un taller con Cristóbal Rojas y concurre al Salón de París con Retrato de Henri Daguerre. Este señor le fue presentado por Emilio Boggio y, al conocer su trabajo, el señor Daguerre le encargó un retrato donde aparece vestido de torero.

Este retrato trae una mención honorífica en el Salón y algunos comentarios favorables de la crítica. En el Salón del año 1886 este año también las cosas se le complican a Michelena, porque él y Cristóbal Rojas tienen la iniciativa de ir a saludar al general Guzmán Blanco, que está en ese entonces viviendo en París.

Era una deferencia hacia un hombre muy importante en Venezuela y Guzmán les expuso su criterio sobre su futura permanencia en París. Les dijo que pronto regresaría a la presidencia de la República en Venezuela y que ellos tendrían que mudarse a Roma a continuar sus estudios; de lo contrario, les suspendería la beca. Y así fue: apenas llegar, les suspendió la beca.

Michelena igual decide quedarse sin apoyo oficial. Ya entonces el modesto éxito del retrato de Henri Daguerre le había reportado algunos recursos para subsistir en lo adelante y sueña con enviar al Salón de 1887. El maestro Laurens lo respalda con confianza, su familia hace un gran esfuerzo para hacerle llegar algunos recursos, y bueno, veremos entonces qué va a ocurrir en ese Salón de 1887. En la próxima parte del programa. Ya regresamos.

Decidimos en la parte anterior del programa que Michelena decide quedarse en París por su cuenta y riesgo. Así lo hace y trabaja muy duro para enviar al Salón de 1887 dos obras: Una visita electoral y El niño enfermo.

Es con esta segunda, El niño enfermo, con la que nuestro pintor triunfa y se le confiere la medalla de oro de segunda clase, que es lo máximo a lo que puede aspirar un extranjero en el Salón de París. ¡El galardón ha sido otorgado por unanimidad de los miembros del jurado! Y no exageramos si decimos que a partir de ahí la vida fue otra para Arturo Michelena.

La noticia del triunfo no tarda en llegar a Venezuela. El júbilo es de grandes proporciones: se trata del primer suramericano que gana una medalla de oro en la capital del arte del mundo, que entonces era París. Dos años más va a permanecer en París el pintor valenciano ya consagrado antes de regresar a su país.

El año siguiente, el año 88, expone de nuevo al Salón, ya fuera del concurso, según las disposiciones reglamentarias, y expone La caridad y el Retrato ecuestre de Bolívar. Este último le ha sido encargado por el gobierno del estado Carabobo, su estado natal, para que presida las paredes del Palacio de Gobierno en Valencia.

En 1889 culmina tres obras de gran importancia: Carlota Corday, La joven madre y El granizo de Reims. Y además hizo los bocetos del Paso de los Andes, Retrato de Sucre y la Campaña Admirable. Tanto la obra La joven madre como El granizo de Reims lo envía al Salón Oficial de París, ya fuera de concurso.

Y la obra Carlota Corday la envía a la Gran Exposición Universal de París y entonces esa obra es premiada, en el marco de esta gran exposición universal, con la medalla de oro de primera clase. De modo que si antes había alcanzado un premio, ahora el premio era todavía mayor.

Entonces decide regresar a casa y ya tiene 26 años. No regresa a Venezuela porque las puertas se le hayan cerrado; todo lo contrario, vuelve después de haber saboreado los licores de la victoria. En las afueras de Valencia lo esperan comisiones de bienvenida, como si se tratase de un torero victorioso. Lo abrazan, lo zarandean, quieren tocar al joven del patio que ha recibido el aplauso de Europa.

Cuando finalmente llega hasta la acera de su casa encuentra a su madre con los ojos bañados en lágrimas de emoción y a su padre a punto de largar el llanto. Es una apoteosis. El 28 de octubre se organiza un jubileo en el Teatro Principal de Valencia que incluye música, discursos, declamaciones, hasta un coro para cerrar con broche de oro. El pintor es coronado, como si fuera un rey, con una corona dorada y simbólica. Son los usos de su tiempo.

Y al año siguiente, el 3 de enero de 1890, se le ofrece una velada en su honor en el Teatro Municipal de Caracas. La velada la organizan ese homenaje Antonio Herrera Toro y Emilio Mauri, grandes pintores también. En esos días, el venezolano se enamora de Lastenia Tello de Michelena e inicia su noviazgo con ella. También en esos días el venezolano hace el retrato de Raimundo Andueza Palacios, presidente entonces, y este le encarga una de las que va a ser sus obras capitales: Vuelvan caras, terminada en 1890.

Ese año, el 17 de julio, se casa con Lastenia Tello de Michelena. Viaja con ella a Valencia a presentársela a su madre, que por motivos de salud no había podido asistir a la boda en Caracas, y decide la pareja regresar a París. Han pasado diez meses en Venezuela. Acepta el homenaje de sus compatriotas, consigue novia, se casa, pinta el gran lienzo Vuelvan caras y regresan a París.

Tiene que regresar a la tranquilidad de su taller parisino, donde puede aplicarse, sin las solicitudes sociales de los valencianos y los caraqueños, a su pasión más absoluta: la pintura. Se embarcan en el vapor América el 8 de agosto de 1890.

Y entonces ya allá, en París, Michelena le da vueltas a un tema mitológico que quiere acometer y comienza a hacer los primeros bocetos de Pentesilea. Concluida la obra, la envía al Salón fuera del concurso y, una vez más, recibe una enorme gratificación: la obra es colocada en el Salón de Honor junto a los cuadros de su maestro Laurens y de nada menos que Henri Martin, gran pintor francés.

Dice Juan Rohl, su biógrafo, que acerca de la obra de Pentesilea se escriben alrededor de 200 comentarios en los periódicos y revistas, y la mayoría de los comentarios son elogiosos. El esfuerzo físico que supuso pintar un lienzo de grandes dimensiones deja agotado a Michelena y decide tomarse las cosas con un poco de calma una vez concluida Pentesilea.

Se distrae paseando por París en compañía de su esposa y algunos familiares. Se reencuentran con Emilio Boggio, pinta retratos y, bueno, podemos decir que si bien no vivían como reyes, los días en París de los Michelena Tello les sonreían. Han de ser años felices. Aunque esperaban un embarazo que no llegaba y no llegó, pero esto no fue óbice para que Michelena se dedicara a su trabajo.

Así es como emprende otra obra para enviarla al Salón de 1892: nos referimos a La vara rota, que tiene como tema la fiesta brava del toreo. Y fue precisamente pintando esta obra que a Michelena le sobreviene un fuerte malestar que lo conduce de urgencia al consultorio médico y después, hechos los exámenes, el diagnóstico no pudo ser peor: tuberculosis.

Entonces se encontraba en París el gran médico venezolano Pablo Acosta Ortiz y el médico francés, tanto Acosta Ortiz como el médico francés, le prescriben una temporada de descanso en Suiza, que era entonces lo más recomendable. Pero obviamente los Michelena no tenían recursos para pasarse unos meses en un hotel suizo o un alojamiento muy costoso. Entonces deciden regresar a Venezuela y llegan a casa de su suegro, el general Ramón Tello.

Pero al poco tiempo se mudan en procura de mejores vientos. Entonces se creía que Los Teques, en el sitio denominado El Calvario, era donde estaban los aires mejores para los tuberculosos y que el clima era el más favorable para quienes tenían este padecimiento. Y hacia allá se mudan por un tiempo.

Sin embargo, Michelena no puede dejar de pintar y también se dedica con su mujer a pasear a caballo, a dar vueltas por Los Teques, y sigue pintando. Desde esta época es que data el retrato que hace de Rufino Blanco Fombona.

Al año siguiente deciden regresar a Caracas. Se establecen en La Pastora, donde él tiene una casa, construye una casa con un estudio. Tiene la idea de volver a pintar grandes lienzos. Se siente mejor. El taller que ha construido tiene unos techos muy altos que le permiten ejecutar grandes lienzos.

Y a la vez, en ese regreso a Caracas, en 1895 y 1896, su pasión épica se acentúa. Forma parte de los aficionados, participa el grupo que promueve la construcción del hipódromo de Sabana Grande. Pinta pura sangre, pinta las gradas. Son unas obras bellísimas. Estas obras de caballos en trote o detenidos con los jinetes encima.

Y también es el año en que pinta el retrato de Antonio José de Sucre como motivo del centenario de su nacimiento. También, por supuesto, ese retrato clásico que es La muerte de Sucre en Berruecos, que los venezolanos hemos crecido viéndolo.

El año de 1896 se cumplen 80 años de la muerte de Miranda y Michelena emplea la mitad del año en la ejecución de su obra homenaje al prócer, verdaderamente una obra que es un ícono de la venezolanidad: me refiero a Miranda en La Carraca. La obra se presenta en el Teatro Municipal de Caracas el 18 de julio, junto con Pentesilea, y el aplauso del público es estremecedor.

En ese momento Michelena, bañado en lágrimas de emoción, hace subir a su maestro Tovar y Tovar hacia el estrado para compartir el homenaje de los caraqueños, que tienen minutos aplaudiendo la visión de Miranda en La Carraca y Pentesilea.

El modelo que posa pacientemente para Michelena es nada menos que Eduardo Blanco, un amigo cercanísimo de Michelena y, como sabemos, autor de Venezuela heroica. He oído estar Eduardo Blanco durante horas en esa posición tan incómoda en la que estaba Miranda.

En estos años no para de pintar a pesar de la enfermedad. De ese año que venimos relacionando, 1896, son las obras Diana cazadora, el retrato de Lastenia Tello de Michelena, el retrato de Joaquín Crespo. Y vamos entonces hacia el año 1897, al que nos referiremos en la última parte del programa. Ya regresamos.

Últimos años y legado

En estos dos años finales de Michelena comparte su vida entre Los Teques y Caracas. Cada vez que se pone muy mal de la tuberculosis, la esposa se lo lleva a Los Teques. Allá sigue pintando y ha recibido un encargo por parte de la Iglesia venezolana: está pintando La multiplicación de los panes. También emprende La última cena. Realiza los retratos del arzobispo Críspulo Uzcátegui, José Manuel Ríos, el retrato de José Manuel Ríos, y retrata a la hermana de su amigo Eduardo Blanco, Josefina Blanco de Zuloaga.

A Los Teques van los curas, los presbíteros que le han encargado estas obras y van viendo el desarrollo de las mismas. La multiplicación de los panes está previsto que vaya a la Santa Capilla y La última cena se ha encargado para estar en la Catedral de Caracas.

A la par, los temas históricos no lo abandonan. Realiza por encargo del gobierno nacional un retrato del mariscal Sucre para ser donado a Bolivia y comienza a trabajar en un gran lienzo que no pudo terminar: me refiero al Panteón de los Héroes. Queda inconcluso también La última cena. La multiplicación de los panes sí la concluye.

Es una obra de muchos detalles: hay personajes, niños, perros, agua, cerros, nubarrones y la figura de Jesús haciendo el milagro. Todo esto lo hace Michelena con mayor malestar por la enfermedad que viene abatiéndolo, pero sabe que le queda poco tiempo de vida y quiere concluir estas obras. Y apura el paso frente a estas obras que tiene por delante.

Serán las dos últimas que queden inconclusas, como dije antes: El Panteón de los Héroes, y también queda inconclusa La última cena. Estando en Los Teques se pone muy mal y su esposa, Lastenia, decide traerlo a Caracas para el desenlace final.

Las deficiencias respiratorias le impedían estar acostado porque le faltaba el aire. Entonces deambulaba por toda la casa en La Pastora, donde estaba su taller y casa, esperando que viniera su madre desde Valencia. Y en la mañana del 29 de julio de 1898, cuando apenas contaba 35 años, fallece, con una esposa joven sin descendencia y los padres orgullosos de la vida del hijo, pero una vida truncada. Había muerto por la mitad, a los 35 años.

Sobre su obra, los comentarios han sido diversos. Entre otros, cito uno de Mariano Picón Salas, que dice lo siguiente: “En el elogio humano de Michelena puede decirse que amó con exaltación y sabiduría de artista las tres cosas más bellas que pueblan la tierra: las mujeres, las flores, los briosos caballos”.

Hay otros comentarios, por supuesto, de la crítica, de sus biógrafos Juan Calzadilla, Alfredo Boulton, que escribe varias páginas sobre Michelena, Rafael Romero, que lo cité al principio, y muchos otros críticos de arte venezolano; también escritores atienden al hecho artístico.

En 1948 se decide el traslado de los restos de Michelena al Panteón Nacional. Y allí está con todos los méritos y las razones, porque su obra fue decisiva para la iconografía venezolana: sus imágenes, los personajes tratados y los símbolos que él logra establecer, pintar, forman parte de los símbolos y las imágenes principales en la comunidad histórica llamada Venezuela.

Michelena, desde que tuvo noción de sí mismo, estuvo pintando. Como dijimos al principio del programa, es una vocación tempranísima que encuentra el respaldo de sus padres: su padre pintor y su abuelo pintor. No dejó de pintar nunca. Quizás tenía la premonición de que su vida sería corta porque la manera como trabajó fue incesante, incesante. Quizá en la mirada de Miranda en La Carraca estaba también su destino.

Y así fue como Michelena, con una vida muy breve, apenas 35 años, nos dejó una obra pictórica que forma parte del patrimonio cultural artístico y del imaginario con el que crecemos los venezolanos. Esta ha sido, entonces, la vida y la obra de Arturo Michelena.

Esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Les habla Rafael Arráiz Lucca desde Unión Radio. Me acompañan en la producción Inmaculada Sebastiano y Víctor Hugo Rodríguez; y en la dirección técnica, Víctor Hugo Rodríguez y Fernando Camacho.

A mí me consiguen en mi correo electrónico rafaelarraiz arroba hotmail.com, en Facebook y en Twitter, arroba rafaelarraiz. Ha sido un gusto hablar para ustedes. Hasta nuestro próximo encuentro en esta nueva serie de personas venezolanas.

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